II

En la apasionada y velada autobiografía que Gaziel escribió bajo el marbete de Història de «La Vanguardia» (1881-1936), inicialmente publicada en 1971, quien había sido uno de los mejores periodistas españoles del siglo xx sostiene, primero, que en sus inicios el periódico fue «un diari originariamente caciquista» y «òrgan del partit monarquic liberal a Barcelona», y, a renglón seguido, argumenta «quan més en perill estava La Vanguardia i més desorientats els germans Godó […] la fortuna li sonriagué per primera vegada».[2] La fortuna era el periodista andaluz Modesto Sánchez Ortiz, verdadero creador del espacio cultural y literario que nos ocupa de La Vanguardia. En el «Homenot» de la cuarta serie que Josep Pla escribió en 1961 sobre Ramón Godó, «El senyor Godó i La Vanguardia», describe sintéticamente la etapa que empieza en el 1888 al aire de Sánchez Ortiz:

Aquesta etapa, deguda aboslutament al director despert i excepcional que fou Sánchez Oritz, l’andalús que sabé llibar «La Vanguadia» amb l’élite aspcendent d’aquest país, culminà en la instal·lació del diari ja transformat en allò que l’época en digué un «Diari independent». La instal·lació es produí en plena Rambla dels Estudis, en els baixos d’una casa veïna de l’Acadèmia de Ciències.[3]

 

Por su parte, Gaziel, quien habría de dirigir el periódico en su período más brillante antes de la Guerra Civil, sostiene en su Història y bajo el epígrafe «Els veritables creadors de La Vanguardia»:

Un periodista andalús, que es deia don Modesto Sánchez Ortiz, vingué a parar a Barcelona, no se sap pas ben bé com ni per què, i el cas fou que els amos del diari el conegueren i se’l ficaren a casa. No podien haver fet res de millor. Sota el guiatge d’aquell foraster obscur La Vanguardia experimentà una transformació completa: d’òrgan ensopit d’un partidisme polític que ja es feia estantís, anà convertint-se en un tipus nou de diari, ben informat, escrit amb vivesa, ple d’amenitat i d’interès i que a més presumia de ser independent, és a dir, de no dependre de ningú més que del seu amo capitalista. El fet es produïa, justament, pels volts de l’Exposició Universal del 1888, la primera a Espanya, que donà a Barcelona i a tot Catalunya una sacsejada formidable.[4]

 

Con la dirección de Sánchez Ortiz se inicia la colaboración de Santiago Rusiñol, Josep Yxart, Joan Sardà, Narcís Oller, Ramón D. Perés y Miquel Utrillo, según constata Gaziel. Josep Maria Huertas en su interesante Una història de «La Vanguardia» (2006) precisa con mayor atención los colaboradores:

No cal dir que l’estol de col·laboradors era nombrós: José Zulueta, Josep Coroleu, Josep Yxart —que excel·liria com a crític—, Joan Sardà, el famós novel·lista Narcís Oller, Melitón González, Ramon D. Perés, Emili Blanchet, Josefa Pujol de Collado, Rafael Puig Valls, l’astrònom Josep Comas i Solà, el músic Felip Pedrell… Amb el pas del temps s’incorporarien altres firmes importants, com ara Víctor Balaguer i Josep Roca i Roca el 1892. Aquest publicaria un cop a la setmana una secció titulada «La Setmana en Barcelona», fins que tingué problemes al diari i va haver de plegar, l’any 1903. [5]

 

La fuente que utiliza es el ejemplar de La Vanguardia del 21 de febrero de 1890 donde se relaciona la lista de colaboradores. Sin embargo, omite los nombres de Santiago Rusiñol, Ramon Casas, Raimon Casellas y el corresponsal en Paris del periódico, Miquel Utrillo, además de un nombre que en el ámbito de la crítica literaria de las letras españolas tendría un relieve excepcional en los años 1895 y 1896, Josep Soler i Miquel.

