Las tareas de la finca de aguacates las llevo yo durante el año, con ayudas puntuales para algún trabajo extraordinario como las podas de los aguacateros de gran porte y la cosecha. Cuando esta es abundante, hacemos alguna gallofa con la familia y amigos, pero generalmente el trabajo lo realizo solo. Antes me ayudaba mi padre y pasábamos buenos ratos de tertulia cogiendo, despezonando o cepillando aguacates con plaga. Ahora me echa una mano mi suegro y también compartimos largas charlas en que me cuenta sus mil y una aventuras. Hasta Marcelo y Elvira, mis hijos, empiezan a unirse al grupo de peones.
Por si no tenía poco entretenimiento, hacia el 2008 compré una finca de unos quince mil metros —muchos de ellos de monte— en Garafía, en el norte de la isla, en principio como lugar de retiro y descanso. Pero el gen campestre no da tregua y allí he ido sembrando infinidad de frutales: a los castaños que ya había he ido añadiendo nogales, manzanos, ciruelos, perales, cerezos, guinderas, olivos… y hasta he hecho un pequeño bosque junto al pinar y al fayal brezal existente repoblando con flora autóctona de laurisilva canaria. Los frutos que produce son casi todos para consumo doméstico y para repartir entre familia y amigos.
En esta finca compartí también muy gratos momentos en los últimos años de vida de mi padre, fallecido en 2014. Muchos árboles los sembramos juntos y allí me enseñó lo que sé de la poda de frutales. Cada año, cuando he tenido que hacerlo ya sin él, he recordado cada uno de sus consejos y me he sentido como el continuador de ese modelaje que da forma al mundo.
Cada fin de semana o periodo de vacaciones que podemos, nos escapamos a Garafía y allí, entre la tierra y las estrellas que casi tocamos por las noches, parece que volviéramos a una época ancestral en que todo era mucho más simple y pegado a las raíces que nos sustentan.
Hasta aquí algunos fragmentos de las respuestas que Ricardo Hernández Bravo ha dado a mis solicitudes. No hay duda de que la actividad física de este poeta está signada —quizá sin que él lo sepa— por el Homero de la Iliada, Simónides («la virtud habita un peñasco escarpado»), Píndaro de Tebas, el Platón de República (el cuerpo y su energía); por líricos arcaicos y actuales (la tierra, lo vegetal como segunda lengua); y por el tributo a Whitman (la salud, el ser en la polis). Recordemos asimismo que Agatha Christie, G. B. Shaw y Jack London fueron surfistas; que Kerouac, Camus y Pasolini futbolistas; que Tolkien y Bioy Casares tenistas; y que Dino Buzzati escalaba montañas y Haruki Murakami sigue trotando. Una pequeña muestra de la franja físico-espiritual que acoge a Hernández Bravo.
Su primer libro de poesía (El ojo entornado) se abre con una alusión al cine —o a la conciencia desde la penumbra:
al apagar las luces
salas llenas de ojos improvisan
los cortes de la cinta.
Más adelante, por otro verso, sabremos que la escritura es como «el ojo que filma». Un instrumento perceptivo similar (la cámara de televisión, la pantalla) sostiene el tono burlón y despiadado de su trabajo más reciente, Pausa para anuncios (2019).
Así nos estamos adelantando a sintetizar el tránsito de un poeta singular, aunque esta designación corresponde siempre a la condición del real poeta.
Conozco cinco libros suyos de poesía y en todos el verso es de una brevedad estallante, que pareciera saltar a los lados de la página o por su dispersión significativa o porque encierra tonalidades narrativas fuertes. Quizá nadie mejor que él mismo para tocar el secreto de estas fronteras. Dijo en una entrevista: «Aunque mi experiencia con la narrativa breve se limita a lo incluido en mi libro Siete cuentos y a algunos minirrelatos publicados en revistas, los dos géneros literarios que más me interesan desde el punto de vista creativo son la poesía y el cuento corto. […] Alguna vez, incluso, he tratado el mismo referente literario en prosa y verso».
Este ojo entornado actúa como la mirada total o como «lo menudo íntimamente prendido en la retina» y, al hacerlo, se torna inmensidad: es el ojo del mar y el del surfista, el que está tras la cámara, el que sabe que «cada ola repite / la frase inacabada», el que al vivirlo todo toma «el pulso de las vidas / que no supe vivir», en una «estética del humo».
Nada es más sorprendente en este libro que la riqueza con que innumerables experiencias cotidianas son fijadas de manera casual, directa, casi nocente, para que el trasfondo sintético nos devuelva a la escritura, a su elusiva verdad.
El volumen Alas de metal reúne diecisiete textos breves y dieciséis obras a color y tres en blanco y negro de la aguda pintora Graciela Janet Hernández Rodríguez, de ingenio desafiante y mordaz. Imágenes en las que las formas (de la naturaleza, de objetos y seres) están siempre transmutándose. Dice el prologuista del libro, Antonio Jiménez Paz: «El silencio del lienzo se esparce en nuevo alfabeto, el poético».
