Pedrolo se acerca a géneros como la ciencia ficción o la novela de aprendizaje como antes lo hiciera con la novela negra, persiguiendo un mismo objetivo: normalizar la literatura catalana, dotarla de aquellas obras y perspectivas de género novelesco de los que ésta pudiera carecer o no tener suficientemente bien desarrolladas, ampliando al máximo su abanico de enfoques narrativos. Pedrolo fue un convencido de que debía dedicar su vida a la escritura, pero también sintió la misma vocación hacia la lengua, la literatura y la cultura catalanas. Siempre supo que, de algún modo, debía hacer lo posible por defenderlas, normalizarlas y colocarlas a la altura del resto de las grandes lenguas y literaturas europeas. Donde debieron haber permanecido.

Mecanoscrit del segon origen narra la historia de la pareja superviviente, Alba y Dídac (catorce y nueve años, respectivamente, al inicio del libro, cuatro más a su término), de un ataque extraterrestre que ha aniquilado la práctica totalidad de los habitantes del planeta. Las referencias bíblico-genesíacas, por tanto, son muy evidentes: Alba y Dídac se yerguen como los nuevos Adán y Eva de un mundo que debe rehacerse a partir de las cenizas del anterior —o mejor: del montón de cadáveres que lo asuelan—. Desde el inicio de la novela pueden apreciarse todo tipo de metáforas y símbolos, que son uno de sus mayores atractivos. El Mecanoscrit logra atraer, así, a un tipo de público lector muy variado: desde el que se queda con la simple historia de amor, enmarcada en un contexto de ciencia ficción, hasta aquel otro que, en función de sus conocimientos, pueda ir rastreando, y desentrañando, los propósitos de su autor en los numerosos guiños, intertextualidades y metáforas que jalonan la obra. Porque sí, efectivamente: Mecanoscrit del segon origen dista mucho de ser una novelita entretenida para adolescentes, del mismo modo que tampoco lo son, aunque en ocasiones se hayan leído de esta manera, El llibre de les bèsties, de Ramon Llull, o Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift.

Una de las muchas maneras de leer el Mecanoscrit es como un Génesis laico y, en efecto, si lo hacemos de este modo, los guiños etimológicos son numerosos y significativos. Así, el nombre —ficticio— de la población donde vivían ambos niños antes del ataque alienígena es Benaura, topónimo imaginario que no puede relacionarse con ningún otro existente, y cuya etimología posiblemente hace referencia al nuevo origen («Ben-aura», buena aurora, buen amanecer). Lo curioso es que, años y páginas más tarde, los protagonistas decidirán bautizar con este mismo nombre la pequeña embarcación con la que recorrerán diversos puntos del Mediterráneo, en una suerte de viaje iniciático que también les deparará un nuevo amanecer y que supondrá un punto de inflexión en sus vidas, como veremos más adelante.

La protagonista de la novela, más que la pareja, es Alba. Pese a que a lo largo de toda la novela nos encontramos con un narrador omnisciente en tercera persona, justo al final de ésta, la tercera persona se troca en primera y Alba toma la palabra y el pulso de la narración. Con este giro inesperado el lector acaba siendo consciente de que ella siempre ha estado detrás del relato que tiene entre manos, de que Alba no sólo es la protagonista, sino, fundamentalmente, la narradora, el bardo de una historia que acaba conociéndose merced a que ella la escribe, a que acaba legando sus palabras, su testimonio escrito, a sus lectores futuros: sus descendientes. Ella será, por tanto, el auténtico segundo origen, el alba de la nueva era, blanca y nueva, virgen cuando da comienzo el libro y madre, raíz y germen cuando éste termina.[v] Ahora bien: su maternidad no es únicamente biológica. Será la ascendente, la madre absoluta del segundo origen desde una perspectiva fisiológica y, además, porque narra los hechos de esta nueva génesis, porque se ha erguido en bardo de sí misma, y consigo también de su pueblo, de sus raíces, de la nueva era.

Y, si desde el punto de vista etimológico albus significa «blanco» y «nuevo», el de Dídac (Diego) es entrenado, adiestrado, educado. De hecho, Alba es de raza blanca mientras que Dídac es mulato. Será, en realidad, por el color de su piel por lo que al comienzo del libro unos niños arrojan a Dídac a la alberca de una esclusa con la intención de ahogarlo, y es que, gracias a que Alba se sumerge en ella para salvarle la vida, sobreviven ambos al ataque alienígeno.

