En 1995 aparece Tránsito. En este nuevo poemario percibo cómo un procedimiento de elaboración se hace nítido: a lo fragmentario, paradojal y contrapuntístico, se añade ahora la tendencia de la autora a concentrar, a dar espesor imaginístico y temático al eje conceptual de un conjunto.
Hay aquí el viaje ritual, ¿de Shamra, la pequeña?, princesa virgen temerosa de su padre, el rey, hacia «el amado de otra lengua» por parajes desérticos y ciudades legendarias. La rodea el lujo y el temor y sabe que, al final, habrá de morir al alba. La densidad de una pasión rebelde sometida al poder; la hondura con que esa princesa se percibe y capta las amenazas, así como el esplendor en que se mueve —¿acaso con ecos de Darío?—, dan una atmósfera contradictoria al tránsito, que sólo parece posible como resultado de un diario mental.
Paul M. Viejo, al estudiar la obra de Elsa López en la introducción al libro, considera Tránsito como una larga narración que camufla la experiencia vital de Elsa. Y también ve en ella proximidades con las Mil y una noches. Algunas estrofas bien pueden corresponder a secuencias de la Babilonia de Silda Cordoliani. Y su timbre espiritual me hace pensar en la Casia bizantina, y el tono alerta, en Pselo, y aun, por sus invocaciones eróticas, en Ibn Hazm de Córdoba.
Predomina en Elsa López el ojo de una gran paisajista, capaz de transfigurar lo inmediato en contrastantes anexiones: «He abierto de par en par la puerta / para mirar el mar que ocupa la cocina». Y así moverse con inesperada soltura entre lo inmediato y sus transformaciones; procedimiento que convierte su obra en un grado de remotos clasicismos y de actualidad desafiante:
Escaleras de plata descienden sobre el mar.
…
Alguien vino a contarme ese gesto tan tuyo
que usas casi siempre cuando vas a morirte…
Proceder, asimismo, que desembocará con frecuencia en la interioridad personal, sombría o luminosa o irónicamente cruel. Y entonces ciertos poemas traen evocaciones de lugares isleños, de momentos, trajes, petroleros, seres, cosas; y trazan la biografía de una amante múltiple, exploradora del amor y, sobre todo, lúcida, porque en esta poesía se celebra al amor perdido, al actual y al futuro casi con calculada intensidad.
No en vano, también alguien nos dice: «Me sacaron la infancia para siempre del alma / y no lloré casi nada». Porque aunque el gesto de un niño salta en algunos versos, su recurrencia en los poemas de la madurez de la autora es notable. Y ese alguien, posiblemente llamado Elsa López, invoca a la madre, al padre, al hogar, al lecho, en un sosegado estremecimiento de detalles, que los convierte en esbozos de luminosa o líquida gravedad, ya que los versos reconocen como carne del tiempo lo que es (ha sido) la realidad.
Paisajista, sí. Pero en la obra de López es necesario alejar esta noción de lo que comúnmente designamos así, aunque numerosos versos suyos cumplen con esa función. La isla, los parajes exóticos, remotos, ficticios o existentes están impregnados por la autora de dibujos imprevistos:
Que el mar pierda la orilla…
…
Recuerda que la lluvia cayó porque yo quise…
…
Me importan un carajo las mareas…
…
Esta casa ha sido fabricada
mirándose a sí misma,
recogida en sí misma.
…
hago acoso a las dulces esquinas de tu espalda…
…
¡…al saber de una isla
Y luego otra,
Y luego nada!
…
Ya no siento deseo de regresar al sol
Platón se equivocaba…
…
Porque tras la intuición poética, despierta el raro borde de la imagen analítica (de ser esto posible) y el verso transforma la savia que dice en un agudo sonido conceptual.
Son numerosos los textos en que López acude al vocativo: un tú sustituible, esférico, que se inserta o abarca zonas hondas de quien lo emite y no omite exaltaciones celebratorias o condenas; ese tú que designa a la abuela, a viejos, con ternura y melancolía; a barcos olvidados en los muelles; a otras mujeres, con admiración; a alguna otra/otra como en Naufragio y, desde luego, al evasivo núcleo de tantos poemas: algún hombre amado.
En éste y en muchos otros sentidos —que no tocaremos aquí— el Poema zaj contiene a ese tú, al proceso creativo de la autora, quien sabe que cuanto haga surgir la escritura proviene del «poema sin nombre / pensado y desgarrado por la ausencia de texto».
