VUELTA
Agosto-septiembre de 2017
El colofón del viaje es un tanto amargo: Iberia pierde una de nuestras maletas y, tras los veintiún días preceptivos, ya se da por extraviada, con la perspectiva de un largo y engorroso proceso de reclamar indemnización. Metáfora pedestre para un hecho cierto: no se vuelve indemne de Jerusalén, no se regresa sin haber perdido certezas y haber ganado una inquietud desasosegadora. Jerusalén no se olvida y persiste en nosotros. Nos habría gustado quedarnos más tiempo, pero siempre habría sido insuficiente. Jean Cassou, escritor cuya obra de ficción se vio eclipsada por su extensa labor como hispanista, escribió en 1939 una novela titulada Le centre du monde. Jerusalén es, en cierto registro, el centro del mundo, el rompeolas de las diferencias étnicas e históricas que han sustituido la lucha entre dos modelos sociales y económicos. ¿Puesto avanzado de Occidente en Oriente? ¿Cuerpo extraño enquistado por la fuerza en el mundo árabe? Nadie que no sea un fanático puede tomar partido unilateral. La simpatía por los judíos sufre una dura prueba al verlos como opresores inmisericordes de los palestinos, aunque el rechazo hacia Israel es difícil extenderlo a sus habitantes, un pueblo de raíces europeas, cuyo modo de vida es muy similar al nuestro, y entre quienes es fácil sentirse como en casa, frente a lo irremediablemente extraños que nos sentimos en Palestina.

Lo tristemente probable dice que este conflicto, que se remonta a milenios (ya se sabe que los filisteos, o filistines, son el ancestro de los palestinos), no tiene solución óptima, y nada garantiza a los judíos que, en un Estado binacional, como pedía Hannah Arendt y pide ahora Judith Butler, los árabes no lograran imponerse demográficamente y relegarlos de nuevo a ciudadanos de segunda clase. Queda la melancolía por lo que llegaron a aportar los judíos a la modernidad, cuando aún no tenían Estado. En su vigoroso ensayo El final de la modernidad judía. Historia de un giro conservador, Enzo Traverso traza la historia del increíble fermento de pensamiento crítico que llegó de los descendientes de la sinagoga (de Marx a Freud, de Trotski a Benjamin, Adorno, Kafka o Celan) y que terminó con el genocidio nazi y la posterior conquista sionista de Palestina. Como concluye el italiano, «Por una suerte de ironía de la historia, Israel ha puesto fin a la modernidad judía. El judaísmo diaspórico fue la conciencia crítica del mundo occidental, Israel sobrevive como uno de sus dispositivos de dominación». En Arte y Torá, su libro definitivo sobre el judaísmo, Máximo José Kahn se lamentaba, un par de años después de que se fundara el Estado de Israel, de que, «por ahora, el alma israelí no vale lo que el israelita».[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]