Me han pedido pensar la relación entre crítica literaria y política. Para hacerlo, necesito remontarme a la década de 1930, cuando el lingüista judío alemán Viktor Klemperer comenzó a anotar en su diario las transformaciones que día a día observaba en el habla cotidiana, vinculadas con los avances de la ideología nazi. Estos giros de la lengua habrían de quedar plasmados en su libro LTI. La lengua del Tercer Reich, publicado en 1947, en que él, proscrito de la academia y de la vida que llevó hasta entonces, registró y caracterizó los procedimientos de jerarquización, totalización, biologización y sacralización de esta nueva lengua, procedimientos que allanaron el camino al genocidio.
Esta transformación es la que hoy estamos viendo, leyendo y oyendo en el fraseo de la lengua neoliberal y en sus derivas más radicales. En Chile, nada más, ya han aparecido tres volúmenes de El ABC del neoliberalismo, obra del colectivo Communes, de la ciudad de Valparaíso, que ha incorporado términos como «gentrificación», «coaching», «gobernanza» y «capital humano» a su colección, preguntándose por las formas de vida que la gramática y la retórica del capitalismo buscan promover o suprimir. Nota aparte los capítulos que habría que dedicar a los usos lingüísticos y discursivos más radicales de las nuevas derechas, aquellas que la politóloga Natascha Strobl prefiere llamar «conservadurismo radicalizado», para referirse a fenómenos como el trumpismo o el liderazgo de Sebastian Kurz en Austria. Strobl aconseja evitar los lugares comunes para pensar estas derechas, como el de los «jóvenes con la cabeza afeitada, con chaquetas de bombardero y botas Springer», porque es precisamente la parte que «no se ajusta a estos clichés anticuados (…), la que sabe utilizar el lenguaje como arma». Las astucias de esta derecha no son recientes; se remontan a los años que siguieron a la Segunda (antes está como 2º) Guerra Mundial, como comenta la autora austríaca, cuando la Nouvelle Droite comienza a propagar sus ideas en espacios prepolíticos, sindicales, barriales y comunitarios, en un inesperado despliegue de las ideas gramscianas sobre hegemonía y batalla cultural, pero sin socialismo. Los expositores más recientes del radicalismo conservador cuentan además con nuevas herramientas, como la masividad propagadora de los espacios digitales, donde no buscan solo persuadir, pues en su agenda, según Strobl, está la destrucción del discurso democrático.
Hoy ya no es necesario el aparato represivo estatal para intimidar a artistas, creadores e intelectuales: basta con la violencia sin freno de un fanático que divulgue una dirección privada, un teléfono, una amenaza de muerte. Pocas cosas pueden ser más amedrentadoras que estas nuevas formas de control social. Cuando además de toda la barbarie busca investirse de un halo democrático, juega a acuñar eufemismos, o busca cambiar de signo algunas palabras acuñadas por el progresismo; es así como, por ejemplo, acusan de «censura feminista» para reivindicar su antipática, alarmante misoginia (y sus discursos de odio). Es de esta forma que poco a poco se trastoca lo que se puede o no decir y hacer públicamente. La batalla por las palabras y la intimidación son armas difusas, que tienen por efecto la autocensura. Por eso urge pensar cuáles podrían ser las formas de resistencia que la literatura y la crítica pueden oponer a este conservadurismo radicalizado (o neofascismo), para seguir disputando sentidos y significados.
Pero es que la misma censura hoy ya no parece necesaria para desactivar las ideas revolucionarias o emancipadoras. Como lo plantea Hannah Arendt, la política supone una forma de agonismo vinculada con el pólemos: si bien el étimo de este concepto es la guerra, la filósofa lo vincula con la libre discusión de ideas y producción del disenso. Y es lamentable que hoy en los espacios literarios y culturales en general, casi no podamos polemizar (en el mejor sentido). Hay que lidiar con un mentido y silencioso consenso, esa lisa partitura orquestada por la ley de la oferta y la demanda. Lo que afrontamos, y aquí cito el excelente libro Una poética editorial (2022), de Constantino Bértolo, es «un capitalismo que tiende de manera acelerada a no admitir más legitimidad que la del mercado ni más pacto que el precio». Si bien hasta el 2000 se mantuvo una cierta diferenciación entre el valor simbólico y el valor económico de las obras, esta distinción resulta hoy casi imposible: uno de los logros del mercado ha sido precisamente que se dificulte la reflexión sobre el mérito literario, estético y político de los textos.
