9 de agosto
De la situación de los palestinos aprendemos algo más al día siguiente cuando visitamos Belén, a sólo diez kilómetros al sur de Jerusalén, pero al otro lado de la línea verde, en el autodenominado Estado de Palestina o Cisjordania. Para evitar los pesados controles israelíes, que han reducido mucho el turismo en esta ciudad tan sagrada para la cristiandad, uno de los recepcionistas del hotel, árabe israelí, nos indicó un subterfugio: viajar a Belén en un taxi israelí conducido por un taxista árabe, con lo cual nos ahorraremos las esperas. El taxista, Raid, es un árabe típico: dicharachero y risueño desde el primer momento, no cesa de hacernos preguntas, interrumpidas por llamadas al móvil (que responde, por suerte, a través de un dispositivo pegado a la oreja) que responde en árabe, repitiendo mucho la palabra habibi. Dado que él pregunta tanto, hacemos lo mismo y, así, nos enteramos de que tiene cuatro hijos, tres chicas y un chico, el benjamín. Con esa típica mentalidad individualista propia de su oficio, los lleva a todos ellos a colegios privados, donde reciben enseñanza en árabe, inglés y francés, sin nada de hebreo. Pero su actitud es comprensible, dados los escasos recursos que el Estado de Israel destina, dentro de su sistema educativo segregado, a los centros árabes. La mayor de sus hijas, según nos cuenta, estudia Magisterio en la Universidad de Belén, ya que estudiar en Jerusalén sería cuatro veces más caro.

Las afueras de Jerusalén son un mosaico desbocado, ya nada armónico, de urbanizaciones judías (ésas sí más o menos uniformes, viviendas en serie) y barrios árabes, donde opulentas mansiones se ven rodeadas de casas bastante desastradas. Pronto vemos, a nuestra izquierda, el muro de la ignominia, que se comenzó a construir en 2002, y que es el responsable de que, para entrar en una población a diez kilómetros de Jerusalén, tardemos casi cuarenta minutos, a pesar de no detenernos en el puesto de control. Ya en el territorio bajo el control de la Autoridad Nacional Palestina vemos diferencias, como las matrículas de los coches (fondo blanco y cifras verdes, frente al amarillo y negro de las israelíes), por supuesto, la omnipresente rotulación en árabe (frente al trilingüismo hebreo-árabe-inglés de Israel) y el típico bullicio del mundo oriental. Al entrar en Belén, vemos cruzar la carretera una jauría de diez o doce perros, todos de buen tamaño, sin dueño visible. En otro momento, un conductor da marcha atrás orientado por las voces de un amigo, sin molestarse en retirar del parabrisas la colorida manta que le sirve de quitasol.

Cuando llegamos a Belén, nos toca esperar, ya que, según nos dicen, el guía no está disponible aún. Nos animan a entrar en una tienda de artesanía, con una acumulación de miles de imágenes religiosas en madera de olivo. Todas hechas a mano, no como en Israel, donde son todas de China, según nos ha explicado el taxista, quien también nos había anunciado que nos servirían café, algo que no se produce. Cuando está claro que no vamos a comprar nada, el taxista nos indica que ya podemos ir a la basílica de la Natividad. Pero, cuando llegamos a la plaza del Pesebre, centro neurálgico de Belén, el taxista habla de nuevo por teléfono y nos anuncia que el guía todavía está ocupado. Nos lleva a otra tienda de souvenirs, donde Monika termina por comprar un belén de madera en miniatura para sus padres.

Por fin aparece nuestro guía: un hombre delgado, con cierta elegancia triste y aspecto cansado. Nacido en Belén, en 1948, el año de la Nakba, la catástrofe que fue para los árabes palestinos la proclamación del Estado de Israel, ha vivido aquí toda su vida. Tiene seis hijos, todos varones. Antes de entrar en la basílica, nos señala la mezquita al otro lado de la plaza y nos dice que, «aquí en Belén, musulmanes y cristianos siempre han vivido juntos, en paz», y nos deja que deduzcamos quiénes trajeron los problemas.

