«El texto que usted escribe debe probarme que me desea.
Esa prueba existe: es la escritura».
Roland Barthes
«La literatura es el arte al que
consagramos nuestras vidas».
Virginia Woolf
Toda escritura —carta, crónica, ensayo, novela, poema o incluso esta reflexión— nace de le dur désir de durer. Quien escribe lo hace porque quiere que su texto sea, como mínimo, leído. Desea llegar a una, dos, tres personas —mejor, claro, si son más. Tocarles, zarandearles, provocarles, ya sea curiosidad, interrogantes, una sonrisa cómplice, un bostezo-preludio de aburrimiento, aprobación o incluso rechazo: cualquier reacción, menos la indiferencia. Quien escribe siempre espera afectar a quien lee para ratificar que aquello que piensa, narra, cuestiona o exalta se puede compartir; que, si en el mundo real la empatía verdadera es imposible o, cuando menos, difícil, la escritura (y la lectura) puede ayudarnos a sentirnos menos solos.
En el caso de la crítica literaria, la búsqueda de este diálogo resulta aún más evidente. El deseo de compartir el entusiasmo por lo leído, sea el veredicto favorable o desfavorable, estimula el deseo de escribir un texto que resuene más allá de la argumentación fría y la exégesis. Cuando la lectura nos conmueve, ya no basta con explicar o reconstruir el pensamiento del autor o autora, el sentido de la obra, su contexto, sino que surge la necesidad de crear o recrear ese instante en que el texto cobra vida y emociona como si fuera propio: aquello que Roland Barthes llamó el «placer relatado». Y pienso, por ejemplo, en las palabras de Virginia Woolf al describir su experiencia con el primer volumen de A la busca del tiempo perdido:
«¿Cómo, al fin, alguien ha logrado materializar lo que siempre se ha escapado —y lo ha transformado en esta hermosa y perfectamente sempiterna sustancia? Uno tiene que dejar el libro y tomar aliento. El placer se vuelve incluso físico —como una combinación de sol y uvas y vino y una perfecta serenidad y una intensa vitalidad».
Que levante la mano quien no sienta la imperiosa necesidad de leer a Proust a la sombra de una parra, después de esta sumarísima, pero emotiva, reseña, sintiendo el susurro de las hojas al pasar las páginas, mientras el sol se va desplazando por encima de las ramas con la misma lentitud que las frases de la novela. O, por el contrario, ¿quién se atrevería a experimentar el cansancio y, para muchos, desmotivante hastío de La broma infinita después de leer las impresiones del crítico Dave Eggers?:
«Es una novela extravagante y autoindulgente, y, página tras página, resulta difícil de leer. Las oraciones pueden tener hasta 800 palabras. Los saltos de párrafo son escasos. Además de ser increíblemente ampuloso, Wallace tiene una agotadora inclinación por la jerga, los apodos y las referencias oscuras, especialmente sobre temas muy técnicos, médicos o relacionados con las drogas […] aparte de perderse con frecuencia en superfluos y extremadamente tangenciales flujos de diarrea léxica, el libro sufre bajo la presión de su increíble longitud […] casi 1.100 páginas que se sienten como 3.000».
Aun así, y pese a lo convincente que ambas manifestaciones puedan parecer, es importante no obviar el riesgo de la subjetividad que cada juicio conlleva: porque el libro que a Woolf le resultaba de una belleza apabullante, a André Gide, entre otros, le pareció insoportable e incomprensible (y ya sabemos cuánto se arrepintió de esa crítica precipitada). Por otra parte, a Woolf, la obra de James Joyce que muchos celebramos por fundamental en la literatura contemporánea, a ella le supuso, en sus propias palabras, un auténtico martirio, del mismo modo que lo fue para Eggers esa primera lectura de la novela de David Foster Wallace que luego también rectificó (no por capricho el libro se promocionó con un desafiante: «Are you reader enough?»). Y podríamos encontrar numerosos ejemplos, antiguos y recientes, de obras que son elogiadas o despreciadas en función de numerosos factores que no siempre tienen que ver con la calidad de su propuesta sino con la experiencia de quien la lee, con el placer (o no) de su lectura.
Tampoco revelo nada nuevo: la crítica literaria, como ocurre con toda crítica artística, no está exenta de condicionamientos políticos, morales y personales que cuestionan su objetividad –aunque ha habido intentos desde la fenomenología para establecer las estructuras esenciales de la obra literaria y fundar sobre tierra más firme y neutral el juicio estético, estos han quedado relegados a un ámbito más académico. Quizás por esta indeterminación y por la falta, en ocasiones, de criterios objetivos, la crítica literaria, especialmente la periodística, ha sido vista como un género menor de la literatura, incluso reducido a fruto de simpatías y rechazos viscerales hacia los escritores o en algunos casos motivada por intereses egocéntricos. Se me ocurre, como ejemplo, ese tipo de crítica casi pueril que va en busca de la falta, del error que, en caso de no haberlo, se inventa; y que aprovecha así la oportunidad de deslizar por las grietas del texto un narcisismo malherido con el que recomienda al autor o autora incluir este o aquel detalle que daría mucha más riqueza, profundidad, contemporaneidad, [añada aquí el adjetivo grandilocuente que prefiera] al texto, y demostrar con ello una supuesta superioridad ¿intelectual? que poco tiene que ver con la obra reseñada. Pero ¿qué podemos hacer?
