Alfredo Alonso Estenoz
Borges en Cuba. Estudio de su recepción
Pittsburgh, Borges Center, University of Pittsburgh, 2017
166 páginas, 20.00 $
POR ANTONIO JOSÉ PONTE 

Hace unas décadas, a inicios de los ochenta del siglo pasado, el único modo en que alcanzaba a leerse a Jorge Luis Borges en Cuba era robándose alguno de sus libros. Al menos ése fue mi caso. No se encontraba título suyo en librerías, ni siquiera en las de segunda mano. El correo postal no dejaba pasar ninguno si un amigo solícito lo enviaba desde el extranjero y el nombre de ese autor no aparecía en los catálogos de las bibliotecas públicas. ¿Quién era Borges en Cuba? Nadie. Ni artículo o reseña o ensayo publicados en revistas podían citarlo. La damnatio memoriae dictada por las autoridades revolucionarias era contundente.

Había en la Biblioteca Nacional un piso o unas cámaras dedicadas a almacenar la literatura prohibida. Allí estaban también los libros de exiliados cubanos. Nadie que yo conociera tenía acceso a aquella zona y, lo mismo que en la cartografía antigua, podría decirse de ella: Hic sunt dracones. Era tierra ignota, podrían existir allí dragones sueltos. Sin embargo, quedaba la oportunidad de una biblioteca de literatura latinoamericana donde tenían a Borges, previa presentación de una credencial de especialista.

¿Qué era ser especialista? Yo era estudiante apenas, pero un buen amigo mío contaba con la credencial pertinente y en aquella sala de lectura había conocido la obra de unos cuantos censurados. Le permitían consultar los libros, tenía copiados en una libreta los primeros poemas de Borges que tuve la suerte de leer y me habló de cuentos y ensayos suyos maravillosos que no había alcanzado a transcribir. De manera que el único modo de acceder a aquellos textos era mediante el robo, él planeaba un golpe, necesitaba un cómplice, y ahí entraba yo.

Me dejaría a Borges porque estaba convencido de que yo tendría que leerlo a conciencia. Incluso me sugirió otro prohibido: Octavio Paz. Lo que por esos años podría considerarse como un buen lector formado en Cuba habría oído hablar de ambos sólo muy vagamente o ni siquiera eso. Y lo mismo podía ocurrirle con ciertos autores nacionales, José Lezama Lima, por ejemplo, quien había muerto poco tiempo antes en aquella misma Habana.

Luego la falta de Borges y Paz y Lezama Lima ramificaba la ignorancia hacia literaturas más lejanas, pues cualquiera que frecuentara a estos tres escritores iba a acceder a sus bibliotecas. Paz conduciría a Basho; Borges, a El coloquio de los pájaros; Lezama Lima, al Libro de los muertos… Cada uno de ellos a tantos otros autores y obras.

No vale la pena mencionar aquí la clase de literatura con que las librerías habaneras sustituían ausencias como las suyas. Plan de robo: cronometrada la salida a almorzar de las bibliotecarias, a partir de ahí acordamos nuestra coreografía. Mi amigo pediría con anterioridad un grupo de libros para devolverlos en el preciso instante en que las bibliotecarias se fueran a almorzar y quedara una sola de ellas a cargo. En ese montón de libros postergados sobre el mostrador, estarían los suyos y los míos y me correspondía a mí arrasar con todos.

Así lo hicimos, así fue cómo conseguí dos tomos de poemas de Paz —Ladera Este y Salamandra— y la Nueva antología personal de Borges. De los que eligiera el cerebro de la operación, recuerdo algo de Rodolfo Walsh, inencontrable, aunque su autor no estuviese prohibido.

Por supuesto que era reprochable dejar a los especialistas sin aquellas lecturas, si bien no sentí remordimiento alguno. Yo extendía la miseria implantada por las autoridades: ellos prohibían libros y, al robarme algunos, yo se los negaba a los pocos lectores autorizados. Pero robaba contra la censura, contra unos privilegios, y de poco les servía leer a aquellos especialistas, incapacitados como estaban para citar uno solo de los nombres prohibidos.

Seis o siete años después, cuando tenía leído y releído el volumen de Borges e incluso había dado con otros de sus títulos, en La Habana publicaron una antología suya. La seleccionaba y prologaba Roberto Fernández Retamar, el mismo que veinte años antes descargara el más rotundo ataque contra Borges desde el oficialismo.

En este punto es preciso aclarar que la censura revolucionaria cubana gasta maneras sigilosas. Pocas veces se hallará prueba de su actuación, pocas veces una de sus sentencias será publicada. Casi nunca, a la abierta manera soviética, un artículo en Pravda indica el final para un artista, y nuestro Stalin no se rebajaría nunca a calificar de monja y de ramera a ninguna Ajmátova. No citaría el nombre de la tal Ajmátova, no sabría quién era ésa. Por lo tanto, no cabe mejor documentación respecto a la censura cubana de Borges que el Calibán publicado en 1971 por Roberto Fernández Retamar, aunque técnicamente no se trate de un dictamen de comisario.

