La relación de Azorín con Blasco Ibáñez es, tal vez, la más larga y extraña de las que el autor de La barraca tuvo con los miembros de la generación del 98. Al igual que le sucedía con Valle-Inclán, a Blasco le unían muchas cosas con Azorín, empezando por su procedencia geográfica. Blasco era valenciano, de Valencia capital; Azorín, alicantino, de Monóvar. Ambos eran, además, castellanoparlantes y, aunque conocían y podían hablar el valenciano, siempre prefirieron emplear el castellano como lengua literaria. Los dos fueron grandes bibliófilos y compartían también un intenso amor por Francia y por la cultura francesa. Por otra parte, los dos tenían una estrecha vinculación con el mundo del periodismo: Azorín desarrolló lo mejor de su obra en las hojas de los periódicos, donde llegó a publicar más de cinco mil artículos, mientras que Blasco llegó a fundar su propio diario, El Pueblo, del que fue director y firma principal durante muchos años. Salvando las distancias, porque Azorín fue más un hombre de pensamiento que de acción, los dos fueron también grandes aficionados a viajar y a conocer gentes, uno por las tierras mesetarias de Castilla y otro por el mundo entero.

El primer contacto de Azorín con Blasco Ibáñez debió producirse durante los años finales del siglo xix. José Martínez Ruiz (por entonces todavía no había adoptado el nombre de «Azorín» como seudónimo), que se había trasladado a Valencia en 1888 para cursar la carrera de Derecho, apareció un día en la redacción del periódico El Pueblo, donde Blasco, que ya era un autor muy conocido en Valencia, accedió a incorporarle como colaborador de un diario en el que el monovero llegó a publicar diecisiete artículos (firmados con seudónimo) de contenido subversivo y tono revolucionario, en la línea de lo que escribió durante aquellos efervescentes años de estancia en la capital del Turia que coincidieron con su etapa de juventud anarquista y regeneracionista. A partir de ese momento, y como ha reconstruido con detalle Manuel Bas Carbonell (2000: 575-581), los dos mantuvieron una relación relativamente cordial, con detalles cariñosos por ambas partes (reseñas de libros elogiosas, intercambio de ejemplares con dedicatorias, etcétera) y con algún que otro puyazo por parte de Azorín, que de vez en cuando aprovechaba la ocasión para lanzar un ataque al estilo narrativo de Blasco (como hizo en un pasaje de su novela La voluntad donde reprodujo una página de Entre naranjos para demostrar al lector cómo no había que escribir), totalmente distinto al suyo, o para soslayar la importancia de su obra, como hizo en 1913 cuando, al publicar su famosa serie de artículos sobre la generación del 98 en el diario ABC, excluyó voluntariamente a Blasco de la nómina de quienes, según él, formaban ese grupo de autores llamados a renovar la literatura española.

En definitiva, años de tira y afloja en los que Azorín dio una de cal y otra de arena, sin que esto alterara lo más mínimo a un Blasco que, como ya he señalado, no tenía por costumbre responder a los ataques que recibía constantemente por parte de otros miembros del gremio. Sin embargo, en febrero de 1915 se desató una fuerte polémica en la que, en contra de lo que era habitual en él, Blasco sí se sintió obligado a terciar, no por iniciativa propia, sino en respuesta a un duro ataque lanzado por su viejo amigo. El motivo de la disputa fue que el día 12 de ese mes, la Universidad de la Sorbona había organizado un acto solemne con el objetivo de escenificar la confraternidad de las naciones latinas, en pleno inicio de la Gran Guerra. Como representante de la nación española, las autoridades académicas francesas habían invitado a Blasco, que pronunció un encendido discurso en favor de Francia y en defensa de los valores representados por el bando aliado y puestos en peligro por Alemania y el Imperio austrohúngaro. Pocos días después, Azorín publicó un artículo en ABC en el que arremetía duramente contra Blasco, a quien negaba cualquier legitimidad para representarle a él y al resto de españoles; contra su obra literaria, por la que decía no sentir ni frío ni calor; y contra su discurso, donde el autor de Castilla quiso ver una ofensa de Blasco a los monárquicos españoles y, más concretamente, a los miembros de la corriente maurista: «¿En virtud de qué mandato se ha arrogado el Sr. Blasco Ibáñez la representación de España? ¿Pretendía representar este señor las letras españolas? El autor de estas líneas es bien modesto en la república de las letras españolas; mas no se siente representado, ni en París ni en ninguna parte, por el Sr. Blasco Ibáñez. Y no precisamente, como podría suponerse, por razones políticas, sino por motivos literarios. La obra literaria del Sr. Blasco Ibáñez nos inspira escaso interés» (Azorín, 1915).

