Aún más evocador y más verde es el café Jama Michalika, cueva del modernismo donde en los albores del siglo xx oficiaba el agitador cultural Stanislaw Wyspianski al frente de la tropa más inquieta de la ciudad. Un café cabaret situado en la populosa y entretenida calle Florianska, a dos pasos de la puerta de San Florian, que milagrosamente se conserva sin mixtificaciones ni alteraciones, tal y como era en 1905 y que ha estudiado, como a sus equivalentes europeos, Antonio Bonet Correa. Un interior de oscuridad septentrional y de cripta que apenas permite distinguir las paredes recargadas con la parafernalia modernista de dibujos, papelería y motivos vegetales y orientales, con maderas curvas, globos verdes y tapizados verdes, decorado con techo de vidrieras de retícula y cabujón como las alas de mariposa de una alhaja nouveau que apenas dejan pasar la luz. Un lugar de poetas y artistas que ha visto pasar la historia del siglo xx, desde funcionarios imperiales y escritores de toda la centuria a dirigentes del partido comunista de largos abrigos incluso en verano, pasando por los vanguardistas que encabezaba el recién llegado Tadeusz Peiper, yendo del futurismo al cubismo –en Polonia, formismo– entre poemas y dibujos geométricos de revistas como Zwrotnica, y quienes atravesaron el largo invierno del comunismo como podían: Wislawa Szymborska, Czeslaw Milosz, Adam Zagajewski, Tadeusz Kantor, Andrej Wajda… Allí, desde el nicho donde hay un pequeño escenario, se escucharon las canciones escritas por Marian Hemar, el poeta de las dos ciudades, Lvov y Cracovia, los fox trot y las canciones del popular actor y cantante Eugeniusz Bodo o de Adam Aston, de vida larga y novelesca, estrella de la insólita combinación que da lugar al yiddish fox con esos pegadizos Nikodem y Abdul Bey. Pero también escucharían los tangos de infinita melancolía de Marian Demar, como Graj Skrzypku graj, de Mieczyslaw Fogg, el Maurice Chevalier polaco, y su Ostatnia niedziela o Jesienna piosenka, el tango de otoño compuesto por Michał Tyszkiewicz, y Jakub Kagan, cantado, al igual que el crepuscular W te noc upalna, por la gran Hanka Ordonówna, con dulzura y sensualidad inolvidables.

Mientras en el salón del Jama Michalika suena alguna canción o tan sólo se oye la melodía que toca el pianista, unas silenciosas camareras de infinito cuello por el que cae al acaso alguna guedeja rubia, casi blanca, sirven cualquier cosa a todas las horas del día, lo que convierte el café en un lugar de referencia en la ciudad. Todo ello como un recuerdo que permanece en este otoño cracoviano que alfombra de hojas el Planty, dándole un aire entre medieval y modernista, como la propia ciudad.

Esta Cracovia simbolista –que Monika Poliwka trajo a Madrid en forma de exposición y que tanto ha inspirado a Juan Manuel Bonet, quien ha resumido la ciudad en La ronda de los días– es inseparable del ensanche formado por las calles, anchas y monumentales, que están fuera del Planty y que dan a la ciudad el aire imperio, el inconfundible sello Habsburgo que la aproxima a Viena, a Budapest, a Milán, a Berlín o también a París. Es el modelo de arquitectura haussmaniana, el estilo ecléctico e internacional de la Europa burguesa nacido en los días del imperio de Luis Bonaparte, pero que en estas urbes de la Mitteleuropa y de su borde oriental tienen una buscada grandiosidad en un ejercicio de europeísmo. Bulevares amplios de cables y farolas historiadas, de adoquines oscuros y limpios, casi lisos a fuer de pulidos, con tranvías y edificios que son el apogeo de la piedra, del almohadillado y de la cornisa, de la decoración pastelera, de las ventanas enormes ávidas de luz, de la ostentación de la riqueza y del poder de la burguesía y del Estado, presentes en edificios oficiales y en estaciones monumentales que confirman su condición de catedrales modernas, de grandes hoteles que se llaman Europa o Terminus, de teatros y grandiosos palacios de la ópera que comparten espacio con iglesias góticas y barrocas como aporte de un rico pasado. Es el mundo de Francisco José, de Austria-Hungría, que en Cracovia se resume, por citar algún lugar entre cientos, en la Ulica Warszawska, frente a la Barbacana, o en los bulevares Basztowa o Lubicz. Y es que, como si quisiera desmentir a Stefan Zweig, ese mundo de ayer permanece en este otoño como un desafío a la guerra civil europea abierta en 1914, como recuerdo del pasado que despareció después de la tragedia. No es de extrañar que con este escenario y con los personajes que lo habitan, el arte y la literatura, ese lujo de la burguesía en apogeo, se desarrolle en estas ciudades con facilidad asombrosa. A veces desde el sur hay una añoranza de esas calles, bulevares y avenidas, bien trazadas de la Mitteleuropa en las que se adivina el bienestar que luego se llamará confort, que distinguía a Europa del resto del mundo.

