Cuéntame de tus padres y abuelos.

Mi familia desciende de varias generaciones de agricultores y creo que el apego a la tierra y a sus frutos es algo que se lleva en los genes en una isla acostumbrada durante siglos a obtener prácticamente todos sus recursos de un medio hermosísimo y feraz, pero muchas veces hostil debido a la escasez periódica de agua y de medios de vida que permitieran prosperar a todos sus habitantes. Ello ha obligado a la emigración en muchas etapas de nuestra historia. Igual que mi abuelo paterno Indalecio, que también emigró a Cuba donde trabajó en lo que la mayoría de los canarios, en las vegas de tabaco. Allí enfermó y murió muy joven dejando a mi abuela Juana viuda y con dos niños: mi padre Estanislao Domitilo (Neno) y mi tío Indalecio. De ella, a quien me unía un vínculo muy especial, aprendí mucho: de su carácter recio, pero amable, de su profunda determinación, esa que fue capaz de hacerla cruzar el Atlántico sola para ir a casarse allá con el que había sido novio de una de sus hermanas y de volver luego a La Palma a criar a sus hijos con infinidad de penurias en plena época de la contienda civil española y la cruda posguerra.

Mi abuela materna murió justo en la época en que mi profesora Alina me descubría nuevos mundos en sus clases y recitales. Era también una mujer dispuesta que complementaba su trabajo en la casa y en el campo con la cría de pequeños animales para la venta y la labor artesanal: ella recogía los bordados que las mujeres de El Paso cosían para ayudar a su familia y los llevaba a un comerciante de Santa Cruz de La Palma. En esos viajes en guagua o coche de pago a «la ciudad», me enamoré desde muy pequeño del puerto y los barcos: cuando apenas sabía hablar —me contaba ella— insistí tanto en acercarme a ver los buques en el muelle que el chófer que nos llevaba tuvo que dar la vuelta para satisfacer mi capricho. No sé si de ahí me vino mi afición de chico a dibujar constantemente barcos en mis cuadernos y querer ser marino.

También pude conocer a mi abuelo materno, Deogracias Bravo Blanco, que procedía del pueblo de Mazo, en el otro lado de la isla. También hizo vegas de tabaco en Cuba y a su regreso, tras contraer matrimonio, se dedicó a ese cultivo en El Paso, donde había una arraigada tradición tabaquera artesanal e industrial, con la fábrica Capote, que llegó a dar empleo a medio pueblo. Era un hombre recto, de palabra, noble pero inflexible ante las deslealtades. De él aprendí que «la idea es la que trabaja», como solía decir: la meticulosidad y la paciencia para la tarea bien hecha. Mi ímpetu juvenil chocaba a veces con su deseo de ver las cosas llevadas con orden.

De mi madre qué te voy a decir: recuerdo que cuando murió —inesperadamente aunque padecía desde muy joven de varias enfermedades crónicas— con apenas cincuenta y ocho años, mi padre le dijo a mis hermanos que mi madre seguiría junto a ellos, porque yo era su vivo reflejo. No sé hasta qué punto, pero sí me reconozco en ella y en todo lo que nos regaló a mí y a mis hermanos. Somos su obra: toda su vida la volcó en nosotros renunciando a ella misma. Siempre quiso que estudiáramos, se preocupó porque entraran en casa todos los libros que pidiéramos: los cuatro hermanos terminamos carreras universitarias. Nos enseñó… una suerte de «ecosofía» mezcla de sermón de la montaña, san Francisco de Asís, cosmovisión indígena, budismo zen y, cómo no, una religión estética, el arte en toda su amplitud.

Mi padre nació en Tamarindo, Cuba. Al ser el hermano mayor —un año más que mi tío debió tomar las riendas desde el principio y, aunque podía haber estudiado, a él le tocó trabajar para que su hermano pudiera hacer Medicina en Granada. Mi padre pudo evitar la emigración a Venezuela a la que se vio abocada la mayor parte de su generación gracias a que sembró plátanos —vendiendo todos los «pedacitos» de la familia y trabajando duro en la sorriba— en la mejor zona de la isla: la costa de Tazacorte. Ello le permitió vivir con cierto desahogo y sacar adelante a los suyos.  Era una persona seria e infatigable en su trabajo, que amaba con pasión.