En cualquier caso, para 1988 habían cambiado muchas cosas y Fernández Retamar podía aparecer como el campeón de la divulgación de Borges dentro de Cuba. Lo había visitado en Buenos Aires (eso cuenta en el prólogo de su antología) y buscó hacerse perdonar cualquier yerro que hubiera cometido él apelando a los yerros del Borges joven. «Debo añadirle que he escrito algunas cosas duras sobre usted, Borges —cuenta que le dijo—, pero probablemente no más duras que las que usted escribió sobre Darío y Lugones».

Disculpándose, Fernández Retamar procuraba colocarse en un puesto inmerecido, en una cadena de transmisión que incluía a tres grandes maestros de la lengua. Una estrategia semejante (aunque su cadena de transmisión fuera menos agonística) había seguido Severo Sarduy en Buenos Aires, cuando afirmó que Néstor Perlongher era a él, Sarduy, lo que Sarduy era a Lezama Lima, lo que Lezama Lima era a Góngora, lo que Góngora era a Dios…

Existía, no obstante, una gran diferencia entre lo duro que fuera Borges con Lugones y Darío y la dureza contra Borges de Fernández Retamar. Pues, para apoyar sus desdenes críticos, Borges no había recurrido a la fuerza de un Estado, no había contribuido a la censura política de aquellos a los que se opuso. No criticaba a Darío y a Lugones en nombre de una ideología política.

En un momento de su diálogo bonaerense con Jorge Luis Borges, Fernández Retamar menciona el barrio de La Víbora, su interlocutor pregunta en dónde existe un barrio con tal nombre, y él se explica: «Ese barrio está en la ciudad de La Habana, capital de un país llamado Cuba, cuyo régimen político yo sé que usted no aprecia demasiado. Pero ni siquiera eso puede impedir que usted tenga allí millares de lectores, millares de admiradores. Y por eso he insistido en verlo. Porque preparo una antología suya y necesito su consentimiento».

El tono para hablar de La Víbora es semejante al del Marco Polo que cuenta a Kublai Kan una de las ciudades invisibles imaginadas por Italo Calvino. E, igual que ocurre tantas veces con la repentina entonación poética, no es más que una añagaza, un señuelo para hacer pasar la falsedad más gorda. En los labios del comisario político cubano, la descripción de la censura resulta todavía más fantástica que el fantástico barrio de La Víbora: Borges cuenta con millares de lectores en Cuba a pesar no del silenciamiento impuesto por las autoridades sobre sus libros, sino del poco aprecio que él sienta por el régimen cubano. De modo que, si lo que Borges se propuso como sanción política a una dictadura consistió en no ser leído en Cuba, tal empresa había resultado un fracaso.

El prólogo de Fernández Retamar a su antología borgesiana, más que una introducción a la obra de tan relevante autor desconocido para los cubanos, es una operación de blanqueamiento de su expediente propio. No es un prólogo, sino una fe de erratas. Pura sofística exculpatoria.

En su libro sobre Borges y Cuba, Alfredo Alonso Estenoz estudia detenidamente este y otros episodios bibliográficos y políticos. Ocuparse de Borges en Cuba no es referir visita alguna del escritor a la isla, porque no la hubo: invitado de forma oficial en 1960 y 1985, declinó ambas invitaciones. Tampoco es detenerse en el conocimiento que pudiera tener Borges de la literatura cubana y sus autores, que no fue apreciable. Es, principalmente, estudiar la particularidad que representa Cuba en la historia de la difusión del escritor argentino. Pues, si en todo el continente lo acompañó durante décadas la aversión de intelectuales y militantes de izquierda, únicamente en Cuba esa aversión llegó a su expresión policial más acabada, a la recogida de sus libros y el silenciamiento.

Alfredo Alonso Estenoz recorre la historia cubana de Jorge Luis Borges desde unos poemas reproducidos a fines de los años veinte en el habanero Diario de la Marina hasta su expresa colaboración en la revista Ciclón en los cincuenta, el número que Lunes de Revolución le dedicara en agosto de 1959, la censura de varias décadas y, luego, el levantamiento de dicha censura.

Dos de los cinco capítulos de este libro se centran en Virgilio Piñera y Roberto Fernández Retamar, los dos escritores cubanos más implicados en la crítica a Borges. De la relación de Piñera con Borges afirma Alonso Estenoz: «Comenzó con una dosis de respeto mutuo y de perspectiva crítica por parte de Piñera, quien no tardó en censurar directamente la literatura argentina del momento y en particular a Borges».

Borges en Cuba sigue todas las pistas que ayudarían a responder por qué la obra de Jorge Luis Borges cayó dentro del Index Librorum Prohibitorum Castrorum. No obstante, sopesadas esas pistas, no parece que haya una contestación puntual. La cuestión no se resuelve en una anécdota o en un documento de época, y este libro de Alfredo Alonso Estenoz se lee como una de esas narraciones policiales que no arriban definitivamente al criminal, no esclarecen el motivo del crimen y pueden llegar incluso hasta a difuminar la víctima. Todo ello sin escamotear el aire de crimen en el ambiente.

En sus páginas finales, Alonso Estenoz cuenta un reciente recorrido suyo por las librerías de La Habana, donde no encontró ningún título de Borges. La antología que Fernández Retamar preparara no ha vuelto a imprimirse, apunta. Borges en Cuba ha pasado de ser censurado a ser descuidado por las editoriales estatales, las únicas allí existentes.

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