Salvo el de la novela, no hay cadáver cuya muerte se haya anunciado tantas veces como el de la crítica literaria. A estas alturas, ya es imposible saber si tantos anuncios corresponden a igual número de tiros de gracia o, por el contrario, a un ciclo de muertes y resurrecciones propio de una deidad hindú de tercera categoría. Como en tantos ámbitos de la actualidad, ya resulta imposible ponerse de acuerdo en un hecho básico del que tendría que partir si no toda discusión al respecto, al menos el presente texto: si la crítica literaria está más muerta que nunca o si goza de cabal salud y atraviesa un periodo de plenitud, justo al inicio de la más reciente de sus resurrecciones. En todo caso, algo parece quedar claro: muerta o viva, la crítica ya no es la que era. Pero esto tampoco está tan claro, y quizás allí radica precisamente el problema, en caso de que lo haya: que muerta o viva, en realidad la crítica sí sigue siendo la misma. En lo que no cabe la menor duda, y al fin llega la primera afirmación categórica de este texto —que es lo mínimo que se le puede, o podía, exigir a la crítica— es que el mundo cambió. Sí, el mundo cambió radicalmente en la última década, y la crítica, siempre tan al pendiente de las novedades, parece no haberse enterado.
El destino de la crítica no luce especialmente luminoso si tomamos en cuenta que su materia, su medio y su forma —la literatura, el periodismo y la reseña— atraviesan tiempos cuando menos inciertos. Si el concepto de literatura resulta cada vez más confuso —lo que no necesariamente es una mala noticia—, el periodismo anda bastante ocupado por sobrevivir y vender una suscripción a algún buen ciudadano y la reseña es un género tan intrascendente al que hasta los críticos le hacen el feo, la crítica parecería haberse quedado sin nada de qué hablar, sin ningún espacio para hacerlo y sin una forma para intentarlo.
A pesar de las muchas excepciones, esto parecería ser un hecho que está por sellar la suerte de la crítica tradicional tal y como la concebíamos hace no tantos años y como seguramente lo seguimos haciendo hoy: la crítica como un señor algo cascarrabias que, desde una tribuna poderosa y prestigiosa, dictaminaba qué era literatura y qué no. Esta figura, más cercana a la de un guardia de discoteca que decide quién pasa al canon y quién es relegado a los bares más modestos de la contracultura o a los más suntuosos de la literatura comercial, está definitivamente sepultada, gracias a Dios y al mercado, no necesariamente en orden de importancia. No obstante, dicha figura es relativamente reciente, y su historia está ligada por completo al del florecimiento de los grandes periódicos y revistas en el siglo XIX, a su apogeo en el XX y a su pérdida de influencia en el XXI. Pero la literatura se ha pensado desde antes y quiero creer que se seguirá pensando el día que ya ningún internauta entre al sitio del periódico más leído de su país. Concebida de esta forma, como el ejercicio de pensar la literatura de manera literaria y no como una práctica acotada a un formato, un medio y una figura, podría afirmarse con seguridad que la crítica literaria es anterior a la crítica literaria y perdurará a su muerte.
En esta etapa de transición de la crítica tradicional a lo desconocido, las redes sociales han servido como sepultureras y como saqueadoras de tumbas simultáneamente. Si el lector —esa culta abstracción de la que puede decirse lo que sea— antes leía determinada revista o suplemento para decidir qué comprar y hasta leer, hoy se guía por el azar, el algoritmo y las interacciones de las redes sociales. Estas cuentas, dentro de su variedad de toda clase, coinciden en que son llevadas por lectores, o al menos por usuarios que fingen serlo con mejor o peor fortuna. Es decir, uno de los principales cambios radica en que la crítica, entendida de manera más bien pobre como un espacio de recomendación de libros en la mesa de novedades de la librería, ya no se sostiene en dos o tres figuras de autoridad, sino que se produce a través de un diálogo más horizontal entre lectores. Es verdad que las redes sociales —lejos de las falsas buenas intenciones con las que nacieron, en aquellos lejanos tiempos en los que internet iba a crear una sociedad más informada— también son un espacio jerarquizado, en el que el prestigio que como por arte de magia adquiría un crítico por publicar en determinado medio ha sido sustituido por la turbulenta autoridad legitimada en los likes, los views y los favs. Pero la centralidad de la que gozaban y que padecían dos o tres críticos en el mejor de los casos se ha fragmentado en una caótica suma de actores, a veces incluso anónima, que resultan determinantes en conjunto pero irrelevantes en lo individual, por más que esto hiera los publicitados sentimientos del influencer literario más popular.
