LA SOMBRA DEL AUTOR

Los relatos proponen pactos narrativos diferentes: la novela autobiográfica con nombres en clave, la autoficción y la autobiografía. Los tres comparten, por tanto, la presencia, explícita o solapada, de la figura del autor en la obra artística, y de la repercusión contradictoria o ambigua que esta presencia genera en el interior de los relatos. Al mismo tiempo, el tríptico se plantea, como dije, una reflexión sobre el tiempo y el efecto que su paso produce en la vida de los narradores y protagonistas. En consecuencia, y en la humilde opinión del que suscribe, en cada una de estas obras se hace visible gradualmente la biografía del autor.

También las tres novelas comparten una estructura retrospectiva, es decir, desarrollan una trama en la que la vuelta al pasado cumple un papel decisivo: el paso del tiempo y la importancia de su recuperación para configurar el presente como una temporalidad continua, hecha de la imbricación de presente, pasado y futuro. En fin, una suerte de «presente continuo», como dice el título de uno de sus diarios. La idea de ese tiempo que parecía ya amortizado o cerrado no es admisible de ningún modo, porque el pasado vuelve siempre para superponerse, cuestionar o iluminar el presente, aunque el intento de recuperarlo tenga la forma de un relativo fracaso.

La estructura rememorativa permite al narrador de estos relatos simultanear dos tiempos distintos. La temporalidad, esto es, el modo de vivir o recuperar el tiempo, es una de las preocupaciones o campos de observación dilectos a la filosofía y la novela del siglo xx. Incluso en la experiencia común, a partir de cierta edad, resulta vivir simultáneamente en el presente y el pasado. Esta suerte de desdoblamiento temporal se acentúa cuando se asiste a la experiencia de la muerte de un ser próximo. Los muertos nos dejan una visión post mortem de la vida, incluso de nuestra propia vida, tal como sucede con la muerte de algunos personajes de Hernández, como Rosi y Nicolás, Sophie o los padres.

Procuraré no destripar los argumentos para no matar la curiosidad de los lectores, mucho más en este caso en los que la intriga y el suspense narrativo tiene una importancia decisiva, pues los tres relatos mantienen una estructura propia de thriller, un thriller autobiográfico, como ha dicho el autor refiriéndose a El dolor de los demás. Estos elementos confieren a los relatos un esquema narrativo sólido, en el que los capítulos finales, a manera de pieza maestra o clave, cierran de manera explicativa el argumento.

Como ya he adelantado, los tres libros de Hernández han ido constituyendo progresivamente una especie de hipertexto autobiográfico, pues, aunque cada uno es independiente y se puede leer de manera autónoma, comparten numerosas referencias y tienden puentes entre ellos, y con la biografía del autor. A ello no es ajeno el papel de texto explícitamente autobiográfico de El dolor de los demás, que cierra el tríptico. Para reforzar el significado autobiográfico que defiendo, es interesante reseñar lo que este libro, a juicio del propio autor, representó de compromiso literario y moral por el riesgo cierto y por los posibles efectos colaterales producidos: «Este libro es mucho más que un libro. Al menos para ti» —se interpela a sí mismo el autor a través de la segunda persona en su diario Aquí y ahora—. En este mismo sentido, como en alguna ocasión ha señalado el autor, la obra completa de Hernández avanza hacia «un acercamiento paulatino al yo real», es decir, hacia una identidad, al tiempo real e hipotético, plural y móvil. Ocurre que ese «yo» no se revela de una manera directa ni única, sino mediante una serie de máscaras que lo esconden y muestran. En las dos primeras novelas, a través de los protagonistas y narradores Marcos y Martín Torres, el autor juega a parecer que es y no es él mismo, que se disfraza, se camufla o se retrata en sus ficciones. En El instante de peligro, como en Intento de escapada, se sucede un goteo de rasgos identitarios del autor (profesor universitario, casado, becario en Estados Unidos, colaborador y amigo de Mieke Bal, carácter tímido, inglés dubitativo, investigador en crisis, fiel creyente de la superioridad de la ficción para dar cuenta de lo real, año de nacimiento coincidente con Martín Torres (1977), tendencia a engordar, etcétera. Todos estos atributos, que definen a los protagonistas de las dos primeras novelas, sirven, en principio, para «vestirlos», pero adquieren después un carácter de identificación personal, cuando se encuentren ratificados en El dolor de los demás y en los diarios.