Nada de este siglo falta en Cracovia, ni siquiera el recuerdo de la historia más dramática, la de la ocupación nazi en forma del llamado Gobierno General que ha dejado su recuerdo en toda la ciudad, incluido el Rynek Glówny. Allí, en la esquina de la calle Switego Jana, el moderno edificio Feniks –construido en los años treinta, cuando todavía coleaba algún entusiasmo por lo Nuevo, en el que las curvas se combinaban con el racionalismo y la vanguardia geométrica– vio cómo la voluntad de detener la historia de los totalitarismos mutilaba sus chimeneas expresionistas con ecos de tejados de El gabinete del doctor Caligari y del arte degenerado, el Entartete Kunst que alimentó las hogueras nacionalsocialistas que querían acabar con los espectros de la modernidad de la que al fin procedían. Una ocupación de cinco largos años que, junto con la guerra, dio a la ciudad el aire gris e irreal que compartían las ciudades sometidas al Nuevo Orden hitleriano en la Europa ocupada, aunque aquí con mayor fiereza. Unos días de contrastes resultado de las nuevas formas de vida impuestas por el ocupante, por el tono de falsa alegría que daban a la ciudad aquellos enriquecidos rápidamente por su cercanía a los nuevos amos y, sobre todo, por el miedo, el hambre y el frío de casi todos los demás. Más o menos el mismo panorama que en el París ocupado, aunque con la ferocidad que los alemanes reservaron a los polacos y a una ciudad que querían germanizar, insistiendo en el irredentismo del drang nach osten.

Como si fuera una prolongación moderna del Rynek, la vecina plaza Szczepanski es el otro gran espacio de la Stare Miesto que está señalado por el teatro dieciochesco Stary y el palacio de las artes, modelo de secesión vienesa brotada en Galitzia que lleva a la ciudad el estilo de un imperio al que iba a barrer el huracán de agosto de 1914. Pero quien domina la plaza es el gran edificio que combina expresionismo y art déco, como el madrileño Capitol, de remate redondeado y grandes líneas paralelas que en su frente se convierten en geometría futurista, convertido en un faro de modernidad esquinado que mira al Planty. Un edificio que ahora alberga a Solidarnösc y que, en este día de otoño, la luz ya algo invernal hace aún más gris y le da un aire algo desasosegante, weimariano. Es uno de los mejores ejemplos de la vanguardia arquitectónica cracoviana junto con los dos edificios de la compañía de seguros Feniks, el del Rynek de chimeneas inquietantes suprimidas por los nazis, y el construido en 1933 en la confluencia de la Ulica Basztowa y Rynek Kleparski, junto al Planty, que fue sede de la propaganda nazi durante la Ocupación, de aire inequívocamente germánico, de gran almacén berlinés.

Puestos a recoger edificios de la Cracovia contemporánea, hay que traer el muy monumental y rotundo edificio de la Galería Nacional, muestra de la voluntad de firmeza de la joven república polaca en los conflictivos años treinta; una voluntad expresada con unos grandes volúmenes que a veces parece que se adelantan a los totalitarismos que no tardarían en llegar. Fuera de la ciudad vieja hay algunas arquitecturas del racionalismo post-stalinista más audaz que parecen imitar un Nueva York pasado por el comunismo más moderno, aunque el apogeo de la arquitectura del socialismo real se reserve para el suburbio cracoviano de Nowa Huta, emblema del socialismo.