Siguiendo esta dirección, uno de los aspectos más llamativos de la crítica en redes sociales es su carácter colectivo, más nítido todavía si se contrapone con las pocas firmas que la habían constituido. Esta tendencia no es específica de la crítica, sino de cualquier expresión artística, incluida la literatura, en la que cada vez sobresalen menos los nombres totalizadores de hace pocos años, sustituidos por libros y textos tan parecidos en su poética que podrían resultar intercambiables. Esta última afirmación no debe leerse como un reproche y ni siquiera tiene nada que ver con la noción de calidad —por usar un término hoy mal visto y esencial para la crítica—, sino como una constatación hecha a partir de la atomización y constelación de nichos que caracterizan toda práctica cultural del presente, que están modificando, al fin, nuestro concepto tan romántico de autoría. Pero regresando al tema, el carácter colectivo de la crítica en redes sociales puede resultar tan claro —y tan superficial— que su juicio se condensa cuantitativamente en la calificación de una obra en Goodreads. A estas alturas, ya poco puede hablarse de crítica, y esa calificación, medida en estrellitas, poco o nada dice sobre una obra, por concluyente que resulte si lo que se busca es informarse sobre la valoración del mercado.
Desechar, sin embargo, de un plumazo toda la crítica en redes resultaría también injusto y, de hecho, se estaría reproduciendo lo que se les reprocha a ellas: superficialidad, ignorancia, pocas ganas de leer y juicios sumarios e inmediatos. Basta pasar un rato en Goodreads para darse cuenta de que las opiniones poco informadas y argumentadas predominan, que las buenas reseñas abundan y que también existen las sobresalientes, digamos que en la misma proporción que prima en los papers de las revistas académicas, esa crítica sin literatura, ávida de citas cuantificables para incrementar su prestigio de una manera sospechosamente similar a como funcionan las redes sociales, pero ese es otro tema.
Ahora bien, por satisfactorias que resultan esas reseñas sobresalientes, y que lo mismo podrían haberse publicado en el suplemento más prestigioso que en un rincón perdido de la red, a mí me resulta algo decepcionante que reproducen de manera fiel, con rigor y talento, el esquema básico de la reseña tradicional. Solemos pasar por alto que la reseña, como cualquier otro género literario, surgió a partir de determinadas condicionantes sociales y materiales que moldearon su forma. En este caso, la promesa de actualidad de los primeros grandes diarios en el siglo XIX incluyó de una forma bastante protagónica a la literatura, a la que se le destinó algún par de páginas en el patio trasero para dar cuenta de las novedades, con un formato y una extensión que cupiera en la página desplegable para ser leída en el sillón de piel y dejara espacio suficiente para promocionar algún perfume de fragancia art decó o los primeros automóviles.
Es evidente que esos condicionantes sociales y materiales ya no existen fuera de los contados diarios y revistas en papel que siguen publicando reseñas, por lo que persistir en este formato, sin la menor variación, tiene algo de heroico y de necio. Sin embargo, todavía no ha surgido un género mejor para valorar un libro, ni en las redes ni fuera de ellas, lo que a saber si muestra la perdurabilidad de un formato siempre considerado como menor o si exhibe la poca imaginación formal de los contados críticos profesionales que quedan y sobre todo de los espontáneos. Y no pretendo pasar por alto la importancia de otros géneros críticos, del ensayo extenso a la historia literaria, o incluso la biografía y la historia intelectual, pero sí considero que la reseña es la manera continua en que la crítica se lleva a cabo, algo así como su condición de existencia, su respiración. Si bien su esquema básico, mezcla de descripción y de argumentación, es la esencia de todo texto crítico, hay limitaciones y recursos propios de las redes que tarde o temprano lo modificarán, por más que hoy parezca que sólo las primeras se han hecho presentes.
Los enlaces, por ejemplo, propician el diálogo con lo que otros han escrito sobre cierta obra y permiten exhibir su relación con otras del autor o de otros autores, vivos o muertos. Los enlaces o hipervínculos son una herramienta idónea para trazar genealogías, generaciones, tradiciones e influencias, uno de los objetivos esenciales de la crítica, que parte de la premisa de que ninguna obra surge de la nada, sino que dialoga con determinada rama de la literatura, a pesar de los deseos del autor o en línea con ellos, dependiendo de si se siente un ser único iluminado por las musas o si entiende el funcionamiento del proceso literario. Las imágenes son otro recurso hasta ahora desaprovechado en las redes, y no para inundar el comentario de un libro con fotografías del autor tomando café —obedeciendo los dictados de Instagram—, sino para incluir largas citas del texto comentado, algo imposible de hacer en las publicaciones en papel e incluso digitales. De esta forma, el crítico puede ejemplificar lo que afirma y establecer un diálogo más directo con el texto, al que ya no tiene que glosar y calificar sin mayor evidencia, dado que puede exhibirlo por sí mismo. Las posibilidades de la crítica en redes van mucho más allá de los dos ejemplos mencionados, y obviamente yo no conozco todas, pero si elegí estas dos es porque sostienen y se desprenden de los dos pilares de la crítica: analizar una obra de manera autónoma y relacionarla con la parte de mundo, es decir, de literatura, con la que haya que relacionarla.
