Al reproducir el texto grabado en su epitafio, el arcipreste establece un vínculo entre la memoria, la escritura y la muerte. El epitafio posibilita el recuerdo de Urraca durante siglos. Si bien se sabe poco de la vida de Juan Ruiz, el Libro de buen amor cumple una función similar. La obra constituye un recuerdo del arcipreste muchos siglos después de su muerte. El episodio de la celebración de la vida de Trotaconventos enfatiza el hecho de que la escritura puede ser una forma de trascender la muerte, y que la obra es capaz de convertirse en un monumento que posibilita la eterna fama de su autor.

Aunque en el prólogo del Libro de buen amor Juan Ruiz diserta sobre las propiedades de la memoria humana y su papel en el alma del hombre, la obra entera puede considerarse como un largo recordatorio —un compendio de lecciones de distinta índole—. Como el arcipreste señala en el prefacio, el libro constituye una «leçión e muestra de metrificar e rrimar e de trobar» (p. 111). La obra ofrece una suerte de muestrario de diferentes formas de escritura. Encierra ejemplos de prosa y distintos tipos de poesía: cuaderna vía, octosílabos, sextinas, estribillos, pareados, zéjeles y estrofas zejelescas, coplas de pie quebrado, estrofas de dieciséis versos, así como octavas y décimas polirrítmicas (Grande Quejigo, pp. 145 y 146). Según Juan Ruiz, el libro sirve como una guía de métrica, como un manual para que el poeta lo emplee para memorizar, asimilar e imitar en su propia poesía.

El Libro de buen amor puede verse, asimismo, como un muestrario de los géneros vigentes de la época, algunos serios yuxtapuestos a otros parodiados. Más allá del prólogo, una especie de homilía o sermón universitario (o su parodia), la obra encierra un sinfín de canciones, himnos, ejemplos de poesía devocional —gozos, loores y pasiones—, ejemplos de poesía goliardesca, refranes, «enxienplos», fábulas, cuentos independientes, reelaboraciones de la literatura ovidiana, así como parodias del amor cortés y de la pastorela provenzal. La estructura principal —un marco ovidiano con cuentos y refranes engastados en su interior— proviene de la literatura didáctica oriental, la cual servía en sus orígenes para conservar el saber —transmitiéndolo de generación en generación— y para instruir a los jóvenes príncipes.

Además de atesorar una memoria de estrofas y de géneros, el Libro de buen amor contiene numerosos ecos literarios. Las fuentes principales incluyen la Biblia, las obras de san Agustín y los escritos de otras autoridades antiguas y medievales como Platón, Aristóteles, Plotino, Anselmo, Hugo de San Víctor y San Buenaventura. Las citas en latín del prólogo, por ejemplo, están destinadas a los clérigos capaces de entender las referencias en su contexto y completarlas mentalmente según su conocimiento y sus propias lecturas. Los eruditos de la época comprenderían el humor de los juegos literarios que lleva a cabo Juan Ruiz a lo largo de la obra cuando tergiversa citas famosas y cuando atribuye pasajes a filósofos de forma errónea.

Por último, el Libro de buen amor encierra un sinfín de lecciones bíblicas y una gran cantidad de contenido útil para el creyente. Los siete gozos de santa María se repiten en cuatro oportunidades, dos veces hacia el inicio de la obra (estrofas 20-32 y 33-43) y dos veces hacia el final (1635-1641 y 1642-1649). Estos pasajes sirven para que el lector intente memorizar los siete gozos: la anunciación, la natividad, la adoración de los Reyes Magos, la resurrección de Jesús, su ascensión, el descenso del Espíritu Santo y la coronación de la Virgen. Otra lección que Juan Ruiz evoca en varias oportunidades son los siete pecados capitales (por ejemplo, en las estrofas 217-320). Dado que los sucesos narrativos tienen lugar en fechas que corresponden a días importantes para la religión católica —Sant Meder, Viernes Santo, Vigilia de Pascua, Domingo de Cuasimodo, la Cuaresma y la Pascua de Resurrección (Gybbon-Monypenny, p. 31)—, la obra puede entenderse, asimismo, como un sutil recordatorio del calendario litúrgico. Al encerrar alegorías, fábulas y lecciones que tienen el propósito de instruir, el Libro de buen amor cumple una marcada función didáctica. A través de la repetición de todas estas lecciones cristianas, el arcipreste alienta al lector a que las encierre en la «celda» de su memoria.

