
¿Cuánto hay de verdad en la clásica cita de Oscar Wilde «la crítica es la única forma válida de autobiografía»?
Nadal Suau me propone participar en este dossier sobre la crítica literaria con una reflexión en torno a esta pregunta. Me asomo a las preguntas que ha planteado a otros participantes y maldigo mi suerte: hubiera preferido casi cualquier otra. Pero soy obediente y, en su día, el ejercicio de la crítica adiestró mi capacidad de adaptarme a lugares incómodos y pensar a contracorriente de mis propias inclinaciones.
Wilde no dice exactamente que la crítica sea «la única forma válida de autobiografía». Lo que dice, bastante más plausiblemente, es que la crítica es «la única forma civilizada de autobiografía» («It is the only civilised form of autobiography»), lo cual queda lejos de ser lo mismo. Lo dijo en un extenso ensayo en forma de diálogo socrático publicado en dos entregas en la revista The Nineteenth Century, en julio y septiembre de 1890. Poco después recogió este ensayo en su libro Intentions (1891), si bien bastante reelaborado y cambiándole el título, que en un principio era «Sobre la verdadera función y el valor de la crítica, con algunas observaciones sobre la importancia de no hacer nada» y que pasó a convertirse en «El crítico como artista».
Prefiero con mucho el primero de los dos títulos. El segundo sigue teniendo efectos disuasorios sobre mí, y fue la razón de que me asomara tarde y con desgana a este texto capital, que, pese a su estilo fatigosamente provocativo, y pese a poner en juego un montón de ideas que repudio (empezando por esa de equiparar al crítico con el artista), contiene algunos vislumbres enormemente penetrantes, sobre los que habría mucho que decir (pienso, sin ir más lejos, en eso de que «una época sin crítica es o bien una época en la que el arte es inmóvil y hierático, y está confinado a la reproducción de arquetipos formales, o una época sin arte»). Las cosas se estropean, sin embargo, cuando Wilde se enreda con lo de que «la crítica es, en sí misma, un arte», idea idiota y peligrosa que ha confundido a demasiados diletantes y que –sin perjuicio de que determinadas críticas puedan alcanzar ese dudoso estatuto– tiende a desactivar el principio mismo de la crítica, su «verdadera función» y su valor.
Pero cumplamos con los deberes. Repasando viejos papeles me sorprendo a mí mismo escribiendo hace ya mucho algo afín a lo que dice Wilde. Fue en la reseña que hice de El arte de la fuga, de Sergio Pitol, en 1997. Mi comentario empezaba con estas palabras: «Alcanzado un cierto nivel de cultura y de experiencia, la crítica literaria deviene un género autobiográfico». Poco más adelante añadía: «Alcanzado un cierto nivel de cultura y de experiencia, ya no es posible disociar un libro de la ciudad en que se leyó, aquella música conserva la edad que se tenía al oírla por vez primera, el recuerdo de aquel cuadro está ligado a la obsesión que desató». Palabras que glosaban de antemano éstas de Pitol en las páginas liminares de su libro: «Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios».
Considerada desde este punto de vista, la frase de Wilde, admitámoslo, adquiere el peso de una obviedad. En la medida en que uno es, por encima de tantas otras cosas, lector, su vida es, en buena parte, «los libros que ha leído», en efecto. La memoria de lo vivido y la memoria de lo leído se imbrican, qué duda cabe, y se vuelve cada vez más difícil disociarlas. Ahora bien, ¿qué demonios tiene esto que ver con la crítica propiamente dicha? ¿No es la función de ésta esclarecer su objeto, antes que al sujeto que la sustenta? Que la memoria ilumine con luces particulares un libro, o que un libro sirva para desentrañar aspectos o circunstancias de una vida determinada, son cosas que pueden dar lugar a experiencias y a textos reveladores, quizá importantes. Pero repito: ¿qué tiene esto que ver con la crítica?
La frase de Wilde la pronuncia el pedante y relamido míster Gilbert en medio de un diálogo en el que sostiene que «la crítica más elevada consiste en el registro de la propia alma». «Siempre me ha divertido esa tonta vanidad de los escritores y artistas de nuestro tiempo que parecen imaginar que la función primordial del crítico es parlotear sobre sus obras de segunda categoría», declara displicentemente Gilbert. Para él, tales obras son sólo el pretexto del que se sirve el crítico para sondear «los estados de ánimo espirituales y las pasiones imaginativas» de su propia inteligencia. Según él, «la forma más perfecta de la crítica es puramente subjetiva y busca revelar su propio secreto y no uno ajeno, pues la crítica más elevada trata del arte no como algo expresivo sino puramente emocional».
Confío en que ningún lector se deje seducir –mucho menos escandalizar– por estas estentóreas palabras, que, pese a su vacuidad, abren el camino a algunas ideas menos arrogantes que sí merecen atención, como la de que «el crítico sólo puede interpretar la personalidad y la obra de otros acentuando su propia personalidad; cuanto más intervenga ésta en su interpretación, tanto más real, satisfactoria, convincente y auténtica será dicha interpretación».
