Un año después de Baroja nació en el pueblo alicantino de Monóvar, José Augusto Trinidad Martínez Ruiz (1973-1967), más conocido por el seudónimo que empleó para firmar su obra desde 1904: Azorín. Tras estudiar la carrera de Derecho en varias ciudades españolas, el joven Martínez Ruiz llegó a Madrid a finales del siglo xix. Allí conoció a Baroja y a Maeztu, con quienes formó el llamado «Grupo de los tres», germen y núcleo duro de lo que después sería la generación del 98. Como ellos, fue un joven rebelde y anarquista hasta que, en 1905, se incorporó como colaborador al que después sería el periódico de su vida: el monárquico y conservador diario ABC, de Torcuato de Luca de Tena. Desde ese momento, su ideología pasó de moderada a claramente conservadora, hasta el punto de que llegó a ser diputado del Partido Conservador en cinco ocasiones, durante estos años de la Restauración borbónica. Como Baroja, tuvo una vida tranquila (se casó, pero no tuvo hijos), de plena dedicación al periodismo y a la literatura, sólo alterada por la Guerra Civil, que le forzó a exiliarse en París. Acabada la contienda, regresó a España y se acomodó al régimen franquista, con el que convivió durante casi tres décadas, pues murió ya con noventa y tres años, en 1967. Al igual que Baroja, de quien le distanciaba un carácter opuesto, pero con quien siempre mantuvo una relación de amistad, ingresó en la Real Academia Española, en su caso en 1924 (Baroja lo hizo mucho más tarde, 1935). La obra azoriniana ejemplifica como ninguna otra en la historia de la literatura española aquello que señaló el conde de Buffon al afirmar que «el estilo es el hombre». Y es que, efectivamente, en ella se dan cita infinidad de temas que sólo tienen en común el lenguaje diáfano y aterciopelado de su autor. Pese a haber escrito un teatro experimental que no fue del gusto de la época y haber dejado varias novelas convertidas en clásicos, como las que conforman la trilogía protagonizada por Antonio Azorín (La voluntad, Antonio Azorín y Las confesiones de un pequeño filósofo), Martínez Ruiz fue, ante todo, lo que César González-Ruano hubiese llamado un «escritor en periódicos»: no un periodista al uso, en el sentido moderno y vulgar de la palabra, sino un escritor soberbio que nos dejó lo mejor de su obra en forma de artículos. De los más de cinco mil que escribió se nutrieron algunos de sus mejores libros, empezando por Los pueblos o La ruta de don Quijote, ambos de 1905, y continuando con Castilla (1912) o con la llamada tetralogía crítica, integrada por cuatro títulos —Lecturas españolas (1912), Clásicos y modernos (1913), Los valores literarios (1914) y Al margen de los clásicos (1915)— en los que su autor ofreció una interpretación original y renovadora del canon de nuestras letras.

El tercer componente de ese primigenio «Grupo de los tres» fue el vitoriano, de madre inglesa y padre cubano, Ramiro de Maeztu (1874-1936), quien, como sus dos compañeros, empezó leyendo a Marx y a Kropotkin en su juventud, durante su estancia juvenil en Cuba, para pasar de ahí a un combativo socialismo anticlerical que, a pesar de su fiereza, le duró muy poco. Fue precisamente en Londres, ciudad en el que ejerció como corresponsal para distintos periódicos, donde Maeztu empezó una evolución ideológica hacia la derecha que le llevaría primero a apoyar la dictadura de Primo de Rivera, quien le nombró embajador en Buenos Aires, y después, tras su vuelta a España en 1930, a posiciones claramente antiliberales y conservadoras. Durante la Segunda República fue diputado por Guipúzcoa del partido ultracatólico Renovación Española, lo que provocó que, al estallar la Guerra Civil, fuese detenido por un grupo de milicianos republicanos y fusilado, sin juicio previo, en el madrileño cementerio de Aravaca, el 31 de julio de 1936. El hecho de haber sido asesinado en estas circunstancias fue, quizá, lo que más daño ha hecho a la fama póstuma de su obra, perjudicada por la lectura ultraconservadora que de ella hicieron los intelectuales falangistas de la dictadura. De la producción del intelectual vasco, que es fundamentalmente periodística, más que libresca, sobresalen dos obras, muy alejadas en el tiempo y en su propósito. La primera es su tempranero ensayo Hacia otra España (1899), donde analizó con lucidez el desastre del 98 y propuso la necesidad de un giro de ciento ochenta grados para que el país cambiase su rumbo histórico y pudiese sobreponerse al fracaso. La segunda es Defensa de la hispanidad, un tratado inequívocamente propagandístico, de clara orientación conservadora, en el que preconizó la vuelta a la tradición católica, el autoritarismo político y el modelo imperial del Siglo de Oro, como ejemplo de los valores que hicieron grandes al país. De la lectura interesada de este libro, entre otras fuentes, obtendría el franquismo el principio sobre el cual se articuló su idea de España como unidad de destino indivisible, con una sola lengua y una religión.