Aunque en el momento en que se publicó el artículo Blasco estaba en París y no se enteró, un par de semanas después debió de recibir el aviso de alguien y, por primera vez, no pudo resistir la tentación de responder al periodista alicantino, a quien conocía desde hacía prácticamente veinte años y con quien hasta entonces había mantenido una relación si no de amistad personal, que no existió nunca, sí de mutuo respeto intelectual, a pesar de que sus estilos literarios eran muy distintos y sus ideas políticas eran netamente opuestas. Lo hizo a través de una carta manuscrita que envió directamente a Torcuato Luca de Tena, fundador y director de ABC, quien la publicó pocos días después en su periódico, acompañada de una contrarréplica de Azorín. En su carta, lo primero que decía Blasco es que él había acudido a la Sorbona invitado y jamás había sido su intención la de representar a los españoles y, mucho menos, a Azorín. Sobre el asunto de su ataque a los mauristas, negaba la mayor al afirmar que las acusaciones vertidas por Charles Maurras, y aceptadas como válidas por Azorín, eran totalmente falsas y se debían a que el escritor y político francés, ideólogo de la extrema derecha y monárquico acérrimo, no aceptaba su republicanismo y, como tenía otro argumento con el que atacarle, se había inventado esa supuesta falta de respeto, que no era tal. Por su parte, Azorín rebajaba el tono de su escrito con respecto al artículo que había generado la polémica, inusualmente agresivo para lo que era su estilo, siempre comedido, pero seguía insistiendo en que el contenido del discurso blasquista en París había sido inapropiado, si no por esa alusión a los mauristas que, en realidad, no existió, por otras cosas. Aun así, parecía reconocer que se había excedido porque, en un gesto que le honra, terminaba su segunda y última intervención en la polémica pidiendo disculpas a Blasco y retirando las palabras que le hubiesen podido ofender. Y en verdad que debió de ser así porque, hasta donde yo sé, es la única vez que Blasco rompió su silencio y respondió a un ataque lanzado contra él, de lo que se deduce que le debió molestar mucho el contenido del artículo de Azorín, a pesar de que, como él mismo decía en el texto, no era la primera vez que el monovero aprovechaba cualquier excusa para censurarle: «Al Sr. Azorín “le inspira escaso interés mi literatura”; pero no mi persona, pues ha aprovechado todas las ocasiones para hablar de ella, hasta cuando yo vivía en el interior de América. Su falta de interés por mi obra no me ofende ni me emociona. […] Declara el Sr. Azorín que yo no le puedo representar a él en París ni en ninguna parte. Es lo más cierto que lleva dicho en las repetidas veces que ha hablado de mí. Aparte de que yo no quiero representar a nadie, me sería imposible aceptar el mandato de su representación, aunque me lo ofreciese. Somos de ideas completamente distintas; tenemos un concepto diverso de la sinceridad; nuestros caracteres están separados por grandes diferencias» (Blasco Ibáñez, 1915).

Lo más curioso de la polémica es la interpretación que le dio Azorín cuando, muchos años después, en un capítulo dedicado a Blasco de su libro de memorias Valencia (1941), recordó su relación con nuestro protagonista y atribuyó el desencuentro entre ambos a una simple incompatibilidad de estilos literarios: «Nuestras estéticas se oponían. Como manifestara yo, años adelante, esta discrepancia, las relaciones cordiales que nos ligaban se enfriaron» (1998: 847). Como ha señalado Reig, es verdad que la relación entre Azorín y Blasco se enfrió a partir de ese encontronazo verbal, pero, como se deduce de la lectura de los textos citados, «no fue la estética, sino la política lo que provocó el distanciamiento» (2002: 175). Varios años tarde, en 1956, Azorín concedió una entrevista al biógrafo de Blasco, Emilio Gascó Contell, en la que, quizá por querer demostrar que guardaba un buen recuerdo de quien ya llevaba muerto más de veinticinco años, describió su relación de una forma más matizada, aunque tampoco totalmente ajustada a la realidad, que había sido mucho más compleja: «Al principio, Blasco y yo no fuimos muy buenos amigos. […] Él era un hombre de tumulto, se sentía feliz entre las masas, a las que adoraba y que le devolvían centuplicada su pasión. Yo, como siempre, tímido y retraído, limitado a las únicas exuberancias de lenguaje que me permitían unas cuartillas escritas en la soledad y sin impaciencias. Como siempre… Pero con los años, aquella vieja amistad se fue estrechando, hasta que en los últimos tiempos de Blasco llegué a mantener con él una correspondencia asidua y copiosa» (1996: 243).

