CRISTIAN CRUSAT

Tu elocuente paréntesis corrobora una de las grandes certezas de este autor: al contemplar una imagen durante un buen tiempo, ciertas cosas emergen. La poética de Sebald gravita notablemente en torno a esta premisa, razón por la que siempre me lo figuré como una suerte de Tácito encerrado en un cuarto de revelado fotográfico. Hemos cruzado varias ideas durante este diálogo, trazado pasadizos caprichosos entre autores, recuerdos personales… No me extraña entonces que, al tomar un elemento cualquiera —en este caso la fecha de 1870— y al observarlo con cuidado, empiecen a tejerse nuevas alianzas, que emerjan correspondencias y sincronicidades insospechadas o extremadamente reveladoras. Es lo natural. Creo que a quienes escribimos ficción también se nos concede muy de vez en cuando la dicha de componer textos donde los símbolos y los elementos que afloran a lo largo del discurso parecían habernos aguardado desde hacía mucho tiempo… Esto creo que tiene que ver, en congruencia con tu cita de Bruno Schulz —procedente, si no me equivoco, del maravilloso texto «La mitificación de la realidad»— con la idea de que la poesía es mitologización, es decir, recreación de los mitos sobre el mundo. Y si asumimos, como afirma Schulz, que «la mitificación del Universo no ha concluido», hallaremos entonces una vigorosa solución a los falsos dilemas críticos que se les suelen presentar a los escritores. Podríamos seguir rastreando correlaciones entre Sebald y Schulz. Bastaría con prestar un poco de atención («la natural plegaria del alma», según Benjamin) y, además, hacerlo de un modo oblicuo: ¿por qué acabo de recordar que en «Max Ferber», el imponente y último texto de Los emigrados, el personaje que consagra su vida a construir una maqueta del templo de Salomón resulta ser oriundo de Drohobycz? Me parece que el crítico James Wood tiene mucha razón cuando afirma que atender y darse cuenta (escribir como lo hace Sebald, en otras palabras) es rescatar, redimir, salvar a la vida de sí misma.

Precisamente aparece en «Max Ferber» uno de esos objetos transfigurados en reliquias gracias a la prosa de Sebald: un tea-maid, chocante combinación de reloj despertador y máquina de hacer té. Lo recuerdo siempre. Es una de esas imágenes capaces de cargarse de una fuerza especial, de convertirse en el nudo de una intrincada red de relaciones invisibles. Sólo ahora me percato del sobresaliente ejercicio narratológico de Sebald a este respecto, ya que fue capaz de electrizar sus páginas mediante una calculadísima diseminación de objetos sugerentes, azarosos y perturbadores. Como afirmó Italo Calvino: en una narración, un objeto es siempre un objeto mágico, lo cual me remite a una fantástica anécdota sobre Chéjov referida por Nabokov (cuya figura sobrevuela, ya que estamos, todas las historias de Los emigrados). Es la siguiente: «»¿Sabe usted cómo escribo yo mis cuentos?” —le dijo Anton Chéjov al periodista Korolenko cuando acababan de conocerse—. “Así”. Echó una ojeada a la mesa —cuenta Korolenko—, tomó el primer objeto que encontró, que resultó ser un cenicero, y poniéndoselo delante dijo: «Si usted quiere, mañana tendrá un cuento. Se llamará “El cenicero”». Y en aquel mismo instante le pareció a Korolenko que aquel cenicero estaba experimentando una transformación mágica. Ciertas situaciones indefinidas, aventuras que aún no habían hallado una forma concreta, estaban empezando a cristalizar en torno al cenicero». Como narrador, Sebald es un auténtico maestro a la hora de colocar un objeto como centro de la acción y lograr que éste arroje una extraña luz sobre algún episodio histórico. Es obvio que Sebald era consciente de que hacer girar el argumento siempre alrededor de cosas (cosas tangibles y concretas, y aun acompañadas de fotografías que actúan casi como reliquias y redoblan su poder de evocación) resulta una de las estrategias más expresivas y más seguras para componer un texto narrativo. John Cheever toma una radio y resume la historia entera de un matrimonio. Edmund de Waal toma unos netsuke y resume dos siglos de historia europea. Georges Perec describe la relación de unos personajes con los objetos que compran y se encuentra con el lenguaje más íntimo mediante el que este mundo se comunica con nosotros. Sebald se aproxima en Los anillos de Saturno a la Voyager II y, gracias a su sofisticada urdimbre de asociaciones, aquella sonda espacial se alza como una emisora del oprobio humano. Sebald, en definitiva, dota a los objetos de un peso inmenso y sobrecogedor. Este procedimiento lo llevó a un punto de tensión extrema en Austerlitz, una novela por momentos cinemática. De alguna manera, Sebald actuaba «mágicamente» con las fotografías, como Chéjov con el cenicero en la anécdota anterior. Este Tácito se encerraba en el cuarto de revelado con un puñado de negativos y, tiempo después, había logrado forjar nuevas variaciones del mito. En las manos de Sebald, un cenicero no sólo propicia que cristalicen a su alrededor aventuras o situaciones, sino que, por medio de distintas estrategias, logra impugnar el modo en que una determinada civilización ha producido y perpetuado sus recuerdos. Es un logro titánico, único, en mi opinión.