Los verdaderos creadores de La Vanguardia consiguieron —tomo las palabras prestadas del maestro Jordi Castellanos— que el diario se convirtiera «en la publicació de la nova burguesía de mentalitat mès oberta i avançada que la que llegía el vell Brusi».[6] Por ello es conveniente conocer, aunque sea a vuela pluma, los textos programáticos de la transformación del periódico.

El editorial del primero de enero del 1888, «A nuestros lectores», gestionado por Sánchez Ortiz, subraya el papel decisivo que se asigna a la prensa en el son de una sociedad cualquiera: no sólo ser fiel traslado de su vida moral y material presente, sino a través de las palpitaciones del hoy posibilitar al «lector perspicaz» (excelente sintagma) la capacidad de advertir hacia dónde se encamina esa sociedad:

Uno de los signos más seguros de la cultura y de la vida de un pueblo se ofrece en su prensa periódica. En ella puede estudiar el observador la vida material y la vida moral en su doble fase de idea y de sentimiento; en ella puede encontrar revelaciones del presente y del porvenir del pueblo que estudia: del presente, en la noticia del suceso diario, en la noticia del estado de la industria, de la ciencia y de las artes, en las transacciones del comercio; del porvenir de ese mismo pueblo puede juzgar el lector perspicaz reflexionando sobre tales elementos, y estudiando con cuidado las palpitaciones de las distintas clases sociales que el periódico refleja (LV, 1-I-1888).

 

Con voluntad moderada en lo político y con una decisiva apuesta por la modernidad en el terreno cultural y literario, La Vanguardia dibuja el presente y el porvenir desde las siguientes coordenadas: «nuestro periódico debe reflejar «en primer término y con la mayor exactitud posible la vida de Barcelona, luego la de Cataluña, y por último la de España entera, que constituyen las tres relaciones primordiales de nuestra existencia social» (LV, 1-I-1888).

Sánchez Ortiz pone en marcha las reformas para conseguir los objetivos que ha anunciado. Dos años más tarde, cuando ya colaboran en el periódico Perés, Yxart y Sardà como críticos literarios habituales, un artículo editorial, que sin duda responde a la pluma del propio Sánchez Ortiz, hace una serie de consideraciones muy precisas y elaboradas. Son particularmente interesantes las afirmaciones que se contienen en el epígrafe «Doctrina profesional» del citado artículo. En él se alude, inicialmente, al afán de contribuir al progreso de la profesión que ha guiado el quehacer de los dos primeros años:

Sentimos por el periodismo verdadero amor […] El afán de progreso, no para nosotros sino para la profesión que ejercemos, tiene en nosotros la intensidad de una idea fija, de aquí nace esta fe, esta perseverancia en lo que nos parece bueno y progresivo, que raya en la terquedad, y que hemos demostrado en nuestra humilde historia (LV, 22-II-1980).

 

E identifica la auténtica práctica del periodismo con el ejercicio de dar a conocer la información con la máxima objetividad y rigro crítico expresada en el acertado lema de «dar a la opinión el dato para su juicio». En la citada objetividad e imparcialidad informativa cifra la redacción de La Vanguardia una de las claves del sistema periodístico moderno. El diario de los Godó —aunque sea de un modo peculiar y propio— manifiesta explícitamente su deseo de hacer suyas tales coordenadas:

En esa fórmula «dar a la opinión el dato para su juicio», sencilla en apariencia, pero muy compleja cuando se desentraña, se encierra todo el sistema periodístico moderno, que sirve al público, no al partido ni a la camarilla. Pero en la manera de desarrollar la fórmula, es decir en el modo de afrontar el dato, en la extensión que abarque, en la escrupulosidad con que se depure, en la imparcialidad con que se exponga, en los elementos artísticos con que se ayude y en la actividad oportuna con que se dé al público, buscamos y encontramos nuestra diferenciación, nuestra propia fisonomia (LV, 22-II-1890).

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