Así como existen novelas mejores y peores, poemas memorables y otros totalmente prescindibles, existen críticas de muchos colores y sabores. Críticas literarias que podríamos considerar transaccionales, de subsistencia, que parecen escritas para salir del paso, por obligación, en un fin de semana o de un día para otro, textos condicionados, aleccionados, textos que, ahora, incluso, se escriben mucho más rápido con ayuda de la inteligencia artificial y que no dan lugar ni tiempo para demorarse y relatar el placer del que hablábamos antes. En cualquier caso, y para no enredarnos mucho en este debate, confesaré que, a la hora de buscar orientación en una crítica literaria, al menos a mí me sucede, además de buscar ese placer relatado que hace la lectura mucho más satisfactoria, caigo con frecuencia en la comodidad de confiar en el juicio de aquella persona, amiga, crítica, lectora, con quien comparto gustos y expectativas. Ya lo decía Henry James:
A algunas personas, por razones excelentes, no les gusta leer sobre carpinteros; otras, por razones incluso mejores, no les gusta leer sobre cortesanos (…) A algunos lectores no les gustan temas tranquilos; y a otros no les gustan los bulliciosos. Algunos disfrutan de una ilusión absoluta, otros, de la conciencia de mayores concesiones. Todos eligen sus novelas de acuerdo con esto y si no les importa tu idea, tampoco, a fortiori, les importará el tratamiento que le des.
La crítica literaria como literatura
Aun así, aunque podemos estar más o menos de acuerdo con James y sin perder de vista la subjetividad desde la que nace todo juicio artístico, me pregunto: ¿qué hace que una crítica literaria se transforme en una experiencia afectiva profunda y, con ello, llegue a ser tan duradera como puede serlo la obra misma sobre la que planea su discurso? ¿Es realmente objetividad lo que buscamos o sentiré una mayor afinidad por ese texto que remueve en mi conciencia mucho más que la curiosidad? Dicho de otro modo: ¿me seducirá más un texto bien escrito que otro, como decíamos antes, transaccional, aunque este último encaje mejor con mis expectativas lectoras?
Conseguir que las palabras escritas calen profundamente en el ánimo, de un modo placentero (o incluso gozoso, en términos también barthesianos), y que perduren en el tiempo gracias a la fuerza de la creación requiere de un tipo de voluntad y destreza que solo algunas letras consiguen. Cualquiera puede escribir. Se puede enseñar, se puede aprender. Otra cosa es el «genio», un vocablo, aseguraba Rosario Castellanos, del que se abusa, pero cuya existencia es menos frecuente de lo que se cree —o se invoca.
Escribir con genialidad, hacerlo literariamente, de un modo auténtico, es una disposición de la naturaleza a la que hay que añadir, según la escritora mexicana, el hábito de la voluntad de aprendizaje y de esfuerzo. Yo añadiría la voluntad estética. Decía Alfonso Reyes que, sin intención estética, no puede haber literatura, sino solo materia prima, larvas a la espera de la evocación de una voz creadora que les permita adquirir la forma de discurso literario. Y eso nos llevaría a seguir cuestionándonos: entonces, ¿solo grandes voces creadoras pueden escribir buena crítica literaria; crítica literaria realmente literaria? Aunque, si esto fuera así, y parafraseando a George Steiner: ¿quién querría hacer crítica literaria «si pudiera poner los versos a cantar, o componer, a partir de su propio ser mortal, una ficción viva, un personaje perdurable?» o, como lo planteó aún más directamente: «¿quién querría ser crítico literario pudiendo ser escritor?».
La pregunta es, sin duda, retórica y provocadora, porque ambas acciones, escribir sobre una obra literaria o componer ficción, no tendrían por qué ser excluyentes. En La función de la crítica, Terry Eagleton cita a Raymond Williams como un claro ejemplo de esta fusión en la que la frontera entre la literatura «crítica» y la «creativa» queda burlada: «Williams es novelista, dramaturgo y guionista cinematográfico, y su obra hace gran despliegue de una intensa carga “imaginativa” y de un énfasis experiencial único que le permite girar con facilidad hacia la retórica y la narrativa». Y podríamos citar muchísimos más nombres, incluidas firmas contemporáneas, que consiguen igualmente traspasar esa frontera y sin haber escrito nunca ficción. Porque estamos de acuerdo en que la crítica literaria existe gracias al genio de otras personas, se escribe acerca de, y no puede haber un texto crítico sin la existencia de un texto primigenio sobre el que hablar y debatir. Pero, en virtud del estilo, de la voluntad estética y, añadamos ahora también, de su función transformadora, esta crítica puede convertirse en literatura y, con la misma genialidad, provocar, conmover, afectar tanto como la obra sobre la que resuena.