El oxímoron del título, de fría sonoridad, oculta, al contrario, tonos de íntima afectividad porque allí se invoca: «el temblor del intento, no otra paz me consuele»; mientras se diluye «el ideal en la sed que lo suplanta». Y hay fe en «mar sanador / cuando fracaso / en el arte de andar sobre las aguas». Estamos ante un conjunto poético que va hacia adentro, aunque tenga alas de metal y en el que casi no aparecen los vocablos frecuentes en el habla de la isla.
Éstos van a adquirir relevancia en su próxima publicación, Los posos de la sed. Quizá el contacto con César Vallejo y la dualidad del sonido interno (dicho para sí mismo sin saberlo: guardorios, respigos, debruzarse, escurraje), mientras se duerme o al atender al hogar o al escuchar a otros o al recorrer la ciudad o aislarse con las tareas del campo, en fin, al cumplir cualquier acción, todo ello libera en este libro palabras del momento, del uso; vocablos que también pueden resonar desde antiguas bocas, y que ahora intervienen en el verso para acentuar hechos, para dignificar aquellas sonoridades o simplemente como recurso para dotar de exactitud lo que se quiere expresar.
Este hundimiento en los posos de la sed parece abarcar un universo: no sólo en cuanto el azar ofrece como compensación o salvación momentánea para el cuerpo, sino también como «impulso que abastece mis sentidos» bajo «la inclemencia de altos ideales» y que puede hacer «de cada pérdida, misterio».
Dotado de frases notables («el pulso de las vidas / que no supe vivir»; «cada ola repite / la frase inacabada»; «bajo párpado el sueño / restaura la mirada perdida»), el libro, que sigue las posiciones de alguien —sobre la hierba, transitando, en la playa, desde la altura de las montañas—, también adelanta intuiciones sobre el contraste entre el hábitat luminoso de la isla y el raro efecto de los medios radiotelevisivos en el habitante.
Nada mejor que unos versos de Andrés Sánchez Robayna, para acercarnos a La piedra habitada, el inmediato poemario de Ricardo: «la memoria / guarda una piedra, cifra del origen». Cuenta este volumen con un epígrafe de Sánchez Robayna y otro de Eugenio Montejo. Creo que ante tal recurso cualquier lector es conducido a intuir que el autor reconoce o el influjo expresivo de aquel a quien cita o que el mismo toca las significaciones que desarrollará en el conjunto. Claro que hay otras posibilidades. En este caso de Ricardo Hernández Bravo, intuyo que el vector Montejo guía hacia una colocación directa del lenguaje y, por lo tanto, a los ambiguos escalones del recuerdo; la dirección Sánchez Robayna apunta, sin duda, a la común vivencia del existir en las islas y su refracción en la roca.
Creo encontrar en este libro la celebración de la piedra en sus diversas facetas: suelo, volcán, falo y vagina ante el océano, materia original; testimonio de lo transitorio («Fuimos para la tierra / árboles…»), huellas del tiempo que se lee en los cuerpos de jóvenes y viejos («se hace carne la piedra»); sabiduría de la quietud y la soledad; enigmático destino («Pared: piedra entramada de sentido», separación e identidad, ambas dolorosas).
Abre así el Canto XLV de Ezra Pound: «Con usura el hombre no puede tener casa de buena piedra»; en el más reciente poemario de Ricardo Hernández Bravo, Pausa para anuncios, alguien impone: «a reciclar las sobras de la usura».
Dos años después de La piedra habitada, aparte del verso breve, los vocablos del habla doméstica y algunas alusiones al entorno previo, varios nuevos centros convierten al conjunto en una experiencia diferente para la poesía de Hernández Bravo.
Claro que en sus trabajos anteriores hay datos sobre un alma o una personalidad sin geografía precisa, pero ahora esa misma complexión está hondamente relacionada con los medios televisivos. Es más, de ellos se nutre y su aceleración la determina. ¿Son los espectadores habitantes de una isla, de un pasillo decorado por Cruz-Diez, de ese apartamento que aún titila en la madrugada? El libro parece ajeno a la política y a la denuncia. Su ironía es implacable porque es fiel a quienes la reciben; es reacción libre contra lo obligatorio o ante la publicidad. Hay un salto temático entre obras que se deslizan por el abismo/el abismarse ante la roca y la caída en el eco social/comercial.
Pudiéramos estar en la pausa que el televisor concede para los anuncios; y entonces ellos se vuelven más importantes que la programación. O como ella. Quien observa depende, vive de la pausa, la convierte en su sangre: porque pide: «préstame mi yo, para ser parte de la transmisión viral del yo y sus accidentes, ya que encarno esta intermitencia / este desvío». Somos vidas de sustitución con alma reversible, apta para las verdades elásticas.
No hay duda: un distinto poeta asoma desde el lirismo crítico de sus obras anteriores, en este volumen. El tono sosegado, casi susurrado de esta terrible radiografía, a veces burlón e inocente, otorga mayor crueldad a su efecto, porque asistimos al desfalco de la palabra, mientras arrecia la inflación de los discursos. ¿No somos acaso también quien exclama así?:
Consígueme una vida
elévame en tu verbo promisorio
vocero que me eximes de mi voz
ten
utiliza mi bilis
toma mi voto.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]