Es hora ya de recorrer Kazimierz, la judería establecida en el arrabal del Stare Miesto, junto al Vístula y a la sombra imponente del Wawel, un lugar cuyo recuerdo tiene resonancias de tragedia tras lo sucedido en el inclemente siglo xx. Unos acontecimientos que incluso se llevan el recuerdo de los años de prosperidad y convivencia, ésta siempre precaria pero duradera hasta los días del apocalipsis que transformó todo. Kazimierz es uno de esos lugares en los que vuelve el pasado en un instante. Puede que sea al temprano atardecer del otoño, en una calle estrecha ante un portal cerrado o frente a un balcón de la Krakowska, una avenida que se revela desoladora, cuando se sabe lo sucedido en el lugar. Y es que todo es trágico en el barrio de Kazimierz, desalojado de sus habitantes durante la Ocupación nazi y luego hacinados en Podgorze, el suburbio vecino tras el río, convertido en gueto con la plaza Bohaterów como centro y las calles Lwowska y Limanowskiego como límites. Todo como una etapa previa al exterminio en el cercano Auschwitz-Birkenau. La maldición del barrio continuó en los duros años de posguerra, cuando se convirtió en lugar de refugio de marginados y perseguidos de todo tipo. Es una parte de los capítulos más negros de la pesadilla europea en los que las notas de los yiddish fox-trot de los años de entreguerras, ahora sabemos que falsamente alegres, se vuelven de una tristeza inevitable. Permanecen en Kazimierz algunas sinagogas monumentales y discretas que dicen de la prosperidad judía que fue, el cementerio Remuh y edificios de ilustres nacidos en el barrio, y se aprecia la voluntad algo forzada de volver a los felices tiempos anteriores a la catástrofe, que no consiguen cambiar el paisaje que sugieren los restos de la judería cracoviana. Al contrario, la falsedad de la recreación del mundo Schindler no hace más que agravar la melancolía que envuelve el lugar en un atardecer oscuro como los largos inviernos de stalinismo, frío, represión e infinito tedio que ha recogido Adam Zagajewski.

Cracovia es una selva frondosa de iglesias medievales y barrocas, pero también ciudad de rincones con paisajes escondidos como el que surge en la confluencia de dos pequeñas calles, Reformacka y Swetego Marka, a dos pasos del Rynek Glówny. Una plaza minúscula y algo oscura, limitada por la tapia secular de un convento cuyos ladrillos ha oscurecido la nieve de siglos, esa nieve que
–parece– da carácter a la ciudad y que en este otoño aún no se anuncia. Plaza recoleta con un árbol de formas sarmentosas en el centro, de persistente aire otoñal, incluso en verano, que parece aislarla de la ciudad. Otro lugar en el que parece que lo medieval se impone es en el tramo de la calle Stolarska que arranca de la Dominikanska, casi donde finaliza la Swetego Gertrudy y comienza el Westerplatte. Un tramo estrecho, paralelo al Planty y al Rynek Glówny, que parece suspendido en el tiempo y en el que todo es limpio y sosegado, en una atmósfera transparente en la que el frío parece pulir las casas desde que fueron construidas en el otoño medieval. Una calle que contrasta con la animación del cercano Westerplatte o del bulevar Lubicz, donde los tranvías, los cables y los raíles me llevan a mi infancia madrileña o a una evocación de los años de entreguerras.

También es Cracovia una ciudad para pintar, como ha hecho Miguel Galano, y de pintores. Una urbe en la que ha vivido una legión de artistas, sobre todo de la modernidad que arranca con los simbolistas, un grupo que agitaba el citado y poliédrico Stanislaw Wyspianski, y sigue con los que se agrupaban alrededor de ese Ramón cracoviano que es Tadeusz Peiper, vecino de la calle Jagellonska y uno de los impulsores de las vanguardias en la ciudad tras recorrer Europa, incluida una estancia madrileña. Fueron los artistas renovadores del diseño y el arte que se alistan tras la bandera innovadora del formismo, como Lucia Auerbach, Józef Pankiewicz, Marian Paszkiewicz y Waclaw Zawadowski, Wladyslaw Strzemiński, León Chwistek o Julian Przybos, que el equipo Poliwka-Bonet ha estudiado. Luego, en los días del comunismo, estaría el infortunado Andrej Wroblésky, quien solo vivió para pintar autobuses y ejecuciones de una tiranía a otra, y los grupos de artistas de los años cuarenta y cincuenta surgidos alrededor de la universidad cracoviana como el Grupo de Jóvenes Artistas formado por Adam Hoffmann, Kazimierz Mikulski, Jerzy Nowosielski y Mieczysław Porębski.

Es una ciudad plural, durante siglos acogedora de la diversidad que aporta lo germano, lo eslavo, lo polaco, lo ruteno, lo báltico y lo judío. Ni más ni menos que como cualquier otra urbe semejante, de Kosice a Lvov, de esa Europa que en Galitzia ya es oriental, en la que durante siglos se amalgamaron como en redoma una cultura y una sociedad que sobrevivirá, no sin sobresaltos y tensiones, hasta 1939. Luego caería sobre la ciudad una noche totalitaria de medio siglo que acabó de raíz con una parte de la cultura europea, herida de muerte desde 1914.