POR MARIO AZNAR

Crónica de un calor heredado

El verano es un idioma que se aprende por ósmosis: uno no sabe cuándo lo empezó a hablar, pero de pronto lo comprende todo. En la costa donde vivo –en el sureste, donde el calor no cesa, sino que se pliega–, el verano no es una estación del año, sino un régimen de percepción: una lógica sensorial, afectiva y económica que modela nuestra experiencia de manera muy concreta y, en el caso de la costa, profundamente desigual. Lo que en otros lugares llega como alivio o paréntesis, aquí es continuidad y fatiga: una forma de habitar el mundo desde el exceso, desde una luz que no permite sombra, desde la música algo chillona cuya alegría impuesta no siempre se comparte. Por eso el verano, mucho más que un tema, es una forma, y su literatura se compone de restos, objetos rotos y vidas desplazadas. Aunque no se escriba sobre un litoral tórrido, en ciertos textos sobre lugares de paso, ciudades sin centro y exilios cotidianos hay una idea común de que la forma no tiene por qué ser unitaria o cerrada para producir sentido, y que el fragmento, la deslocalización y el pensamiento errante son sus signos identitarios.

He aprendido a leer el verano como se leen las postales olvidadas en una caja de galletas: con una mezcla de ternura y extrañamiento. Porque el verano que nos vendieron no es el verano que vivimos. Aquí, en los márgenes de la península, en ese litoral murciano donde se superponen el salitre, los desagües del aire acondicionado y la retórica desganada de las promociones inmobiliarias, el verano es a la vez una promesa y una condena anual. Llega, puntual, a recordarnos que somos los figurantes de una película que otros protagonizan. Turistas alemanes, familias de Madrid, juventudes desatadas con música portátil. Asistimos, mientras tanto, al desalojo silencioso de lo cotidiano.

Hay una violencia sutil en el modo en que el verano transforma el lugar en el que uno ha crecido. La panadería de la esquina cierra en junio, el alquiler se triplica, y las casas de los vecinos se vacían como conchas recogidas en la arena. Los que pueden, se marchan. Los que no, resisten en apartamentos cada vez más inhabitables, contemplando desde las ventanas el desfile de toallas y chanclas como quien observa una fiesta a la que nunca fue invitado. En esta coreografía estival, los locales son la escenografía que sirve para dar color, autenticidad y costumbrismo a la experiencia del visitante, pero no son necesarios. Sin embargo, esto no es –o no solamente– la denuncia de una realidad agridulce, y mucho menos una lista de lecturas veraniegas o sobre el verano. La precariedad es un lugar desde donde mirar el mundo. Por ello la forma en la que el turismo especulativo expulsa a los habitantes del litoral se alinea con realidades insospechadamente afines, como los cuerpos –femeninos, migrantes, pobres, dolientes– desechados por el sistema social que relata Brenda Navarro en Ceniza en la boca (2022), o las fracturas de un idioma desplazado como el que Claudia Apablaza poetiza en Historia de mi lengua (2023).

El calor veraniego también duele como una nostalgia mal resuelta, como el recuerdo deformado de una infancia en la que los veranos sí eran nuestros. Las bicicletas oxidadas, las colchonetas desinfladas, los carteles de Frigo y Camy desvaídos por el sol. El verano, entonces, tenía la textura del cartón piedra, el cine de barrio y las camisetas blancas con letras fluorescentes que decían «Estuve en La Manga y me acordé de ti». Esa estética del desecho, tan próxima al kitsch y al souvenir, no es solo una expresión de mal gusto, es también una poética de lo efímero. Una manera de decir: esto que estás viviendo se va a acabar pronto. No se puede conservar, ni domesticar, ni convertir en canon. Solo puedes habitarlo.

Quizá por eso, lo que más me interesa del verano no es su esplendor sino su estela. Los días inmediatamente posteriores a la temporada alta, cuando el aire huele a cierre, a after sin música, a fracaso cubierto de bronceador. Cuando las sombrillas se amontonan en los contenedores y los supermercados exhiben las sandías como si ya no supieran qué hacer con ellas. En ese umbral de lo que ya no es y de lo que todavía no ha empezado, hay una verdad del paisaje que ningún folleto turístico recoge. Una literatura posible.

La coreografía del desalojo

Hay algo casi coreográfico en la forma en que se vacían y se llenan las casas cerca del mar. Como un viejo truco de prestidigitador, el espacio cambia de manos sin que nadie lo note: en mayo se firma la última factura de la luz, en junio se hace la maleta, en julio se desconecta el Wi-Fi y se cede la llave a la inmobiliaria. El acto de desaparecer se convierte en una rutina silenciosa y pactada, una liturgia estival que conocemos de memoria: nos vamos para que otros vengan. Otros sin nombre, apenas una presencia que toma la casa, como en el célebre relato de Cortázar.

El turista no lo sabe, pero el lugar que alquila por semanas tiene una historia. No solo porque fue construido sobre alguna cantera olvidada o sobre un antiguo secano, sino porque ahí vivía alguien. Alguien que tenía plantas en el balcón, una taza con grietas y una rutina que incluía bajar al kiosco a comprar el periódico. Alguien que, durante diez meses al año, llamó «hogar» a lo que en temporada alta se convierte en «experiencia mediterránea», «refugio boho-chic» o «ático con vistas al mar». La gentrificación –como la que retrata Lara Moreno en La ciudad (2022)– ha dejado de ser un fenómeno urbano. También aquí, en las playas modestas de la periferia, se ha convertido en una forma de limpieza simbólica. En verano, lo que sobra es la vida real.

El verano nos pone en alquiler. No solo las casas, también los cuerpos, la paciencia, incluso el acento. Se hace por necesidad, claro. Porque a falta de industria, aquí el verano es un monocultivo, una economía de estación que solo funciona cuando otros vienen a gastar. Pero esa lógica extractiva tiene un coste: la sensación de no ser nunca del todo dueño del lugar donde vives. Como si estuviéramos invitados en nuestra propia casa. Lo más inquietante es que uno termina por interiorizar esa temporalidad impuesta. No solo te adaptas: te organizas en torno a ella. Como si el año comenzara en septiembre y acabara en junio. Los locales viven la temporada alta como un trance, despojados del territorio, pero sobre todo de su tiempo, como reivindica Azahara Alonso en Gozo (2024). Callar, trabajar, fingir. Y cuando todo termina, toca recoger las colillas que otros dejaron en la arena, las bolsas de plástico que no volaron a tiempo, los flotadores pinchados que ya nadie quiere. El servicio de limpieza de un relato ajeno.

Esta violencia, porque lo es, rara vez se escribe. Pocas veces encuentra su lugar en la literatura, acaso porque no tiene el dramatismo suficiente para convertirse en tragedia, ni la épica para volverse denuncia. Y, sin embargo, ahí está, año tras año, reproduciéndose como un guion inevitable. Por eso sirve pensar en una literatura menor, en el sentido deleuziano del término: una literatura escrita desde los márgenes, desde lo minúsculo, desde el calor que no cesa (como en los textos que reúne Inés Belmonte en el fanzine Solanera, de 2024). Una literatura que no aspira a explicar el verano, sino a habitar sus residuos.

Poética de usar y tirar

Cada vez estoy más convencido de que lo que define al verano no es la luz, ni el mar, ni siquiera el calor: es la acumulación de objetos inútiles. Hay algo profundamente revelador en esa iconografía del desperdicio que acompaña la temporada estival. Camisetas con frases irónicas impresas en tipografía Comic Sans, llaveros con forma de paella, abanicos de plástico, flotadores con orejas de unicornio, bolsas con publicidad de chiringuitos locales… todo eso que se compra con entusiasmo y se abandona sin culpa. La mercancía del verano tiene fecha de caducidad emocional. Vive poco, se desgasta pronto, y sobrevive solo como un residuo, como rastro de una alegría impostada.

Pero ¿no hay en esa estética algo digno de ser contado? Me interesa esa zona fronteriza entre el kitsch y la melancolía, donde los objetos hablan más de su abandono que de su uso, a través de una mirada en tránsito como la que Javier Montes exploró en La vida de hotel (2012). Como si fueran restos arqueológicos de una civilización de paso. Esa frase: «Estuve en La Manga y me acordé de ti», encarna una sinceridad que nadie se toma en serio. Igual ocurre con las toallas descoloridas, los imanes feístas de origen intercambiable o las múltiples facetas de «la Nueva York del Mediterráneo» que retrata el libro colectivo Ensayo y (error) Benidorm (2022). Todo eso forma parte de una poética visual que rara vez entra en el radar de la «alta cultura», pero que define con precisión el imaginario colectivo del verano.

