El primer texto crítico de Perés data del 21 de marzo del 1888 y es la primera entrega de su análisis de El cuarto poder de Palacio Valdés. La colaboración de Perés se abre con una «advertencia» (ya citada) del periódico, que volverá a encabezar al día siguiente la propiamente primera participación de Yxart como crítico de novedades bibliográficas: Se trata del análisis de La Montálvez de Pereda. Perés colaboró en La Vanguardia de modo regular, aunque no siempre en el dominio de la crítica literaria, hasta 1903. En consecuencia, es el crítico que ocupa de modo más prolongado las páginas del diario en sus primeros veinte años de vida. La frecuencia de sus trabajos disminuyó en los primeros meses del siglo xx, tal vez por su dedicación a la revista La lectura, nacida en 1901. Su sección de crítica literaria mantuvo siempre el marbete «Hojeando libros». La primera entrega coincide con su tercer artículo en La Vanguardia. Perés la presentaba así:

El director de La Vanguardia me ha honrado con una sección de su periódico en que habla de libros nuevos. Al ser este sitio adecuado, diérale yo las gracias por ello haciendo notar de paso, humildemente y según la piadosa costumbre, mi impericia y harta blandura de corazón para un oficio que según algunos no ha de menester entrañas. Pero, contra añejos usos, no voy a hacer lo uno ni lo otro. Porque es natural, señores, a mi entender, que las gracias debo de haberlas dado ya a fuer de persona medianamente ducada, y, en cuanto a las demás razones o excusas no habrán de valerme para el perdón de mis pecados aunque más verdaderas fueran que la verdad misma. Entro, pues, de golpe en nuestra sección sin darle por prólogo más que las breves líneas que llevo escritas (LV, 13-XI-1888).

Por su parte, Joan Sardà inició sus quehaceres críticos trufados de artículos de materia heterogénea, pero muy apasionante, el primero de junio del 1888. Se trataba de unas «Impresiones sueltas» sobre la Exposición Universal. Su primera colaboración como crítico data de días después (23 de junio) alrededor de la novela galdosiana Miau. Su temprana muerte en 1898 cerró una trayectoria que Joan Maragall honró con un estudio necrológico leído en el Ateneu barcelonés el 15 de diciembre del 1899, destacando su faceta de periodista político y social.

Finalmente, Soler i Miquel, quien había colaborado en La Vanguardia durante el año 1891 con dos artículos (que prometían ser más) de una serie que una nota «Al lector» refería como la realización del propósito de «que las columnas de La Vanguardia se nutran en la vida total de Barcelona y Cataluña» (LV 22-IV-1891). Los artículos de Soler trataban de la Universidad de Barcelona «madre y nodriza de todas las ciencias, por su importancia capitalísima en el movimiento intelectual de Cataluña». Tras un paréntesis que alcanza diciembre del 1894, Soler colaboró con relativa frecuencia, alternando la creación y la crítica, hasta su suicidio en la primavera del 1897. Pese a su papel subsidiario de Perés, que se pone de manifiesto en los análisis críticos que realiza en paralelo a sus trabajos de La Vanguardia en el diario La Publicidad durante el año 1895, su labor crítica ante las letras españolas es sobresaliente, en especial la valoración del último Clarín y del primer Unamuno. Precisamente en un artículo que apareció en La Publicidad (15-6-1895), bajo el marbete «Clarín» y que precede en unos días a su análisis de Teresa, también en La Publicidad (23-VI-1895), Soler descubría sus anhelos y sus dudas:

Este artículo forma parte, es como el tronco, de un estudio sobre «Los cuentos de Clarín», que no me atrevo a publicar en folleto por temor de que no haya quien lo lea. En ese estudio, el presente fragmento viene a continuación del que publiqué con aquel título hace unos cuatro meses. Ahora, con ocasión del estreno de Teresa en Barcelona, ofrezco éste a La Publicidad, por lo que quizás ayude a mostrar los «antecedentes” de aquel ensayo dramático en el espíritu de su autor. Me complazco en poder manifestar que todo esto lo escribí tal como ahora se publica, un mes antes de representarse Teresa por primera vez.[7]

 

Recordemos que Teresa se estrenó en Barcelona el 15 de junio del 1895 en el teatro Novedades. Y, al mismo tiempo, anotemos que Soler se ocupó de los cuentos de Clarín en dos espléndidos artículos del mes de febrero del 1895 en La Vanguardia. Ambos fueron recogidos por Joan Maragall en la selección de la obra de Soler que preparó y prologó en 1898 para L’Avenç. Soler y Miquel había entrado en el diario de los Godó gracias a Yxart y Sardá. La Vanguardia en una nota editorial del 22 de marzo del 1897, que seguramente redactó Sánchez Ortiz, daba cuenta de su pérdida y afirmaba que «en las filas de la juventud brillantísima que cultiva en Barcelona las ciencias y las letras, dejó un vacío difícil de llenar».