Recuerdo ahora que Sebald lamentaba el descrédito en el que había caído la metafísica desde el siglo xix. Para él, la metafísica respondía al natural deseo humano de reflexionar y especular sobre aquello que se encontraba más allá de nuestro entendimiento. Dostoievski o Kafka eran escritores claramente concernidos por la metafísica. Sebald podría formar parte, entonces, de este grupo, de esta familia sin vinculaciones de sangre. Sus miembros saben que no podemos resolver todos los secretos de la imaginación, pero también saben que, al menos, sí podemos recrearlos, imaginarlos nuevamente. Lo constató en sus Ensayos Montaigne: Fortis imaginatio generat casum. Una fuerte imaginación genera el acontecimiento. Estoy seguro —y más aún después de esta cálida conversación, Ricardo— de que los libros de Sebald constituyen un incomparable episodio en el moderno e inconcluso proceso de mitificación de lo que queda de este mundo.

 

*

 

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

Dado que mi campo de formación ha sido la Filosofía, dado que procedo de esa heroica conjura por dotar de sentido a nuestros juicios, a nuestras experiencias, a nuestras voliciones, no puedo por menos que amar los mitos. De hecho, diría que el mito representa la primera poesía del mundo, el onfalos seminal, la fuente hacia la cual todo confluye. Así que hago mía la frase de Schulz, pues me parece una tabla de salvación en cualquier época. Abundemos en la mitificación del mundo, en la mitificación de lo que queda de él, y extraigamos de esa tarea la confianza en que esta es una pretensión inagotable, que honra nuestro esfuerzo y que incluso honra nuestra tristeza. Al fin y al cabo, la filosofía no es otra cosa que un conjunto de hipótesis que no se pueden comprobar pero que tampoco se pueden negar, que nos devuelven el mundo en forma de aporía, una aporía de inagotables resonancias. Con la salvedad de que las hipótesis de la filosofía no pretenden plasmar posibles experimentos, como en el caso de las hipótesis de la ciencia, sino que aspiran a enfrentarnos a algo (la vida, la muerte, el ser, el lenguaje, el mal, la justicia) que de otro modo sería completa y absolutamente desconocido, aterrador en su impenetrabilidad.

Cada escritor comprende esta verdad tarde o temprano, acepta que es otra pieza en ese intento por desentrañar un último sustrato que, irremediablemente, escapa entre sus dedos, pero al cual no puede renunciar. Y creo que la modernidad, que es el «objeto», el raro objeto que nos ha servido para arrancar este diálogo en torno a Sebald, ha intentado captar ese proceso, levantar el velo de velos, al punto de crear su propio mito al respecto. Me atrevo a sugerir que el mito decisivo de la modernidad, el mito que conjura sus límites y que también determina su defunción, es el mito de la conciencia inagotable, una conciencia que reconoce la imposibilidad de conciliar el conocimiento objetivo de la realidad con la evidencia subjetiva de quien la conoce, una conciencia suicida, exasperante, que en palabras de Blumenberg oscila entre «finitud conocida e infinitud sentida». Quizá por eso la modernidad abundó en la novela como el género de géneros y como el mayor proveedor de mitos renovados. Porque cada gran novela escrita es una novela acerca de la imposibilidad de la novela, pero así mismo es una novela acerca del surgimiento de un mundo del que la novela hace su tarea y presupuesto. Ésa es la óptica desde la que contemplar los ochomiles de la modernidad narrativa: Moby Dick, Los demonios, El castillo, Ulises, En busca del tiempo perdido, El hombre sin atributos.

La mitologización perpetua de la realidad opera en cada párrafo de esos libros que son testimonio de que hemos vivido y de que hemos fracasado en el intento por relatarlo (la célebre paradoja de Onetti al hablar de Faulkner: «Ese afán de decirlo todo, aunque sea imposible»), y nos devuelve ese hechizo permanente que mencionas, sea a través de la metamorfosis de un cenicero en objeto mágico, sea mediante la conversión de una habitación donde varios rusos enfebrecidos discuten acerca de la existencia o no de Dios en bóveda de la metafísica. Por eso debemos salvaguardar la literatura de la práctica prostituida y absolutamente mecánica hacia la que hoy deriva, porque con la muerte de la literatura morirá también la posibilidad de una narratología fundante de nuestra existencia, y ya sólo seremos entonces estadística, cifra o, en el mejor de los casos, tendencia.

Querría cerrar este diálogo con la mención de una de mis páginas predilectas de Sebald, en la que se resume su prodigiosa capacidad para «generar el acontecimiento», por emplear la muy bella expresión que has acuñado. En esa página Jacques Austerlitz recuerda cómo, durante un año, al declinar el día, cada noche salía de su casa y recorría Londres desde Mile End y Bow Road hasta Peckham y Dulwich, en el sur, y hasta Richmond Park, en el oeste. Y recuerda cómo, durante aquellas largas, increíbles caminatas, su conciencia se asombraba ante el hecho de que «londinenses de todas las edades, al parecer por acuerdo hace tiempo concertado», estuvieran tumbados en sus camas, abrigados, bajo techo, aparentemente seguros, cuando, en realidad, y sin duda de forma pavorosa a poco que se pensara con cierta intensidad en ello, apenas estaban «tendidos, con el rostro vuelto hacia el suelo por miedo, como en otro tiempo en un descanso al atravesar el desierto».

Quizá el escritor sea quien vela para que los demás duerman ese sueño falsamente confiado. Y quien toma nota con celo, aunque al tiempo con inevitable escepticismo, para que todo ese asombro ante la fragilidad y la maravilla humana esté siempre disponible.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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