En definitiva, y como él mismo reconoció en una entrevista concedida hacia el final de su vida, López Llausàs tuvo la suerte de llegar a Argentina en el momento justo en el que el mercado editorial del país comenzaba a expandirse y en el que, si sabía aprovechar la oportunidad, un hombre con su visión del negocio y su capacidad de trabajo podía triunfar perfectamente, como así sucedió:
«Fui con Gaziel, que había tenido que dejar también la dirección de La Vanguardia, a hacer y a vender libros. Toda la vida recordaré que Gaziel, al atravesar en tren la selva colombiana y ver aquellas cabañas de indios colgando de los árboles, exclamó, espantado: “Escolteu, López, aquí hem vingut a vendre llibres? Si en sortim vius ja farem prou!…”. Y el azar me llevó a la Argentina, donde no hay indios sino gauchos, a los cuales he vendido centenares de miles de libros de los mil quinientos títulos que he publicado en Editorial Sudamericana, en mis treinta años de dirigirla. La Argentina y los argentinos confieso que me han proporcionado muchas satisfacciones y que me han permitido trabajar a gusto, que es lo único que sé hacer» (Porcel, 1970, 43).
La última editorial argentina directamente vinculada con el exilio español es Emecé Editores, fundada en Buenos Aires, en 1939, por el gallego exiliado a Argentina Mariano Medina del Río, con la colaboración del catedrático y escritor Álvaro de las Casas Blanco (1901-1950), y gracias a la aportación económica de la familia Braun Menéndez, cuyo hijo Carlos había sido compañero de estudios del primero. De la unión de las iniciales de los cuatro nombres (Mariano y Carlos, Medina y Casas) nacieron las siglas de la editorial, Emecé (Sánchez Illán, 2015, 569). Aunque durante una primera etapa se dedicó a publicar libros relacionados con Galicia y su cultura, la incorporación a la empresa del abogado argentino Bonifacio del Carril, en 1947, dio un giro radical a un catálogo en el que muy pronto aparecieron los bestsellers extranjeros y éxitos locales que se convertirían en la marca de la casa. Entre los primeros, destacan por encima del resto las primeras ediciones en español de El extranjero (1948), de Albert Camus, Los idus de marzo (1948), de Thornton Wilder, y El principito (1951) de Antoine de Saint-Exupéry, a las que luego se sumaron títulos de Kafka, Faulkner, Moravia o Hemingway. Con respecto a la literatura nacional argentina, Emecé tuvo el inmenso acierto de publicar en 1951 La muerte y la brújula, de Jorge Luis Borges (que ya colaboraba con la editorial desde 1943); obra con la que la editorial «da inicio a la publicación sistemática del autor argentino que el sello suele exhibir con orgullo» (De Diego, 2006, 98).
A esta «edad de oro» de la industria editorial argentina le sucede una etapa de unos veinte años, entre mediados de los cincuenta y mediados de los setenta, en la que se produce una consolidación del sector a través de la aparición de nuevas editoriales que ya no tienen ninguna relación con el fenómeno del exilio español, sino que nacen desde la propia sociedad argentina, como una respuesta a demandas específicas del mercado nacional y de un público lector cada vez más amplio. La primera de estas editoriales es Eudeba (Editorial Universitaria de Buenos Aires), fundada en 1958 por iniciativa del filósofo y antropólogo Risieri Frondizi (1910-1985), por entonces rector de la Universidad de Buenos Aires, quien consideró la necesidad de dotar a la institución de una potente editorial y, con ese propósito, contrató a Arnaldo Orfila Reynal (todavía director del FCE) para que diseñara la estructura que debía tener el proyecto. Durante unos meses de dedicación, Orfila trazó esas líneas maestras y en junio de 1958 propuso para el cargo de director al editor porteño Boris Spivacow (1915-1994), quien estuvo al frente del sello durante unos primeros años en los que Eudeba se convirtió en una de las editoriales más prestigiosas de Iberoamérica.
Bajo el lema «Libros para todos», Spivacow puso en marcha una editorial que, desde sus inicios, se separó claramente del resto de editoriales universitarias que solamente publicaban libros de investigación o eruditos destinados al consumo interno de sus instituciones. Eudeba fue más allá y, sin descuidar la edición de manuales y monografías, dentro de su colección Temas de Eudeba apostó también por la divulgación universitaria a través de colecciones como Cuadernos, en la que se tradujeron muchos títulos de la célebre colección Que Sais-je, editada por Presses Universitaires de France, y otras como Lectores de Eudeba, Ediciones Críticas o Arte para todos, con las que se pretendió ir más allá del ámbito estrictamente académico para ofrecer productos rigurosos y de calidad que satisficieran la sed de saber de unas clases medias cada vez más interesadas en la cultura. De forma complementaria, el otro gran acierto de la editorial fue crear una amplia red de distribuidores locales y regionales que posibilitó que su excelente y variado catálogo llegase a cada rincón del país donde hubiese un lector. Como ha explicado Amelia Aguado, «la mayor innovación de Eudeba fue su sistema de distribución. Los quioscos de Eudeba estaban instalados en lugares estratégicos: en las facultades de todas las universidades del país, en las estaciones de trenes y subterráneos, en la calle. Y no sólo en Argentina, sino también en el resto de América Latina» (Aguado, 2006, 150).
