Otros autores contemporáneos han dado también narraciones sobre los ingleses y la vida en Inglaterra. Benito Pérez Galdós (1843-1920), uno de los mejores novelistas europeos del siglo xix, que tenía a Charles Dickens por maestro, viajó a Inglaterra en tres ocasiones —en 1883, 1886 y 1889—, recorrió minuciosamente las calles de Londres —en busca siempre de la ciudad descrita por Dickens— y visitó muchos otros lugares relevantes de la literatura inglesa, como la casa de William Shakespeare en Stratford-upon-Avon. Publicó las impresiones de su tercer y último viaje —con el título, precisamente, de La casa de Shakespeare— hacia 1895.[2] Cuando en ella se asoma al libro de firmas, observa, asombrado, la ausencia de nombres españoles: «Creo —escribe— que soy de los pocos, si no el único español, que ha visitado aquella Jerusalén literaria, y no ocultaré que me siento orgulloso de haber rendido este homenaje al altísimo poeta…». De Londres, empero, había dejado una visión menos admirativa, que hacía hincapié en los muchos que se habían quedado al margen de la prosperidad que ha traído el capitalismo:
En los sitios más céntricos, en las inmediaciones de los hoteles y de las estaciones de ferrocarril, se ven bandadas de niños harapientos, tiznados de hollín, descalzos y sin ningún abrigo. Aterra el pensar cómo vivirán aquellas desgraciadas criaturas cuando se desaten los rigores del invierno.
En 1905 vio la luz Los ingleses vistos por un latino: impresiones de viaje,[3] del catalán Federico Rahola y Trémols (1858-1919), un escritor mucho menos conocido que los anteriores, que dio de Albión una imagen risueña y admirativa, pero también sarcástica. Y no es casualidad que el primer capítulo del libro se dedique a «El alcohol en Inglaterra», un asunto del que ya se había ocupado Leandro Fernández de Moratín, del que dice:
En Inglaterra, emborracharse es la cosa más natural del mundo, tan natural como en nuestro país tomar el sol en un día de invierno. Esta es la única manera que tienen los ingleses de salirse de la isla sin atravesar el canal de la Mancha. El polvillo de carbón flotante en la atmósfera, los ruidos pertinaces de la industria que pueblan el aire, el color negro de los edificios, la niebla espesa y penetrante, los rostros sombríos y los labios silenciosos forman un todo que empuja hacia el alcohol, como entre nosotros hay un algo que nos llama a la luz.
Rahola, de nuevo como Fernández de Moratín, también repara, y no para bien, en los pies de las inglesas: «Su cara es un poema y sus pies, una monstruosidad; en tan corta distancia vas a parar desde la escultura griega a las informes concepciones churriguerescas; un ángel no desdeñara su rostro y un gallego rehusaría sus plantas. Se ofrecen a los ojos como figura primorosa asentada sobre pedestal enorme y desproporcionado», aunque, en nota a pie de página, señala, ecuánime: «No es siempre así».
Pío Baroja (1872-1956), otro grande de las letras hispanas, era también devoto de Dickens. Su primera estancia en Londres se remonta a 1906, y el motivo no era otro, como en el caso de Galdós, que conocer la ciudad de su admirado Dickens. Tras un mes callejeando, Baroja comprendió que la ciudad era algo más que lo leído en las novelas del inglés: se trataba de «un mundo —según dice en sus memorias— imposible de explorar ni en meses ni en años; un mundo envuelto en oscuridad, en niebla, con distancias inabarcables, con unos contrastes de miseria y de riqueza que no había en parte alguna». De este primer viaje a la capital británica surge la novela La ciudad de la niebla, publicada en 1909, que se desarrolla enteramente en Londres y donde, por boca de sus personajes, se describen algunas escenas terribles, que recuerdan a las descritas por Galdós:
Al anochecer, estas calles próximas al mercado de Covent Garden se animaban; de los portales salían mujeres gordas, jovencitas cubiertas de harapos y una nube de chiquillos andrajosos. Estos chiquillos no tenían el aire ligero y alegre de los chiquillos pobres de España; eran sucios, tristes; las chicas parecían aplastadas por una boina grande de punto; los chicos, huraños y quietos, apenas jugaban. […] Por todo el barrio, en las casas y en las tabernas, se oían riñas y disputas. Los hombres pegaban a las mujeres y a los chicos con una brutalidad terrible. Era triste ver, en medio de esta civilización tan perfecta en tantas otras cosas, que se maltrataba a los niños como en ningún pueblo del mundo.