El hecho de que hoy día se conserven varios manuscritos del Libro de buen amor y que se siga leyendo hace que persista un recuerdo literario de una época cada vez más remota. Debido a su enorme hibridez, la obra de Juan Ruiz proporciona un vasto muestrario de los géneros más populares en lengua castellana del siglo xiv. Yuxtaponiendo lecciones serias a episodios escandalosos, el Libro de buen amor constituye un monumento literario de la Edad Media castellana que seguirá transmitiendo a las futuras generaciones la cosmovisión y los saberes que encierra, impidiendo que queden en el olvido.

Yale University

 

[i] Existen tres manuscritos del Libro de buen amor: el G (1330), el T (1330) y el S (1343). Empleo aquí la edición crítica de G. B. Gybbon-Monypenny, basada en el manuscrito S.

[ii] «Este prólogo no es ningún sermón. No es tampoco una plegaria en sentido estricto. Contiene, sí, elementos suficientes que revelan tras su bíblico ropaje un fondo de oración meditativa arcaica y profunda, fuertemente impregnada en la escritura sobre la condición humana. El prólogo en prosa es la justificación intelectual del Libro» (Jenaro-MacLennan, p. 152).

[iii] Marina Brownlee escribe que el entendimiento, no la memoria, es la facultad cognitiva clave del Libro de buen amor. Sugiere que, en el prólogo, Juan Ruiz invierte la doctrina que san Agustín propone en Confessiones sobre la memoria y la epistemología. Otros críticos (Brown, 1998; Curtis, 2016) creen que Juan Ruiz intenta más bien desarrollar las teorías de san Agustín en lugar de invertirlas.

[iv] San Agustín escribe sobre las tres potencias del alma en Confessiones y en De trinitate. Propone que las huellas de la Trinidad se ven reflejadas en las tres facultades del alma, sobre todo en la memoria. Se refiere al alma con sus tres potencias como la imagen de la Trinidad y señala que en la memoria radica la ciencia. En Confessiones 10.8-15, analiza la memoria en gran detalle. En una exploración a la vez científica y personal, el narrador autobiográfico analiza la percepción humana, la memoria y el olvido. Afirma que, gracias a la memoria, todo lo externo al cuerpo deviene inteligible. Memoria en san Agustín aparece a la vez como pensamiento y conocimiento y existe en relación permanente con el entendimiento y la voluntad. La memoria es fundamental en la epistemología de san Agustín. Observa que las impresiones, sensaciones y experiencias entran en la memoria y el sujeto sabe buscarlas y recuperarlas en el futuro gracias a la memoria que colecciona, junta y compila.

[v] La memoria cumple un papel fundamental en la época antigua y el interés por comprenderla se remonta a los diálogos de Platón. Existe una larga historia de debate filosófico y teológico sobre la memoria que precede la composición del Libro de buen amor. En Aristóteles, la memoria es un afecto de la facultad del sensus communis. Si una impresión deja una marca más profunda en la memoria, permanecerá durante más tiempo. La recolección en Aristóteles empieza con un acto mental deliberado, pero después los pensamientos siguen automáticamente, sin esfuerzo consciente. Para Aristóteles, la recolección es una operación retórica que emplea la memoria artificial.

[vi] Anselmo, en Monologion, repite la analogía de san Agustín que compara los tres elementos del alma con la Trinidad. Propone que la memoria corresponde al Padre, el entendimiento, al Hijo, y el amor, al Espíritu Santo. Sugiere, asimismo, que la memoria es eterna y que recordar algo es sinónimo de pronunciarlo.

