POR MARINA CLOSS
El compositor aleman Richard Wagner. Fuente: wikicommons.

La hilandera wagneriana

¿Para qué empezar con Wagner? Aunque Wagner haya inventado a Senta ¿Por qué no empezar por Senta, para dirigirme lenta y somnolientamente a Wagner? un poco de barro a sus pies, un poco de sombra en el contorno de la mancha.

La Senta de El holandés errante está en una habitación oscura, junto a otras hilanderas que hilan en sus ruecas. Hilar quiere decir convertir un pedazo de lana más bien parecido a una nube en un hilo. Hacer eso en una habitación oscura: aplastar con los dedos la nube, sacarle su aire, su hinchazón, su gracia, para darle una vida nueva. Una gracia de hilo.

Las hilanderas están sentadas frente a sus ruecas, el objeto más hermoso que escupió de su vientre la Edad Media. Una rueca es, primero, una máquina. Pero una de esas máquinas extrañamente tristes y complejas, que precisan del cuerpo humano para funcionar. Esta máquina consiste en una rueda, un huso y un pedal. El huso puede pinchar. No hay, en todo caso, aguja. El huso es lo que puede hacer dormir cien años.

Para hilar, siglos y siglos de muchachas se levantaron de sus camas, siglos y siglos se sentaron en la rueca y quedaron un poco torcidas, mirando un punto fijo: el hilo que cobraba forma. Por hilar en la rueca, dolieron siglos y siglos de ojos, se quemaron siglos y siglos de pestañas. La rueca tenía una maldición, y es que dejaba a su operaria torcida y medio bizca. Pero la rueca tenía también su conjuro, y aquí viene la escena wagneriana: para hilar, hacía falta una canción. Y, entonces sí, para cantar, hacía falta: el mar y su Holandés Errante.

Todos los trabajos manuales se hicieron (y todavía se hacen) acompañados por una canción. En los folclores de todas partes, hay canciones para hilar, canciones para plantar, canciones para cosechar, canciones para lavar, para pelar, para coser. Pasando a una dimensión más abstracta, existen incluso canciones para sobrevivir. Las canciones son literatura: al ser cantadas, organizan el tiempo. Contornean los bordes del mundo. Dan aliento. Transforman en hilo fino la funesta nube informe de los hechos.

Todo esto, para llegar a esa primera escena de la ópera wagneriana en la que un grupo de muchachas hila mientras canta. Nunca pude aprenderme el ritmo de la balada, porque la primera vez que me encontré con la escena, solamente la leí. Sin querer, le puse un ritmo propio (y hasta una voz) a esa canción bajo cuyo hechizo trabajan las hilanderas:

Summ und brumm du gutes Rädchen,
Munter munter dreh dich um,
Spinne spinne tausend Fädchen,
Gutes Rädchen sum und brumm.

Es un problema traducir esas cuatro líneas, porque una traducción pasa por alto el hecho de que Wagner usa las palabras para cantar. Tendría que existir una forma de traducción alternativa, que se concentrase en traducir el ritmo, la onomatopeya del canto, y no su sentido. Aunque eso sería tan torpe como traducir solo el sentido. En todo caso, una traducción un poco deforme, a caballo entre los dos criterios:

Susurra y zumba pequeña rueda,
Cada vez más viva, gírate,
Hila, hila miles de hilos,
Pequeña rueda susurra y zumba.

La traducción es libre y casi no puede cantarse. Pero da una idea del diálogo en esa escena. Es una muchacha dirigiéndose a su rueca: a la rueda, al huso y al pedal. Así como Rosemary le canta al Diablo, las hilanderas le cantan a su rueca: summ, brumm, brumm. Los imperativos alemanes (que pierden su desinencia) dejan al desnudo las raíces: dos onomatopeyas. Summ y brumm son el ruido de la rueca girando. Digamos, entonces, que la canción de las hilanderas consiste en imitar (¿o responder?) al canto de su pequeña máquina.

