DANIELA TARAZONA

–Nuestra sentencia no es aparentemente severa. Consiste en escribir sobre el cuerpo del
condenado, mediante la Rastra, la disposición que él mismo ha violado.
Por ejemplo, las palabras inscritas sobre el cuerpo de este condenado
–y el oficial señaló al individuo– serán:
Honra a tus superiores.
Franz Kafka. En la colonia penitenciaria.

Hace unas semanas viajé a la República Checa. Visité Praga y caminé por sus calles como si no hubiera mañana. Nunca había estado en una ciudad así. El tercer día fui a conocer la tumba de Franz Kafka y vi, entre los árboles del cementerio, cómo se ensamblaba un alucinado y fascinante universo en donde me resguardaré durante un tiempo. Sobre su sepultura encontré decenas de ofrendas: cartas, fotografías, mensajes breves, besos de carmín sellados sobre trozos de papel, pequeñas piedras vivas y otras mayores con inscripciones en varios idiomas; allí habita una multitud imposible de medir que habla con Kafka desde el Big Bang y hasta hoy, cuando se nos desvanece la mirada sobre las natas de sargazo, y se nos atrapa el aire en los pulmones en el fondo de los mares que van poblándose de máquinas, y cuyo subsuelo atravesado por los tendones de fibra óptica cifra los contenidos supersónicos del Internet de todas las cosas.

Tras esa visita, no sé por qué (tal vez por haberme sentido en el punto más alto del viaje y también emocionada por completo ante la sepultura de Kafka, a quien venero desde la adolescencia… y desde antes de saber del mundo) me vino una reflexión acerca del modo en que concebimos el trayecto hacia el clímax en nuestras historias, en nuestros textos. ¿Cuál es el impacto del clímax ahora? ¿Continuaremos desarrollando de manera autónoma las historias de ficción o le cederemos esa labor y sus significados al artificio de una inteligencia maquinizada? Y, mientras fumaba sentada en una banca frente a la tumba de Kafka, pensé de qué manera concibo el clímax en mis narraciones y fabulando más, llegué a la siguiente consideración: quizá en el futuro todavía será posible figurar la estructura de un relato o una novela escrita a mano (humana), y el devenir de sus escenas, o la manifestación del ritmo de las frases para alcanzar un clímax; medité sobre el deseo de alcanzar el nudo de una historia, esa elevación tan preciada del argumento tejida por lo que se ha llamado «conflicto», que tiene relación con la época y hasta la situación geográfica del país donde nació quien escribe, Y entonces ¿cómo concebir un clímax hoy? Me pregunté en silencio. Ya nada es lo que ha sido, se sabe. El desplazamiento por el espacio físico se ha modificado desde el surgimiento de Internet, porque se supone que allí podemos ver lo que no está frente a nuestro cuerpo y conocer parajes que no hemos recorrido aún.

Algo de lo que no me repongo todavía tras visitar Praga (entre otros efectos más en el ánimo y el corazón), es haber sentido que la ciudad era un nido de pasadizos hacia el mundo anterior y el que se anuncia entre la espesura de la bruma. En Praga, tras una puerta se suele encontrar una escalera, tras la escalera se desciende a un sótano y, en el sótano, hay ventanas ocultas. Luego, si se busca en dónde descansar, es del todo probable que el techo esté inclinado o que la esquina en la que se encuentran dos muros se desvíe hacia un punto cardinal que no se entiende. Si dentro de una estancia hay escaleras, puertas y líneas diagonales es porque se trata de un pasadizo, y en ese sitio de tránsito fabuloso, justo allí, está ahora mismo Franz Kafka de pie, delgado, resistente y, por supuesto, inmortal.

Kafka hablaba varios idiomas y el alcance de su percepción es eterno, maestro absoluto de la condición humana y genio. Sus palabras presentan aún, a pesar de que no se lean en masa, una potencia humana bastante mayor que la ambición de las caminatas del Perseverance o el Curiosity, metales ensamblados que no sienten nada, pero fotografían la superficie marciana para hacernos creer importantes.

El clímax de una historia se nutre de las conmociones del alma, nuestra máxima tensión. Tal vez ahora podríamos considerar a la escritura o cualquier otra expresión artística como acciones en defensa del significado: algunos seremos escritores activistas y continuaremos inclinándonos ante la página para fijar las palabras de manera artesanal, junto a fotógrafos que seguirán marcando las escenas de verdad en el mundo de afuera. Hace unos días, el director de cine Steven Spielberg, habló de la IA con relación a la creatividad y dijo que el alma no puede sustituirse por nada más. Cada persona tiene la libertad de elegir, desde luego. Yo prefiero y preferiré el arte que sea creado por un cuerpo con órganos internos y sangre caliente, un cuerpo que puede enfermar. Y vigilaré que, desde el subsuelo, aún se trasminen los efluvios de las almas anteriores, como la de Kafka, que alumbró nuestra colonia penitenciaria.

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