Se insinúa aquí una perspectiva interesante, a la que como crítico di en su momento no pocas vueltas. Me refiero ahora a la intromisión del yo en el juicio crítico, al mayor o menor énfasis que cabe poner en la propia subjetividad.
No había cumplido aún los treinta años cuando comencé a publicar regularmente reseñas en un suplemento literario de cierta influencia (el del diario El País, que por entonces aún no se llamaba Babelia). Recuerdo bien haber deliberado conmigo mismo qué persona verbal me convenía emplear, decantándome finalmente por una voz impersonal, de la que proscribí radicalmente el yo. En otro lugar he explicado las razones de esta decisión: tenían que ver con una cuestión cardinal en la crítica, la de la autoridad. ¿Quién iba a prestar oído –me decía yo– a un mindundi de apenas treinta años que, sin acreditación de ningún tipo, se pone de pronto a emitir sus juicios sobre este y aquel libro? Mi estrategia consistió en soslayar el problema construyendo una máscara retórica que emitiera esos juicios desde una especie de tribuna a oscuras, dando las menos pistas posibles sobre quién era yo.
El estilo impersonal contribuía a impostar esa autoridad que yo buscaba, y me forzaba, además, a reprimir el sesgo impresionista. Pero había otra razón más profunda para evitar la primera persona. Tenía que ver con mi convicción de que la crítica no es opinión. O no exactamente. No puede serlo cuando se postula a sí misma –como en el caso de la crítica periodística– como una especie de servicio público, atento a la necesidad de orientación que precisa un lector cualquiera para abrirse camino entre la confusa e inabarcable oferta de novedades. La opinión debe entonces quedar sometida a algo más amplio, más objetivo y –hasta donde sea posible– más representativo que el propio gusto, por muy educado que este sea. Digamos: un criterio.
Sustraer el yo en mis reseñas constituía una manera de negar, o de al menos cuestionar, que fueran opiniones. No lo eran, al menos a mis ojos. ¿Qué eran entonces? A la vista estaba: reseñas, crítica. Creo que era Roberto Calasso quien, refiriéndose a las opiniones, decía que son predicados que llevan siempre impresa «la huella dactilar del yo». Resuelto a borrar esa huella, me empeñaba yo en prescindir de la primera persona, y con ella de todo énfasis o clave autorreferencial.
Pero he subrayado ya eso otro que dice Gilbert, lo de que «el crítico sólo puede interpretar la personalidad y la obra de otros acentuando su propia personalidad». Me pregunto ahora, después de tantos años, si esta premisa choca tan frontalmente como yo pensaba con mi concepción de la crítica. Me pregunto también si es incompatible con mi vieja determinación de sustraerme del yo en mis reseñas. Y me respondo en los dos casos que no, por contradictorio que pueda parecer de buenas a primeras. No, al menos, en la medida en que los materiales con que el crítico construye su criterio, su «visión organizadora» (George Steiner), no dejan de ser los mismos, en definitiva, que aquellos con que viene construyéndose su propia personalidad.
No trato de salirme por la tangente. Volveré aún sobre esto. Ahora me importa aclarar que lo de optar por una voz impersonal fue una decisión coyuntural, que me sirvió para emprender y trazar, en una época y en unas circunstancias concretas, mi propio recorrido como crítico, lo cual no implica que yo piense, ni mucho menos, que el lenguaje de la crítica, aun si quiere –como era mi caso– marcar distancias con la simple opinión, deba ser necesariamente impersonal. En absoluto. Poner el yo en juego puede resultar tanto o más eficaz que no hacerlo; depende del momento, y mi impresión es que en todo este tiempo las cosas se han movido en una dirección que hace más recomendable, de hecho, apostar por lo primero. No hace falta recordar las transformaciones que en las tres últimas décadas ha supuesto para el periodismo la revolución digital, y en qué medida han afectado al estatuto mismo de la crítica, a su papel e influencia. La crítica no ha dejado de buscar nuevos alojamientos ni de ensayar nuevos lenguajes y formatos, y, en su inmensa mayoría, estos apuntan en dirección a una cada vez más pronunciada horizontalidad en las relaciones entre crítico y lector. Esta horizontalidad no deshace las diferencias entre los modos tan distintos en que leen, pero cuestiona y rebaja cualquier ademán de autoridad y privilegia, en cambio, la desinhibición, la confidencia.
Pero reparo en que me he ido apartando gradualmente del asunto inicial, sobre el que sólo indirectamente inciden las cuestiones que vengo trayendo a colación, al hilo de mi propia experiencia. Volvamos a la pregunta del millón: ¿cuánto hay de verdad en la clásica cita de Oscar Wilde «la crítica es la única forma civilizada de autobiografía»?