La crítica no tiene como objetivo principal imaginar mundos, pero también se nutre de la imaginación. Como decía Georg Lukács: «crea a la vez lo que juzga y lo juzgado», reelabora el placer de leer la obra y a sí misma en el proceso de la escritura. Así, ante dos ejemplares de Los demonios, muchos preferiremos el que incluye el prólogo de Jorge Luis Borges. O los cuentos de Edgar Allan Poe prologados por Julio Cortázar. O nos dejaremos seducir por una nueva edición de Nada, de Carmen Laforet, que incluye el prefacio de Elvira Lindo. Novelas, cuentos, que son obras maestras por sí mismas pero que, gracias a las palabras críticas de sus prologuistas, al relato de su experiencia lectora, e insistamos: a su genialidad literaria, se multiplica el placer de la lectura: dos genios reunidos en un mismo libro. Y leeremos una y otra vez a Octavio Paz no solo para hallar la clave que descifra la poesía de sor Juana Inés de la Cruz o la de T.S. Eliot, entre otros, sino por el placer de leer su prosa, como nos ocurre con textos de los ya citados Steiner y Barthes, de Susan Sontag, Harold Bloom, María Zambrano o Ricardo Piglia, por nombrar solo a algunos referentes (la lista, también aquí, podría ser más larga) que han hecho de la crítica un arte narrativo o poético, una forma de pensamiento que se desliza entre géneros, iluminando tanto la obra ajena como el lenguaje propio.
La crítica o el coraje de decir la verdad
Por otra parte, es justo reivindicar que la intención estética, entre otras intenciones, no siempre depende de la voluntad de quien escribe, independientemente de si tiene genialidad literaria o no, sino también de que se den las circunstancias adecuadas. Ya se viene advirtiendo desde hace tiempo: así como la hostilidad capitalista deformó (y deforma) la vocación literaria, también ha convertido a una gran parte de la crítica y de quienes la ejercen en herramientas al servicio de los intereses de la industria cultural y en un asunto privativo del mundo académico, perdiendo gran parte de la función socializadora que en algún momento tuvo (o sería bueno que tuviera). La oportunidad de revertir esta tendencia, por tanto, sigue estando muy vigente: mientras la narrativa se mercantiliza y la poesía se margina, la crítica podría ser, como también defendía Steiner, el último reducto de libertad literaria verdadera y emancipadora.
Quien ejerce la crítica literaria debería poder permitirse divagar, teorizar, evocar, ensayar, escribir en segunda persona o en verso… todo lo que su creatividad le inspire. Casi podríamos decir que tiene el derecho a actuar como flâneur más que como funcionario o funcionaria de la interpretación y disfrutar —una vez más lo diré: gozar— de su deambular por la lectura de la obra. Sin embargo, así como Baudelaire nos mostraba las horribles quimeras que oprimían el pecho de la sociedad moderna de París, la crítica-flâneur debería igualmente apoyarse durante todo su camino en la mirada escrutadora que le alienta a decir la verdad, con coraje, aunque esto implique admitir contra quién se dice, desde dónde, y por qué ese decir es necesario en el momento que se dice.
La función política de la crítica literaria es algo que se reivindica desde hace tiempo y, aunque resulta tentador seguir insistiendo en ella y recordar cuál ha sido y cuál debería ser su papel en los tiempos que corren, el propósito principal de este texto es, sin obviar la importancia de esta función, aclamar la posibilidad de una crítica literaria viva, conmovedora, que no tema a la exploración estilística, que sea capaz de escapar de las presiones económicas y que, si es el caso, asuma abiertamente su posicionamiento ideológico. Una crítica que, sin perder su aspiración a la objetividad, se atreva también con la belleza del lenguaje y nos recuerde la necesidad de la literatura como fuerza social.
Por eso, para cerrar, o quizás como inicio de todo, y con el ánimo de responder a la pregunta que desembocó en este texto: ¿es literatura la crítica literaria?, diría que, en mi opinión —abierta siempre al debate—, lo será siempre que el resultado sea un texto crítico que emocione, conmueva, afecte; siempre que, además de ofrecer las claves que ayudan a interpretar la obra a la luz de su contexto socio-histórico, sus condiciones de creación y recepción, se presente como un arte de lectura atenta que despierta en quien lee el asombro ante la palabra, sin reducir la obra reseñada a etiquetas o modas pasajeras, sino defendiendo su complejidad, su poder transformador y el placer de leerla.
Porque la crítica literaria debería ser, eso, un oficio generoso que enseñe a leer, a escuchar, a demorarse en la lectura, a permanecer en ella y a ser benévolos, como animaba Antonio Machado, sin que eso signifique «tolerancia de lo ruin o conformidad con lo inepto, sino voluntad del bien […], deseo ardiente de ver realizado el milagro de la belleza» que es, tantas veces, la literatura: ese arte al que muchos consagramos nuestras vidas.