Hernández es consciente de que su escritura se alimenta y necesita de la experiencia. Del mismo modo que reconoce esto, no incurre en un autobiografismo mecánico, sino que busca siempre la expresión de la complejidad de lo real particular y colectivo mediante una rigurosa búsqueda de las formas narrativas más adecuadas a cada caso. Y es consciente igualmente que este planteamiento de ligar vida y literatura, arte y experiencia, lo compromete y lo desnuda públicamente:

Hay novelas donde lo biográfico está tan presente que cuando conoces al autor ya no puedes quitarte su voz de la cabeza. Eso pasa con los libros de Javier [Gutiérrez], pero pasa también con los tuyos. No sabes escribir si no es desde la experiencia. Aunque luego la modifiques y la enriquezcas. Pero siempre hay algo de realidad. Al menos eso pasa en lo que escribes. Por eso a veces es arriesgado. Porque te expones. Casi tanto como en este diario (Presente continuo. Diario de una novela, pp. 38-39).

 

En las dos primeras novelas se registra una suerte de juego de «ambiguación», por el que si bien en ocasiones son obvias las pistas para reconocer al autor en sus protagonistas, también es evidente lo contrario, pues hay atributos que no le corresponden en absoluto. El lector es convocado a este juego, y deberá estar atento para no caer en las trampas que le tiende el narrador. Al que suscribe, le parece detectar que a Miguel Ángel Hernández le gusta degradarse, grotescamente a veces, en un juego de simulación, tanto en las novelas como en los diarios.

En su conjunto, las novelas acaban trazando una suerte de autobiografía a través de tres momentos significativos de la vida del autor. Esta intuición se ve ratificada por el juego intertextual de citas de las obras anteriores y por las referencias a su propia vida con las que el autor salpica sus relatos. Nótese también el guiño del autor al elegir, para los protagonistas de las dos novelas anteriores a El dolor de los demás, nombres propios masculinos que tienen en común la letra inicial «M», lo que refuerza el aspecto autoficcional y señala una pista de continuidad entre ellos. No es casual tampoco que haya elegido los nombres para los protagonistas de las dos primeras novelas —Marcos y Martín—, con el mismo número de letras que Miguel, el nombre del autor con el que aparece en El dolor de los demás.

Aunque el tríptico suponga un esfuerzo de recuperación retrospectiva del tiempo, el hecho de que cada uno de los relatos ponga el foco en un momento de la evolución personal de los protagonistas, esto es, en un momento decisivo de sus vidas, hace que cada libro opere una suerte de corte sincrónico en el derrotero profesional de los narradores, similar al que ha seguido el autor en su vida personal: estudiante en su último año de carrera (Intento de escapada), investigador y profesor en busca de estabilidad sentimental (El instante de peligro) y, al final, profesor estable, titular de universidad (El dolor de los demás). Entre cada uno de estos relatos se extiende un hilo biográfico en el que se ve pasar a los protagonistas por las distintas etapas de la vida: Marcos cierra una adolescencia prolongada con la pérdida de la inocencia; Martín vive la juventud como una compleja pero exaltante aventura, y Miguel, al fin, en su primera madurez constata la complejidad social y el choque con tabúes ancestrales. En conclusión, los tres personajes, cada uno bajo una diferente identidad nominal, reproducen y anticipan un arco vital, desde la juventud a la primera madurez, similar al del propio autor.

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