De pronto reparo en que el peso de la frase recae en el segundo de los dos términos puestos en relación: la autobiografía. Por lo que a la crítica toca, la sentencia no es excluyente: no impide pensar que la crítica sea, además, otras cosas. Lo que restringe, de hecho, es la posibilidad de que una autobiografía pueda ser «civilizada» sin practicar la crítica. Pero ¿alguien sabe qué alcance tiene aquí el término «civilizada», ya sea referido a la crítica o a la autobiografía? Parece evidente que ha sido empleado con intención irónica, a efectos de redondear brillantemente lo que tiene todos los visos de ser una típica boutade.
Vayamos al contexto particular de la frase: «Porque la crítica elevada es, en realidad, el relato de un alma. Es más fascinante que la Historia, porque tan sólo trata de ella misma. Es más atractiva que la Filosofía, porque su tema es concreto y no abstracto, real y no vago. Es la única forma civilizada de autobiografía, porque se ocupa no de los acontecimientos, sino de los pensamientos de la vida de un ser; no de las contingencias de la vida física, sino de los estados de ánimo espirituales y las pasiones imaginativas de su propia inteligencia».
Ya he dado a entender que toda esta cháchara es, a mi juicio, un disparate, puro humo. No sirve de ninguna manera para caracterizar a la crítica ni cosa que se le parezca. ¡El relato de un alma! Me cuesta imaginarme a mí mismo, con treinta años, sentado frente al teclado y preguntándome cómo demonios embutir mi estado de ánimo espiritual en la reseña que me encargaron hacer de las dos novelas que ese año habían obtenido el premio Planeta: El manuscrito carmesí de Antonio Gala y El camino del corazón de Fernando Sánchez Dragó. Pero, de habérmelo propuesto, y aun si lo hubiera conseguido, me cuesta aún más pensar a qué tipo de lector le podría interesar.
Bromeo, claro está. Oscar Wilde –o su contrafigura, Gilbert– era cualquier cosa menos tonto. Cabe matizar sus palabras observando, en primer lugar, que el reseñismo es un género menor –bastardo– de la crítica, y que es de esta última, en sus más elevadas manifestaciones, de la que habla Gilbert. ¿Y cuáles serían sus más elevadas manifestaciones? Según Wilde, aquellas en que la crítica, en cualquiera de sus modalidades, alcanza la condición de arte.
Recordemos que él habla del crítico como artista. Es obvio que, si le reconozco al crítico la condición de artista, es más probable que me interese por el relato de su alma. Pero ¿alguien puede nombrar a un solo artista que se haya acreditado como tal escribiendo únicamente críticas? Yo no. Mucho más fácil es pensar en artistas –bastantes– que se han acreditado, además, como críticos eminentes. En tales casos sí cabe acudir a sus críticas en busca de cualquier pista sobre su «alma», desentendiéndose incluso, como sugiere Wilde, de la obra de la que eventualmente se ocupan. Pero, tan pronto hacemos esto, admitámoslo, se diluye la sustancia misma de que está hecha la crítica.
Si alguna verdad contiene la cita de Wilde, esa verdad, me temo, nada dice de la crítica, sino del crítico y de su experiencia en cuanto tal. Remite esa verdad a lo que cabría entender por dimensión épica de la crítica, esa acumulación y fermentación de lecturas que forjan al mismo tiempo la vida y el criterio del crítico, una y otro nutriéndose mutuamente
Uno es, en efecto, los libros que ha leído. Si su simple recuento ya es capaz de dibujar, por sí solo, nuestro itinerario vital e intelectual, el añadido de los comentarios y juicios que en su momento nos merecieron confiere a ese itinerario una aleccionadora densidad, razón por la que toda suma crítica que abarca un número considerable de años se convierte, sí, retrospectivamente considerada, en una sesgada autobiografía. No es extraño entonces que, a medida que envejece, el crítico, como ya he dicho, movilice indistintamente datos y argumentos de su memoria como persona, y no sólo como lector. Pues toda lectura se hace en palimpsesto de lecturas anteriores, cada una de las cuales constituye una experiencia tanto más profunda en cuanto ha sido, por virtud de la crítica, analizada y elaborada. Por lo demás, en la medida en que, con el tiempo, ha alcanzado cierta notoriedad y predicamento, la personalidad del crítico puede por sí misma suscitar cierta curiosidad, y él mismo aventurarse a escribir su autobiografía, como en los casos de George Steiner, de Terry Eagleton, de Marcel Reich-Ranicki, por poner algunos ejemplos conspicuos. Lo hará, en cualquier caso, bajo la sospecha de que bastante más interés reúne la colección de sus críticas. Por seguir con Steiner, la lectura de Errata. Examen de una vida no deja de ser, en definitiva, una suerte de epílogo a Un lector, amplia selección que él mismo hizo de sus trabajos.
Decía Roland Barthes, al frente de sus Escritos críticos (otra selección de trabajos), que «el crítico es un afásico del yo». Que lo que caracteriza su proceder es «una práctica secreta de lo indirecto». Sólo por medio del comentario acierta el crítico a «descubrirse», siempre a través del discurso sobre otro, y no sobre sí mismo. Puede que por eso la crítica sea para él –para el crítico genuino– no tanto la única forma válida –o civilizada– de autobiografía como la única posible.