Entre tantas configuraciones que hieren o hacen sonreír, dos son construidas como ejes de la obra toda y desde luego con frecuencia el soporte para su materialización es ese tú, ausente o presente («Haces doble lectura de mis verbos»). La primera es la mujer cambiante que atraviesa lugares y años, a la cual ya hemos aludido («Me infamo, me calumnio… me condeno»). La enfática de rojo vestida: «Te morirás primero / ya lo sé. / No creas que me importa». La del magnífico conjunto de veintidós poemas, Rituales. Sólo que su riqueza expone emociones y pensamientos, que al decir(se) atrae segmentos de otras totalidades. Y deja de ser un límite individual para vislumbrar o atestiguar diversas dimensiones: percibir como lente de fotógrafo; encarnar a un cuento imposible o a aquellos dos muchachos que se besan en un velero; transmutarse en las olvidadas grúas del muelle, en el horizonte que es memoria, en la rara unidad de Aquiles y Tersites. Porque esa mujer se piensa como otra y al hacerlo su propio pensamiento es cuerpo para distinto cuerpo: es la mujer desierto, la que comprende que me has visto crecer y duplicarme; la que decide el verbo; es quien porta la divina con que meas de la copla, esa que es total, insumergible, alada, isla y bella.
Casi toda la obra poética de López ama, evoca o impreca a la sombra determinante e intermitente de ese tú: a un amado (¿esposo, amigo, hallazgo fortuito, visión?) que complementa y sostiene la intensidad de ser. («He sabido de ti más que tú mismo»). Él merece «fe deslumbradora» y «liturgia de besos»; es el rey: «Las palabras que digo son las que tú me dictas», «Me has inventado»; porque para ella «el discurso era él» y lo recibe en el lecho para tener amaneceres; es guerrero y capaz de desafiar «el odio de los dioses impotentes». Pero también aparecerán «frases, sílabas inconexas», «llegaste presumiendo desvirgaciones», tendrá una «aventura más cierta», «recostado en las otras»; y entonces «lo que te ocurre, amor, es que eres tonto», «quedaste corto, distanciado y pequeño»: «De qué vas tú, poca cosa de hombre, ¡Mi pobre bestia negra!» Ha llegado, incesantemente, la ausencia.
La otra figuración pudiera iniciarse así: «Vengo de un reino abierto» y aun cuando haya textos sobre el desierto, las ciudades, los huertos, atraviesa la obra (la vida) entera de Elsa López con sus sutiles o violentos, desapercibidos o imponentes matices: es el mar. Un magna indirecto, que entra a las cabezas, radiante o pálido, para fijarlas o para diluirlas; y cuyo complemento, el cielo azulgrana, lo hace más ambiguo. La existencia del mar, en estas páginas, brilla por momentos pero parece envolver con su melancólica vitalidad. Quizá sea una onda sumergida en la psique, que se torna escritura en Elsa López. Ella, como Saint-John Perse pudiera exclamar: «¡Una misma ola por el mundo, una misma ola por la ciudad… ¡Amantes, la mar nos sigue!».
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Ricardo Hernández Bravo (El Paso, isla de La Palma, 1966), licenciado en Filología Hispánica, es profesor de Lengua Española y Literatura en centros de enseñanza secundaria de Canarias, labor que continúa desempeñando hasta la actualidad.
Poeta y cuentista, ha publicado los siguientes libros de poesía: El ojo entornado, 1996; El día sin ti, 1996; En el idioma de los delfines, 1997; El aire del origen (Poemas 1990-2002), Antología, 2003; Los posos de la sed, 2014; La piedra habitada, 2017; Pausa para anuncios, 2019. En narrativa: Siete cuentos, 1997. Y libros de poesía en colaboración con pintores: La tierra desigual, con Hugo Pitti, 2005, y Alas de metal, con Graciela Janet Hernández Rodríguez, 2008.
Conocí a Elsa López en septiembre del 2018, durante el primer Festival Hispanoamericano de La Palma. También entonces, junto a un distinguido grupo de escritores de Canarias y de otros países, a Ricardo Hernández Bravo. Debíamos hablar, Juan Carlos Chirinos y yo, para estudiantes de liceo en El Secadero (local del antiguo secadero de tabaco, convertido en espacio cultural), y Hernández Bravo nos acompañó. Pocas horas después lo escucharía leer allí mismo, junto a otros autores, su muy personal poesía.
Desde entonces conozco sus libros y su espontánea capacidad para hacer circular la naturaleza de la isla hacia la escritura y viceversa. A lo largo de meses, siempre leyéndolo, le he hecho preguntas. Algunas de cuyas respuestas, fragmentadas por mí, son éstas: