No muy lejos, en la avenida Viacheslava Chornovola, continuación de la Svobody, nos sale al paso la monumentalidad soviética y racionalista, siempre con el inevitable aire ministerial, del Hotel Lviv, que con su gran neón vertical nos lleva al lujo del socialismo real, al siempre precario confort soviético. Visto desde la esquina de la calle Horodotska, todo en él nos evoca el mundo de los congresos del partido, de los viajes de las comisiones inspectoras del Gosplan y de la presencia de miembros de cualquier comité. El mismo ambiente que pervive en un restaurante de la calle Krakivska con una decoración de modernismo reconstruido y ventanas de visillos calados que permiten ver la calle por la que pasan apresurados algunos leopolitanos. A pesar de la decoración art nouveau, el lugar recuerda al local syldavo en el que estuvo Tintín en Bruselas, aunque con una atmósfera de los años de la guerra fría, de bloque del Este. Atento y severo, con modos de la Europa desaparecida, el camarero y sus ayudantes son más numerosos que los comensales. Todo es formal y cortés, pero en modesto, lejos del lujo cracoviano, como si los años soviéticos hubieran diluido la cortesía vienesa. Algo parecido sucede en el remodelado –aunque con escaso acierto– hotel Viena, cuyo salón, en el que se almuerza o merienda al mismo tiempo a la sombra de los árboles del bulevar Svobody, donde aparece a modo de monumento efímero un automóvil pintado con colores de camuflaje, como los uniformes de los numerosos soldados que se ven por Lvov, y con restos de impactos de bala, nos recuerda que en Ucrania oriental ha habido hace muy poco una guerra, y que aún no puede hablarse de paz.
Para ir a la calle Miodowa, ésa que Józef Wittlin decía que le gustaría que fuese su calle leopolitana, hay que ir un poco más allá del hotel Lviv, donde une, en un corto tramo, la avenida Viacheslava Chornovola con la calle Panteleimona Kulisha, el lugar en el que parece que permanece el Lvov anterior a 1914 con más intensidad. Quizás sean los cables de tranvías e iluminación o lo estrecho de la calle, que acerca unos edificios de monumentalidad y decoración sorprendentes –apogeo del modernismo y la secesión– hoy ruinosos. Todos son restos de época; así los letreros de locales que
–como ese que reza «Poua» y muestra en tonos verdes, blancos y negros unos edificios de aire entre vanguardia y déco– por su belleza merecen un marco, como decía aquel. El paseo, en una mañana fría que amenaza lluvia, transcurre entre lo que se adivina fue el Lvov moderno, extramuros de la ciudad medieval y barroca; una zona en la que antes de la Gran Guerra que casi acaba con Europa se levantaban las arquitecturas que gustaban en la Viena imperial o en el cosmopolita París. Son los de esta zona unos edificios de apoteosis decorativa en fachadas, frontones y dinteles, de vegetales y geometrías, de frisos y ventanas, de cornisas y remates, que hablan de la riqueza, del lujo y de la cultura de aquellos que Lvov convirtió en leopolitanos, fueran judíos, armenios, polacos, austriacos, alemanes, rusos o ucranianos, por no seguir. Una ciudad que nos recuerda que aquí nacieron Ludwig Von Mises, el poeta Marian Hemar, o el dirigente comunista Karl Radek –quien, tras hacer la revolución, no sobrevivió a las purgas estalinistas para ver un Lvov soviético– o Adam Zagajewski, quien apenas estuvo en Lvov, pronto expulsado a Cracovia; que es la ciudad en la que estudió Joseph Roth y vivieron los escritores Józef Wittlin y Bruno Schultz, éste nacido en la cercana Drogóbich, quien no sobrevivió a la ocupación nazi. La misma ciudad que ahora, en esta calle Panteleimona Kulisha, nos muestra sin pretenderlo lo que fue en esos años, de la misma manera que como el Rynok nos habla del pasado renacentista o vecinas las catedrales armenia y latina de esplendores medievales y rutenos.
V
El trayecto que nos lleva a la muy monumental estación central de Lvov, el otro referente fin de siglo junto con la Ópera, transcurre por calles de edificios señoriales y parques vacíos, casi fantasmales, entre la bruma que deja un día de lluvia persistente. Nadie pasea por la calle en una noche que en este final de octubre es ya, más que otoñal, un adelanto del invierno. Sin embargo, al llegar a la plaza Dvirtseva, donde nos recibe la imponente fachada entre historicista y art nouveau de la que fue la estación ferroviaria más grande del Imperio Austriaco, sorprende la agitación, la animación, a pesar de la hora. Parece como si todo Lvov quisiera viajar en esta noche desapacible y se hubiera dado cita en el vestíbulo de la Estación Central. Todo es ir y venir de viajeros con equipaje, de filas en las taquillas de billetes, de avisos por los altavoces, de viajeros comprando en unos antiguos quioscos en los que se vende de todo.
Entre la arquitectura de los andenes y el modelo de los vagones, más próximos a los ferrocarriles de los Habsburgo que a los diseños de la alta velocidad, todo evoca los años en los que fue construido el enorme edificio. En la noche, bajo los focos, brillan los tonos negros en los andenes. Grandes vagones oscuros, traviesas de madera negra, raíles, balasto y vigas de hierro parecen devolver la luz blanquecina bajo la enorme cubierta, lo que contribuye a dar a la estación un efecto muy cinematográfico, entre la Guerra Fría y los años de las dos ocupaciones.
El viaje se realiza en un sleeping-car del Lwów Express, es decir, en un coche cama del expreso que, como proclama la placa en tipografía roja y negra muy de vanguardia que pende de los vagones, une Lvov y Varsovia, pasando por Przemysl, Jaroslav, Tarnow y luego Cracovia, antes de llegar a su destino final casi doce horas más tarde. Se trata de un superviviente de esos llamados «grandes expresos europeos» que vertebraron culturalmente el continente durante el pasado siglo y que aún perviven. Un tren que cruza una rigurosa frontera que ahora es la puerta de una Europa más replegada que hace un siglo, en la que han quedado fuera ciudades como Lvov, indiscutiblemente parte del continente, aunque sea en uno de sus extremos más difusos.
Pronto arranca el tren, atravesando los oscuros suburbios de Lvov de casas bajas con más huertas que jardines, vallas de madera y hierro, junto edificaciones que fueron fabriles. El paisaje propio del extrarradio de las ciudades del siglo xx que se irá sucediendo al entrar y salir de todas las ciudades hasta Cracovia. El viaje transcurre por una Galitzia nocturna e invernal, a ratos entre bosques y otras veces por la llanura. Apenas se pueden adivinar los lugares que cruzamos, sólo cuando el tren se detiene en una estación desierta es posible conocer dónde nos encontramos. Interrumpe la marcha la larga parada en la frontera en la que militares ucranianos y polacos se turnan para revisar la documentación. Todo recuerda la descripción que hacían los participantes en las que Ernesto Giménez Caballero llamaba con sorna las «romerías a Rusia», es decir, los viajes de curiosos y entregados al paraíso soviético en los años veinte y treinta. Ciertamente, la visita de los adustos aduaneros a este Lwów Express en la madrugada resulta un poco tintinesca.
La siguiente parada, aún en plena noche, es la estación central de Cracovia. A la entrada, en el andén solitario y espectral, un cartel – «Kraków Glówny»– destaca en la neblina de una madrugada en la que las luces, algo deslumbrantes, contribuyen a hacer todo más irreal. Al bajar del vagón, nos damos cuenta de que en la capital de Galitzia el otoño ha dejado su lugar al invierno.