Por último —y quizá de aquí me vienen los míos—, tuvo también sus devaneos artísticos: participó en pequeños grupos de teatro aficionado, dirigió y ensayó una danza de cintas tradicional en El Paso e intervino como bailarín en una danza de enanos que terminó con mi padre rodando por los suelos tras un tropezón y el consiguiente regocijo popular que figura en los anales del anecdotario festivo local.

Escuché que escalas montañas…
No soy escalador de cuerda, piolet y escarpines: alguna vez lo practiqué con amigos que sí escalan, pero no me gusta estar colgado de una pared dependiendo de una soga: me siento aprisionado, me quita libertad. En la escarpada orografía de la isla, las montañas, al igual que el mar, eran los límites del mundo conocido. Así que para un niño que se crió en contacto con la naturaleza, «hozando tierra», como decía mi madre, descubriendo el mundo en sus correrías por los huertos de almendros y tuneras de alrededor de la casa, alejándome con mis compinches cada vez más del entorno doméstico, subir montañas era la aventura más extrema, la que nos permitía ir aún más allá.

En El Paso —¡el único pueblo sin mar de la isla!— desde que abrí los ojos mi horizonte era vertical. Así que hacia allí me dirigía cada vez que desde casa de mis abuelos nos íbamos a «explorar» las faldas del Bejenado —el monte que limita por el norte el Valle de Aridane y que cierra La Caldera por el sur—. Era como un impulso instintivo, una necesidad de remontarme para estar más cerca del cielo, atravesar las nubes del alisio que chocan con la isla y se desploman en cascada sobre la línea de la Cumbre Nueva y desde allí alongarme sobre la extensión azul del mar buscando el otro horizonte, el otro límite de la llanura que rodeaba mi mundo. Recuerdo ahora, al hablar de esto, la primera vez que subí a esa montaña, al Birigoyo. Tenía unos siete u ocho años y me acompañaba mi padre.

Quizá tenga que ver con este impulso de trepar hacia las cumbres un sueño recurrente que tenía de niño: desde la curva de la carretera donde crecía el viejo eucalipto cuya sombra acogía a los chicos y viejos del barrio de Vistalegre, veía cómo el nivel del mar empezaba a subir lentamente. Iba ascendiendo desde la costa de plataneras, anegando las plantaciones y las casas, cubriendo por completo Los Llanos y remontando hacia las alturas de El Paso. Todo el mundo echaba a correr hacia las cumbres más altas buscando refugio a las olas que amenazaban con engullir la isla. Justo cuando alcanzábamos las crestas de La Caldera de Taburiente y veíamos el espectáculo imponente de las olas estrellándose implacables contra sus acantilados, con la espuma embravecida llegando ya hasta nuestros pies, despertaba sobresaltado. Subir montañas es, pues, un «deporte» que he practicado desde niño: solo o en compañía de amigos. Vinieron luego, en épocas de adolescencia y juventud, las caminatas más largas sobre los andenes que llevan a El Roque de los Muchachos y a los barrancos imponentes de Garafía o por la Ruta de los Volcanes hacia la punta sur de Fuencaliente; las acampadas, los amaneceres y atardeceres, las noches en blanco contemplando las estrellas en el interior de Taburiente o desde las cumbres de la isla. Hasta hoy, desde la misma puerta de la casa donde ahora vivo —la que fue de mis abuelos— caminar es siempre hacia lo alto. Basta un paseo de una hora: en ese tiempo estoy ya sobre una montaña y aunque sea la misma, aunque la suba mil veces, siempre es una experiencia renovadora. Creo que es para mí una especie de liberación. Desde la cima se relativiza todo lo humano.