Susurra y zumba

La famosa escena wagneriana tiene una especie de contrapunto. O más bien: un punto de fuga para todo ese trabajo cotidiano. En la pared del fondo de la estancia en la que las hilanderas hilan, hay un cuadro. Al tranquilo y concentrado trabajo cotidiano se le abre, como agujeros, un par de ojos sin fondo. Es la vieja imagen de un castigado, en ese cuadro está el Holandés: un villano mítico que recorre los mares en un barco fantasma. Va con su tripulación infernal de mar en mar y no desciende a la costa sino cada siete años. A la tortura de ir siempre por el agua se le contrapone la tortura de estar siempre clavada en la rueca. Senta y el Holandés están hechos uno para la otra. Por supuesto que Senta se enamora, no de él, de su desgracia. Porque quiere mirar el mar, en vez de mirar su rueca. Se enamora del Holandés para que su máquina sea el mar. Se enamora del Holandés para ser ella la que canta. Al summ, brumm, brumm de estar hilando reemplazarlo por el gran movimiento de un aria.

No hay dudas de que la gran desobediente de El holandés errante es esta pobre Senta que no quiere joyas, sino la oscuridad del mar. Pero la gran desobedecida no es ella, ni es el Holandés, sino la rueca. No el Holandés, que se lleva con él (al cielo) a Senta. La rueca que la hacía cantar contra el mar que se la lleva y la ahoga. ¿Senta debería haberse quedado afinando sus pequeños hilos? Poner la mirada en los ojos del Holandés ¿no es haber buscado la profundidad en el lugar equivocado?

La bella Marioka

La Marioka de mi cuento carece de Holandés. No sabe por qué morir. Morir por algo sería para ella un alivio. Pero morir por nada parece, en cambio, un destrato. La Marioka de mi cuento mira a su alrededor y no ve el punto de fuga, el más allá de la vida, el pozo oscuro del aria: la profundidad del mar. Limpia y sueña pero, aunque se concentra, no encuentra el motivo para nada. En vez de morir por alguien, fue su abuela la que murió por ella y ahora parece que el destino de Marioka es obedecerla. Hay una vieja diatriba: Ocuparse de las superficies: limpiar. Limpiar y limpiarse.

Pero Marioka también ve la rueda de la máquina de coser de su abuela y le habla: summ, brumm, brumm, le dice. Como hablan las muchachas con las ruecas: en la rueda, la premonición de un viejo hallazgo, una antigua complicidad. La concentración: un viejo y profundo roce, los ojos enfocados hasta la bizquera. La oscuridad surcándola como un hilo. Mirar incansablemente un punto. Convertir la nube en hilo y el hilo en canción. Oír adentro de la rueda: el gran concierto de las olas.

No sabremos jamás si la Marioka de mi historia se salva. Si cruza el mar en dirección a ese rey de Polonia que su abuela sueña que la salva. Yo misma terminé el cuento en el medio de la incomodidad más grande. Sin dudas, ella no está preparada para cruzar el mar. Pero tiene sentido que se interne en cualquier futuro con total tranquilidad. Porque Marioka reemplazó los ojos del Holandés por los giros de la rueda. Vio como el mundo consistía irremediablemente en irse, pero ¿hacia dónde? Una opción era alejarse llevada por el ímpetu. Otra opción era dejarse llevar en silencio, fascinada por el puro demorarse. La Marioka de mi historia no necesitaba amado, sino un par de ñandúes y un cochero. A falta de Holandés, Marioka demostró, como las bailarinas de Rilke, que no hace falta objeto, sino verbo. Vio como el mundo todo a su alrededor se veía más sencillo y claro en la imagen de una rueda que gira. Porque girar es concentrarse. Y concentrarse es la forma más perfecta del amor.

No era la Senta del Holandés. No estaba enamorada. Pero el corazón le saltaba en el pecho, frío, como una rana. Y el amor era un mareo sin límite. Un sentimiento igual de primitivo y vergonzoso.

Eso le pareció la vida a Marioka: el momento de mantenerse concentrada. ¿Lo que le hubiera parecido a Senta, a falta de Holandés? «Siempre», eso fue lo que le susurraron las ruedas a Marioka. Hay una sola manera de permanecer y es: entregándose incansablemente.