Aunque no fue el mayor del grupo en edad (era un año más joven que su amigo, Unamuno), su prematura muerte a los treinta y tres años ha hecho que el granadino Ángel Ganivet (1865-1898) sea considerado el precursor de la generación, cuando, de haber vivido más, hubiera formado parte ella. Lo primero que llama la atención de Ganivet es su vasta y exquisita cultura. Licenciado en Filosofía y Letras y en Derecho, destacó, desde muy joven, por un conocimiento de las lenguas extranjeras y de las literaturas nórdicas poco común en su época. El hecho de haberse trasladado a Madrid, tras terminar los estudios, y de haber aprobado unas oposiciones al Cuerpo Consular del Estado, le permitió cumplir su sueño de viajar por Europa. Vivió en Bélgica, Finlandia y Letonia, en cuya capital se suicidó el 29 de noviembre de 1898, tras arrojarse a las frías aguas del río Dviná. De la breve obra ganivetiana se ha dicho que prefigura, de alguna manera, la que después crearon sus compañeros de grupo. Así, sus filosóficos ensayos se han comparado con los de Unamuno, de la misma forma que su descripción paisajística se ha relacionado con la de Azorín o su personaje novelístico, Pío Cid, se ha visto como un precedente de otros barojianos. Sea como fuere, lo cierto es que Ganivet nos dejó un gran ensayo, Idearium español, donde ofreció un original diagnóstico sobre el origen de la decadencia española —cifrado, según él, en un sentimiento colectivo de abulia— que se suele citar como ejemplo de pensamiento noventayochista avant la lettre, pues fue publicado en 1896, dos años antes del «desastre». Tanto su novela La conquista del reino maya, por el último conquistador español, Pío Cid (1897) como su continuación Los trabajos del infatigable creador Pío Cid (1898) son intentos no muy exitosos de trasladar la mentalidad regeneracionista al formato de la ficción. Tampoco tuvieron repercusión su obra de teatro en verso, El escultor de su alma (1898), o dos libros que, sin embargo, sí han sido reeditados en los últimos tiempos: el emotivo opúsculo Granada la bella (1896), dedicado a su ciudad natal, y el volumen de cuadros costumbristas Cartas finlandesas (1898), sobre el país escandinavo en el que vivió una temporada.

Miguel de Unamuno (1864-1936) es el más veterano y, quizá, quien mejor encarna el espíritu de la generación de 98, que en él aparece quintaesenciado. No se entiende a Unamuno sin el contexto del 98, como tampoco se entendería el 98 sin la ubicua presencia de don Miguel, para mí el primer gran intelectual en la historia contemporánea de España. Tras una adolescencia bilbaína, marcada por la estricta educación religiosa de su madre, se instaló en Madrid para estudiar Filosofía y Letras. Se doctoró y, después de varios intentos frustrados, obtuvo la cátedra de Filología Griega en la Universidad de Salamanca, alma máter de la que fue rector durante más de quince años. Aunque sufrió distintos exilios por motivos políticos, el tiempo que vivió en España lo pasó en la capital salmantina, donde dio forma a una extensa obra, inequívocamente autobiográfica, en la que se mezclan lo individual y lo colectivo: sus personales crisis religiosas e identitarias, con su preocupación por el porvenir de España. Y todo ello bajo el signo de la lucha o la contradicción entre la fe y la razón, entre la cabeza y el corazón. Aunque de joven fue socialista y anticlerical, y pese a que su oposición a la dictadura de Primo de Rivera le llevó al destierro, ya en su madurez atemperó sus posturas e incluso llegó a ocupar distintos cargos políticos (fue diputado independiente en las Cortes de la Segunda República). Sin embargo, fue de los primeros en advertir sobre la peligrosa deriva del régimen republicano y apoyó la sublevación franquista en un primer momento, para retractarse días después y oponerse a la violencia fascista, simbolizada en su famoso enfrentamiento verbal con el general Millán Astray. Teniendo en cuenta que Unamuno fue, ante todo, un pensador, no sorprende que lo mejor de su producción literaria pertenezca al género ensayístico, donde destacan títulos como En torno al casticismo (1894), Vida de Don Quijote y Sancho (1905), Del sentimiento trágico de la vida (1912) y La agonía del cristianismo (1912). También forman parte del canon algunas de sus «nivolas» (nombre con el que bautizó sus novelas filosóficas, para diferenciarlas de las convencionales) como Amor y pedagogía (1902), Niebla (1914) o San Manuel Bueno, mártir (1933). Su apasionada poesía, que comparte con el resto de su obra ese sentido existencial y trascendente de la vida, se puede leer en títulos como El Cristo de Velázquez (1920), Romancero del destierro (1928) o esa especie de autobiografía sentimental, en forma de verso, que es el Cancionero publicado en 1953, de forma póstuma.