Prolongación de esa pasión de escalar, como un ansia íntima de libertad, es también mi afición a la bicicleta. Desde mi infancia es el deporte que con más asiduidad he practicado. Y llanear aquí es misión imposible. Así que también pedalear es hacia arriba. La descarga de adrenalina que produce subir un puerto de montaña es comparable a las experiencias más placenteras de la vida. Y esa sensación la necesito con frecuencia: no entiendo el deporte, ni mi vida en general, sino en contacto con la naturaleza. Por eso pedalear sobre una bici de carretera o de montaña por el curverío de la isla buscando los balcones sobre el abismo —ya sea del océano, de los barrancos o del mar de nubes— es como escapar de los límites del cuerpo fundido a una máquina que es una con tu carne y que se eleva casi —quizá exagero un poco— en una experiencia mística. Una vez descargado el cuerpo de su sustancia allá en lo alto, unido al paisaje en la mirada tendida, el descenso veloz ciñendo las curvas, con el aire dando de lleno en el rostro, hiriendo el pecho con su helor, parece reconciliar al alma con el ser físico que lo sustenta. ¡Y más aún si al final del recorrido se toma uno unas cervezas!

A la conquista de los pasos de montaña de la isla, ha seguido, ya de cuarentones y cincuentones, la de los puertos más importantes de la épica ciclista del Tour, Giro y Vuelta: Alpe d’Huez, Galibier, Izoard en los Alpes franceses; Mortirolo, Gavia y Stelvio en los Dolomitas italianos; Lagos de Covadonga o Angliru en Asturias. Todos puertos míticos que a la vejez —en vez de irnos de vacaciones al Caribe, como diría alguno— nos ha dado por trepar a este grupete de amigos de la infancia amantes del ciclismo de «alturas». ¡Y, cómo no, de la birra!

En fin, creo que este sano ejercicio ha permanecido tanto en mi vida porque, aunque se puede practicar muy satisfactoriamente en compañía, puede disfrutarse en absoluta soledad y permite la reflexión y la interiorización de la contemplación que tanto necesitamos.

 

Eres profesor y también un poco agricultor: ¿con quiénes trabajas, qué cultivas, esos productos son para tu familia?

El afecto por el campo y las tareas con él relacionadas nace desde mi infancia y de manera paralela a mi amor por la naturaleza. De la observación y participación en las faenas agrícolas me fue naciendo la sensibilidad hacia el trabajo de la tierra, el gusto por la puntualidad de cada labor ligada al ritmo de las estaciones y el placer de recolectar en cada época sus generosos frutos.

De niño me tocó vivir las últimas épocas de los cultivos de secano: la labranza y la trilla con ganado en las eras, las gallofas para varear o pelar las almendras, el respigado de ese fruto y de la apreciada cochinilla que nos facilitaba nuestros primeros ingresos para golosinas y caprichos. Mi padre me llevaba de pequeño —ante las reticencias de mi madre, que temía que me contagiara de la pasión por la tierra de mi padre, pues quería que yo estudiara— alguna mañana de sábado a las plataneras o por las tardes a los cultivos de regadío que atendía para el consumo doméstico: frijoles, papas, millo y sobre todo los frutales, de los que me quedé prendado desde entonces: durazneros, manzanos, limoneros, ciruelos, nispereros, hasta algunas matas supervivientes de piña cubana y café que mi tío abuelo Antonio se trajo de Cuba.

Mi abuelo también me llevaba con él a las vendimias —¡cómo disfrutaba con la pisa de las uvas, enterrado en el bagazo y el mosto hasta las rodillas!—, a buscar pinillo o tagasaste para el ganado, a las plataneras para ayudarle con el riego o más tarde a la recogida de aguacates. Yo lo acompañaba siempre que mis estudios me lo permitían y él me recompensaba con pequeñas pagas que siempre eran bienvenidas. Cuando él no pudo atender las fincas —yo había terminado la carrera y, tras un año en la Escuela de Letras de Madrid, acababa de volver a La Palma— tomé el relevo y me ocupé de los aguacateros. Luego, cuando ya pasaron a mi madre, los seguí llevando a cambio de una parte de los beneficios. Al morir también mi madre, los seguí atendiendo: los míos, que están junto a mi casa, y los de mi hermana, que vive en Tenerife. No es un cultivo tan exigente como el de la platanera o la viña y disfruto con los ratos que le dedico, pero requiere de un esfuerzo extra en el momento de la cosecha, que debo realizar en los momentos más intensos del curso escolar y aprovechando los domingos y días festivos. Compaginar esa labor con la familia, la literatura y otros compromisos que surgen resulta a veces agotador.

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