Manuel Vilas
Ordesa
Alfaguara, Madrid, 2018
392 páginas, 18.90 € (ebook 9.99 €)
POR SANTOS SANZ VILLANUEVA 

Al poco de publicarse, Ordesa se había convertido en un fenómeno de recepción positiva inhabitual. La crítica afirmativa, entrevistas innumerables que se interesaban por la expresión descarnada de la intimidad, las glosas que se aproximaban al alcance proyectivo e identificador del libro (magistral la de Miguel Munárriz en Zenda), el determinante consejo boca oreja; todo eso se juntó en un bucle que lanzó la novela (o lo que sea) a niveles de difusión raros en un escritor de calidad, de temática tan infrecuente y de forma tan original, como Manuel Vilas, más bien condenado a una amplia minoría de lectores exigentes. El propio Vilas ha manifestado con el lógico contento su sorpresa por tal halagüeño resultado. Que así haya ocurrido responde, sin embargo, al carácter de su obra, una vigorosa exploración del ámbito familiar y del corazón del autor.

Y puestos a elucubrar, quizás haya una razón más que habrá llamado la atención de sus primeros lectores, convertidos en sus propagandistas: muchos estamos fatigados de tanta autoficción artificiosa, de sacar a pasear un yo que carece de alicientes y al que se toma como pretexto para escribir un relato autobiográfico, para tener activa la máquina de escribir.  Si esa moda jugaba en contra de Vilas por el fundado temor a encontrase uno con otra trama privada sin sustancia ni carne, también ha trabajado a su favor al establecer la gran distancia que supone recrear una historia personal con la urgencia de una catarsis. El arranque redondo del relato promete una densidad que luego se cumple: «Ojalá pudiera medirse el dolor humano con números claros y no con palabras inciertas. Ojalá hubiera una forma de saber cuánto hemos sufrido, y que el dolor tuviera materia y medición. Todo hombre acaba un día u otro enfrentándose a la ingravidez de su paso por el mundo. Hay seres humanos que puede soportarlo, yo nunca lo soportaré».

Ordesa tiene un núcleo motor simple y contundente. La muerte de la madre, años después del todavía flagelante fallecimiento del padre, en coincidencia con la traumática separación de la esposa, deja en Vilas un profundo sentimiento de orfandad. La conciencia se revuelve, se agita y da lugar a un ejercicio de exploración biográfica sin reservas mentales que se muestra en el fluir desorganizado de la memoria, caótico («De mi madre heredé el caos narrativo»), con el carácter aleatorio con que surgen y se encadenan y se enredan los recuerdos. Centenar y medio de breves secuencias acogen al modo de instantáneas dispersas el cúmulo de vivencias del autor, que remata con un puñado de poemas, epílogo donde sintetiza las pulsiones fundamentales de la rememoración, «la familia y la Historia», aunque quizás habría sido más certero el rótulo «la familia y España».

La rememoración vital de Vilas reconstruye el círculo familiar, los padres sobre todo, también los hijos, en un clásico enlace generacional, y también en medida menor la mujer; el objetivo se cifra en desmenuzar la familia, esa «forma de felicidad testada», como la define. Llama la atención, en una literatura tan timorata como la nuestra, quizás por el peso del catolicismo en la conformación de la identidad nacional, el absoluto impudor con que desnuda su intimidad, y la falta de reservas con que aborda la disección de los suyos y de sí mismo. Ahora que, desde hace unos años, se han roto en nuestras letras las compuertas que contenían el caudal de las vivencias secretas con un cierto exhibicionismo del yo, también Vilas aporta un punto de vista singular al escapar de la autoflagelación sin que ello suponga esquivar episodios negativos como el alcoholismo. Tampoco hay un ejercicio de autopunición instado por la culpa sino el proceso que lleva a la lucidez, a encontrar un sentido al mundo a partir de una experiencia de tintes dramáticos. La liberación se produce como quien encuentra en la escritura el bálsamo para sus pasadas y superadas enfermedades del alma.

De ahí la verdad de Ordesa, que el libro sea necesario para el propio autor y no para hacer literatura. La perentoriedad de la escritura se deduce del objetivo final del autor, que es la muerte. La muerte constituye la revelación del sentido de la vida, de la que Vilas da la imagen de un desmoronamiento progresivo de todas las cosas que solo culmina en «la igualdad en la putrefacción de la carne». Ordesa parece evocar por momentos la existencia con aspecto de «oscura desbandada» que imaginó Eça de Queiroz, el «inmenso tropel que marcha oscuramente hacia la nada», una naturaleza inconsciente e impasible, en la exposición terrible del maestro portugués. Así permite afirmarlo la sentencia inapelable de Vilas: «O ves morir o te ven morir». Pero nuestro autor esquiva esa perspectiva nihilista para plantear una alternativa en cierto modo positiva al reafirmar una mirada amorosa, término inequívoco éste que utiliza una y otra vez, al pasado.

