
Diego Sánchez Aguilar
El órgano
Candaya
110 páginas
En Los que escuchan (Candaya, 2023), la anterior novela de Diego Sánchez Aguilar, uno de los personajes, Ulises, hace una descripción del argumento de El órgano, una novela escrita por el padre de dos de sus protagonistas. Y esa novela de la que se habla en Los que escuchan es precisamente la que tenemos ahora entre las manos. ¿Spin off? ¿Juego de muñecas rusas? ¿Creaciones paralelas que se encuentran en ese mundo lleno de encuentros y encontronazos que es la ficción? No importa. No es necesario haber leído Los que escuchan para abordar la lectura de El órgano, pero para los que disfrutamos de la anterior novela de Diego Sánchez Aguilar supone una buena noticia el hecho de que esa novela que creíamos ficticia exista. Ese padre innominado de Los que escuchan, dipsómano y escritor (en ese orden), habla así de su propia obra en un programa de televisión: «No tengo ni idea de qué quería decir con el libro, como no tengo ni idea de qué quiero decir con mis cagadas. Uno ingiere comida y caga, de la misma forma que uno ingiere lenguaje y escribe un libro. Tuberías. Sistemas. Digestiones o transformaciones. Nutrientes y excrementos. Todo es lo mismo. No sé qué he escrito. No debería preguntarme más por el significado de ese libro, por favor. ¿Acaso le pregunto yo por el significado de sus zurullos? Lo que digo es que un libro es siempre un excremento. Yo me siento en mi váter y escucho todas esas voces. Vienen de todas partes, de los conductos de ventilación, de la televisión, de los periódicos, de todos los libros que he leído. Millones de palabras que vienen cargadas de historia y de cadenas de producción, cadenas de medios de comunicación. Millones de millones de palabras que son digeridas sin interrupción por mi cerebro, que mi organismo convierte también en parte de mí, y luego están todas esas palabras y voces que no sirven, las que no se digieren, lo que sobra, lo que no tiene significado para mi identidad. Y todo eso se va acumulando en algún lugar y va tomando una forma hasta que al final la expulso de mi cuerpo. Mi libro es una mierda. Eso es lo que digo. Y no es una valoración estética. Mi libro es todo lo que no soy yo, lo que expulso, lo que rechazo como inútil, lo que no sirve, lo que no se puede decir, lo que no puede emerger por el extremo visible de mi boca y de mi rostro y sale ahí, en el silencio orgánico del lenguaje que se acumula y apesta. Y ese excremento que tiene usted ahora entre las manos ha sido canalizado por ese otro sistema de tuberías al que llamamos industria editorial: tuberías, alcantarillas por las que esas excrecencias sin significado son depositadas en librerías, bibliotecas, todos esos lugares donde quedan lejos de la vista de los ciudadanos y donde finalmente acaban también desapareciendo».
Pues bien, como decimos, ahora el lector tiene la posibilidad de leer esa novela de la que oímos hablar por primera vez en Los que escuchan. Aunque de muy diferente registro, hay temas que se reiteran en ambas novelas. El más importante: la música o, al menos, cierto tipo de sonido que escapa a las concepciones de la armonía. Dejando a un lado la visión escatológica de su ficticio creador, ¿de qué trata El órgano?
Un joven organista acude a un pequeño pueblo de montaña junto a su mujer para hacerse cargo del órgano de la iglesia. Conocemos los detalles de la vida del organista y de su familia a través del testimonio de algunos de los habitantes del pueblo: el herrero, su hijo idiota, el maestro, el tabernero y las tres montañas. Sí, las montañas que presiden el paisaje hablan como una especie de coro griego que comenta y anticipa los sucesos. Como ya dijimos en otra ocasión, asistimos a una recidiva literaria de cierto animismo en el que las criaturas y elementos del paisaje intervienen como personajes solidarios con los humanos, y El órgano se suma de alguna manera a esa nueva tendencia. Ninguno de los personajes de esta novela tiene nombre y eso, junto al paisaje alpino que hace de contexto de la narración y cierta tonalidad alegórica, hace que el inconsciente lector se desplace (Kafka es en buena medida culpable de ello) hacia algún remoto lugar centroeuropeo. Un enviado de la capital se persona en el pueblo para investigar las circunstancias de la muerte del organista y, como decimos, los testigos de los sucesos componen a través de su testimonio un puzle con el que el lector (trasunto del enviado capitalino) pretende dibujar una imagen coherente de lo acontecido. Como en Rashomon, la justamente aclamada película de Akira Kurosawa, las versiones de los testigos no siempre coinciden. Hay intereses enfrentados, traiciones, hechos que se pretende ocultar. La naturaleza ama ocultarse, decía Heráclito, y el autor de El órgano no solo parece estar de acuerdo sino que actúa por medio de su narración como un agente de la naturaleza. Sí, la verdad, como la naturaleza, se esconde; aunque es posible que, a pesar de todo, finalmente salga a la luz. Así, con estos mimbres, se teje esta novela que tiene algo de novela negra, de relato alegórico, de historia de terror, y que no deja de ser, al mismo tiempo, un breve tratado de estética.
