Como balance de este período que abarca las décadas centrales del siglo xx, se puede decir que el desarrollo de la edición en Argentina viene marcado por una paradoja consistente en que el auge de esa «época de oro», favorecido por la debacle del sector en España después de la guerra y por el hecho de que en México todavía no existía un sector potente, no vino acompañado de la consolidación de un mercado propio dentro del país, sino que se apoyó fundamentalmente en el mercado externo. Por el contrario, cuando ese mercado se empezó a cerrar, gracias a la recuperación de la edición española1 y al auge de la mexicana, fue precisamente la demanda interna lo que posibilitó la consolidación de una industria editorial nacional. Si durante la época dorada se produjo «un floreciente despegue en lo cuantitativo y un impacto débil en la consolidación de un campo cultural y literario propio», a partir de los años sesenta, y en virtud de esas variables ya señaladas, «esa relación se invierte» (De Diego, 2010, 48).

En el período que media entre 1976 y 1989, la industria editorial argentina entra en crisis, debido a la inestabilidad política del país y a una coyuntura económica nada favorable. Durante el llamado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983), la dictadura de general Videla aplicó una política cultural caracterizada por la represión y la censura, tanto a nivel público (leyes, decretos, persecuciones, etcétera), como en el ámbito de la ilegalidad y el uso de los mecanismos de poder del Estado. Desde el punto de vista del mundo editorial, la dictadura supuso el fin de una de «primavera cultural» que había posibilitado que, a la altura de 1974, y gracias a ese auge del mercado interno, el número de ejemplares editados hubiese alcanzado los niveles de aquellos años en los que Argentina había sido el principal exportador de libros en todo el ámbito hispanohablante (De Diego, 2010, 51). En este sentido, no es casualidad que sea durante esta etapa cuando se produzca la desaparición de varias editoriales acusadas por la censura y el declive de otras como Sudamericana, que había alcanzado su apogeo en la década de los sesenta, y que tras el golpe militar vio como dos de sus autores de referencia –Julio Cortázar y Manuel Puig– eran prohibidos o «desaconsejados», mientras que alguno como Ernesto Sábado dejaba de escribir novelas y otros abandonaban su catálogo (De Diego, 2006ª, 174). Con la llegada de la democracia al país y la presidencia de Raúl Alfonsín (1983-1989), se abrió una etapa de regeneración para Argentina que hizo creer en una posible reconstrucción del campo cultural, aunque también de polémicas muy intensas entre los intelectuales que se habían exiliado y los que habían permanecido en el país. Quizá lo más destacado del lustro fue «la labor realizada por dos editoriales [Bruguera y Legasa] con sede en España, pero que prestaron especial interés a la producción de los escritores argentinos exiliados» (De Diego, 2006ª, 181), y la alianza de Sudamericana con la editorial Planeta en 1984, que posibilitó la reedición de autores argentinos (además de Córtazar, Ricardo Piglia, Leopoldo Marechal o Eduardo Mallea) y prefiguró esa política de fusiones y absorciones de empresas editoriales que se consolidó en los años noventa.

 

CONCENTRACIÓN Y GLOBALIZACIÓN DEL SECTOR: HACIA UN NUEVO PARADIGMA

Durante los últimos veinticinco años, la industria del libro en español ha estado dominada por un imparable proceso de concentración editorial en el que los grandes grupos han ido absorbiendo o integrando a editoriales de tamaño pequeño o medio que, o bien han desaparecido, o bien han pasado a formar parte de empresas multinacionales que, en el contexto de una economía globalizada, han propiciado un cambio de paradigma en el sector. Como ha sintetizado con acierto Malena Botto, dicha política se caracteriza por una serie de comportamientos entre los que destacan: la pretensión de convertir el libro en un «bien cultural», en el sentido de convertirlo en un «producto para la acumulación irreflexiva o el consumo inmediato»; la reducción drástica de las tiradas (con la excepción de los bestsellers), con el objetivo de limitar pérdidas y segmentar la demanda para adaptarla al mercado globalizado; una política invasiva que pretende desplazar a otros sellos de las librerías, monopolizando la promoción en los medios de comunicación y vendiendo libros en espacios aparentemente hostiles (los supermercados, por ejemplo) que han perjudicado, fundamentalmente, a la figura del librero; y la desaparición de lo que podríamos llamar el «catálogo de fondo» (cuando se agota un libro, rara vez se reimprime). Junto a estas medidas, conviene destacar también la atención que han dedicado estos grandes grupos al libro de bolsillo (cada uno de ellos ha creado una o varias editoriales dedicadas, exclusivamente, a este formato) y el hecho de que, con honrosas excepciones, casi nunca apuestan por autores jóvenes o desconocidos, sino que su nutren de autores consagrados que tengan como aval algún éxito comercial (Botto, 2006, 214-219).

