Universidad de Salamanca

La primera vez que me acerqué a la poesía de Ida Vitale, con cautela porque sabía de su dificultad, de su audaz desafío lingüístico, fue en Montevideo. Era el año 2002 y acababa de asistir a una sesión de la Feria Nacional de Libros y Grabados, que dirigió durante años Nancy Bacelo, y se desarrollaba en el Parque Rodó. Allí tuve la fortuna de escuchar y conocer a Idea Vilariño por mediación de mi amigo Javier Uriarte. Como alumna disciplinada que era, como estudiosa que visitaba el Río de la Plata para escribir mi tesis doctoral sobre Delmira Agustini, una vez hube leído a Vilariño, me dispuse a conocer las poéticas de otras autoras de la Generación del 45. Y digo autoras porque, por supuesto, como el sesgo patriarcal de la enseñanza académica quería por entonces, sí había leído, con más o menos profundidad e interés, los ensayos de Rama, Rodríguez Monegal, o Real de Azúa. Ni qué decir de las novelas del genial Onetti, empezando por El pozo, o la poesía de Benedetti, quien en 1999 había visitado, con enorme expectación, nuestras aulas y el teatro Juan del Enzina. En cambio, apenas había hojeado algún poema, de las creadoras que se inscribían en el mismo periodo generacional y colaboraban en Marcha, Número o Asir.
El desgarro torrencial a partir de la economía lingüística, de un esqueleto rítmico implacable y de una repetición múltiple e inconfundible para decir el deseo que encarnaba el verbo de Vilariño me impactó por su hondura y desborde, por su decir “en el colmo de las vivencias”, por su acción política y antirretórica en el seno mismo de poema. No lo hizo menos, aunque no fuera tan afín a mi sensibilidad, la lógica matemática y la experimentación vanguardista de los poemas visuales de Amanda Berenguer. Pero leer a Ida fue, desde el principio, otra cosa. Una vivencia que dejó impronta. Quizás por la misma dificultad. “Solo lo difícil es estimulante”, decía Lezama. “Mejor que comprender es no comprender”, Vitale dixit. La sagacidad conceptual y la precisión desnuda de una imagen, su delicada urdimbre formal, pero lejos de la experiencia confesional, cerca de la imaginación portentosa que bordea lo indescifrable. Se trataba del registro también de una extraordinaria observadora de la vida natural, de la vida toda: la capacidad para crear una estética propia, tras un proceso alquímico, como afirma Michèle Ramond, estética hecha de austeridad y justeza verbal a la hora de atrapar en el texto el canto del sinsonte, el movimiento de unas hojas, la cercanía de la muerte, un gesto cotidiano, el amor por las palabras, la música de Monteverdi; el bosque frondoso y enigmático que es el mundo captado con inaudita lucidez y un hermetismo dúctil, maleable. El bosque en papel y la estela gráfica del misterio.

Era asimismo admirable la exigencia formal, la manera de escandir el verso: alguien que en sus primeros poemarios dominaba el soneto clásico y que podía escribir, después, lo que le diera la gana fuera de ese corsé métrico. El giro fue de la muerte barroca a un canto asombrado, “de miniatura” y juguetón, hacia la vida y el milagro de lo menor. Vale más una sinécdoque o metáfora en movimiento, una sinestesia/calambur que vibre en el aire “como un cuchillo”, según señala Alberto Villanueva, que toda una construcción alegórica compleja, especialmente en libros como Trema o Mella y criba. En Vitale, la poesía, ese fulgor del mundo, es la más alta expresión del lenguaje, aunque domine el ejercicio de la traducción, y sea también una formidable aforista, una rigurosa ensayista.
