POR JAVIER SERENA
Director Cuadernos Hispanoamericanos

Recuerda la autora española Elvira Navarro que, en alguna clase de literatura todavía en el instituto, un profesor hizo unas declaraciones que ya entonces le resultaron sospechosas: «Aquí todo es acción y diálogo», dijo, para invitar a unas lecturas que según su recomendación sorteaban las largas descripciones decimonónicas, que era precisamente lo que ella disfrutaba más en parte por la presencia que tenían las ciudades en aquellas grandes novelas.

En esa discrepancia juvenil no parece esconderse sólo una cuestión estética. Pues considerar la recreación de la ciudad como un mero añadido, como una cuestión ornamental o un teatro levantado para acompañar a los personajes, revela una determinada idea de los lugares que habitamos.

En el reciente dossier de este número de Cuadernos Hispanoamericanos dedicado a las ciudades, Elios Mendieta rescata las apreciaciones al respecto de Roland Barthes en «Semiología y urbanismo», donde concibe la ciudad como «un discurso y un lenguaje», un ente que «habla» a sus habitantes y cuya organicidad se altera según el modo en que se habite o se recorra. Es decir: la concibe, como agente discursivo, como un «personaje más», resultado de las numerosas existencias que acoge y le conforman, una experiencia colectiva con todo el pasado y el presente acumulado en su superficie, y no un simple fondo ocasional que pudiera ponerse y quitarse como si fuera algo ajeno a sus personajes.

Precisamente en los libros de Navarro podemos ver plasmada esa inquietud por los espacios urbanos, y la ambientación de algunos de sus textos y cómo han evolucionado es paradigmática. Si en La trabajadora (2014) ya situó la acción de la novela en un barrio obrero de Madrid, para recordar las vidas más precarias que transcurren fuera de las zonas céntricas donde están localizados gran parte de los libros con los que nos hemos educado, en sus relatos recientes de La sangre está cayendo al patio (2025) abundan otros nuevos escenarios: las banlieue parisinas con su exclusión racial y sus dificultades de integración, y también otras ciudades o barrios sin nombre que nos resultan más cercanos, edificios u urbanizaciones en que conviven vecinos entre los que germina la suspicacia de los desconocidos y en donde el paisaje de cemento reciente sin ninguna herencia atesorada parece señalar la imposibilidad de que allí florezca el alma.

Estos textos —como muchos otros que pudiéramos analizar— son, pues, reflejo tanto de las transformaciones urbanas, como de la evolución de un organismo vivo, que a su vez puede dar cuenta también de cómo han cambiado las vidas de quienes habitamos las ciudades.

Todas estas transformaciones —el centro de las capitales convertido en un espacio sospechoso para la literatura por parecer un decorado artificial; o la dificultad de que surja un relato en algunos barrios construidos a toda prisa para albergar a la nueva población— evidencian la simbiosis del problema literario de las ciudades y los de sus habitantes. Un problema de identidad, como recuerda Marc Augé, al detectar el diálogo roto entre la ciudad y sus vecinos, que dan la impresión de moverse en una realidad extraña en vez de relacionarse con un interlocutor tan próximo que está formado por sus propias huellas y palabras.

No se trata de apelar ni siquiera a la nostalgia de ciudades dotadas de una elegancia o una sofisticación que quizá nunca tuvieron. Es, más bien, una forma de aludir a otra pérdida más intangible: a la distancia progresiva que se percibe entre los vecinos y sus ciudades, y que se plasma en textos en que a sus protagonistas les cuesta reconocerse a sí mismos por esa fractura.

La literatura, sin proponérselo como obligación, no puede sino recoger esta discontinuidad y otras mutaciones.

Sólo un repaso rápido por alguna narrativa de Madrid daría cuenta de las características de un imaginario literario variado y cambiante, aunque siempre reconocible. En las páginas de Arturo Barea predominan las lavanderas y las buhardillas de Lavapiés, cuyos vecinos parecen percibir la cuesta del barrio como un desafío que escalar hacia la comodidad y una vida con mayores horizontes. En el Otoño de Madrid hacia 1950 de Juan Benet, el autor y su amigo Luis Martín Santos tratan de exprimir su juventud en una capital cercada por la autarquía intelectual y espiritual que los empujan a prolongar las noches en cafetines u hostales o allá donde pueden. En el Madrid de Javier Marías de los Austrias o Chamberí u otras zonas más acomodadas, encontramos desavenencias matrimoniales o funcionariales u otras intrigas burguesas de sus personajes más cosmopolitas. En las páginas de Alana S. Portero —como en Madrid 650 de Paco Umbral, por ejemplo— está el Madrid expandido más allá de la M30 del pasado siglo, donde los barrios aún eran periferia y los personajes se trataban por sus apodos y había una atmósfera de aldea que había prevalecido en esos límites de la ciudad.

Pero en todas —rica o pobre, cutre o céntrica o burguesa— existe una afinidad entre los personajes y su territorio, una relación que es la que constituye un espacio o una vida común. Ese vínculo, siguiendo a Barthes, sería el que permitía hablar de diálogo entre los personajes y la ciudad, y que —por algunos textos comentados aquí y otros que se pueden encontrar en otros libros o en prensa o en redes sociales— expresa la preocupación creciente ante la rápida transformación de algunos núcleos urbanos y la pérdida de su naturaleza orgánica.

Como si de repente hubiera un temor por no encontrar con quien hablar: una percepción o un instinto alerta porque el de ahora sea un diálogo más roto que el de toda la tradición previa, más aislado y más desconcertado por la sustracción del que ha sido su hábitat original, y que de todas formas seguirá existiendo aunque sea de la manera perpleja o nostálgica o maltrecha de algunos textos que en estos días leemos y escribimos.