Para Damián Tabarovsky, quien recientemente ha publicado el ensayo La lengua en el capitalismo. Tres momentos (2024) —donde continúa ideas que ya estaban en Literatura de izquierda (2004)—, estaríamos viviendo un tiempo «que se vacía de lo literario y se atesta de literatura», y prefiere que distingamos «lo literario» y «lo político» (donde se instalan la radicalidad y el riesgo) en oposición a «la literatura» y «la política» (el lugar institucional, institucionalizado, institucionalizante). La conversación sobre lo literario, como sugiere, se restringe y comenzamos a padecer el extraño mal del consenso que es producto no solo de las burbujas digitales, sino que en nuestro caso, también, de las formas en que se distribuyen y difunden las novedades literarias, ofreciéndonos cada vez un panorama más homogéneo. Su diagnóstico es poco entusiasta: «Por donde vamos nos topamos con la literatura: es la escritura sin interés, la sintaxis sin atributos de la mayoría de las novelas del presente, la novedad que no renueva nada del mercado editorial». Ante esto habría que resistir, verbo sobre el cual reflexiona la crítica María Teresa Andruetto en un ensayo homónimo. Pensar en «una lengua que se resiste a que la “des-soldemos” para hacerle decir algo más allá de lo convencional» y en el trabajo de un lector que transita «lo que aún no comprende y así evitar ser arrasado por la palabra estándar».
La crítica literaria, como forma específica de trabajo intelectual, podría ayudar a reconstruir lo que la banalidad ha derrumbado. ¿A qué me refiero? Hasta en los más conspicuos suplementos culturales hoy se practica la fórmula Goodreads: un baño en la primera persona del reseñista, muchas conversaciones de bar o reflexiones frente al océano, quejas por lo difícil que está la literatura últimamente –«alguien escribe un texto, dicen, fundamental, pero no se entiende nada», leo en una de ellas—, odio contra una escritura que tildan, difusos, de «intelectualoide», muchas referencias, todas las que puedan, para mostrar en muy pocos caracteres que son buenos consumidores de libros, películas, series, canciones. Finalmente, muchas salvas y entusiasmo ante el lugar común de un beso, o de un manuscrito hallado en una maleta, o de una historia frenética que se desarrolla como la novela barroca, en los escenarios más diversos y exotizantes. Pero muy poca lectura a contrapelo, que proponga algo diferente a lo que lxs propixs autorxs hayan dicho de su obra, en la enésima entrevista que les ha tocado hacer.
Pero si éste es el panorama de la crítica mediática (que comienza a resignarse a realizar el trabajo apenas divulgativo que felices ya hacían los booktubers), el de la academia (de la que también formo parte) es de una autocomplacencia que prácticamente ha renunciado al papel de discernir y, sobre todo, de proponer y construir corpus por fuera de los rankings de ventas. Con consignas por lo general políticas, acaba plegándose a los azares y vaivenes, también a las operaciones astutamente calculadas, que rigen al mainstream literario.
Volviendo a Bértolo, hay dos posibles modos de entender la literatura: como pacto de responsabilidades o como pacto de mercaderes. Desde luego que me interesa la idea de la responsabilidad, pero sobre todo el concepto que delinea sobre la crítica, como «tribuna de lo que queda de la comunidad». Para él, pensar la crítica como una relación entre un lector y un texto no es más que una romantización, que ignora lo que hay detrás, las distintas estrategias del capital que confluyen en ese acto de lectura, como también las dificultades materiales, los desafíos, las responsabilidades o compromisos que puede suponer su ejercicio, las fuerzas sociales y políticas que nos atraviesan.
Por ejemplo, «alta cultura» y «cultura popular», apocalípticos e integrados, son categorías que se fueron diluyendo en pos de concepciones más democratizadoras y menos elitistas del arte y la literatura. Pero esta transformación, si se quiere más igualitaria, no garantiza que la brecha entre lectores y no lectores haya disminuido. Es más, puede que a esto se deba que hoy, como nunca, se piense la literatura como una actividad producto del privilegio. Por otra parte, preocupa el antiintelectualismo, del que no podemos culpar solo a la nueva ultraderecha o el conservadurismo radical, ya que el antiintelectualismo asoma incluso en los espacios más conspicuamente progresistas: he aquí el verdadero peligro. Así, la idea moderna y romántica de la literatura como vehículo crítico y emancipador se encuentra probablemente en su hora más baja, y lo más doloroso (y urgente) es que se trata de algo que propician los propios escritores e intelectuales, que han renunciado por completo a ser tribunos de la comunidad para abrazar un trabajo de márquetin de medio tiempo (el resto es lo que puedan dejar a la escritura), o que extreman el discurso contra la literatura por burgués, por iluminista, por conservadora.
La literatura y el intelectual comprometidos tuvieron su marco de inteligibilidad en el período de las luchas populares por la independización de las colonias francesas, en que fue necesario, casi imperativo, tomar posiciones políticas: «Ya que el escritor no tiene modo alguno de evadirse, queremos que se abrace estrechamente con su época; es su única oportunidad; su época está hecha para él y él está hecho para ella», arengaba Sartre, llamando a desestimar la idea del arte por el arte. Unas décadas más tarde cesó la Guerra Fría y si bien el colonialismo y la desigualdad Norte-Sur se han hecho intolerables y la humanidad hoy es clasificada según su pasaporte, intentaron convencernos de que la Historia había llegado a su fin y la literatura no tenía por qué ser una herramienta emancipatoria. Recuerdo a muchos escritores de los años 90 en América Latina que abrazaron esa idea alborozados.
