Los momentos clave del Mecanoscrit están muy vinculados al agua y, sobre todo, al mar. Así, gracias a que Alba salva a Dídac de morir ahogado en una presa, ambos sobreviven a la aniquilación extraterrestre con la que da comienzo la novela (Pedrolo, 1984a, pp. 7-9). También al inicio de ésta cabe destacar el primer baño de ambos en un riachuelo que corre junto al que será su primer hogar, o cobijo, un arroyo ante el que «se quedaron extasiados», y que les sirve como bautismo purificador a la nueva vida que se les presenta, frente a la muerte que los rodea por todas partes (Pedrolo, 1984a, p. 26).

De este modo, bañándose en el arroyuelo, logran dejar atrás el horror de millones de muertos a sus espaldas. Horror que acaba encarnándose en una pesadilla que persigue a Alba hasta despertarla y en donde aparecen indefectiblemente las aguas, pero, esta vez, como símbolo de muerte:

Una segunda mutación la trasladó a la playa llena de cadáveres, de heridos y de moribundos, que alzaban las manos y se aferraban a ella entre un gran estruendo de objetos invisibles y de gritos metálicos, mientras las aguas que ascendían impetuosamente del abismo la amortajaban con un aliento fétido (Pedrolo, 1984a, p. 24).

 

Mucho más adelante, en el tercer cuaderno, coincidiendo con el verano de sus once y dieciséis años, será por fin en la playa —y, en esta ocasión, se tratará de una playa real, no pesadillesca— cuando Dídac verá a Alba por primera vez como una mujer (Pedrolo, 1984a, p. 83), algo que se ratificará, efectivamente, meses más tarde: «Y a Alba le parecía que, desde aquel día en la playa, ya la veía como a una mujer» (Pedrolo, 1984a, p. 88).

Pero habrá de ser después, en los capítulos cuarto y quinto, «Cuaderno del viaje y del amor» y «Cuaderno de la vida y de la muerte», donde la presencia del agua se vuelve más y más protagonista. El viaje que Alba y Dídac emprenden en el quinto y último capítulo será, como no podía ser de otro modo, por mar. Un viaje necesario.

En el fondo, la mayoría de las novelas que se han escrito a lo largo de los siglos no son sino el relato de un personaje a la búsqueda de su propia identidad, un viaje interior que, en ocasiones, se materializa en un itinerario real que suele implicar también la exploración y el cuestionamiento de sus propias raíces. Siguiendo esta misma línea, los protagonistas del Mecanoscrit, y, con ellos, el lector, emprenden un viaje a lo largo de la costa mediterránea (en la pequeña embarcación Benaura —buena aurora, amanecer—, como apuntamos páginas atrás), que los habrá de llevar a cuestionarse cuanto han sido, qué son y en qué deben convertirse.

Se lo plantean al inicio del último capítulo y cuaderno, al visitar las dos primeras casas en las que habitaron, al poco de dar comienzo la novela:

Se entretuvieron más en llegar a las dos casas contiguas donde habían vivido y que, pasajeramente, resucitaron en ellos una emoción fácil de contener, porque ahora ya no eran aquellas dos criaturas que, de pronto, lo habían perdido todo, sino un muchacho y una muchacha entonces inexistentes, cuya historia empezaba en el momento en que se decidieron a ser origen y no final (Pedrolo, 1984a, p. 112).

 

De este modo, al inicio de su viaje hacia el origen, en una cala cercana a Tossa, será cuando los dos protagonistas se conviertan en amantes, con la presencia del mar, necesariamente, como testigo de su amor:

Y aquella noche, entre dos mantas que habían ido a buscar al remolcador y que extendieron en el lugar más resguardado de la calita, contra las rocas, Dídac acercó su boca al oído de la muchacha y murmuró:

—Alba, ¿no crees que ya soy un hombre?

[…]

Ella le tomó una mano y se la apretó fuertemente mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Y entonces se alzó hacia él para que la penetrara.[xiii]

Al acabar, tuvieron que correr, perseguidos por la marea que ya les mojaba los pies (Pedrolo, 1984a, p. 120).

 

Se ha señalado en muchas ocasiones la influencia de la Biblia, esencialmente del Génesis, en el Mecanoscrit. No es de extrañar: fue la Biblia el libro que Pedrolo decidió llevarse consigo para leerlo, pese a su ateísmo militante, cuando se incorporó a filas, respondiendo a la llamada de Unió Estudiantil Catalana, al estallido de la Guerra Civil.[xiv] Así pues, al comienzo, precisamente, del cuarto cuaderno, hasta la propia Alba establece el paralelismo entre ellos dos, Adán y Eva.[xv] Y, sin embargo, la Biblia no es la única fuente que debamos tener en cuenta en el Mecanoscrit, hay, asimismo, una clara influencia de los mitos grecolatinos. Sin ir más lejos, en el viaje que ambos emprenden al comienzo de este penúltimo cuaderno, apreciamos una clara influencia de la Odisea, de Homero, como símbolo por antonomasia del viaje iniciático merced al cual volvemos al lugar de donde partimos tras haber cambiado, tras haber madurado. Un camino en el que es más importante el trayecto —como también, y tan bien, nos recordaría Cavafis en su «Ítaca», un largo poema que sin duda conocía Pedrolo traducido al catalán—[xvi] que alcanzar el término de éste.

Así, la pareja protagonista inicia un viaje por mar para encontrar a Mar. Por el agua, para encontrar sus orígenes. Por la vida, para encontrar la muerte. Y, de ese modo, es preciso que emprenda un recorrido a través de las palabras, de la escritura —el de los cinco cuadernos que conforman el Mecanoscrit— para alcanzar su identidad, que, a su vez, es la nuestra, la de los lectores, ya que, según avanzamos en la lectura, nos la vamos cuestionando a lo largo de los diversos capítulos hasta encaminarnos al final. Y lo hacen —y nosotros con ellos— de la misma manera que Ulises: enfrentándose a su destino para reencontrarse a sí mismos al encarar las distintas etapas e islas que simbolizan todo el universo conocido. Y, como él, la pareja emprende un viaje en el que va encontrando supervivientes de la hecatombe más o menos peligrosos, a los que en algún caso habrán de enfrentarse y que simbolizan el antiguo origen: aquello, por tanto, que han dejado atrás y con los que no deben ni pueden contar.

Antes de emprender su viaje por mar hallarán rastros de personas que sobrevivieron a la matanza, pero que, antes o después, acabaron muriendo —y con quienes, por consiguiente, no podrán interactuar—: en primer lugar, un padre que decidió suicidarse junto a los cuerpos de sus bebés, seguramente poco después del exterminio alienígena; el segundo caso será el de una mujer quien, tras pasar años viviendo sola, la pareja encontrará su cadáver cuando apenas hacía unos días que había fallecido. Hasta que dé comienzo su viaje no encontrarán supervivientes: llegando a La Spezia, tres hombres que Alba se verá obligada a sacrificar cuando se percate de que su intención es forzarla a ella y acabar con la vida de Dídac; poco después, cerca de Génova, una mujer enajenada aunque inofensiva. Como ocurre, por tanto, con los encuentros anteriores, en cualquier caso, cada hallazgo de vida —pasada o presente— habrá de ratificarles en su idea: están solos, no pueden, ni deben, confiar en nadie que no sea ellos dos. Así pues, el nuevo origen empieza y termina con ellos.[xvii]