De todos los autores de la generación del 98, Pío Baroja fue, sin ninguna duda, el que menos congenió con Blasco y el que más duramente le atacó, en parte por la incompatibilidad manifiesta entre sus respectivas formas de ser y, en parte, también por la franqueza y la mordacidad con que solía emplearse el autor de El árbol de la ciencia a la hora de formular juicios adversos contra sus compañeros de gremio. Como ya señaló Joan Fuster en su día, el talante poco o nada diplomático de Baroja le convirtió en el azote más conocido de Blasco, no porque otros no pensaran lo mismo que él, sino porque no se atrevían a expresarlo con la misma crudeza: “La forma irritadamente despectiva con que Pío Baroja se refirió, una vez y otra, a don Vicente será, tal vez, un caso extremo, pero lo que Baroja decía con palabra destemplada, otros lo insinuaban mediante reticencias o silencios” (1967 [II]: 33). Así como ya he dicho que Valle-Inclán y Azorín compartieron con Blasco algunos gustos y tuvieron puntos en común que les podrían haber acercado, en el caso de Baroja, como en el de Unamuno, no había nada que emparentara a dos hombres con una actitud vital claramente opuesta: “Baroja y Blasco son hipersensibles de signo contrario, el uno para el asco y el dolor, el otro para el goce. El uno entra en la realidad con guantes y mascarilla, el otro palpa la vida sin miedo a ensuciarse” (Corella Lacasa, 2000: 90).

En la extensa semblanza que escribió durante su exilio en París (La Nación, 3-III-1940), y que luego recogió en su libro misceláneo El diablo a bajo precio y otros ensayos (1942), el novelista vasco empieza diciendo que se atreve a opinar sobre Blasco porque, pese a haberle leído muy poco y haber coincidido personalmente con él apenas cuatro o cinco veces en toda su vida, cree conocerle bien. Por lo que cuenta Baroja en ese texto, la primera vez que vio a Blasco en persona fue en torno al año 1892 o 1893, cuando ambos coincidieron en un teatro de Valencia. Baroja era por entonces estudiante de Medicina y residía en la ciudad levantina, donde Blasco ya era un personaje conocido. Lo que más le chocó de aquel primer encuentro fue que la presencia física del valenciano no se correspondía en absoluto con la imagen que él se había formado de un hombre al que imaginaba de otra manera: “Yo me figuraba a Blasco, por lo que me decían sus entusiastas, como un tipo mediterráneo, flaco, moreno, aguileño, con una barba negra, algo como el Giaur, de Byron. Yo no iba al teatro casi nunca, pero una vez que fui con un condiscípulo, me mostró a Blasco en el patio de butacas. Era un hombre grueso, un poco adiposo, de barba media rubia y con una voz aguda” (1999: 148). Más o menos diez años después de ese primer contacto visual, los dos volvieron a coincidir, en esta ocasión en Madrid, una noche de verano en la que Baroja paseaba con dos amigos periodistas por los jardines del Retiro y, de pronto, apareció Blasco para entrometerse en la charla. Por lo visto, y siempre según el testimonio barojiano, Blasco se burló del nombre de una colección literaria en la que acababa de publicar Baroja una de sus primeras novelas y después quiso hacer una broma, a propósito de lo mal que comían –por los escasos ingresos que obtenían– los escritores de la capital, que, naturalmente, no sentó nada bien al donostiarra: “como si no supiera decir más que impertinencias aun queriendo hacer favores, nos indicó que nos iba a convidar a comer hasta hartarnos, porque los escritores de Madrid estábamos acostumbrados al hambre, y en España no se comía. De aquí venía nuestra decadencia” (1999: 149).

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