10 de agosto
A la mañana siguiente visitamos el mercado de Mahane Yehuda, conocido popularmente como el shuk, es decir, el zoco. Sin duda, este gran mercado oriental que se extiende tanto a cielo abierto, a partir del cruce de la calle Mahane con la calle Agripa, arteria principal de Jerusalén oeste, como bajo techado en innumerables pasajes tiene más en común con cualquier zoco árabe que con la Europa central de la que procedían los judíos que impusieron su personalidad al Estado de Israel. Se vende de todo a voz en grito, desde frutas a pescado, o montañas de dulces árabes embadurnados en rica miel, a la que acuden enjambres de avispas que no parecen asquear a los compradores. La gastronomía israelí es muy similar a la griega o libanesa y, como éstas, no puede negar su origen turco u otomano. A Monika le encanta ese bullicio pintoresco de los mercados, que captura con la cámara. A su lado escucha a una mujer que en castellano bien audible comenta: «Mira, ésa haciendo fotos…». Ella responde presta: «¿Y por qué no?». Se trata de una familia de argentinos que, como nuestro amigo Leonardo, emigraron o «hicieron aliyá», que es como se conoce a la inmigración judía que llega a Israel. La acción contraria, emigrar desde aquí a otro país (lo que hicieron un tercio de los rusos que llegaron a la caída de la URSS) se conoce como yeridá. Por cierto, aliyá significa «ascenso» y yeridá, «descenso», aunque seguramente no lo vieran así los judíos rusos que prefirieron abandonar los asentamientos judíos (muchos de nueva creación y en zonas que se consideraba que necesitaban judaizarse ante el predominio árabe) para emigrar a Canadá, Gran Bretaña o Estados Unidos. Acaba por cansarnos un poco el tráfago de Mahane Yehuda y renunciamos a comer allí. Compramos, como regalo para mis padres, cuatro buenos pedazos de halva (palabra que en árabe significa simplemente «dulce»), común a todo Oriente Próximo y que se asemeja bastante a nuestro turrón, aquí vendido por una franquicia llamada «Halva King», de propiedad hebrea, y que ofrece todas las variedades de halva imaginables: desde nueces a café, pistachos, canela o chocolate de cualquier tipo.

Por la tarde visitamos la ciudad vieja, dirigiéndonos hacia su parte judía, que este viernes es un hormiguero de familias que caminan muy deprisa, los padres flanqueados por sus niños, todos con sus payot o tirabuzones y sus kipás de todos los colores. El predominio de los ultraortodoxos en este barrio, donde viven unos seis mil, es abrumador. En Jerusalén hay distintos niveles de exposición del judaísmo: raros son los que visten completamente a la occidental; muy frecuentes quienes llevan la kipá y los tzitzit (flecos del talit, chal vestido durante la oración) colgando de los pantalones, aunque, por lo demás, vistan a su gusto. Los jaredíes, con sus barbas hasídicas, sus sombreros y trajes negros bajo el sol de agosto, sus esposas con sus sheitel o pelucas kosher, pastoreando su prole, son omnipresentes. Carmen nos decía que no podría vivir aquí y prefería Tel Aviv o Netanya, ciudades mediterráneas cuya vulgaridad recuerda a Benidorm, pero sin árabes ni ultraortodoxos. Unos días antes de que llegáramos, se celebró el Día del Orgullo Gay, que tuvo especial significado en Jerusalén, donde semanas atrás un ultraortodoxo había apuñalado a una chica lesbiana. El asesino había estado ya en prisión cumpliendo condena por un crimen similar. El excelente café Yehoshua, en la calle Azza («Gaza» en hebreo), ostenta una bandera arcoíris junto a su entrada. Allí hemos almorzado varias veces, en un ambiente laico y juvenil, y con excelentes platos donde ignoran las reglas kosher: sirven salchichas y marisco, aparte de cerveza Goldstar en abundancia. La fertilidad de los jaradíes seguramente tranquiliza a las autoridades israelíes, para las cuales, como dijera de forma provocadora Ilan Pappé, cada bebé árabe que nace es una amenaza: las mujeres ultraortodoxas, con sus diez o doce críos, superan ampliamente en fertilidad a las árabes. Por otra parte, si este aumento tiene un reflejo político, quién sabe si esta etnocracia liberal israelí que se presenta como democracia no se acerque a una teocracia y celebrar el Orgullo Gay se convertirá en algo casi imposible, como lo es, por otra parte, en Gaza (la ciudad, no la calle) o en Ramala.

La llegada al muro de las Lamentaciones (o «de los Lamentos», como dicen Cecilia y Joseba) causa una impresión única, después de bajar varios tramos de escalera y cruzar ante la indiferencia de un control militar, toparse con la vista de ese muro altísimo, junto al que se acumula un hormigueo negro de ultraortodoxos, dominado desde algo más atrás por la cúpula del domo de la Roca y la mezquita de Al-Aqsa («explanada», en árabe), grisácea y desangelada en comparación con el primero, cuya cúpula dorada alberga la roca desde la cual se dice que Mahoma ascendió a los cielos. Los mismos judíos, por otra parte, un pueblo de escritura y no de artes visuales (sobre ello se explayó Máximo José Kahn en Arte y Torá. Exterior e interior del judaísmo), no pueden sino reconocer que, en su capital y ciudad sagrada, el monumento más bello es uno islámico, este hito del arte del califato Omeya con influencias bizantinas. Quizás haya en ello también algo del orgullo del conquistador, como debían sentir los estudiantes de la Universidad Hebrea que, aunque hostigados de camino a las aulas, podían, desde lo alto de su fortificado campus del monte Scopus, contemplar la ciudad árabe y el domo de la Roca a sus pies. Es difícil retirar la vista de esa cúpula, y es inolvidable.