En el último lugar de esta pequeña lista, last but not least, figura el gran poeta de la generación, el sevillano Antonio Machado (1875-1939), de cuyo fallecimiento se cumplieron ochenta años en 2019. Hombre sencillo y apacible, de talante socrático, la vida de Machado carece de sucesos extraordinarios. Como varios miembros del grupo, llegó a Madrid muy joven y frecuentó los cafés bohemios de la capital, muchas veces en compañía de su hermano, el también notable escritor noventayochista, Manuel Machado. Al tener únicamente el título de bachillerato, por no haber estudiado en la universidad (se licenció en 1917, a los cuarenta y dos años), optó por opositar a una cátedra de instituto que le llevó a Soria, donde fue profesor de francés durante unos años. En dicha ciudad castellana conoció a una adolescente de quince años, Leonor Izquierdo, con quien se casó cuando él ya tenía treinta y cuatro. Apenas un par de años después del matrimonio, Leonor enfermó y falleció, en lo que supuso, para el escritor, el episodio más triste de su existencia. Tras otra etapa en un instituto de la localidad andaluza de Baeza y un cambio de residencia a Segovia, donde vivió hasta 1934, se instaló definitivamente en Madrid, aunque el estallido de la Guerra Civil, en la que tomó parte por el bando republicano, le obligó a exiliarse, primero a Valencia y después a Barcelona, de donde pasó al pueblecito francés de Colliure, en el que falleció en febrero de 1939. Hombre humilde y solitario, alejado de los honores y de la vida literaria, experimentó una evolución ideológica que pasó del liberalismo reformista de su juventud, a unas ideas más radicales y revolucionarias, cercanas al socialismo obrerista durante el período de la República, cuando le preocupó especialmente la justicia social y los derechos de los trabajadores. Su primer libro de versos fue Soledades, publicado en 1903, con un estilo claramente modernista, pero atenuado por ese matiz intimista que Machado siempre imprimió a su poética. Cinco años después, en 1912, alcanzó el éxito con un libro, Campos de Castilla, en el que, sin abandonar el modernismo, su poesía adquirió un tono de mayor rigor y austeridad a la hora de describir el paisaje castellano y de ejercer una primera crítica social sobre la realidad española. Del resto de su poesía, ya menos conocida, destacan Nuevas canciones (1924) y La guerra (1937). Aunque escribió varias obras de teatro, en coautoría con su hermano, la otra gran obra maestra machadiana es su único libro en prosa: el fragmentario e inclasificable Juan de Mairena (1936), donde se recogen los pensamientos y enseñanzas de un apócrifo profesor que es, evidentemente, una contrafigura del propio Machado.

 

En los márgenes del canon

Hecho este repaso, sólo nos quedaría resolver una duda: ¿qué lugar ocupó Sorolla con respecto a este grupo de autores? ¿Formó parte activa de la generación del 98, como otros pintores de su época, o quedó al margen, como le sucedió a su gran amigo, el escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez? La pregunta no es fácil de responder, pero, para ello, nada mejor que recurrir al testimonio de algunos de los interesados. Lo primero que conviene decir es que una de las características de la generación del 98 fue, como ya he señalado, la variedad en el origen geográfico de sus miembros y, ligado a ella, el contraste que se estableció, desde el principio, entre lo que podríamos llamar el centro y la periferia o, dicho de otra manera, Castilla y el resto de territorios de la península, varios de los cuales poseían una lengua y una cultura propias, distintas a la castellana. En este sentido, ya en fecha tan temprana como el 1900, Azorín publicó un artículo sobre la oposición entre Cataluña y Castilla en el que establecía una sugerente dicotomía entre «hidalgos y ginoveses», en referencia a los castellanos y los catalanes. «Frente a Cataluña, regateadora del céntimo, sórdida, sin ideales, sin robustas tradiciones artísticas», decía un joven y provocador Martínez Ruiz, «está Castilla, pobre, dadivosa, soñadora, artística; frente al noble descuidado, el mercader cuidadoso; frente al hidalgo desprendido, el ginovés que lo explota y vilipendia» (Azorín, 1972: 181-182).

No fue el único en establecer esa división. En 1912, Unamuno publicó un conocido artículo en La Nación de Buenos Aires, titulado «De arte pictórica», en el que argumentó que, a su juicio, en la pintura española de principios del siglo xx había dos escuelas claramente diferenciadas: la vasco-castellana, donde incluyó a pintores como Juan Echevarría, Darío de Regoyos y, por encima del resto, a Ignacio de Zuloaga; y la valenciano-andaluza, para la que sólo citaba como ejemplo a un autor: Joaquín Sorolla. Frente a «la manera sobria, fuerte y austera» de la escuela vasco-castellana, la España pagana y progresista, «que quiere vivir y no pensar en la muerte», de la valenciano-andaluza. Dos estéticas para dos Españas, no sólo en lo pictórico, sino también en lo literario, pues «la España vista y sentida por Sorolla», concluía el intelectual vasco, «no es la vista y sentida por Zuloaga, como la España que mejor ha visto Blasco Ibáñez no es la de Baroja o la mía» (Unamuno, 1912). Y si Unamuno veía dos España, Valle-Inclán aún veía una tercera. O eso se desprende de un ensayo sobre pintura vasca, publicado por el gallego en 1919, en el que establecía una partición del país en tres regiones: la «región castellana», caracterizada por su «expresión mística», «de acabamiento» y «de cansancio»; la región de la cornisa cantábrica, que, frente a ese cansancio castellano, era una región joven y todavía por desarrollar, «impulsada por el logos espermático» y por la «razón regeneradora»; y, en tercer lugar, la costa mediterránea o «región levantina», que era la de Sorolla, a la que dedicaba críticas más ácidas, calificándola de «fenicia», «gitana», «falsa» y «poseedora de una ciencia engañosa» (Valle-Inclán, 1919: 4-7). Por último, y aunque no lo escribió él, en primera persona, Andrés Trapiello ha señalado que también Baroja estableció una línea divisoria entre el norte y el sur de España: entre «los que tenían ideas y los que no, las mentes especulativas y nórdicas y las otras, las mentalidades sarracenas y mediterráneas, partidarias de la horizontal y los fandangos (versión africana) o la mascletá (versión levantina)» (Trapiello, 1997: 140).