Todo esto nos ha llevado a una inercia crítica. No puedo contar la cantidad de veces que he asistido a mesas de escritorxs, en ferias y festivales literarios, en que se ha evadido la idea de la literatura. Cuando les preguntan por ella, imagino que la piensan con mayúsculas y comillas y por eso la proscriben, herederxs, me parece, de una idea liberadora de la escritura propia del postestructuralismo francés (algunxs, otrxs me imagino evitan la discusión solo por ignorancia o banalidad). Me imagino que entre nosotrxs campea algún miedo a parecer menos inteligentes si dejamos caer definiciones o tomas de posición, pero como escribe Terry Eagleton, «la creencia en que las definiciones deben ser, por su propia naturaleza, exactas, es uno de los diversos sentidos en los que el deconstructivista más desenfrenado sería el hijo pródigo del padre metafísico». Este verdadero balbuceo en torno a la literatura (y a muchos otros conceptos, porque somos efectivamente herederos de la negatividad y la deconstrucción) entorpece el diálogo y con ello, también, la sana, deseable polémica. Creo realmente que ejercer esta capacidad equivale a levantar una barricada ante la aplastante y violenta certidumbre del fascismo.
Si no reivindicara la potencia de la literatura o como sea que llamemos ese dinamismo, ese espesor o, por el contrario, ese zumbido o estallido que provoca un texto alucinante, no haría crítica literaria (para qué). Como diría la crítica boliviana Mónica Velásquez en el ensayo Un presente abierto las 24 horas (2023), «ahora que todo se apocalipsea y se desmadra, y se aligera en pulgar levantado de íconos que han mandado a callar a todas las palabras», veo en ella no la salvación a todos nuestros males neoliberales (sería ridículo), pero sí un disparador crítico, una posibilidad de fuga, una vertiente emancipadora a la que no tendríamos que renunciar. ¿Cómo ordenar los contradictorios materiales del presente? ¿Es que servirá de algo, en este contexto, distinguir la paja del grano literario? ¿Puede la crítica literaria echar un pulso con los cientos o miles de booktubers, instagramers y otros influencers que evalúan la literatura interpelando a sus públicos desde eslóganes por lo general identitarios (a ti, que te pareces a mí, es a quien le recomiendo este libro) y no desde la racionalidad de un argumento literario? Por otra parte, ¿a qué comunidad pueden interpelar hoy los tribunos de Bértolo? Son preguntas que podemos hacernos hoy quienes habitamos el espacio literario.
Habría que rescatar, tal vez, tanto la idea del compromiso como la de la literatura, y creo que habría que partir por quienes hacemos crítica literaria. Propiciar, como escribe el filósofo Oliver Marchart, una «estética conflictual» en consonancia con una idea de arte político en que la agitación o protepsis, esto es, la revelación de la doxa y la conversión a un camino de conocimiento o episteme, se produzca por estrategias de sorpresa, shock, disuasión y extrañamiento. Como la investigadora argentina Alejandra Laera en su documentado libro ¿Para qué sirve leer novelas? (2024), defiendo el entusiasmo por lo que podemos hallar en la ficción. En las novelas, propone, «podemos encontrar pequeñas identificaciones que no solo propician otros modos de imaginar el mundo sino que traccionan modos de incidir en él (…) no funcionan solo como revelaciones o reparaciones del mundo capitalista (…) sino que, por medio de la ficción, su composición forma y procedimientos, habilitan o estimulan sensaciones y acciones que resisten a ese orden del mundo y que se liberan de él». Nunca mejor dicho.
Como siempre habrá quien diga que la literatura no tiene que ver con estas cosas, resguardando así la fantasía de la autonomía literaria, con frecuencia confundida con la religión del arte por el arte. No obstante, en el actual y acelerado escenario posdemocrático y neoliberal, la crítica literaria vendría a ser algo así como esas anotaciones al margen de Victor Klemperer en su diario, perífrasis de un tiempo difícil, observaciones, muescas para lxs historiadorxs del futuro, pero también pequeños gestos de alboroto, barricadas retóricas, en suma, con que confrontar las violencias de este tiempo liminal. Como escribió el psicoanalista Félix Guattari hace cuarenta años, cuando la situación actual no era del todo previsible, «jamás se puede decir de una situación particular de opresión que ella no ofrece ninguna posibilidad de lucha; inversamente, jamás se puede pretender que una sociedad o un conjunto social, como tal, esté definitivamente prevenido contra el ascenso de una nueva forma de fascismo».
A la hora de pensar las resistencias, me parece urgente la idea ya no de desarrollar o difundir, sino de restablecer, prácticamente, la literatura y la crítica, con la esperanza de que superemos la modorra política y estética en que estamos atrapados, riéndonos como idiotas.