Trece años después de aquel 2002 de lecturas y revelaciones, tuve la alegría de ser su antóloga. Para acometer la tarea y poder hacer un estudio crítico sólido conversé casi diariamente tanto con Ida Vitale como con Enrique Fierro, poeta de interesantes búsquedas y gran originalidad, a la sazón, su compañero. Estaban en Texas. Recuerdo muy bien aquel tórrido verano de 2015 y aquellas charlas en las que Enrique ponía orden cabal y filológico, enmendaba, escogía versiones, señalaba orden posible de los poemas, algunas erratas, mientras Ida, con su perspicaz curiosidad y travesura, me corregía sabiamente e indagaba, de la manera más distendida, como buena conversadora que es, pero también inquisitivamente, en qué películas había visto, si había leído o no a Manganelli y, pese a su conocida astucia, dejaba entrever que me estaba escudriñando para ver si yo sería o no capaz de hacer tamaño trabajo. Cuando le pregunté si la literatura tenía que ser comprometida, me respondió, contundente, que un poeta tiene que hablar de lo que sabe y militar en el lenguaje, no en la reforma agraria. Si le interpelaba sobre el feminismo, respondía, con idéntica rotundidad, que en su familia y época jamás había sido desventaja ser mujer, que no tenía sentido reclamar derechos que de por sí eran nuestros. Eso es Ida: una humanista de vocación universal, sin matices, con vehemencia.
Algo debió convencerle el resultado de Todo de pronto es nada porque siguió “dándome bolilla”, con su espíritu siempre inteligente y su fina ironía, con su formalidad extrema en todo lo que tiene que ver con el conocimiento en sentido amplio (botánica, ornitología, filosofía, música o astronomía). Coincidí con ella en eventos como la entrega del Reina Sofía, de la que se conserva una singular fotografía que tuvo el acierto de tomar Aurelio Major y en la que aparece junto a Enrique, solo separados por un vetusto y palaciego reloj. Recuerdo también lo difícil que fue organizar una jornada académica y una velada poética sin contar con su voz grave y firme, su asertividad manifiesta y esa particular construcción de la sintaxis, única, en la que articula, oralmente, largos párrafos impecablemente construidos a partir de hipérbatos que dejan al receptor siempre a la espera y sin aliento.
De su exquisita compañía, la de Amparo Rama y Aurelio Major, tengo luminosas imágenes en los jardines de la Alhambra. Aquel recital sosegado bajo los arrayanes, mirtos y naranjos amargos, aquel recorrido en que nos íbamos deteniendo para escuchar, desgranados hoja a hoja, árbol a árbol, sus poemas en la primavera florecida. En Granada, y ante mi estupor, luego sonrisa cómplice, mi hija Nora, que por entonces contaba con cinco años, fue inquirida por Ida acerca de sus lecturas… “¡Tenés que empezar con El maravilloso viaje de Nils Holgersson!”, apuntó convencida y un tanto alarmada de mi desidia materna.
No obstante, si tuviera que elegir un momento, el más cálido con esta mujer de apariencia frágil, pero de carácter y fortaleza mental férrea, de formación autodidacta, en parte clásica si tenemos en cuenta el magisterio de Bergamín y Juan Ramón que ella siempre reconoce, la influencia de Paz y todo lo que pudo nutrirle ese grupo erudito de la Generación Crítica que ejercía la crítica literaria de manera activa y constante, que traducía y no dejaba de pensar, leer, escribir, sería el que tuvo lugar en diciembre de 2019 en Montevideo. La visité en su departamento de Malvín. Allí se había instalado muy poco tiempo antes, tras la pérdida fatal de Enrique. Ese pisito alegre, lleno de libros y cuadros fue, durante unas horas, un escenario donde desplegó todas sus habilidades dramáticas, de la expresividad a la improvisación, de la memoria prodigiosa a la percepción aguda. Estábamos como en un barco encallado en el tiempo; un buque en el que, mientras tomábamos té y masitas de chocolate, yo escuchaba su infinito anecdotario, las lucidísimas reflexiones sobre los recuerdos muy bien hilvanados de su adorado México, de la biblioteca de Austen, los tantos libros, las tantas músicas que le seguían haciendo vibrar. Regia, Ida, narradora oral como pocas, me hacía partícipe privilegiada de sus historias contadas con ácido, chispeante e ingenioso humor. Esa tarde/noche, unas horas antes de que yo hiciera un viaje transatlántico, una Ida de noventa y muchos años, dinámica, vibrante, locuaz, plenamente instalada en el hoy, consiguió dejarme felizmente exhausta. No tomé ni una nota en el cuaderno, pero no hay duda de que, precisamente, por la falta de archivo, preservaré siempre para paladear y degustar, como haría con uno de sus poemas, ese momento de extraordinaria intimidad que el azar objetivo me ofreció y del que comparto algunos retazos hoy.