Hay en la rememoración de Vilas una férrea proclama, amorosa, si utilizo su propio término, de las raíces. No constituye una preocupación actual, pero sí era una inquietud de escritores espiritualistas del siglo xix, de manera muy destacada en Clarín, que fabuló sobre la cadena que enlaza las generaciones hasta remontarse en el tiempo. Quizás Vilas, que ha sido profesor de literatura, haya bebido en esa fuente, aunque lo creo improbable y más bien lo tengo por asunto muy suyo. Como sea, el enraizamiento generacional lleva a superar la restringida dimensión privada del relato hasta elevarlo a un magnitud antropológica, una fotocopia de la condición humana. «Todos somos pobre gente, metidos en el túnel de la existencia», dice en una ocasión, y en otra aclara: «en cualquier vida hay un millón de errores que constituyeron la vida misma».

Esta inquietud suele tener un tratamiento que propende a la abstracción, pero Vilas se aferra a lo concreto. El repaso histórico de su relato se hace sobre datos específicos. Magnífica la idea de constatar la realidad detallando la saga de coches del padre, el inicial Seat 600, con el añadido de la matrícula, B 186.125, o luego el Seat 124 blanco y el Seat 1430 con los que viajaba la representación textil por Cataluña y Aragón, llevando los paños de las «boyantes empresas catalanas / a sordos y oscuros y pobretones sastres / de pueblos atrasados / de la España hosca, medieval y mutilada», según puntualiza en el poema «1980». Datos sociológicos y símbolos. El escenario se precisa en la geografía natal, en las cercanías de Barbastro, con la imagen viva de un lugar, Ordesa, un valle de montaña oscense, de tanto peso biográfico y tan determinante que lo pone como rótulo absoluto del libro. Y el inicio de la rememoración se data con la justa fecha del calendario: «Escribo estas palabras el 9 de mayo de 2015».

La localización remite al otro asunto clave de la remembranza, España, antiguo y distintivo de la obra de nuestro autor, tanto que su opera prima narrativa lleva la palabra como retador título («un acto de osadía» lo calificó Diego Salazar en su reseña en Letras libres), y también fecunda su poesía. Señaló el perspicaz Gonzalo Sobejano en un congreso a comienzos de la transición que los recientes narradores españoles tenían el empeño de «desespañizar» sus obras. La tendencia siguió bastante tiempo y tenía plena vigencia cuando Vilas se dio a conocer a comienzos del presente siglo. Lo hizo entre los llamados generación nocilla o narradores «mutantes», serpiente mediática que unos jóvenes rupturistas aprovecharon para su fortuita promoción, aunque todos renegaran de pertenecer a tendencia alguna. También Vilas se desentendió de la clasificación, incluso con un punto de malhumor. No había en él, en efecto, rastros de cosmopolitismo o desenraizamiento de la tradición nacional y, justo al contrario, su escritura se filiaba con España, algo obvio tanto en la novela citada como en buena parte de la inmediata posterior, Aire nuestro.

España y Vilas (los varios Vilas que hay en él, incluido el Gran Vilas, poliédrica presentación del individuo histórico, un paso más allá del consabido heterónimo) forman un binomio inseparable. Por supuesto que nada tiene que ver su indagación españolizadora con la búsqueda de esencias nacionales a la manera noventayochista. Se trata de la constatación material de un país al que se somete al torcedor de una mirada sarcástica, crítica, inclemente y, no obstante, digno de ser amado y vivido; de hecho no se imagina uno a Vilas viviendo en otro sitio, porque no da pie a suponerlo en un lugar diferente, a pesar de sus largas estancias últimas en Estados Unidos. La españolidad sentimental de Vilas es compatible con una visión dura, dolorida, realísima y fantasmal, y también elegíaca, melancólica, de huérfano si le faltara semejante sustento terruñero. A la vez que con una trastienda de testimonio que llega también en ocasiones al primer plano de la pura y dura denuncia. Así en la escritura social del poema «Historia de España», solidario de los pobres que, como él y su padre («Pobre fue mi padre / muy pobre, / y el padre de mi padre / y pobre soy yo»), «Nos pasamos la vida / viendo cómo se enriquecían los otros».

La impronta personal de la evocación del escritor oscense parte de una imaginería surreal (su imagen ante el espejo en competencia con la de los padres, por ejemplo, pero también otras muchas situaciones de corte alucinatorio) y se perfila hasta hacer su escritura inconfundible con un sistema expresivo que utiliza a fondo el sarcasmo, la hipérbole, la distorsión semántica y numerosos recursos de dicción y de pensamiento. Se percibe en ella el gusto por la intrínseca creatividad verbal, con vasallaje a la greguería y al conceptismo gracianesco.

El estilo de Vilas anida en la paradoja, pero esta va más allá de la lengua y se convierte en el rasgo definidor del contenido y del pensamiento. «Mi padre nunca me dijo que me quería, mi madre tampoco. Y veo hermosura en eso», dice, por ejemplo. Ordesa es una narración dura, en especial por el escalofriante jugueteo con la muerte, amarga, nihilista, y, sin embargo, de un vitalismo contumaz. Duelo y consuelo confraternizan. Y todo ello tiene la virtud, o el mérito, de hablar no de un caso patológico, de una experiencia excepcional, sino de conectar con vivencias de cualquiera, de revivir el desamparo que en algún momento siente todo individuo de nuestra especie. El secreto de esta narración desquiciada está en cómo su autor galvaniza los sentimientos con el justo punto de temperatura emocional.