Así, Alba —la Blanca— será el Pigmalión de Dídac —el Instruido—, y éste, paradójicamente, pasará, por tanto, a convertirse en la Galatea —cuyo significado es «blanca como la leche»—[vi] de la muchacha. De esta manera, como le ocurriera a Galatea merced a Pigmalión, Dídac renace en manos de Alba, quien —y no sólo metafóricamente: como acabamos de señalar, al inicio de la novela ella le salva la vida, evitando que muera ahogado— le ofrece un segundo origen: se convierte en su maestra, su amiga y, andando el tiempo, en su amante.

Mecanoscrit del segon origen es una novela radical, en el sentido de «nuevo» y, sobre todo, en aquel más etimológico del término, porque propone una vuelta a la raíz. En un mundo que ha ido alejándose cada vez más de cuanto esencializa al ser humano, Pedrolo, de la mano de sus personajes, y, en especial, a través de Alba, propone una reflexión que revisa los cimientos que estructuran la civilización occidental, planteando un nuevo propósito existencial. Él mismo así lo indicó en la única entrevista que concedió para un medio televisivo. En ella, acerca del nombre «Alba», afirmaría:

Además, es un nombre muy bonito. Yo lo tomé, «Alba», no sólo por el sentido de alba, aurora, «salida del sol», sino por el hecho de que en mi pueblo, aunque no sea el pueblo en el que nací, sino en Tárrega, es el pueblo de las albas,[vii] es un nombre que siempre me ha hecho mucha gracia, lo he encontrado eufónico, bonito, y se prestaba a prestarlo a una muchacha que, precisamente, iba a reconstruir un mundo destruido (Vostè pregunta, 1983, minuto 25.55-26.17).[viii]

 

De este modo, el mundo que surgirá de las cenizas del que Alba y Dídac habrán dejado atrás será blanco, puro, nuevo —albus— y propondrá y asumirá una revisión radical de las costumbres a través de la educación —didacus—. Y, así, el hijo de ambos, Mar —nombre profundamente simbólico—, es el resultado de unir ambos conceptos, personajes y nombres emblemáticos, ya que metáforas, símbolos y alegorías son constantes y recurrentes en toda la novela.

Quizá la referencia más evidente, como ya apuntamos con anterioridad, sea la de la pareja Alba y Dídac como los nuevos Adán y Eva del segundo origen, pero, más allá de esto, deberíamos fijarnos en otro elemento más sutil, aunque mucho más persistente a lo largo de las distintas partes que componen el relato. Se trata de la presencia del agua. Si analizamos desde un punto de vista estructuralista los mitos del origen en las diversas culturas, sagas y génesis míticas, percibiremos que en todas ellas el agua aparece como elemento común, medular: inicio y final de cuanto fue creado,[ix] el agua simboliza el principio sustanciador de la realidad.

Busquemos allá donde lo hagamos, en cualquier civilización o tradición, desde la religión judeocristiana a los pueblos prehistóricos, Mesopotamia, en la cultura grecolatina o celta, o bien en el amplio abanico de creencias orientales o precolombinas,[x] el agua aúna cuanto va a originarse, representa el absoluto de lo posible.

El agua no sólo aparece el inicio de cualquier génesis, sino que solemos encontrar historias de diluvios en los mitos creacionistas. Por otro lado, el agua es un símbolo plurisignificativo: puede aludir a la vida como a la muerte, al parto y a la resurrección, ya que está en el inicio y en el fin de toda creación, a modo de manto, de círculo que todo lo une.[xi] Es también la metáfora femenina por excelencia: madre y matriz,[xii] la mujer representa lo húmedo, donde florece y fructifica la vida, el origen y el final, la raíz de todo. Existe una vinculación íntima e intuitiva entre las aguas, el instinto de vida y la parte femenina, fons et origo de la realidad. Para Cirlot, las aguas son el «símbolo del inconsciente, es decir, de la parte informal, dinámica, causante, femenina del espíritu. De las aguas y del inconsciente universal surge todo lo viviente como de la madre» (1991, p. 54).

De algún modo, el Mecanoscrit es un enorme alegato feminista preñado de símbolos donde hasta el nombre del hijo —Mar—, como nombre propio tradicionalmente femenino, acaba siendo ambiguo. El mar es, asimismo —seguimos en el terreno de la ambigüedad, de la complejidad—, un símbolo plurisignificativo de vida y de muerte, así como del movimiento constante del azar propio de la existencia, ya que todo surge de él y en él desemboca.