Esta presencia de la cultura española republicana marcó los primeros años del Colegio de México y de un catálogo del FCE que, a partir de la década de los cuarenta, viró de forma clara y decidida hacia el ámbito del americanismo, en una maniobra en la que destacan la creación en 1942 de la revista Cuadernos Americanos, y la puesta en marcha en 1945 de dos de las colecciones más emblemáticas del FCE, «Tierra Firme» y «Biblioteca Americana», con las que se pretendía crear un espacio de diálogo y debate para los problemas que afectaban a las distintas realidades nacionales de todo el continente. Y todo ello en medio de un proceso de expansión y alianzas intelectuales con otros países iberoamericanos puesto en marcha por Cosío Villegas, que se tradujo también en la apertura de la primera sede de la editorial en Argentina (1945). Precisamente en Argentina encontró FCE a la persona que iba a relevar a Cosío Villegas en la dirección de la editorial y que iba a protagonizar, como ha sido reconocido de forma unánime, su etapa de mayor esplendor y desarrollo. Arnaldo Orfila Reynal (1897-1997), Doctor en Ciencias Químicas por la Universidad Nacional de La Plata, asumió la dirección del FCE en 1948 y se mantuvo en el cargo hasta 1965, cuando fue forzado a dimitir tras la llegada a la presidencia de México, un año antes, del conservador Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970), y la publicación de algunos libros –se suele citar el caso de Los hijos de Sánchez (1961), del antropólogo estadounidense Oscar Lewis– cuyo sesgo ideológico (Orfila había apoyado públicamente la Revolución Cubana de 1959 y había mostrado su compromiso con la literatura insurgente y revolucionaria) incomodó a la nueva intelectualidad dominante en el país. Mientras estuvo en el cargo, eso sí, Orfila apostó por la consolidación de la literatura mexicana (creó la colección Letras Mexicanas, donde se publicó a Octavio Paz, Juan Rulfo y Carlos Fuentes, entre otros) y por la apertura de la editorial desde el ámbito más estrictamente académico a otro más popular que hiciese llegar sus libros al más amplio espectro posible de lectores (para ello se crearon dos colecciones míticas como Popular y Breviarios).
La salida de Orfila Reynal, que pocos meses después de su dimisión fundó la editorial Siglo XXI, cerró la etapa dorada del FCE y abrió un período en el que proliferaron varias editoriales (Joaquín Mortiz, Era o la propia Siglo XXI) que, por primera vez en muchos años, rompieron el aparente monopolio del FCE y, sin cuestionar en ningún momento su hegemonía, sí propiciaron una apertura del mercado editorial mexicano. Ya en los años ochenta, el FCE recuperó el prestigio perdido durante este período de transición y se consolidó como uno de los principales grupos editoriales en lengua española, con una potente red de filiales y librerías en la mayoría de países hispanohablantes, y con un catálogo amplísimo en el que conviven las colecciones clásicas con otras de más reciente creación. Desde el punto de vista de su trayectoria, y como ha señalado Víctor Díaz Arciniega, si algo destaca en la historia del FCE, además de esa vocación transnacional y americanista a la que ya me he referido, es la capacidad que tuvo en sus orígenes para unir lo mejor de ambos mundos a través de ese enriquecedor diálogo entre los exiliados de un país que expulsaba a su cultura y los jóvenes intelectuales de otro que apenas empezaba a crear la suya: «La estructura básica del FCE está asentada en la virtual confluencia de dos historias y propósitos convergentes, pese a sus orígenes y dimensiones: la Revolución Mexicana y la República Española o, si se quiere, en una sola tarea común, clásica, humanística» (Díaz Arciniega, 1994, 80).