 

11 de agosto
En nuestra última tarde en Jerusalén damos un larguísimo paseo recorriendo de oeste a este la ciudad, desde nuestra recoleta calle Abarvanel, que ya sentimos como nuestra, tan frondosa de acacias y frecuentada de gatos (los felinos en esta ciudad son casi tan prolíficos como los ultraortodoxos), y tomamos hacia el norte en la plaza Tsarfat por la calle Rey Jorge, a nuestra derecha la tan colosal como grotesca Gran Sinagoga de Jerusalén, terminada en 1982 y que pretendía imitar las dimensiones del templo de Salomón. Pasamos asimismo junto al monasterio Ratisbonne, coqueto convento erigido, con mucho mejor gusto, a finales del siglo xix gracias a Alphonse Ratisbonne. Nacido judío, su conversión al catolicismo, en la que le imitaría su hermano, hizo escándalo en Francia, de donde emigró para fundar una congregación católica en Tierra Santa. Actualmente, este monasterio es también un centro de estudio y aloja por precios aceptables a académicos visitantes. De hecho, era nuestra opción inicial en Jerusalén, que descartamos por carecer de aire acondicionado.

Como es sabido, el sabbat comienza al caer el sol y ya por la tarde del viernes las tiendas están cerradas y la calle de los Profetas (Ha-Neviim), en realidad, una arteria comercial, está casi vacía. El reciente tranvía de fabricación francesa (para mí idéntico al de Orleans, donde viví un año) que lo recorre no circula desde media tarde y los únicos viandantes van ataviados con sus mejores galas judías, y algunos leen mientras caminan en dirección a sus hogares. La calle de los Profetas termina en la imponente puerta de Damasco, que da entrada a la ciudad vieja y también a la ciudad árabe, dentro como fuera de las murallas, que seguimos bordeando ahora por la calle del Sultán Solimán, que, como Salomón, pero desde otra fe, hizo grande a esta ciudad. El llamado «el Magnífico», terror de los reinos cristianos en el siglo xvi, merecía, sin duda, esta calle que atraviesa una ciudad que cambia bruscamente de perfil. Entramos en el mundo árabe, bullicioso y marginado por las autoridades municipales, pero lleno de vida, como la de esos niños que vienen a nosotros para decirnos «welcome» y para chocar esos cinco, o ese restaurante de comida rápida bautizado, entre la imitación y la ironía, como AFB, Arab Fried Chicken. Bordeamos la puerta de Herodes, o de las Flores, encargada, asimismo, por Solimán, aunque menos esplendorosa, y buscamos, infructuosamente, la puerta Dorada que, dice la leyenda, el magnífico sultán ordenó tapiar para impedir que se cumpliera la profecía según la cual por ella entrará el Mesías.

 

12 de agosto
A la mañana siguiente nos recoge el minibús Nesher para llevarnos al aeropuerto. Como la otra vez, va recorriendo distintos hoteles y sus asientos van siendo ocupados por pasajeros heterogéneos: una pareja de risueños jóvenes rusos y otra de ancianos alemanes que vienen del Hospicio Alemán Saint-Charles, situado, por supuesto, en la colonia Alemana («Germanit», en hebreo), poblada en el siglo xix por miembros de la milenarista Sociedad del Templo, y hoy barrio residencial. El último en entrar, agachándose con esfuerzo, es un fraile italiano de gran envergadura (dos metros por descontado) que, a juzgar por su bolsa de tela, vuelve también del Congreso Mundial de Estudios Judíos, quizás en su sección de exégesis bíblica.

En el aeropuerto, tras pasar tres controles de seguridad, nos encontramos con la mayoría de los establecimientos cerrados por el sabbat, incluso franquicias como Pizza Hut, aunque, finalmente, logramos comer algo en un bar oriental, atendidos por una chica que, algo extraño en un aeropuerto, apenas habla inglés. El avión está lleno y me alegra ver que el pasajero a mi derecha tiene como lectura El diario de Hamlet García, de Paulino Masip, una de las mejores novelas del exilio republicano, aún poco conocida. Me hubiera gustado saber si su lector era israelí, español o quizás hispanoamericano, pero prefiero no molestar. El viaje comienza plácidamente, pero a las dos horas nos sacuden unas turbulencias violentísimas, que impiden que se sirva la comida. Lo pequeño del avión hace que éstas se noten más y, como suele suceder en estas ocasiones, casi todos fingen que no pasa nada, aunque el avión los haga bailar espasmódicamente. Incluso se oye alguna risa, no se sabe si nerviosa o inconsciente.

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