
Es la época de los brackets y de las primeras sospechas sobre la realidad. Es la época de los bolígrafos con purpurina y los cuadernos con candado. Es la época de los veranos cautivos dentro de las vacaciones familiares y de una nostalgia intensísima por el futuro. Es la época de las compresas mal colocadas. Es la época de las largas horas ante el espejo. Es la época de los pozos insondables y de la luz cegadora. Es la época de los sujetadores con relleno de espuma y de las planchas de pelo. Es la época de la fe y del estupor.
Es la época del kiosco. Es la época en la que dispones de dos euros.
Es la época de la lectura salvaje.
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En Testimonios tangibles, Nora Catelli analiza la representación que de los lectores y la lectura hace la literatura a lo largo de los siglos XIX y XX. Del prestigio hasta la vulgaridad, la figura del lector recorre el trayecto de la decadencia en paralelo a la progresiva democratización de la actividad de la lectura. Entonces, el prestigio se redirige del leer al poseer: las novelas se vuelcan en la bibliofilia y las odas a la acumulación de volúmenes en frondosas bibliotecas apuntalan el capital simbólico de aquellos pocos que ostentan el capital económico necesario para mantenerlas.
El lector desaparece de las páginas de las novelas. Como de su lectura ya no se esperan grandes cosas la literatura lo desprecia, lo caricaturiza o lo deja en paz. Antes de desaparecer, sin embargo, toma la forma de Emma Bovary. La forma más alarmante, la más aleccionadora: la del dispositivo (imaginario) de la lectura femenina. Es un tipo de lectura lisiada, mermada por la falta de aptitudes y perspectiva. El modo de lectura psicótica que convierte todo libro en una suerte de espejo de tocador y al mundo entero en un folletín. Con Emma Bovary, Flaubert nos dice: si las mujeres acceden a la lectura, harán del mundo un escenario para su histeria, para sus enloquecidas fantasías apolíticas y sus ansias sentimentaloides. Y si son mujeres de la plebe, ni pensar en las consecuencias.
Es mejor, pues, cercar los folletines, meter dentro del cerco a las mujeres, dejar que se ahoguen en sus propias insatisfacciones emocionales derivadas de su incapacidad de leer; y construir, en otro lugar, bibliotecas infinitas en las que reine la posibilidad.
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Es la época de las mañanas de agosto interminables. Es la época de la arena en la toalla y una porción minúscula de sombra bajo la sombrilla, la que te corresponde según la edad y el rango que ocupas en la familia. Es la época de untarte la piel con crema densa y lenta y de coger de la bolsa, con los dedos aceitosos, la revista que acabas de comprar en el kiosco, y de sostenerla con las dos manos y contemplar los colores satinados y la composición de letras e imágenes de la portada, y de pasar después la primera página, y de advertir entonces la traza brillante de crema solar, tu huella dactilar que queda impregnada sobre la S de SuperPop.
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«Quizás los textos narrativos del presente propongan otras experiencias estéticas, otras formas que ya no tengan que ver en absoluto con la novela como género y con el libro como soporte», aventura Nora Catelli al inicio del libro.
¿Hay un reverso para la mala lectura de Emma Bovary? ¿Se puede, en lugar de leer el mundo como un folletín, extraer del folletín el mundo entero que se le niega?
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Es la época de una sola pregunta: ¿qué tipo de chica eres?
La pregunta se encuentra en la página quince de la revista y va seguida de un cuestionario, consistente en diez preguntas tipo test con tres opciones por pregunta. Tras contestar las diez preguntas hay que sumar la puntuación asociada a cada una de las respuestas. En la última página de la revista se encuentra el solucionario. Dependiendo de la puntuación obtenida hay tres soluciones posibles. La primera solución es: eres la chica aventurera. La segunda solución es: eres la chica rebelde. La tercera solución es: eres la chica tímida.
Es la época en la que realizas el test. Te sale la chica tímida. Es la época en la que prefieres que te maten a ser la chica tímida, así que repites el test. Te sale la chica rebelde. Querías la chica aventurera, así que cuando salgas del agua, te prometes, repetirás el test. Mientras te haces la muerta en el mar rodeada de flotadores y colchonetas caes en la cuenta de algo: estás modificando el resultado del test con tus respuestas, pero al mismo tiempo el test te está modificando a ti. Podéis definiros el uno al otro y no puedes decir si es porque ya eras la chica rebelde que has podido cambiar las respuestas a las preguntas que te hace la revista o si ha sido mientras forzabas respuestas distintas que te has convertido en rebelde. Es la época en la que regresas a la toalla y unas gotas de agua salada caen desde el extremo de un mechón de tu coleta sobre las letras del test mientras te das cuenta, por primera vez en tu vida, de que lo que el solucionario acabe diciendo depende solo de ti. Estás hablando con el lenguaje. Sí. Rodeada de una multitud veraneante, ahora estáis solo la letra y tú. La letra tiene el poder de constituirte. Pero tú tienes el poder de determinar el resultado. Es la época en la que sientes por primera vez una conexión íntima, directa, con el lenguaje que aparece impreso en una página.
Comprendes de pronto que esto mismo que te ha ocurrido a ti está sucediendo al mismo tiempo bajo cientos de sombrillas de esta playa donde están tumbadas, como tú, niñas preadolescentes tratando de domeñar al texto para convertirse en la chica aventurera o la rebelde, pero por nada del mundo en la tímida. Es la época en la que miras a tu alrededor buscando a tus desconocidas compañeras en esta playa que de pronto es un laboratorio posestructuralista inconsciente donde las niñas experimentan con la naturaleza iterativa del lenguaje, con la misteriosa maleabilidad de la palabra, de la identidad y de la misma definición de mundo.
Es la época en la que entrecierras un momento los ojos, te pones la mano como visera a mitad de la frente y las buscas: tu comunidad de compañeras preadolescentes practicando lecturas radicales, decodificando y reinventando textos, realizando ritos textuales derrideanos con el test de la SuperPop en la vasta playa de la infancia que os une.
Te parece verlas a todas.
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Es la época de una sola promesa: el amor de Justin Bieber.
Se te ocurre preguntarle a la SuperPop: y tú, revista, ¿qué tipo de texto eres? ¿Eres un texto tímido, rebelde o aventurero? Miras a los ojos a Justin Bieber, cuya cara se encuentra doblada en cuatro partes en las páginas dieciséis, diecisiete, diecinueve y veinte en tamaño DIN A3, listo para ser despegado y colocado con celo en las paredes de tu habitación.
Le miras a los ojos y vuelves a formular la pregunta. Es la época en la que Justin Bieber no responde, pero también es la época en la que te devuelve la mirada.