Dejando al margen el caso del FCE, cuya peculiaridad ya he reseñado, la primera gran editorial vinculada al exilio español fue la Unión Tipográfica Editorial Hispano-Americana (UTEHA) (1937-1977), fundada en 1937, en Ciudad de México, por José María González Porto (1895-1975), un gallego que primero había emigrado a Cuba por razones económicas y que ya tenía experiencia como librero y editor, puesto que había trabajado para la empresa catalana Montaner y Simón, y en 1933 había fundado una pequeña editorial que llevaba su nombre. El éxito de esta última iniciativa le granjeó un prestigio dentro del sector que supo aprovechar para levantar la UTEHA con la ayuda de varios exiliados políticos entre los que destaca, por la labor que desarrolló, el ingeniero industrial catalán Estanislau Ruiz Ponsetí (1889-1967), quien ya poseía una importante experiencia (había trabajado en la editorial Gustavo Gili) y asumió el cargo de gerente de la empresa. El buen hacer del equipo liderado por González Porto hizo que pocos años después de su fundación, UTEHA se hubiese consolidado como una de las editoriales más importantes del país, lo que le permitió iniciar un proceso de expansión a través de la creación de una amplia red de librerías y del establecimiento de sucursales en España, Portugal y varios países de Iberoamérica. Con respecto a su catálogo, publicó distintas colecciones de temática variada, nutridas fundamentalmente de obras de prestigio internacional que fueron traducidas al castellano por los exiliados. Ahora bien, el proyecto de mayor envergadura y el que más y mejor reflejó la calidad –tanto en contenido, como en la forma– y el espíritu de UTEHA fue el Diccionario Enciclopédico UTEHA, una obra monumental (doce volúmenes, trece mil páginas, más de quinientas mil entradas), publicada entre 1949 y 1964, y redactada por cerca de tres mil especialistas, en lo que supone uno de los hitos de la labor cultural emprendida por la intelectualidad española en el exilio.
Igualmente temprano fue el nacimiento de la editorial Atlante (1939-1959), fundada originalmente en la sede del Consulado de México en París, y luego trasladada a Ciudad de México, de la mano del ya citado Ruiz Ponsetí y del economista zaragozano Manuel Sánchez Sarto (1897-1980), quien ya había trabajado en España como director de la editorial Labor. A ellos se sumaron después varios catedráticos y científicos de prestigio vinculados al PSUC (Partido Socialista Unificado de Catalunya), cuya aportación económica fue fundamental a la hora de poner en marcha la editorial, y a otras organizaciones y partidos de la izquierda republicana y comunista, como el profesor riojano Leonardo Martín Echeverría (1894-1958) o el editor catalán Joan Grijalbo, que empezó en Atlante como administrador y acabó haciéndose con el control de la empresa durante sus últimos años de actividad, en lo que se puede considerar como el primer paso para la futura creación de la editorial Grijalbo. A diferencia de la UTEHA, cuyo catálogo fue más ecléctico, las publicaciones de Atlante se centraron de forma monográfica en la filosofía (editaron títulos tan llamativos como la primera edición del famoso Diccionario de filosofía de José Ferrater Mora, en 1941) y, sobre todo, en el ámbito científico-técnico y educativo, entendiendo estos en un sentido amplio que iba desde lo más académico u ortodoxo (destaca la publicación de Ciencia: revista hispanoamericana de ciencias puras y aplicadas, principal portavoz de la ciencia española en el exilio, de la que aparecieron veintinueve números entre 1940 y 1975), hasta textos de divulgación y síntesis históricas, muchas de las cuales fueron traducidas por primera vez al castellano. Pese a sus dificultades para sobrevivir, la editorial se mantuvo en pie durante dos décadas, en las que dio a la imprenta un total de más de setenta títulos.
Siguiendo un orden cronológico, la siguiente editorial fundada por los exiliados españoles en México fue la editorial Séneca (1940-1948), un sello auspiciado por la Junta de Cultura Española, creada por los exiliados de la guerra en París y trasladada, posteriormente, a tierras mexicanas. Al igual que la revista España Peregrina, fundada por el escritor madrileño José Bergamín (1895-1983) pocos meses antes en el seno de la misma institución, Séneca nació con el inequívoco objetivo de dedicar su catálogo a la defensa de los valores y la tradición cultural republicana. Bajo la dirección técnica de Bergamín, y con el apoyo económico y logístico del SERE (Servicio de Evacuación de los Republicanos Españoles), impulsado por el presidente de la República en el exilio, Juan Negrín, la editorial ofreció muy pronto sus primeros frutos: nada más y nada menos que la edición de las primeras Obras completas (1940) de Antonio Machado y la primera edición de Poeta en Nueva York (1940), de Federico García Lorca, dentro de una colección –Árbol– en la que también aparecieron títulos de Luis Cernuda, Pablo Neruda, Pedro Salinas o el propio Bergamín. Además de esta colección, quizá la más significativa, Séneca editó también a varios autores clásicos (Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Baltasar Gracián) dentro de su colección Laberinto, y dedicó otra serie, titulada Lucero, a albergar a jóvenes autores contemporáneos, españoles e iberoamericanos de la talla de Rafael Alberti, César Vallejo y Octavio Paz, por citar sólo algunos.