La memoria pasa a un primer plano en las primeras oraciones del prefacio no sólo porque Juan Ruiz le otorga un lugar privilegiado entre las potencias del alma, sino también porque el pasaje en sí constituye la puesta en escena de su empleo. Juan Ruiz da una cita en latín y luego ofrece un recordatorio de la ubicación de la misma en la Biblia y de su supuesto autor. Al comenzar el prólogo con una cita en latín, remite al lector a los orígenes del castellano y, a su vez, hace hincapié en el uso de una lengua aprendida que ya no se habla y que va quedando en el olvido, sobre todo, entre la población no eclesiástica, la gran mayoría analfabeta. Cuando Juan Ruiz evoca a «los doctores philósophos», apela a la memoria del lector, que ha de emplear dicha facultad para adivinar a quiénes se refiere. Dada la temática, es probable que el arcipreste esté pensando en filósofos antiguos como Platón, Aristóteles[v] y san Agustín, y en teólogos medievales como Anselmo,[vi] Hugo de San Víctor[vii] y San Buenaventura.[viii]

Con respecto al alma y sus tres potencias, el arcipreste agrega lo siguiente: «E desque el alma, con el buen entendimiento e buena voluntad, con buena remembrança, escoge e ama el buen amor, que es el de Dios, e pónelo en la çela de la memoria por que se acuerde dello» (p. 106). En el pasaje, así como a lo largo del prólogo, Juan Ruiz presta mayor atención a la memoria que a las otras dos facultades del alma. Emplea el verbo «acordarse», y no sólo se refiere a la memoria directamente, sino también a la importancia de la «buena remembrança», evocando, además, la metáfora de «la çela de la memoria». Dicha celda constituye un lugar intangible donde se coloca y se guarda el amor divino. Aunque a primera vista la palabra «remembranza» no parece más que un mero sinónimo de «memoria», en realidad, conlleva otras connotaciones filosóficas. Alude a la noción platónica de la reminiscencia o ἀνάμνησις, una teoría epistemológica que otorga un lugar central a la memoria entre las facultades de la mente.[ix] La remembranza platónica está arraigada en la creencia de la existencia de lo divino y de la eternidad del alma. Las indagaciones de Platón sobre la memoria y la remembranza configuran la base precristiana de la teoría de san Agustín sobre las tres potencias del alma. Platón propone que recordar equivale a conocer, «remembrar» significa «aprender» y que el sujeto accede al conocimiento mediante la remembranza.

Para representar la memoria, Juan Ruiz emplea la metáfora de la celda —un espacio clausurado con una puerta en el que se encierran personas u objetos bajo llave—. Al otorgarle esta metáfora, la memoria cobra mayor relieve en la mente del lector del prólogo. La celda, la cámara, la bóveda o el cofre son algunas de las metáforas más antiguas para conceptualizar la memoria.[x] Como señala Gybbon-Monypenny, san Agustín se refiere a la memoria como un thesaurus, un lugar físico donde se guardan objetos de valor: Praesto sunt imagines omnium quae dico ex eodem thesauro memoriae (10.8).[xi] Es probable que el arcipreste se haya inspirando en san Agustín cuando se refiere a «la çela de la memoria». En su análisis de esta metáfora, Curtis escribe que san Agustín percibe la memoria como espacial y que comprende que cella alude a la celda del monje, pero también al corazón o a la mente (p. 31).[xii]

En el siguiente pasaje, el arcipreste vuelve a repetir parte de la primera cita en latín: «In via hac qua gradieris, firmabo super te occulos meos. E por ende devemos tener sin dubda que buenas obras sienpre están en la buena memoria, que con buen entendimiento e buena voluntad escoje el alma e ama el amor de Dios, por se salvar por ellas» (p. 107). Una vez más, ofrece una interpretación que poca relación guarda con la cita en cuestión. A pesar de emplear la locución «por ende», se trata de otro non sequitur. Su explicación no es la lógica conclusión de la frase en latín que cita. Cuando agrega la modulación «sin dubda», en lugar de reforzar sus palabras, éstas se vuelven aún más dudosas.

La repetición aquí de las mismas oraciones del inicio tiene al menos dos explicaciones. Primero: le interesa al prologuista reforzar la lección de las tres potencias del alma para que el lector la recuerde. Desea instruir al lector mediante la repetición. El prólogo enseña sobre la importancia de la memoria y, a su vez, pone en práctica la memorización a través de la repetición. La otra posibilidad es una interpretación más subversiva del prólogo, más acorde con la interpretación de Félix Lecoy, Otis H. Green y Gybbon-Monypenny. Si el prólogo es una parodia, Juan Ruiz estaría burlándose de las interpretaciones erradas de los que pasan por doctos. Al intentar explicar un verso bíblico, siempre se repiten y recurren a las mismas teorías que nada tienen que ver con el verso en sí. Señalando otra vez el empleo de la memoria pobre, Juan Ruiz estaría ofreciéndole al lector otro ejemplo que no habría que seguir. Las dos lecturas del prólogo son posibles y conviven en la ambigüedad que caracteriza la obra.[xiii]

En el siguiente pasaje, el arcipreste establece una estrecha relación entre el libro y la memoria:

E estas son algunas de las rrazones por que son fechos los libros de la ley e del derecho e de castigos e costunbres e de otras çiençias. Otrosí fueron la pintura e la escriptura e las imágenes primera mente falladas, por rrazón que la memoria del omne desleznadera es; esto dize el decreto. Ca tener todas las cosas en la memoria e non olvidar algo más es de la divinidat que de la umanidad; esto dize el decreto. E por esto es más apropiada a la memoria del alma, que es spíritu de Dios criado e perfecto, e bive siempre en Dios (p. 108).