El segundo viaje de Baroja a Inglaterra tuvo lugar en plena Guerra Civil española, entre 1937 y 1939. En éste no se limitó a visitar la capital, sino que su recorrido se extendió a otros lugares del país. Fruto de esta segunda estancia fueron varias obras, como Los impostores joviales, Laura o La soledad sin remedio, Los espectros del castillo o El hotel del cisne, en las cuales Londres tiene siempre un papel preponderante.
El periodista y escritor gallego Julio Camba (1884-1962) dejó un extraordinario compendio de crónicas, titulado simplemente Londres. Impresiones de un español, publicado en 1916.[4] Camba llegó a Londres a finales de 1910 como corresponsal del diario El Mundo, y durante su año largo de estancia en la capital británica escribió más de ciento cincuenta artículos, que fueron apareciendo en la prensa española hasta 1912. Luego volvió a Londres, en 1913, aunque entonces sólo se quedó unos meses. Fruto de esta doble experiencia inglesa son las piezas que incluye en Londres, uno de los más inteligentes y bienhumorados retratos que se han hecho nunca de la ciudad. Camba aplica para su descripción la misma mirada crítica pero risueña que los viajeros ingleses lanzaban a las tierras del mundo que se esforzaban por conocer (y conquistar), y también un estilo punzante y sutil, similar al de los propios ingleses, quizá porque era gallego y la ascendencia celta influía en ambos. El humor surge, en este libro feliz, del permanente contraste entre la entusiasta adhesión hispana a la ley del mínimo esfuerzo, a la improvisación y al jolgorio que anima a Camba, y la moral puritana de sus anfitriones, empeñados en cumplir las normas, pagar facturas y sobreponerse a la lluvia. Pese a la originalidad en el tratamiento de los temas y en el punto de vista adoptado por Camba para sus análisis, quien compare sus crónicas con las de anteriores viajeros españoles en Londres verá que muchas preocupaciones se repiten. Sólo a título de ejemplo, Camba habla del «suicida inglés», como Fernández de Moratín; de los «hombres-sándwich», como Federico Rahola; y de los pies de las inglesas («los pies muy grandes, para que no se caiga»), como ambos. También, como era de prever, de su desmedida afición a la bebida, de su comida sin placer ni trascendencia —y no es de extrañar en Camba: era un gourmet, al que se debe uno de los mejores tratados gastronómicos del siglo xx, La casa de Lúculo— y de su niebla y su lluvia. En el memorable primer artículo de Londres, «El guardia objetivamente considerado», hace del bobby metáfora de la sociedad rotunda e impermeable en la que ha dado en vivir:
A mí, el guardia inglés me parece algo sobrehumano, que está por encima de nuestras pasiones y de nuestra sensibilidad. Alguna vez he tenido precisión de preguntarle a un guardia por una calle; me he acercado a él y he mirado hacia arriba. El guardia tenía la cabeza levantada y no me veía. Le he llamado y he formulado mi pregunta. Entonces el guardia, sin mover la cabeza para mirarme, me ha contestado minuciosamente, y, cuando yo me he ido, se ha quedado en la misma actitud, inmóvil e impasible. Y es que, cuando uno le pregunta a un guardia inglés, el guardia inglés no le contesta a uno: le contesta a la sociedad. No hay cuidado de que uno influya en su espíritu según vaya mejor o peor vestido y según sea más o menos simpático. Ya he dicho que el guardia inglés es sobrehumano. Su espíritu es el espíritu del deber. Usted, yo, cualquiera, al acercarnos a él, somos la sociedad que le llama. El guardia responde, y nada más.