Pero no todo en las redes son posibilidades y recursos nuevos. Cualquier cambio tecnológico acaba siendo también uno de contenido y de perspectiva, y esto se hace más patente en las redes sociales —y no de la mejor de las formas— que en ningún otro lugar. Los dos ejemplos mencionados, centrados en la obra en sí y en las demás con las que establece un diálogo, dejan fuera a una figura esencial: la del crítico. Las redes privilegian de manera compulsiva al yo de quien las utiliza, y la crítica —por marcado que sea su estilo, por subjetivos que sean sus juicios y por contundente que sea su conclusión— trata por definición de los demás, no de sí misma. Este rasgo resulta una excentricidad en el mundo contemporáneo, sobre todo en las redes pero no únicamente en ellas, y ni qué decir de la literatura si se piensa en el marcado carácter autobiográfico que domina hoy en casi cualquier género, ya sea la novela, la poesía, el ensayo o la crónica. Gracias al contraste que se establece con el yo protagónico de las redes y de una parte considerable de la literatura contemporánea, resulta pertinente resaltar dos cualidades de la crítica, bastante inesperadas: su humildad y su generosidad.
Un crítico adquiere celebridad por sus equivocaciones, y no hay uno que no tenga sesgos y prejuicios, que no haya caído en silencios bochornosos ni que se haya dejado llevar por las tirrias más extrañas y las simpatías más inexplicables. A la vez, tampoco hay un solo crítico que, al menos como sistema, ponga sus sentimientos y su contexto por encima de la historia literaria, a la que —sobra aclarar que de manera frustrada— se ha dedicado a leer para poder emitir un juicio basado, encima, en el ejercicio del criterio, como dijera José Martí. La crítica fuera de las redes orbita en torno de la literatura al tiempo que pertenece a ella, mientras que la crítica en redes tiende a colocarse en el centro absoluto sin que importe nada más, salvo la identificación o la pertenencia. La crítica debe ser fiel a su vocación generosa, leer a los otros, más en un tiempo en que el mundo es un lugar cada vez más estrecho, más limitado y encerrado en sí mismo. En suma, en mi opinión, allí radica el desafío actual de la crítica, impresa o digital, en Tik Tok o en revistas universitarias: conservar o mejor aún expandir su universo de lectura, incorporando además a todas las literaturas que se habían marginado del canon por violencias sociales normalizadas, al tiempo que busca nuevas formas de expresión, en sintonía con nuestro tiempo.
Soy optimista. Considero que la crítica contemporánea, por más que sus espacios se acoten o se multipliquen —después de todo hablamos de redes sociales—, pasa por una transformación cuanto menos interesante. Uno de los aspectos que más me entusiasman es la práctica disolución de esa falsa dicotomía que separaba a crítica y literatura. Pienso en los dos mejores escritores en activo de mi país: Cristina Rivera Garza y Julián Herbert. Ambos son también críticos y piensan tanto la literatura clásica como la contemporánea de formas novedosas, como evidencian respectivamente Había mucha niebla o humo o no sé qué y Overol. Y a los críticos que sigo en el orbe hispanohablante —al argentino Matías Serra Bradford, a la chilena Lorena Amaro, a los mexicanos Christopher Domínguez Michael y Liliana Muñoz, al español Nadal Suau y a un puñado más— los leo por su propia escritura, me interese o no el libro que analizan, y confieso que me gustaría leerlos más en redes. Entendiendo, entonces, como yo la entiendo —como el ejercicio de pensar la literatura de manera literaria, o como la literatura cuando se piensa a sí misma—, considero que la crítica agoniza de manera muy saludable, más tomando en cuenta que ella da por hecho que nunca tiene la última palabra, pues siempre hay algo más que decir. Si logra renovarse de manera sugerente, si abre nuevas vetas de análisis, si encuentra otras formas de pensamiento, está por verse, pero eso no me tocará decirlo a mí, sino a quien le corresponde: a la misma crítica literaria.