Sabemos por lo que nos cuentan los testigos que el organista y su mujer llegaron al pueblo y que al principio despertaron entre los nativos los recelos habituales ante aquellos que vienen de fuera, que son extranjeros. El organista ha llegado junto a su mujer (que pronto quedará embarazada y dará a luz a un hijo) para sustituir al antiguo organista. Las reticencias de los oriundos no solo se centran en el hecho de que sean foráneos sino que encuentran asidero asimismo en la música del organista, causa de cierta extrañeza. El paso del tiempo, sin embargo, consigue vencer las reticencias iniciales. Tanto la música como el pianista y su familia se van ganando la confianza de las gentes del pueblo. Incluso suscitan un tanto de admiración. La concepción musical del organista tiene que ver con la idea pitagórica, mezcla de estética y de religión, que imagina el mundo como una trama de armonías no siempre audibles. El organista se propone la tarea de verter esa sintonía a notas musicales. Durante un tiempo, la vida en el pueblo parece encarnar ese ideal de armonía que con tanto ahínco persigue el organista.
Pero la guerra, una guerra prototípica de la que no sabemos quiénes son los contendientes ni cuál es el motivo de la disputa, viene a estorbar la placidez de las vidas de los personajes. El carpintero es reclutado para luchar en uno de los bandos y su mujer y su hijo se quedan en el pueblo. No pretendemos ahorrar al lector la lectura de esta novela contando todos los detalles pero sí diremos que la guerra lo cambia todo. Finalizada esta, el organista regresa al hogar para descubrir que su mujer y su hijo han muerto. Antes incluso de conocer la terrible noticia, el organista (según los testimonios que anota el encargado de redactar el informe de lo ocurrido) ya no es el mismo hombre que salió del pueblo. La guerra parece haber acabado con sus ideales filantrópicos, pero también estéticos. Del mismo modo en el que el pitagorismo fue incapaz de sostener su ideal de armonía tras el descubrimiento de los números irracionales, así el organista ha tomado conciencia de la sinrazón de la existencia. El principio de esta, tal vez, no sea el número (aritmós), como preconizaban los pitagóricos, sino el fuego (pyr), como afirmaba Hípaso de Metaponto, el líder de la secta de los acusmáticos. Y es ese fuego destructor el que contagia el arte del organista y el que consuma su destino. El organista se resiste al principio a retomar la música pese a la insistencia de sus vecinos, aunque finalmente acaba cediendo. El órgano ha sido destruido durante la guerra y el organista es el encargado de reconstruirlo. Y la música que acaba saliendo de ese órgano, en una escena sin duda memorable de esta novela, tiene un efecto completamente insospechado entre los asistentes al templo. La idea de la música como elemento dionisíaco que toma posesión de los cuerpos y de las almas viene de muy antiguo, al menos desde Orfeo. La música como una droga que nos transforma y rompe el molde con el que nos identificamos. Esa es la música que el organista ofrece a los habitantes del pueblo. Una música que, pasados unos días, les avergüenza, les solivianta, les parece obra del diablo. El extranjero vuelve a serlo más que nunca y la comunidad busca reforzar de nuevo sus lazos usando la vieja estrategia del chivo expiatorio. El enviado de la capital ya ha recopilado todas las piezas. Es ahora el lector quien debe organizarlas para hacerse una idea de la verdad, aunque sea borrosa.