Las declaraciones de Baroja, que también fue entrevistado para ese encuesta y, fundamentalmente, las del propio Valle-Inclán, provocaron una notable indignación en Valencia que se tradujo, en primera instancia, en la publicación al día siguiente de un suelto en El Pueblo en el que se censuraba la reacción de ambos escritores, y dos días después, en la reproducción en el mismo periódico de un telegrama que un grupo de artistas valencianos había enviado a Valle-Inclán, en el que se le acusaba de ser una «víbora» que había pretendido envenenar la obra blasquista. Ese mismo día, el 30 de enero, El Pueblo incluía también, además del citado telegrama, un durísimo artículo, elocuentemente titulado «Gritos de alcantarilla», en el que tanto Baroja como Valle-Inclán eran atacados e insultados por la redacción de periódico, dolida por la recientísima muerte de quien lo había fundado en 1894: «El señor Baroja, hipocondríaco panadero que cuando deja la tahona escribe sus libros, con el mismo desgaire que si se tratara de confeccionar un pan de Viena o “una pataqueta de huerta”, ha hecho objeto a Valencia y a sus hombres, en su ya larga existencia de escritor, de insultos y vituperios, a granel. […] En cuanto al señor Valle-Inclán, que piadosamente pone en duda la muerte de Blasco, por creerla un “bluf” más, le vemos de poco tiempo a esta parte muy neoyorquizado, muy siglo “Ollywood”, en materia de llamar la atención. […] Sería cosa de ver a este nuevo “barba de estopa”, con su brazo hueco (lo del segundo “manco ilustre”, decididamente ofende a los mancos auténticos y a la gloria), su voz campanuda y su aspecto de “covachuolista”, dislocando las piernas y “esperpenteando” posturas…» (30-I-1928).
Aunque con este artículo parecía darse por zanjada la polémica, ésta todavía se alargó durante varios días más. La razón es que, una semana después de la publicación de este «contraataque», El Pueblo volvió a la carga con una información con la que pretendía demostrar que Valle-Inclán había mentido en aquella encuesta al decir que nunca había leído la obra de Blasco. Como prueba, el periódico reproducía la portadilla de un ejemplar de la primera edición de Sonata de otoño (1902) con una cariñosa dedicatoria del escritor gallego a su colega valenciano. La noticia del supuesto renuncio en el que se le había pillado llegó rápidamente a oídos de Valle-Inclán, que negó la autenticidad de su firma y la atribuyó a su amigo periodista, Manuel Bueno, quien, según su testimonio, la habría falsificado con la noble intención de granjearse la simpatía de Blasco para después pedirle un favor. Desde El Pueblo no solo no se dio ninguna credibilidad a la palabra de Valle-Inclán, sino que se publicaron nuevas reproducciones de más dedicatorias de libros que habían pertenecido a Blasco; dedicatorias cuya autenticidad, huelga decirlo, fue una y otra vez negada por su supuesto autor. Aunque pueda parecer anecdótico, lo cierto es que el asunto de los libros y las dedicatorias, que contó incluso con una prueba pericial que confirmó la autenticidad de todas las firmas, desató un cruce de acusaciones que ocupó páginas y páginas de periódico, tanto en Valencia como en Madrid. Al final, la polémica dejó en bastante mal lugar la palabra del escritor gallego, que cometió el error de atacar a alguien que ya no se podía defender y de hacerlo, además, tratando de demostrar hacia su persona y su obra una indiferencia que, como luego se constató, no siempre había sentido.
La relación entre Miguel de Unamuno y Blasco Ibáñez nunca fue mala; no hubo enfrentamientos entre ellos, ni tampoco acusaciones o críticas tan duras como las que otros miembros de la generación del 98 sí hicieron al valenciano. De hecho, la realidad es que tuvieron un trato bastante cordial e incluso colaboraron en algún proyecto, lo cual ya es mucho decir tratándose de dos individuos cuyas personalidades no podían ser más opuestas. En este sentido, Ramiro Reig recoge en su biografía de Blasco una impagable anécdota que, a mi juicio, resume a la perfección ese choque entre el cosmopolitismo de Blasco, hombre de acción y de mentalidad hedonista, siempre abierta a nuevas experiencias y a nuevos placeres, y el casticismo de Unamuno, hombre de reflexión y carácter estoico, mucho más introvertido y ligado a ese sentimiento trágico de la vida: «En la época en que conspiraban contra la dictadura de Primo de Rivera, Blasco y Unamuno contemplan desde un balcón los Campos Elíseos: “Ah, París, París”, exclama soñadoramente el valenciano. “¡Gredos!” responde tajante el bilbaíno. Para el joven Blasco, cuyos ídolos eran Víctor Hugo y Danton, París era la capital de la cultura, la patria de la Revolución francesa, y terminará siendo su hogar. Al pisar por primera vez la tierra prometida se sintió fascinado y predestinado» (2002: 32).