[vii] En Didascalicon (p. 11), Hugo de San Víctor escribe sobre la memoria artificial. La vincula con la retórica y las mnemotecnias. Propone un método para el estudio de los textos sagrados, explicando que, para potenciar la memoria, conviene crear bosquejos mentales. Al leer y aprender, el estudiante debe de guardar punteos y fichas en la memoria, una especie de cofre. Rinde homenaje a san Agustín al postular que la memoria es una suerte de estómago que digiere. Observa que hay que rumiar las lecturas para asimilarlas.

[viii] San Buenaventura, en Itinerario del alma a Dios (p. 3), afirma que la memoria corresponde a la parte del alma que guarda los saberes potenciales. Con respecto a la operación de la memoria, señala que su función central es la retención y la representación de lo corporal, lo temporal, lo carnal y lo divino. Para recordar las cosas pasadas, la memoria emplea la «recordación»; para las presentes, «la suscepción»; para las futuras, «la previsión» (p. 16). Postula, además, que la memoria es la imagen divina en el alma (p. 17). Para San Buenaventura, el alma consiste en tres potencias «consubstanciales, coiguales y coetáneas»: la memoria, la inteligencia y la voluntad. Estos tres elementos se corresponden con otros tres: la mente generadora, el verbo y el amor, respectivamente.

[ix] En las obras de san Agustín y de los teólogos medievales, el arcipreste podría haberse informado de las teorías de Platón sobre la remembranza. Juan Ruiz se refiere brevemente a una de sus teorías sobre el efecto de las estrellas en la vida de los humanos en los siguientes versos: «Esto diz Tholomeo, e dize lo Platón; / […] / qual es el asçendente, e la costellaçión, / del que nasçe, tal es su fado e su don» (p. 124). En Menón, Sócrates pide a un esclavo que resuelva un problema de geometría. Como el esclavo acierta la respuesta sin haber estudiado jamás la geometría, Sócrates plantea que el alma es inmortal y que, al nacer, el esclavo ya poseía conocimiento. Para llegar a la respuesta correcta, no se trata de intuir o inferir mediante la razón, sino de servirse de la remembranza. El esclavo remembra conocimientos innatos que durante su vida hasta ese momento habían permanecido inactivos (p. 59). Según esta teoría, el sujeto ya posee todas las respuestas a todas las preguntas posibles en su ánima intelectiva. Sólo necesita de un guía que lo oriente para ayudarlo a remembrar. El ánima intelectiva posee un «ver absoluto», una omnisciencia divina que le otorga un recuerdo total de todas las cosas. En Fedón, Platón expone con detenimiento su concepto de la remembranza. Sócrates pasa las últimas horas de su vida intentando comprobar la inmortalidad del alma. Sostiene en la primera parte del texto que el alma existe antes del nacimiento del sujeto, mientras que en la segunda argumenta que sigue existiendo también después de la muerte.

[x] Carruthers estudia las dos metáforas más usadas para conceptualizar la memoria: una tabla de cera en la se escribe y un cofre o almacén (p. 33).

[xi] Gybbon-Monypenny comete un error de transcripción al escribir codem en lugar de eodem (p. 106).

[xii] James Burke propone que el Libro de buen amor expone una estructura basada en la asociación lingüística (annominatio), juegos de palabras y conexiones verbales (p. 231). Curtis desarrolla la tesis de Burke, sugiriendo que los juegos de palabra relacionados con «çela» informan la estructura retórica de la obra de Juan Ruiz.

[xiii] En su introducción a la obra, Gybbon-Monypenny se refiere a «la consciente ambigüedad del mensaje» (p. 33).

[xiv] Con respecto a la aparente seriedad del prólogo, Gybbon-Monypenny observa lo siguiente: «En una obra poética destinada a ser recitada ante un público de oyentes, ¿cuál es la función de un prólogo en prosa? Su mera existencia plantea cuestiones. Como hemos visto, trata temas fundamentales de la filosofía cristiana que remontan a san Agustín. Y adopta la forma de un sermón universitario […], género esencialmente relacionado con la discusión seria de cuestiones teológicas. Y, sin embargo, no se concibe cómo el prólogo de un poema puede ser literalmente un sermón erudito: forzosamente, tiene que ser una parodia, y los oyentes lo habían de reconocer como tal. Se crea así una tensión de ambigüedad entre el contenido serio y la forma paródica» (p. 67).

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