La labor de estos críticos justipreciando las letras españolas del otoño del siglo xix y de los primeros compases del siglo xx —es el caso de Perés— no le pasó inadvertida al mejor crítico español del horizonte de expectativas de esos años. Creador y crítico tan vinculado, por otra parte, a la prensa barcelonesa, en la que colaboraba regularmente desde su tribuna de La Publicidad (1880-1901). Al margen de sus relaciones con Perés, que aparentemente tienen un cierto tinte anfibio pese al común proyecto editorial que no cuajó a comienzos de los noventa, debemos certificar que al reseñar el opúsculo en el que Joan Maragall convirtió su estudio necrológico sobre Sardà en el Ateneu (diciembre del 1899), Clarín sostiene en su habitual «Revista literaria» de Los lunes de El Imparcial (23-VII-1900): «Críticos como Yxart, como Soler, como Sardà y tantos otros aventajan a muchos escritores de por acá en sinceridad, en fe, en ideal, en cultura moderna y en otras varias cualidades».[8] Juicio que hay que aquilatar en todo su valor dado que Leopoldo Alas fue siempre reticente al «patriotismo estrecho» de algunos escritores catalanes y no comprendió ni compartió las señas de identidad del catalanismo.

Desde las columnas de La Vanguardia, Yxart trazó una rigurosa valoración del teatro español de fines del siglo xix, con una relevancia especial para Galdós. La admiración de Galdós, Clarín y Pardo Bazán por sus artículos reunidos en El arte escénico en España excusa de más justificación en estas jornadas.

Los quehaceres de Perés en La Vanguardia tuvieron cinco episodios destacados. En primer lugar, su interés por Palacio Valdés en su doble faceta de creador y crítico, asimilando sus trabajos —con una cierta exageración— con los de los Goncourt, Bourget, Matthew Arnold y Henry James. Al agavillar sus trabajos críticos en el tomo A dos vientos. Críticas y semblanzas (Barcelona, 1892) una nota al pie restringía sus anteriores opiniones: «desgraciadamente Palacio Valdés no escribe ya críticas más que en muy raras ocasiones. Todo su talento se reconcentra hoy en la novela».[9]

El valor de Marcelino Menéndez Pelayo como crítico e historiador de la literatura, aquilantado con sorprendente penetración la Historia de las ideas estéticas en España, obra que pronosticaba que andando el tiempo «ha de parecer un prodigio de vitalidad al lado de tanto engendro anémico como habrán producido sus contemporáneos» (LV, 9-III-1892), constituye el segundo capítulo.

El tercer episodio tiene que ver con Clarín, crítico y creador. Perés se ocupó en múltiples ocasiones del autor de La Regenta. Sus observaciones ofrecen material para un largo discurso que obligadamente tenemos que cercenar. Leopoldo Alas, a tenor de lo que escribe Perés, es el escritor más importante de la etapa que analizamos. En realidad, al agrupar los juicios de Perés sobre Alas desde el 1889 hasta 1901 se justifica el lacónico, penetrante y ejemplar juicio de Alfredo Opisso —que estaba a punto de ser codirector de La Vanguardia— al fallecer Clarín. La nota informativa firmada por Opisso se cerraba así: «Leopoldo Alas deja un ejemplo de probidad literaria a prueba de amarguras y disgustos; de un amor al estudio como pocos habían llevado tan lejos, y de una existencia consagrada al progreso de la cultura nacional» (LV 14-VI-19). Si esta era la valoración editorial de La Vanguardia, Perés el el último trabajo que dedicó a Alas en el diario barcelones, sentenciaba el 18 de setiembre de 1901: «En el novelista hay o debe haber algo de poeta y de crítico mezclados; un hombre que crea, y otro que discierne, discute, escoge materiales, filosofa a su manera sobre lo que el contexto con el mundo le va enseñando». Sintesis admirable, que pone sobre el tapete una cuestión que no quiero dejar de enunciar y que algún día argumentaré con pausa y rigor: La Vanguardia es el diario que más inteligentemente valoró la obra del maestro asturiano desde 1885 hasta su muerte en 1901.

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