Las primeras muestras de la atención prestada por los poetas españoles a la capital británica se encuentran en la más importante de las muchas emigraciones políticas del siglo xix: la de los románticos y liberales que huyeron de la persecución de Fernando VII, en su doble restauración del absolutismo, en 1814 y 1823. Unas mil familias se establecieron en Londres, la mayoría en Somers Town —en la zona de Euston—, que se convirtió en el barrio español por excelencia. Inglaterra fue su destino porque ninguno de los demás países europeos, gobernados por los herederos del Antiguo Régimen, quiso acoger a los revolucionarios españoles, pero en el Reino Unido aún se creía en el amparo al perseguido y en la libertad de pensamiento y expresión. Valentín Llanos Gutiérrez, novelista en inglés y amigo de Keats, lo expresó con acierto: Inglaterra era el «único país en Europa donde el honrado patriota encuentra simpatías y apoyo, respirando el saludable aire de la libertad». Entre aquellos refugiados se contaban algunos literatos ilustres, como José Joaquín de Mora, periodista y poeta, traductor de Walter Scott y Jeremy Bentham; Bartolomé José Gallardo, poeta satírico, crítico literario, bibliófilo y bibliocleptómano, que compuso en Londres «El panteón de El Escorial», una violenta y documentada silva contra todos los reyes españoles, desde los Católicos hasta el abominable Fernando VII; Ángel de Saavedra, duque de Rivas, poeta y autor de un clásico del teatro romántico español, Don Álvaro o la fuerza del sino, que antes —ya no— todos los jóvenes españoles estudiábamos en el bachillerato; Antonio Alcalá Galiano, que vivió muchos años en Inglaterra, que, pese a sus muchas estrecheces, se negó a recibir un subsidio del gobierno británico porque estaba escribiendo una biografía de Rafael del Riego en la que criticaba el papel desempeñado en su vida por ese mismo gobierno, y que fundó en 1830 la primera cátedra de español en la recién fundada Universidad de Londres; y José de Espronceda, el adalid del Romanticismo hispano, que residió en la capital británica de septiembre de 1827 a marzo de 1829 y durante la primera mitad de 1832. La mayoría prosiguió su obra literaria y se sumó a nuevos proyectos, como las muchas revistas que la colonia española fundó en la ciudad, de las que acaso Ocios de Españoles Emigrados, publicada entre 1824 y 1827, fuese la más importante.[5] En una serie de artículos aparecidos en sus páginas, un colaborador anónimo, «El Emigrado», hizo un retrato espléndido de la vida en el Londres de aquellos años. Pero el fresco que pinta «El Emigrado» nos informa tanto sobre la realidad de aquella Inglaterra previctoriana como sobre la propia cultura y visión del mundo de los españoles. «El Emigrado» se admira, en primer lugar, del tráfico, de «las grandes aglomeraciones de gente, que trae por consecuencia los encontronazos en la calle, sin el consuelo de echar un voto con buen éxito, pues como no nos entienden es lo mismo que predicar en desierto». Desde entonces, el tráfico en Londres no ha dejado de empeorar. En otro artículo ensalza «la inimitable iluminación nocturna, sostenida por el feliz invento del gas», y es comprensible su admiración: la iluminación a gas no llegaría a España hasta 1841. El vestido de hombres y mujeres le sugiere también a «El Emigrado» interesantes reflexiones: los varones no llevan calzón corto, sino «pantalón largo y frac, y esto, hasta los barrenderos». En cuanto al de las mujeres, presenta un grave inconveniente: «Aunque los trajes de las señoras son […] sumamente honestos, la estructura particular de los corsés o apretadores hacen traición a la modestia, marcando formas con demasiada fuerza y propiedad, lo que produce en nosotros los españoles sensaciones demasiado violentas». Cabe imaginar el sufrimiento de aquellos españoles católicos y exiliados, paseando por las calles de Londres, atribulados por «las formas» tribunicias de las inglesas. «El Emigrado» también consigna el efecto que la ropa de los españoles produce en sus anfitriones: «He observado con sorpresa que los trajes griegos y asiáticos no excitan la risa que nuestras capas. ¿Qué sucedería si vieran a un maragato o a un valenciano? ¿Y el traje de éstos es más chocante que el de un escocés?». Pero esas capas españolas no sólo provocan risa, sino también desprecio: «Nos llamaban perros franceses […] Sin embargo, cuando les decíamos que éramos españoles, se cambiaba la escena en obsequio, pues a esta gente no se les oculta que a la firmeza del carácter español y a su lealtad y bizarría se ha debido la destrucción del corso afortunado que amenazaba destruir su poder y su bienestar». El comportamiento de esas mujeres cuyo apretado indumento tanto perturba a los españoles, acostumbrados a que en su país las féminas se amortajen en sayos, también desconcierta a los exiliados: van solas por la calle y nadie les dice ningún piropo. Así, «llega a tal grado la confianza en las leyes que las señoritas salen de sus casas, toman la diligencia y sin acompañantes se trasladan de un pueblo a otro». Y pone por admirativo ejemplo: «Desde la estación de Bristol hasta Londres nos acompañó una niña joven, hija de un caballero». De sus pies, en cambio, no habla.