Hay una literatura posible –y también urgente– en ese museo involuntario del desecho. No una literatura de denuncia, ni una crónica costumbrista, sino algo más inclasificable: una escritura que se permite pensar desde lo efímero, desde lo vulgar, incluso desde lo hortera, abrazándolo sin caer en la parodia, a veces de formas tan extrañas como las que propuso Paco Roca en el cómic Batman en Benidorm (2023). Una literatura que asuma el souvenir como archivo emocional y testimonio de un deseo frustrado de permanencia. En ese sentido, el verano se parece al amor de adolescencia, tan intenso, innecesario y condenado al olvido. De ahí que sus objetos sean plásticos, falsos, cargados de una ternura involuntaria.

Quizá por eso me interesan las voces que han sabido mirar lo despreciable con un tipo de atención amorosa. Pienso en el Rafael Chirbes de En la orilla (2013), que escribe entre ruinas de hormigón, o en Revancha (2021), de Kiko Amat, donde la estética trash es urbana, no playera, pero la sensibilidad es análoga: como las personas que sobran en temporada alta o los residuos simbólicos del verano, Amat dibuja –atravesados por el calor, el sudor y el asfalto– cuerpos y vidas que la sociedad ha descartado y que sobreviven con la dignidad de los fracasados. En la escritura áspera de Factbook. El libro de los hechos (2018), de Diego Sánchez Aguilar, la precariedad también se convierte en estilo. Es un libro que piensa con los materiales del presente, incluso los más cutres –ahí está el toro de Osborne–, y los convierte en forma literaria. O en la sensibilidad sucia de Lodo (2023), de Begoña Méndez, que hace de la materia pegajosa una forma de estar en el mundo para explorar la degradación ambiental de la laguna costera que llamamos Mar Menor –donde Sánchez Aguilar había situado también una hipotética clínica ilegal de criogénesis. Todos ellos trabajan con residuos: restos de lenguaje, de emoción, de identidad, de pertenencia. Y al hacerlo, nos devuelven una imagen del verano que ya no es postal, sino cicatriz.

Si en El límite inferior (2015) Nere Basabe ya inmortalizó los efectos del turismo y la industria del ocio en la costa levantina, en Arde Torrevieja (2021), de J. M. Sala, la burbuja inmobiliaria en una zona costera está a punto de estallar. Los turistas dejan tras de sí la basura literal y moral de un veraneo sin memoria, mientras los guiris –convertidos en zombis abrasados por el sol, bebesangrías en sillas de plástico– esperan una última foto para el apocalipsis. Con este escenario en mente, tal vez la literatura del verano no deba escribirse con tinta, sino con crema solar reseca. Tal vez solo así pueda capturar lo que realmente significa este tiempo: no el descanso, sino el agotamiento; no el paraíso, sino su reverso deshilachado. El souvenir como ruina portátil de una promesa incumplida.

Apuntes para una literatura del desecho

Lejos de las «lecturas de verano» y de los libros sobre el verano, que no son los que aquí interesan, puede haber una literatura escrita desde el verano, no tanto porque transcurra en él, sino porque adopta su temperatura: textos que sudan, que no llegan a secarse nunca del todo; que se escriben con la urgencia de quien sabe que no hay tiempo para corregir, porque al final del día alguien apagará la luz y habrá que desalojar la casa.

La literatura del desecho no se construye en mármol, sino en cartón. Sus materiales son ligeros, porosos, frágiles. Sin renunciar a la ambición, responde a la lógica de la inminencia y no de la monumentalidad. Ahí están los residuos de lo íntimo y lo precario en Geografía del polvo (2023), de Rosario Villajos. Como una sombrilla que apenas aguanta el viento o un colchón inflable que hay que reparar cada día. Esa lógica de lo inminente y lo degradable aparece también en la Murcia interior deshidratada de La Edad Media (2016), de Leonardo Cano; en la periferia infantil y el verano sin postal de Panza de burro (2020), de Andrea Abreu; o incluso en la escritura de Cristian Crusat, quien a menudo trabaja con materiales residuales, episodios interrumpidos, pensamientos que no acaban de encajar. En su libro Estatuas (2016), por ejemplo, que reúne un conjunto de narraciones híbridas que se mueven entre el relato breve, el ensayo ficcional y la meditación literaria, el texto no aspira al acabado, sino a la exploración y a la deriva. La escritura de verano –si es que existe como tal– trabaja con materiales narrativos porosos y temporales; se arriesga al deterioro, se expone a la repetición, se mancha con lo real. De ahí que también la estética trash, tan frecuentemente asociada al mal gusto o a lo vulgar, sea en realidad una forma de resistencia y una negativa a la pureza, al estilo intachable y a la compostura, como demuestran las descripciones que ofrece Alana S. Portero en La mala costumbre (2023) o el «bucolismo sucio», al decir de Basilio Pujante, que despliega Santos Martínez en Ropasuelta (2024).