La basílica de la Natividad es uno de los templos cristianos más antiguos, pues su primera versión, completada en el año 333, se construyó por orden del emperador Constantino sobre la cueva que, dice la leyenda, albergó el nacimiento de Jesús. Según nos cuenta el guía, cuando los persas sasánidas invadieron Belén, arrasando con casi todo, respetaron la iglesia al descubrir que, en el mosaico que representaba a los tres Reyes Magos, uno de ellos (quizás Gaspar) llevaba vestimentas persas. Como otros santos lugares del cristianismo, la basílica está dividida por confesiones. La zona de mayor afluencia es la ortodoxa. No sólo por los turistas rusos: la Iglesia de Oriente siempre ha tenido en la llamada «Tierra Santa» una presencia mucho más importante que la de Roma, y Leonardo Senkman nos relataba la impresión que le causó al llegar a Israel, viniendo de Latinoamérica, donde cristianismo y catolicismo eran casi sinónimos, ver que éste era sólo una Iglesia cristiana más, como la armenia o la copta, y muy minoritario frente a los ortodoxos.

La bajada a la gruta del Nacimiento es un tanto agobiante, pues los turistas se acumulan en una diminuta escalera, y lo que nos dijo el taxista de que llevar guía nos evitaría hacer colas se revela como una bonita falacia: todos tienen guía y a todos toca esperar y apretujarse luego. En la cueva, justo debajo del altar, un agujero rodeado por una estrella de catorce puntas, representando las catorce generaciones desde Abraham a David (y no las estaciones de la cruz, como dicen algunos), marca el lugar donde supuestamente nació Jesús de Nazaret. Sea uno creyente o no (una de las mejores meditaciones sobre la figura de Jesús en la literatura española es la de Ricardo Menéndez Salmón en Niños en el tiempo, desde un punto de vista agnóstico), un lugar como éste invitaría a la reflexión entrañada, pero es imposible: apenas hay tiempo para detenerse un momento. La gente besa el mármol, o se hace selfies junto a su familia, y al final uno se queda con esa desilusión sobria de tantos lugares turísticos.

De vuelta con el guía, no puedo evitar preguntarle por su visión de la cuestión palestina. No debería haberlo hecho, seguramente, cuando se trata de un trauma insuperable y con escasas esperanzas. Después de suspirar, contesta: «Todo lo que dijeron… Carter, Clinton, Obama…, todo se quedó en nada». Cuando insisto, un tanto pesado, si cree que algún día se encontrará una solución, responde con esa resignación tan islámica: «Quién sabe… Quizás algún día». Aunque no tenga familiares en campos de refugiados, un primo suyo, a raíz de la guerra de los Seis Días, hace ahora medio siglo, emigró a Jordania y no lo ha vuelto a ver.

Antes de tomar el taxi de regreso, vemos rápidamente la iglesia de la Gruta de la Leche, donde, según la leyenda, María se detuvo en la huida a Egipto para amamantar a su hijo. Una gota se derramó sobre una roca, que se volvió blanca. Lástima habernos quedado sin ver la gruta de San Jerónimo, donde este asceta, aparte de martirizar su cuerpo y contemplar la calavera que lo acompañaba siempre, tradujo la Biblia al latín, la conocida como Vulgata.

El camino de retorno a Jerusalén nos ofrece aún mejores vistas del muro de separación. Cuando le pregunto al taxista su visión sobre el conflicto, puesto que él, como árabe residente en Jerusalén, puede ver los dos lados, dice que sí, que es cierto, puede ver los dos lados, pero, a continuación, cambia de tema y evita contestarnos.

Por la tarde, visitamos la iglesia del Santo Sepulcro, erigida, supuestamente, sobre el Gólgota y, de este modo, habremos estado, en el curso del mismo día, en los lugares donde nació y murió Jesús de Nazaret. Como la basílica de Belén, fue erigida por Constantino, destruida y reconstruida en incontables ocasiones y, también como aquélla, su uso se reparte entre las distintas ramas del cristianismo, desde los sirios ortodoxos a los coptos o los armenios. El llamado «edículo», que cobija la tumba de Cristo, me recuerda la similar construcción del santo sepolcro de la iglesia de Santo Stefano, en Bolonia, que visité hace años. Aunque la imitación sea la italiana y la original ésta, en aquella ocasión, la penumbra y el catafalco elevándose en lo oscuro, dentro de una iglesia vacía, me habían causado una impresión sobrecogedora, evocando el misterio terrible en el que se sustenta la religión cristiana; aquí, la espera en la cola de turistas dota a todo de un tufo a espectáculo que sólo los muy devotos podrán evitar. Detrás de mí hay dos turistas estadounidenses y uno de ellos empieza a hablar conmigo en español, ya que es originario de Puerto Rico. Cuando es nuestro turno, un severo pope nos indica, a ellos y a mí, que no se puede entrar en pantalones cortos. Por suerte, pone a nuestra disposición unos pantalones largos de tela para que enfundemos nuestras velludas piernas.

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