Aunque es probable que ya se conocieran de antes, quizá de esos años de principios del siglo xx en los que Blasco tuvo mayor presencia en Madrid, lo cierto es que la relación entre Unamuno y Blasco se intensificó durante el año 1924, cuando a ambos les unió un mismo objetivo: acabar con la dictadura del general Miguel Primo de Rivera. El golpe de Estado con el que había empezado todo, ocurrido el 23 de septiembre de 1923, y recibido con cierta pasividad, provocó únicamente el rechazo de un grupo de políticos e intelectuales de signo liberal, a la cabeza de los cuales se puso Unamuno, quien pronto fue expulsado del país y obligado a exiliarse en la isla de Fuerteventura, de donde se escapó para instalarse en París, junto al resto de enemigos del nuevo régimen. En el caso de Blasco, el golpe le pilló prácticamente con las maletas hechas, justo en los días previos a embarcar en un largo viaje que llevaba mucho tiempo preparando y que debía llevarle nada menos que a dar la vuelta al mundo, cosa que hizo y que él mismo narró en los tres tomos del libro-reportaje La vuelta al mundo de un novelista (1924-1925). Fue al volver de ese periplo, en la primavera de 1924, cuando Blasco se enteró de que Unamuno y otros prohombres estaban exiliados en París y «se percató enseguida de que tenía que aprestarse a actuar y que debía hacerlo utilizando toda la reputación de que gozaba en el extranjero para hacer una campaña de desprestigio del rey y, de ese modo, contribuir a su caída y a que, roto ese eslabón y con él la cadena borbónica, fuera proclamada nuevamente la República» (Caudet, 2013: 25).
Una vez instalado en París, una de las primeras cosas que hizo fue redactar, editar y distribuir su famoso folleto Una nación secuestrada (el terror militarista en España) (1924), al que siguieron otros dos igual de beligerantes con la monarquía alfonsina y la dictadura primorriverista: Lo que será la República española (al país y al ejército) (1925) y Por España y contra el rey (Alfonso xiii desenmascarado) (1925). En la capital francesa Blasco se encontró con un nutrido grupo de paisanos y viejos conocidos suyos, la mayoría de ellos de tendencia republicana. Allí estaban, además de Unamuno, los abogados y políticos Santiago Alba y Eduardo Ortega y Gasset, o los periodista Carlos Esplá y Francisco Madrid, entre otros exiliados que acostumbran a juntarse en el café La Rotonde, en pleno Barrio Latino, donde mantenían una tertulia que se convirtió en una «especie de cuartel general de la resistencia a la dictadura, donde se reúnen los españoles desterrados y particularmente el Comité Revolucionario de París, calificación solemne atribuida por Primo de Rivera» (Juaristi, 2012: 478).
Indudablemente, la llegada de Blasco Ibáñez a París dio un nuevo impulso a ese improvisado Comité Revolucionario, no sólo por el ímpetu que imprimía a todas sus acciones, sino también por la inversión económica que el valenciano hizo a la hora de publicar sus folletos y, en general, de financiar una campaña de prensa contra el nuevo régimen. Desde que llegó, Blasco empezó a conceder entrevistas en medios franceses y a escribir en distintos periódicos parisinos, con el objetivo de hacerse notar y de que la voz de los exiliados llegase al mayor público posible. Como líder de los exiliados, asumió el protagonismo y financió con su propio dinero la publicación del semanario España con honra (cuyo primer número apareció el 20 de diciembre de 1924), que pronto se convirtió en el órgano de difusión de esa tertulia de políticos e intelectuales, con una notable presencia tanto de Eduardo Ortega y Gasset como de Unamuno, quienes –junto con el propio Blasco– ejercieron como colaboradores fijos de una revista de cuatro páginas que se imprimía todos los sábados. Fue un momento de gran esplendor para ese Blasco más combativo que, siendo ya un escritor mundialmente famoso, y tras haber alcanzado un enorme éxito de ventas con sus libros, recordó sus años jóvenes como agitador de masas.
Al morir Blasco, Unamuno le dedicó una necrológica de homenaje, publicada en el número 11 de la revista Hojas Libres, en la que, pese a ponderar positivamente su valentía y la enorme labor de lucha en pro de la libertad que hizo durante ese exilio en París que ambos compartieron, no dedicó una sola palabra a la obra de Blasco como escritor, ni a toda su actividad política anterior a la dictadura de Primo de Rivera: «Ha muerto Blasco Ibáñez (q. d. D. g.) y ha muerto en la brecha. Su muerte ha sido un acto; un acto civil, político: un acto de vida. Ha muerto como desterrado activo de su patria –su destierro era acto– y al ir a morirse declaró que ni vivo ni muerto quería volver a su patria mientras deshonrara y encadenara a ésta la tiranía. Por eso no se llevó su cadáver a su Valencia, a su España. Se llevará cuando Valencia, cuando España, se haga, rompiendo sus cadenas, digna de recibirlo» (Juaristi, 2012: 534). Aunque esta ausencia de referencias al Blasco republicano de su juventud y al Blasco escritor pueda sorprender, es hasta cierto punto lógica porque, por poco que se conozca el carácter y las obras de ambos escritores, se comprende que ni el ideal de vida de Blasco, ni las características de su obra literaria se parecen en nada al modelo de intelectual encarnado por Unamuno y a sus gustos literarios. Como han señalado Colette y Jean-Claude Rabaté, tal y como está redactado el obituario, elogiando el patriotismo y la generosidad de Blasco, pero silenciando otras etapas de su vida, Unamuno «parece estar hablando de sí mismo, como resignado a morir él también en Francia, pues el régimen, tal como cree que van las cosas (España vuelve a ser admitida en la Sociedad de Naciones, a pesar del carácter dictatorial de su Gobierno), tiende a perpetuarse» (2009: 378).