Luis Buñuel había nacido al comenzar el siglo, en 1900. Cortázar y Paz en 1914. Los rebeldes, para Fuentes, eran mayores que él e intentaría convertirse también en uno de ellos. A Cortázar no lo conoció hasta 1961,[xix] aunque ya antes se habían escrito; el argentino había colaborado en la Revista Mexicana de Literatura, que dirigían Fuentes y Carballo, y donde publicó, por ejemplo, «El perseguidor», entre otras colaboraciones. Dos años antes de que finalmente se encontraran en París, Cortázar le había enviado una carta, fechada el 7 de diciembre de 1958, sobre La región más transparente. Esa misiva —motivo de orgullo para el mexicano, según lo expresó en muchas ocasiones— fue una entusiasta recepción, pero también una crítica a ciertos pasajes en los que Cortázar encontraba «algo de estereotipado y caricaturesco a la vez». Sin embargo, al leer la novela era evidente para él su relación con Octavio Paz y su idea de México: «Una idea terrible, negra, espesa y perfumada. El miedo anda ahí rondando, el miedo de algunos relatos de Octavio Paz, que algunos recuerdos suyos me habían permitido ya entrever».

Paz y Cortázar se habían conocido una década atrás, en París, aunque el argentino ya había escrito sobre Libertad bajo palabra en 1949 en Sur y mantenían una correspondencia frecuente. En marzo de 1950, Paz le entregó el libro dedicado, «Para Julio Cortázar, crítico generoso y lúcido, con viva simpatía», y ahí comenzó una correspondencia estética que al menos durante dos decenios sería constante, si atendemos a los múltiples guiños que en sus obras nos hablan de esa relación, según ha visto Anthony Stanton.[xx] Son conocidos los versos de Paz que aparecen en el número 149 de los «Capítulos prescindibles» de Rayuela (1963) —«Mis pasos en esta calle / resuenan / en otra calle […]»—. Son menos frecuentadas las palabras de Paz sobre la relación estética entre su obra y la de Cortázar, que fueron publicadas en una larga entrevista con Julián Ríos, Sólo a dos voces, realizada a principios de los setenta y publicada por primera vez en 1973. En ella, y a propósito de Blanco, Paz comenta la estructura y las posibles lecturas de su poema, cuyo centro, pensaba, era «también el blanco: el objeto deseado. Blanco es un poema erótico… Pero mi experiencia no ha sido la única en nuestra lengua».[xxi] La otra experiencia similar era la de Cortázar, no sólo en Rayuela, sino también en 62/Modelo para armar, que Paz prefería llamar «Modelo para amar»: una «suerte de relojería cósmica» que permitía concebir un «orden erótico universal».

En esos momentos, Cortázar era el escritor de su lengua que Paz sentía más próximo. Era el alba de los setenta y muy pronto esa relación se fracturaría, aunque su amistad y mutuo reconocimiento continuaron, pese a las diferencias ideológicas que surgieron entre ellos y que gradualmente se hicieron patentes a partir de 1968, el mismo año en que Cortázar y Aurora Bernárdez visitaron a los Paz en la India, en la primavera de ese año. En una larga entrevista de Braulio Peralta al poeta sobre su relación con Cortázar, Paz confesó que «ahí, en Nueva Delhi, se iniciaron nuestras discusiones políticas […]. Creo que Julio descubrió la política tarde. Le pasó un poco lo que a Jean-Paul Sartre. Eso explica muchas de sus actitudes, ingenuas pero críticas».[xxii] El mismo Cortázar asumiría ese candor como una enfermedad, según le confesó a Haydée Santamaría, directora de Casa de las Américas, el 4 de febrero de 1972: «A pesar de mi incurable ingenuidad política hay cosas que cada vez comprendo más, y una de ellas es que lo personal cuenta muy poco cuando lo que está en juego es el destino de nuestros pueblos». Cortázar había cambiado y su transformación política estaba relacionada también con una personal.

Poco después de aquel viaje a la India, Cortázar le escribió a Paz anunciándole el fin de su matrimonio con Aurora Bernárdez. No sólo a él. Muchos de sus amigos recibieron una misiva similar y se asombraron por aquella ruptura jamás prevista y por el cambio del autor de Rayuela, que muchos vieron como una deriva de aquella separación. Mario Vargas Llosa recuerda esa metamorfosis, ligada a su divorcio de Aurora Bernárdez. Allí, frente a los ojos de un Vargas Llosa incrédulo por la ruptura sobre la que le preguntaba a Ugné Karvelis —encargada entonces de la sección de literatura latinoamericana de Gallimard—, estaba el cuerpo del delito: la propia Ugné. La siguiente ocasión que vio a Cortázar en Londres le pareció irreconocible:

La suya es la más extraordinaria transformación de una persona que me haya tocado presenciar. («Un mutante», decía Chichita Calvino). Se había hecho un tratamiento para tener barba y, en efecto, lucía una enorme, de celajes rojizos. Me pidió que lo llevara a un lugar donde pudiera comprar revistas eróticas y hablaba de sexo y marihuana con un desparpajo infantil, algo que en el Cortázar de antes resultaba inconcebible. Todas las veces que lo vi, en los años siguientes, siguió sorprendiéndome con ese rejuvenecimiento empecinado. Él, que defendía tanto su intimidad, vivía ahora poco menos que en la calle, al alcance de todo el mundo, y se interesaba en la política, tema que antes le producía alergia. (Yo había intentado presentarle a Juan Goytisolo una vez y me dijo: «Mejor no, es demasiado político»). Incluso firmaba manifiestos, militaba a favor de Cuba y hablaba de la revolución de manera tan apasionada como ingenua. Su limpieza moral y su decencia eran las mismas, desde luego, pero en cierto modo se había tornado en la antípoda de sí mismo.[xxiii]

 

Si bien, antes de esta mutación, las búsquedas estéticas de Paz y Cortázar se habían cruzado. Existía una confluencia de ideas y recursos entre las prosas de Paz, escritas para «Arenas movedizas», y que comentó con Cortázar —según le reseñó a Bianco en 1950—, y los cuentos del argentino publicados por Arreola en la colección Los Presentes, en 1956, Final del juego. Una misma «poética semisurrealista», dice Stanton, y la intervención de la mitología prehispánica reunirían, entonces, «La noche boca arriba» y «Axolotl», de Cortázar, con los textos de «Arenas movedizas», y también con el primer libro de Fuentes, Los días enmascarados, aparecido en 1954.

En la carta que Cortázar envió a Fuentes en 1958 no mencionó ese volumen de cuentos. Quizá no lo conocía y dedicó sus comentarios a La región más transparente. Un párrafo habrá retenido el mexicano de aquella generosa lectura crítica: «Compartir una realidad es siempre compartirla en la lucha, divididos en bandos, con enfoques rabiosamente opuestos. Pero desde ya quiero mostrarle nuestra verdadera y auténtica fraternidad: leyendo su novela, he subrayado centenares de pasajes, y he escrito al lado “Argentina”». Y fraternidad, esa palabra tan importante para Paz, era justamente lo que Fuentes halló en su relación con Cortázar, ese rebelde que antes de conocer al narrador mexicano ya lo extrañaba, según le confesó a Paz en una carta previa, de 1956: «De los amigos de México (a quienes sólo conozco por cartas y por hechos y por las excelentes cosas que escriben) tengo ya como una especie de nostalgia futura, es decir, que los extraño aún sin conocerlos personalmente. Aludo a Fuentes, a Arreola, a los Alatorre». Cortázar, Paz y Buñuel eran los rebeldes maestros de Fuentes y sobre ellos ya había redactado algunas páginas para 1967, fecha en que le escribía a su amigo poeta las razones de su admiración por los rebeldes.

Las diferencias entre el revoltoso, el rebelde y el revolucionario son muy marcadas. El primero es un espíritu insatisfecho e intrigante, que siembra la confusión; el segundo es aquel que se levanta contra la autoridad, el desobediente e indócil; el revolucionario es el que procura el cambio violento de las instituciones.

 

La rebeldía —esa palabra que definió a una generación— fue uno de los ejes reflexivos de Paz en Corriente alterna, publicado ese mismo año de 1967 y de donde proviene la cita anterior. Antes de su aparición en la editorial de Orfila, varios de sus capítulos se habían publicado en algunas revistas hispanoamericanas y, particularmente, en la Revista de la Universidad desde 1960. Sobre los ensayos que se reunieron en ese libro habían conversado los dos amigos en varias ocasiones antes de la carta donde Fuentes aseguró que tanto Paz como Cortázar y Buñuel hallarían su justo castigo por su actitud rebelde y que sus palabras de elogio para el poeta sólo eran una forma de corresponder a la generosidad de Paz con él.

Quizá Fuentes recordaba las menciones que su amigo poeta había hecho sobre su obra en el ensayo que Les Lettres Nouvelles había publicado varios años atrás, en 1961, cuando la revista francesa dedicó un número a la joven literatura hispanoamericana. En su artículo, Paz estableció que el desarraigo propio de nuestra literatura no era accidental, sino una consecuencia de nuestra historia, concebida como una idea europea. Pero, al asumir el desarraigo, los hispanoamericanos lo superábamos. Entre los ejemplos más notables de esta condición estaban las novelas de Cortázar y de Fuentes: eran parte de una «literatura de fundación», nombre del artículo en el que Paz reiteraba su idea de que la literatura era «más amplia que las fronteras» y los nacionalismos.[xxiv]

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