Ramón del Valle-Inclán (1866-1936), que nació un año después de Unamuno y murió pocos meses antes, representa, por su personalidad y por su estilo, el extremo contrario. De todos los miembros del grupo, Valle-Inclán es, desde luego, el más genial y el más deliberadamente excéntrico. Aunque estudió Derecho por imposición paterna, como era costumbre en la época, la muerte de su progenitor le permitió abandonar la carrera y marcharse al México revolucionario, desde donde volvió a España y, tras un breve paso por Pontevedra, se instaló en Madrid, donde conoció la bohemia finisecular y frecuentó las tertulias de los cafés de la época, alguna de las cuales él mismo presidió. Fue precisamente en una trifulca tabernaria donde aconteció el celebérrimo episodio de su pelea con el periodista vasco Manuel Bueno, que le terminó costando la pérdida de su brazo izquierdo. En la biografía valleinclanesca, plagada de anécdotas apócrifas, todo fue exagerado, empezando por la propia ideología de un Valle-Inclán que, si bien desde joven se declaró carlista y tradicionalista, con el tiempo —y sin renunciar a lo anterior— fue girando a la izquierda, primero para defender la Revolución rusa de Lenin y, años después, para abrazar la causa de la República en España, con la que llegó a ocupar algún cargo menor. Su obra literaria, que abarca todos los géneros y que acusa, también, esa evolución ideológica de su autor, trascurre entre el modernismo preciosista y refinado de las Sonatas (1902-1905), protagonizadas por su alter ego, el marqués de Bradomín, y escritas con una prosa exquisita, hasta el estilo más áspero y desgarrado de su trilogía de novelas sobre La guerra carlista. Con todo, su mejor contribución a la literatura española del período es su revolucionario teatro, que tiene su primer éxito en las Comedias bárbaras y alcanza su cumbre en 1920, cuando el estreno de Luces de bohemia le sitúa entre los grandes de la dramaturgia española de todos los tiempos, al inaugurar, con dicha obra, un género nuevo, el esperpento, caracterizado por la deformación voluntaria de la realidad. Ése fue el signo que presidió, desde entonces, el resto de su producción, no sólo teatral (Divinas palabras, Martes de carnaval), sino también novelística, como se aprecia tanto en Tirano Banderas (1926), como en la trilogía El ruedo ibérico (1927-1932), donde la estética del esperpento es la nota común. Aunque también cultivó la poesía, reunida por el propio Valle-Inclán en el volumen Claves líricas (1930), su impacto en ese terreno fue muy discreto, en comparación con la fama que alcanzó en otros.

Enemigo declarado de Valle-Inclán, al menos en la etapa final de su vida, fue el vasco Pío Baroja (1872-1956), que ha pasado a la historia como un tipo huraño, sedentario y solitario, pero que, no obstante esa imagen, fue un hombre afable, romántico y viajero, dotado de una gran sensibilidad. Lo que sucedió con Baroja es que su vida y su obra se desdoblaron: él fue un tipo tranquilo, cuya grafomanía le obligó a pasar muchas horas encerrado en sus casas de Madrid o Itzea, su famoso caserón del pueblecito navarro de Vera de Bidasoa, pero sus personajes fueron grandes aventureros, marineros e inadaptados que vivieron, en las páginas de sus novelas, las peripecias que su autor imaginó, pero jamás protagonizó. Nacido en San Sebastián, Baroja es el único miembro del grupo que no tuvo una formación humanística, sino científica. No sólo estudió Medicina en Madrid, sino que llegó incluso a doctorarse y a ejercer como médico rural en un pueblo vasco durante una breve temporada. La experiencia no le gustó y regresó a Madrid, donde, tras unos inicios en el gremio literario muy complicados, como los de sus compañeros de grupo, se consolidó como escritor profesional a partir de la primera década del siglo xx. Aunque siempre le gustó viajar, llevó una vida de soltero, burguesa y cómoda, que sólo se vio radicalmente alterada en 1936, cuando el inicio de la Guerra Civil le obligó a exiliarse en Francia, donde pasó cuatro años muy difíciles hasta su regreso en 1940. Ideológicamente, pasó de un anarquismo regeneracionista de juventud a un liberalismo individualista y escéptico, crítico con la clase política y, especialmente, con el comunismo y el socialismo, lo que le llevó a rechazar, desde el principio, el proyecto de la Segunda República. Escribió algunas piezas teatrales breves, un autobiográfico poemario (Canciones del suburbio, 1944) y varios libros de ensayo, algunos de excepcional calidad, como el libro autobiográfico Juventud, egolatría (1917) o el dietario Las horas solitarias (1918), pero fueron, sin ninguna duda, sus novelas, las que dejaron una huella imborrable en la historia literatura española contemporánea, no sólo por su contenido, sino, fundamentalmente, por la capacidad que tuvo su autor para crear un personalísimo estilo, ágil y antirretórico, que ha hecho de la suya la obra de un noventayochista que mejor ha resistido el paso del tiempo, con diferencia. El propio Baroja estableció dos etapas en su trayectoria como novelista. La primera, entre 1900 y 1914, es su etapa más fecunda en cantidad y calidad. A este período pertenecen trilogías como «La vida fantástica» o «La lucha por la vida», y novelas de fama internacional como Zalacaín el aventurero, Las inquietudes de Shanti Andía o la que un servidor considera su obra maestra, El árbol de la ciencia. Después de la Primera Guerra Mundial siguió publicando a buen ritmo, pero, a partir de un determinado momento, sus novelas perdieron frescura y vitalidad. Fue la época en que escribió el ciclo de novelas históricas «Memorias de un hombre de acción», sobre su antepasado, Eugenio de Aviraneta, y algún título que despuntó como La sensualidad pervertida (1920) o Las noches del Buen Retiro (1934).