Pese a las crónicas de «El Emigrado», que cabe considerar una excepción, durante su estancia en Gran Bretaña pocos atendieron a la ciudad que los había recibido, y los que lo hicieron, lo hicieron poco y sin simpatía. La melancolía no les dejaba: su mayor preocupación era volver a una España que sentían torturada y entenebrecida. Incluso los poemas que hablan de Londres, como los escritos por Espronceda y Martínez de la Rosa, hablan en realidad de España: son mera trasposición de otro lugar más deseado. El duque de Saavedra, por su parte, compuso piezas como «El desterrado», de elocuente título, y «El sueño del proscrito», donde dejó dicho:
Despierto súbito
y me hallo prófugo
del suelo hispánico
donde nací […];
y en vez del bálsamo
del aura plácida
del cielo bético
que tanto amé,
las nieblas hórridas
del frío Támesis
con pecho mísero
respiraré…
A todos los había precedido la figura insólita y eminente de José María Blanco White, que se había establecido en Inglaterra en 1810, huyendo del gobierno bonapartista en España, y que nunca volvería a su país: murió en Liverpool en 1841, tras haber escrito, entre otras obras, unas memorables Letters from Spain y «Night and Death», «el soneto más hermoso y de concepción más grandiosa de nuestra lengua», según Coleridge.
Una segunda oleada de poetas y escritores arribó al Reino Unido durante la Guerra Civil española o tras la derrota republicana, en 1939. Los más destacados fueron Luis Cernuda, Pedro Garfias, Arturo Barea, Esteban Salazar Chapela, Manuel Chaves Nogales y José Antonio Balbontín. El sevillano Cernuda (1902-1963) vivió en Gran Bretaña —en Glasgow, Cambridge y Londres— desde febrero de 1938 hasta septiembre de 1947. Cernuda no disfrutó de esos años de exilio; antes bien, sufrió mucho: el clima lo martirizaba, no menos que el puritanismo anglicano, la frialdad de la gente y un capitalismo óptimo tanto para producir bienes como para destruir los frutos de la imaginación y la alegría de vivir. Si Londres lo ahogaba con sus muchedumbres y su ruido, Glasgow fue lo más parecido al infierno, un infierno helado, aunque al principio descubriera el «atractivo matinal [de] hallarse en los cuartos de baño con déshabillés o desnudos escoceses». Pero la ciudad caledonia le resulta oscura, soporífera, desolada: un «amontonamiento de nichos administrativos», «una charca». Pasa después, en 1943, al Emmanuel College, de Cambridge, donde trabaja como lector de español, y donde disfruta de sus mejores años ingleses: si no de felicidad —una palabra siempre excesiva cuando se trata de Cernuda—, sí, al menos, de sosiego. En 1945, en fin, se traslada a Londres, donde colabora con el Instituto Español, financiado por el gobierno republicano en el exilio, y ejerce de crítico literario en el Bulletin of Hispanic Studies. Los veranos los pasa en Oxford con su amigo el pintor Gregorio Prieto. Si bien la estancia de Cernuda en Gran Bretaña fue, en lo personal, desafortunada, el provecho literario que obtuvo de ella fue grande: leyó a los metafísicos ingleses, a Eliot y a Auden, a Wordsworth y a Blake, a Yeats y a Shelley, a Keats y a Browning, y tradujo Troilo y Crésida, de Shakespeare. Todo ello le sirvió para esquivar, como consigna en Historial de un libro, la falacia patética y «la bonitura y lo superfino» de la expresión, y desarrollar una lengua cuidada y útil, pero carente de afectación: la austeridad y la naturalidad, tan propias de la literatura inglesa, serán dos rasgos esenciales de la que él escriba hasta su muerte, que se proyectarán en buena parte de la poesía española contemporánea, gracias a la creciente influencia de la obra cernudiana. También para quienes habían sido sus conciudadanos durante una década, y con los que había soportado el horror de la Segunda Guerra Mundial, tuvo palabras de reparación: «No es Inglaterra ni son los ingleses gente que atraiga fácilmente el afecto, al menos el mío; pero no conozco tierra ni gente hacia las que sienta igual admiración y respeto». Igualmente, escribió: «Inglaterra es el país más civilizado que conozco, aquel donde la palabra civilización alcanzó su sentido pleno. Ante esa superioridad no hay sino que someterse y aprender de ella o irse». Él decidió irse, y celebró profundamente su marcha. Lo reflejará en «La partida», un poema escrito en los Estados Unidos, pero que recoge sus impresiones de aquellos ríos grises, de aquel aire húmedo, con los que había tenido que convivir, o que había tenido que soportar, y que concluye, proféticamente: «(Adiós al fin, tierra como tu gente fría, / Donde un error me trajo y otro error me lleva. / Gracias por todo y nada. No volveré a pisarte)».
Otro poeta andaluz, Pedro Garfias (1901-1967), apenas pasó unos meses en Gran Bretaña, pero fueron suficientes para empezar a alcoholizarse y escribir Primavera en Eaton Hastings (Poema bucólico con intermedios de llanto) —según Dámaso Alonso, el mejor poemario del destierro español—, que publicaría al llegar a México, en junio de 1939.[6] Compuesto en el refugio a donde lo enviaron, la mansión de Alexander Gavin Henderson, segundo barón de Faringdon, en Eaton Hastings, Primavera en Eaton Hastings renueva aquel canto por España que ya habían entonado sus compatriotas liberales, también exiliados en la lluviosa Inglaterra, a principios del siglo xix. En el intermedio «Noche con estrellas», escribe:
Aunque te rompas, frágil bóveda, en mil pedazos
esta noche estrellada,
yo tengo que gritar en este bosque inglés
de robles pensativos y altos pinos sonoros.
He de arrancar los árboles a puñados convulsos,
he de batir el cielo con mis manos cerradas
y he de llorar a voces este dolor mordido
que brota a borbotones de mi raíz más honda.
Solo en medio de un pueblo que forja su destino
y rueda sus azares con temple calculado;
que trabaja y que juega y el domingo descansa
y toda la semana vigila los confines
con la mirada alerta de un perro de rebaño;
que traza sus caminos como quien peina un niño;
que devora las negras entrañas de su suelo
con una verde lengua de parques y jardines;
que cuida con ternura franciscana sus flores,
sus aves y sus peces, y esclaviza a la India;
solo en medio de un pueblo que duerme en esta noche
yo he de gritar mi llanto.
Aunque el silencio cruja y se despierte el cisne
—que es propiedad del rey— y quiebre aleteando
las aguas impasibles; aunque las aguas corran
a golpear la orilla con sus tiernos nudillos
y el rumor se propague por el bosque curioso
y llegue a despertar la brisa que dormía
tras la colina curva; aunque la brisa vuele
a sacudir los prados y pulsar las ventanas;
aunque el temblor sonoro se extienda a las estrellas
y perturbe un momento su formación tranquila
mientras duerme Inglaterra, yo he de seguir gritando
mi llanto de becerro que ha perdido a su madre.
Aunque la experiencia inglesa de Garfias fue breve, conoció una circunstancia excepcional, que relata Pablo Neruda en sus memorias Confieso que he vivido,[7] y que constituye una metáfora singular de la comunicación entre las personas y, por extensión, también entre los pueblos. Cuenta Neruda:
Fue a parar al destierro a un castillo de un lord […]. El castillo estaba siempre solo y Garfias, andaluz inquieto, iba cada día a la taberna del condado y silenciosamente, pues no hablaba el inglés, sino apenas un español gitano que yo mismo no le entendía, bebía melancólicamente su solitaria cerveza. Este parroquiano mudo llamó la atención del tabernero. Una noche, cuando ya todos los bebedores se habían marchado, el tabernero le rogó que se quedara y continuaron ellos bebiendo en silencio, junto al fuego de la chimenea que chisporroteaba y hablaba por los dos.
Se hizo un rito esta invitación. Cada noche Garfias era acogido por el tabernero, solitario como él, sin mujer y sin familia. Poco a poco sus lenguas se desataron. Garfias le contaba toda la guerra de España, con interjecciones, con juramentos, con imprecaciones muy andaluzas. El tabernero lo escuchaba en religioso silencio, sin entender naturalmente una sola palabra.
A su vez el escocés empezó a contar sus desventuras, probablemente la historia de su mujer que lo abandonó […]. Digo probablemente porque, durante los largos meses que duraron estas extrañas conversaciones, Garfias tampoco entendió una palabra.
Sin embargo, la amistad de los dos hombres solitarios que hablaban apasionadamente cada uno de sus asuntos y en su idioma, inaccesible para el otro, se fue acrecentando y el verse cada noche y hablarse hasta el amanecer se convirtió en una necesidad para ambos.
Cuando Garfias debió partir para México, se despidieron bebiendo y hablando, abrazándose y llorando. La emoción que los unía tan profundamente era la separación de sus soledades.
—Nunca entendí una palabra, Pablo, pero cuando lo escuchaba tuve siempre la sensación, la certeza de comprenderlo. Y cuando yo hablaba, estaba seguro de que él también me comprendía a mí.
El extremeño Arturo Barea (1897-1957) también huyó de España con la derrota republicana. Se estableció en Londres, donde trabajó para el servicio en español de la BBC, en la que pronunció más de novecientas alocuciones con el seudónimo de Juan de Castilla. Luego adquirió la nacionalidad británica y se asentó en Faringdon con su mujer, la periodista austríaca Ilse Kulcsar. Allí moriría en 1957. En Inglaterra escribió una de las mejores novelas del exilio español del siglo xx, la trilogía autobiográfica La forja de un rebelde, que apareció primero en inglés (The Forging of a Rebel), entre 1941 y 1946, traducida a esa lengua por su esposa, y luego en español, en Argentina, en 1951. No es extraño que este formidable relato no se publicara en España hasta 1977,[8] dada la persistente oposición del régimen del general Franco a la figura de Barea, a quien había llamado «el inglés Beria».
José Antonio Balbontín (1893-1977) fue otro destacado defensor de la República que en 1939 se exilió en Londres, donde residió hasta su regreso a España, en 1970. Como tantos otros, vivió en el Reino Unido de la traducción y de los magros ingresos que le proporcionaba la literatura. En Inglaterra escribió Por el amor de España y de la idea. Cien sonetos de combate contra Franco y sus huestes, una feroz diatriba poética contra el régimen franquista, publicada en México en 1956 con el seudónimo de Juan de la Luz; y A la orilla del Támesis (Poemas del destierro), un conjunto de cuarenta y cuatro poemas en los que se manifiesta tanto la nostalgia del poeta por España —algo esperable, como hemos visto, tratándose de un autor español— como algunas tristezas de la vida londinense, aunque también su admiración por Byron, Shelley y Keats, publicado en 2005.[9] No fue la única obra de Balbontín que vio la luz mucho después de su muerte: Mis impresiones de Inglaterra, una suerte de memorias en prosa en las que el autor declara «recoger sencillamente, como en una carta familiar, para los amigos que se interesan por estas cosas, algunas de mis impresiones personales, a lo largo de mi exilio en Inglaterra, que ha sido para mí como una segunda patria, a la que no puedo olvidar al volver a mi patria verdadera, donde no tengo ya otra ilusión que la de morir en paz bajo el sol de Castilla, si Dios me concede esta gracia», no apareció hasta 2013.[10]