POR NADAL SUAU

Cuando Javier Serena me propuso coordinar un dossier sobre crítica literaria, la posibilidad de plantear cada colaboración a partir de una pregunta se me impuso casi sin pensarlo, como una de esas intuiciones a las que debemos atender irremediablemente. Decidí que no abordaría a nuestros invitados lanzándoles un «tema» o un vago «asunto», ni tampoco (o al menos, ay, no necesariamente) les arrastraría con torpeza de #fan a improvisar alguna variación de los greatest hits (recordatorio: el mercado opera incluso sobre una mercancía tan poco rentable como la crítica) que los han convertido en voces a las que atiendo siempre, sino que les haría una pregunta. Serían interrogantes bastante abiertos, por cortesía y también por método, pero interrogantes al fin. En concreto, estos:

Ignacio Echevarría: ¿Cuánto hay de verdad en la clásica cita de Oscar Wilde «la crítica es la única forma válida de autobiografía»?

Inma Aljaro: ¿Cuánto hay de literatura en el género de la crítica literaria? 

Lorena Amaro: ¿Cuál es la relación entre crítica literaria y política? 

Graciela Speranza: ¿Qué puede aprender la crítica literaria contemporánea de la artística (y, en consecuencia, la literatura del arte)?

Federico Guzmán: ¿Cuál es el papel de la crítica en los tiempos de las redes sociales? 

Christian Snoey: ¿Qué camino debería recorrer en el futuro la crítica literaria si aspira a seguir siendo relevante?

Ahora que las releo a la luz de las magníficas respuestas ya maquetadas, me doy cuenta de hasta qué punto las seis preguntas tuvieron una apariencia más periodística que otra cosa. No pasa nada. Al fin y al cabo, la reseña es una rama de la crítica literaria emparentada con el periodismo y, en todo caso, lo importante para mí radicó en el gesto sencillo de teclear cada signo de interrogación, estableciendo desde el principio que la crítica arraiga en el cuestionamiento. Si hoy en día la crítica literaria parece agonizar, que lo parece, será que la misma literatura y el derecho a cuestionar agonizan en paralelo. Que también lo parece. Solo que esa apariencia puede engañar, como engañan los blurbs y los nombramientos de la Real Academia. Y aunque a menudo los primeros engañados podamos ser precisamente quienes ejercemos el oficio (no en vano, somos nosotros quienes padecemos el constante empobrecimiento del retorno que cada pieza escrita aporta a las finanzas y al ego), si seguimos en ello es porque, en definitiva, nos resistimos a creerlo. Hacemos bien.

No es ninguna mentira que he coordinado este dossier en busca de ideas que reafirmen algunas de las mías o bien que me obliguen a repensar otras. Ambos estímulos son igual de necesarios, si se equilibran. Y, desde luego, en las preguntas resonaban ciertas preocupaciones genuinas que he ido desarrollando durante años de práctica crítica, por ejemplo: ¿Qué hacemos con el Yo? ¿Y con el estilo? ¿Qué «utilidad» tiene la crítica? ¿Debería tenerla? ¿Cómo puede sobrevivir la vocación del crítico a una lectura de la cadena de comentarios de los lectores más desubicados de prensa online? ¿Y a los más feroces? ¿Y a los corsés de la academia? Su vanidad, que a veces es un motor, o al menos un refugio en jornadas nefastas, aunque dé vergüenza confesarlo, ¿cómo se las ingeniará para sobreponerse a la jeremiada de cada día en torno a la irrelevancia de lo que hace?

Sin embargo, lo más importante, lo más necesario, era provocar una inyección de entusiasmo, que los seis textos disparasen y multiplicasen esas ganas de rebatir la agonía de la crítica. Porque necesitamos leerla, escribirla, discutirla, repensarla y arrancarla de las manos de la publicidad, la divulgación, la planicie, el kitsch mal entendido, el opinionismo. Ojalá a ustedes les parezca que el resultado es tan generoso como me lo parece a mí.

En cuanto a nuestros colaboradores, apenas aclararé brevemente por qué pensé en ellos y les pregunté lo que les pregunté. Ignacio Echevarría representa (creo que a su pesar), el arquetipo de crítico literario para varias generaciones, y era previsible que la frase de Wilde colisionase con su alergia a la primera persona en el género. Inma Aljaro es la autora de Tedio y narración (Cátedra, 2024), un libro que diría que está muy cerca de demostrar que la crítica sí puede ser literatura a veces, si no fuese porque a mí no me toca hoy afirmar eso, sino a ella meditarlo. En todo caso, la escogí precisamente por eso. Lorena Amaro afronta una cuestión que ha cobrado una relevancia especial en la última década y media, pero que siempre estuvo ahí, en lo más nuclear de la crítica literaria. Al mismo tiempo, también es una cuestión «muy ella» (como bromeamos en nuestro intercambio de correos), como sabrá cualquier lector de Cuadernos Hispanoamericanos.

De haber tenido más espacio, me habría encantado explorar paralelismos y diferencias entre la crítica literaria y la de otras muchas disciplinas creativas, como el cine o la música. Condicionados como estamos, me pareció que el mejor ejercicio en este sentido iba a ser respecto del arte, primero, porque es un mundo cuyo discurso crítico aporta problemas tan gruesos como el literario y herramientas que a menudo se intuyen más sofisticadas, y segundo, porque realmente deseaba con todas mis fuerzas leer lo que Graciela Speranza, una de las críticas más agudas del panorama internacional en cualquier lengua, pudiese decir al respecto. Leo a Federico Guzmán en medios como Letras Libres desde hace tiempo, y diría que los planteamientos simultáneamente panorámicos y profundos de su trabajo lo sitúan en un lugar valioso desde el que pensar el margen de maniobra de la crítica en un mundo digital. Aparte de que fue en redes donde conocí su trabajo, un dato menos trivial de lo que pueda parecer si hablamos de los aspectos más esperanzadores vinculados a Internet. Finalmente, Christian Snoey viene de publicar La ficción como un modo de conocimiento de la historia (Universidad de Murcia, 2025), un estudio que demuestra su interés por la relación entre la época y la escritura que la acompaña. De eso nos habla precisamente, en una proyección hacia un futuro a la fuerza inmediato, pero verosímil.

Entonces, ¿es que hay futuro? Claro que sí. Es inevitable. Una y otra vez lo cancelamos, pero vuelve. Quizá la principal duda estribe en cómo de homogéneo serán él y el lenguaje que le dé forma. Con una crítica que siga empeñada en autoconvencerse de su propia agonía, sabemos qué cabe esperar. En cambio, si la crítica se pone sandunguera, ¿quién sabe adónde nos llevará? Con tal de abrir este interrogante deberíamos estar dispuestos a mucho.