Durante los años noventa y dos mil, la mayor parte de editoriales surgidas en México y Argentina, dominadoras del mercado editorial en español durante varias décadas, han pasado a formar parte de alguna de esas grandes corporaciones. Entre 1989 y 1991, y dentro de esta tendencia general, Joan Grijalbo vendió el cien por cien de sus acciones al grupo italiano Mondadori, dando lugar con ello a la aparición del grupo Grijalbo-Mondadori que, a su vez, después fue absorbido por la alemana Random House. Ya en 2012, y siguiendo con ese proceso de concentración, Random House Mondadori (perteneciente a la multinacional alemana Bertelsmann AG) adquirió la inglesa Penguin y un año después creó el macrogrupo Penguin Random House. En el caso de Sudamericana, que en 1984 había iniciado una sociedad con Planeta, durante los noventa disolvió esa unión y terminó integrándose en la propia Random House Mondadori en 1998, donde pasó a ser un sello más dentro de un conglomerado que agrupa nombres como Lumen, Debate o Plaza y Janés, entre otros muchos. Por su parte, el Grupo Planeta, del que hoy forman parte editoriales como Seix Barral, Ariel, Crítica, Destino o Temas de Hoy, en 1985 adquirió la editorial mexicana Joaquín Mortiz, en 1992 invirtió en torno a diez mil millones de pesetas en la compra de Espasa Calpe, en el año 2000 compró Emecé y en 2003 hizo lo mismo con la también argentina Ediciones Paidós.

Evidentemente, la venta de todas estas editoriales ha tenido un impacto negativo en la industria editorial mexicana y argentina, que ha visto cómo la labor de tantos años de trabajo ha quedado en manos de empresas y grupos multinacionales de capital extranjero. Por buscar la parte positiva, esta concentración ha dejado un vacío que ha sido parcialmente cubierto por una serie de pequeñas editoriales independientes que, con mucho esfuerzo y escasos recursos, han mantenido una intensa actividad que ha servido para evitar la muerte de la edición puramente nacional. Así ha sucedido, sobre todo, en el caso de Argentina, donde han aparecido editoriales como Beatriz Viterbo, Adriana Hidalgo Editora, Paradiso, Simurg o Bajo la Luna, por citar las más destacadas. En el caso de México, la situación es distinta porque el panorama sigue dominado por la preeminencia del Fondo de Cultura Económica y, dentro de la edición académica o universitaria, de Ediciones de la Universidad Autónoma de México. No obstante, sellos como Siglo XXI (que en 2011 se constituyó en un grupo con sede en México, pero del que también forman parte Siglo XXI de Argentina y la editorial española Anthropos), Ediciones Era, Ediciones Trilce o, más recientemente, Sexto Piso y Vaso Roto Ediciones, ambas con sede también en España, han aportado color y frescura a un panorama diverso y en continua evolución.

Al margen de lo que pueda suceder en el futuro, lo que sí parece claro, a luz de los datos expuestos, es que las grandes multinacionales extranjeras y españolas son perfectamente conscientes de la importancia estratégica y económica del sector del libro. Desde esta perspectiva, y por proporcionar un último dato que me parece muy ilustrativo, baste decir que al hablar del mercado del libro en español lo estamos haciendo de un mercado formado por más de cuatrocientos millones de potenciales lectores hispanohablantes que, según la revista The Economist, en el año 2008 ya era el segundo mayor del mundo y el primero en cuanto al número de traducciones (Fernández Moya, 2009, 65).

NOTAS
1 La recuperación del sector editorial en España durante la década de los cincuenta propició que, ante la limitación del mercado nacional, varias editoriales decidiesen comercializar parte de su producción a través del establecimiento de filiales en distintos países iberoamericanos (Argentina, México, Colombia, Brasil), como ya hicieron Gustavo Gili y Salvat en la década de los cincuenta (Fernández Moya, 2015, 580). Ya en los sesenta y setenta, sellos como Bruguera, Aguilar, Labor, Espasa Calpe, Santillana o Planeta, hicieron del mercado americano uno de sus principales clientes, llegando a exportar entre el 40% y el 60% de su producción.
En casi todos los casos se apostó primero por la exportación de libros impresos en España, como una forma de tomar contacto con el país y estudiar sus posibilidades. Después, y ante las medidas protectoras impuestas por países como México, lo que eran filiales comerciales se convirtieron en filiales productivas que adaptaron sus títulos y formas de venta a los mercados nacionales del continente, contribuyendo así a la consolidación de una edición local potente en América Latina (Fernández Moya, 2009, 71-72).

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