Hay una ética posible en escribir desde ahí. No en construir una literatura menor por falta de recursos, sino por elección consciente. Una literatura que no tema parecer ridícula, que asuma la precariedad como forma, que acepte lo hortera como sintomatología cultural, un poco al modo de los relatos de María Bastarós en No era a esto a lo que veníamos (2021). En los souvenirs más absurdos –esa taza que dice «Made in Torremolinos», esa chancla gigante que sirve de felpudo– late una verdad que escapa a los grandes relatos. Una verdad sin ambición, sin metáfora, sin estrategia de mercado. Una verdad, si se quiere, sin canon.

Lo interesante es que esta literatura no siempre se reconoce como tal. A veces está en los márgenes de la narrativa convencional: en diarios personales que nunca fueron pensados para ser publicados o en novelas autoeditadas que sobreviven como mitos de barrio. Otras veces, irrumpe con fuerza desde autores que han decidido mirar ahí donde nadie quiere mirar: en las sobras, en lo que quedó fuera del encuadre, en el reverso mugriento del decorado estival.

En Anoxia (2023), Miguel Ángel Hernández hace del Mar Menor –el mismo que atraviesa Lodo, de Begoña Méndez– un espejo del colapso íntimo: una masa de agua sin oxígeno, como el cuerpo que ya no puede sostener la alegría impostada del verano. No hay postal en esa costa, sino peces muertos, sudor y parálisis. Esa imposibilidad de tomar aire –literal y simbólicamente– define bien el tono de esta literatura del desecho. Anoxia propone una exploración íntima del agotamiento físico, mental y moral en una costa que ya solo ofrece ruina y descomposición. No hay catarsis ni final feliz. Hay, en cambio, una escritura que busca agarrarse a lo que queda cuando todo ha pasado. Una escritura sin promesas, pero con memoria.

Epílogo fuera de temporada

Hay un momento exacto, casi imperceptible, en que el verano termina. No es el equinoccio, ni el primer día de colegio, ni siquiera el regreso al trabajo. Es algo más tenue: una sombra diferente en la pared, el silencio de un chiringuito cerrado, la súbita ausencia de cuerpos en la playa, una pelota de Nivea abandonada en el arcén. Como si alguien hubiera apagado el volumen del mundo. El paisaje costero, entonces, se revela en su verdad menos fotogénica: toldos bajados, carteles de «Se alquila», sillas apiladas como esculturas del abandono.

Después del verano, los colores se apagan, pero no por tristeza, sino porque ya no hay nadie para mirarlos. En octubre, los supermercados vuelven a llenarse de gente conocida; los bares recuperan sus conversaciones pausadas; la luz se hace más lenta, más densa, más parecida a una caricia que a un fogonazo, y muchos negocios también echan la persiana hasta la próxima temporada. Es entonces cuando volvemos a ser habitantes, no figurantes.

Pero hay algo que no vuelve del todo. Algo que se queda flotando, como el olor a sal en los estantes, como una humedad que ya forma parte del yeso. El verano deja cicatrices pequeñas, casi invisibles, que solo se notan si se mira de cerca: una grieta nueva en la pared, una palmera torcida por el viento, una tristeza sin causa aparente en los ojos de quienes han trabajado demasiado. No se habla de eso, porque hablar de eso arruinaría el mito. Y, sin embargo, ahí está: el verano como maquinaria de desgaste, como tiempo que no solo pasa, sino que pasa por encima.

Quizá por eso la literatura que nace de este espacio liminal –ni idílico ni trágico, sino simplemente real– tiene tanto que decir. Es una literatura sin temporada alta, escrita desde la retaguardia. Una literatura que, como esas playas en invierno, no pretende ser visitada, pero agradece ser habitada. Como este texto, que también aspira a funcionar como una especie de souvenir. Una postal sin imagen enviada desde un lugar donde el verano no termina con fuegos artificiales, sino con un suspiro. Un verano del futuro que ya estaba aquí antes de que nos atreviésemos a mirar.