El 3 de agosto de 1966, después de ocho años de intenso trabajo en los que se dice que Eudeba había publicado un título por día y nada menos que once millones de ejemplares, el golpe militar liderado por el general Juan Carlos Onganía (1966-1970) y la posterior intervención de las universidades del país forzó la dimisión de Spivacow y su equipo, con lo que se cerraba la etapa sin duda más brillante en la historia de la editorial. Durante los años siguientes, la inestabilidad política del país y los cambios en la orientación ideológica de las personas que estuvieron al frente de Eudeba hicieron que el proyecto decayera considerablemente. El golpe militar de marzo de 1976 supuso un nuevo revés para el proyecto y la ruptura definitiva con el espíritu que había animado la empresa; a partir de ese momento, «la producción se limita prácticamente a la reedición de libros teóricos universitarios y algunas colecciones “neutras” en lo político: de hecho, se abandona la aspiración de producir “Libros para todos”» (Aguado, 2006, 151).
A los pocos días de salir de Eudeba, Spivacow y su grupo emprenden la aventura de fundar una nueva editorial, el Centro Editor de América Latina (CEAL) (1966-1995), que es, en buena medida, continuación del proyecto desarrollado en la primera. Como ya había hecho en Eudeba, Spivacow arranca esta nueva andadura con la premisa de encontrar un buen canal de distribución que permitiese a sus libros llegar donde otros no lo hacían. Con ese fin, lo primero que hace es firmar un acuerdo con la Cooperativa de Vendedores de Diarios, Revistas y Afines, dueña del monopolio de la distribución de prensa en el país, lo que le permite distribuir su producción en todos los quioscos de la calle, no sólo en Argentina, sino también en las grandes capitales de América Latina. Esta decisión marcó, de alguna manera, la apuesta de CEAL por un formato de edición, el fascículo, que ya había triunfado en Europa y Estados Unidos, pero que en América Latina todavía era minoritario. Gracias a la publicación por entregas, editó obras de gran formato que se vendían por capítulos en los quioscos y que, de otra manera, no hubiesen estado nunca al alcance del público debido a su precio. En muy poco tiempo, la editorial multiplicó el número de sus colecciones y bajo el lema «Más libros para más» (continuación del «Libros para todos»), practicó la misma política editorial que tanto éxito había proporcionado a Eudeba: «Un ritmo de producción incesante, sin desmedro de la calidad, un cuidado obsesivo en lograr el menor coste posible, la representación de orientaciones ideológicas diferentes y la presencia de temas atractivos para públicos diversos» (Aguado, 2006, 155). Quizá la diferencia más notable con el proyecto de Eudeba es que CEAL no apostó tanto por los textos universitarios y las traducciones de autores extranjeros y, en cambio, si concedió una mayor atención a la producción original sobre temáticas argentinas y latinoamericanas.
Al igual que había sucedido con Eudeba, la editorial se vio afectada por las turbulencias políticas del país, sobre todo a partir de la represión desatada tras el golpe de 1976 y de la censura a la cultura que impuso el gobierno de Jorge Rafael Videla (1976-1981). De hecho, uno de los episodios más tristes y recordados de dicha política afectó directamente a CEAL, cuando el juez Gustavo de la Serna decretó la destrucción de un millón y medio de ejemplares editados por el Centro, que primero fueron requisados del almacén de la editorial y luego quemados, en 1980. Pese a estas dificultades, CEAL ha quedado en la historia de la edición argentina moderna como uno de sus hitos porque, entre 1966 (fecha de fundación de la editorial) y 1995 (fecha de su cierre, tras la muerte en 1994 de Spivacow), logró publicar casi cinco mil títulos, reunidos en un total de setenta y siete colecciones. Como dice José Luis de Diego, Eudeba y CEAL «marcaron una época en la que eran posibles emprendimientos editoriales que atendieron más a la cultura que al dinero, y en la que confluyeron una generación de intelectuales comprometidos con los proyectos y una buena parte de la clase media en ascenso que encontró en aquellos libros los instrumentos más idóneos para su formación» (De Diego, 2010, 51).