Un caso especialmente interesante dentro este panorama es el de la editorial fundada en 1949 por el editor catalán Joan Grijalbo Serres (1911-2002), militante del PSUC que antes de salir de España ya había ejercido como delegado de la Generalitat en la Cámara del Libro de Barcelona. Como consecuencia del estallido de la Guerra Civil, emigró a Francia y de allí a México, donde entró en contacto con el grupo de exiliados que participaron en la fundación de la editorial Atlante, en la que Grijalbo tuvo un papel destacado, hasta el punto de llegar a ser su máximo responsable durante los últimos tiempos. La salida de la empresa de sus socios le hizo refundarla con el nombre de editorial Grijalbo (1949-1989), con el que se mantuvo durante cuarenta años (primero en México y después, a partir de los sesenta, en España) de intensa actividad en la que siempre tuvieron un peso muy importante las traducciones al español de autores extranjeros. Desde sus inicios por cuenta propia, Grijalbo compuso un catálogo heterogéneo en el que se combinaba la narrativa, la historia y el ensayo, alcanzando un notable éxito de ventas que le permitió abrir sucursales en la mayoría de países iberoamericanos. Su militancia comunista le impulsó a traducir obras clásicas del pensamiento marxista, incluidos varios títulos publicados por la Academia de Ciencias de la Unión Soviética (La sagrada familia y otros escritos, de Marx y Engels, o la correspondencia secreta de Stalin, entre otros), pero prestó mucha atención a las biografías históricas (en sus colecciones «Figuras Imperiales» y «Biografías Gandesa») y a la narrativa, con títulos de autores norteamericanos que luego se convirtieron en bestsellers, como sucedió en el caso de El padrino, de Mario Puzo.
Como ha señalado Manuel Llanas, en los años ochenta este abanico temático se amplió incluso más, dando lugar a un catálogo que este historiador de la edición divide en seis grandes bloques: dos series de bestsellers (una de ficción y otra de no ficción) con un total de doscientos cincuenta títulos; un bloque formado por libros de autoayuda, gastronomía o por las obras de N. Vincent Peale, además de obras dedicadas a la pedagogía y la psicología; manuales de relaciones humanas y sexología; una cuarta sección con biografías de grandes personajes (la gran mayoría traducidas) y síntesis históricas (la más exitosa de las cuales fue La guerra civil española, de Hugh Thomas); libros de filosofía y sociología que insistían en la difusión del pensamiento marxista; y, por último, un ámbito dedicado a los diccionarios y las obras de gran formato (Llanas, 2006, 251-252). Aunque llegó a obtener la nacionalidad mexicana, Grijalbo regresó de América a principios de los sesenta para instalarse en Barcelona, donde se dedicó a comercializar su producción mexicana a través de una distribuidora que, con el tiempo, ejerció también como editorial, coordinada con la de México. Durante los años setenta y ochenta, y gracias a la creación de nuevos sellos como Ediciones Junior (1976) o Grijalbo-Darguard (1980), dedicados, respectivamente, a la edición de cómics españoles y francobelgas, Grijalbo pasó a ser un grupo editorial que englobaba varios sellos independientes y especializados.
ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS (Y SUS MISERIAS)
Al igual que sucede en el caso de México, en la historia de la edición argentina hay un antes y un después de la llegada de los empresarios e intelectuales españoles que se exiliaron a aquel país, ya fuese por motivos económicos, ya por razones políticas relacionadas, evidentemente, con el estallido de la Guerra Civil en España. Aunque es verdad que en el caso de la República Argentina sí existía previamente un mercado editorial propio, en el que también participaban las editoriales españolas a través de la exportación de sus libros, no es menos cierto que resulta insoslayable la importancia ejercida por editores y libreros españoles exiliados en el despegue definitivo de la industria editorial nacional. De hecho, uno de los primeros pasos en este proceso fue la conversión en sociedades anónimas, entre 1937 y 1938, de las delegaciones que varias editoriales españolas (Labor, Espasa-Calpe o Juventud) habían abierto en aquel país ya durante los años previos a la guerra. Sin embargo, el auténtico punto de inflexión se produjo en la década de los cuarenta, cuando nacen tres grandes editoriales (Losada, Sudamericana y Emecé) puestas en pie por editores y profesionales españoles, y en las que, por primera vez, el capital ya no es de origen español, como sucedía con las citadas delegaciones, sino íntegramente autóctono (Sánchez Illán, 2015, 565). Como ha puesto de relieve José Luis de Diego, el origen y desarrollo de la «época de oro» de la industria editorial argentina, que este especialista sitúa entre 1938 y 1953, está íntimamente ligado al nacimiento de estas casas editoriales que, a su vez, dependen en buena medida del éxodo hacia América de editores y profesionales del sector, protagonistas del exilio republicano (De Diego, 2006: 91). Y digo en buena medida porque, según este mismo autor, en el caso de Argentina, al menos, se ha exagerado un poco el vínculo entre estos dos hechos, no porque la aportación de los exiliados no fuese significativa, sino porque algunos de los protagonistas del período –cita el caso de Gonzalo Losada– ya se habían exiliado antes de la guerra y otros, como Manuel Olarra y Antoni López Llausàs no llegaron al país huyendo de la represión franquista, sino, contrariamente, de los excesos cometidos por los «rojos» durante el conflicto (De Diego, 2006, 103).
En cualquier caso, lo que sí parece claro es que en la década de los cuarenta coincidieron una serie de circunstancias (coyuntura económica favorable, existencia de un público lector o hundimiento de la industria editorial en España) que hicieron posible no solo la consolidación del mercado editorial argentino en el interior del país, sino su expansión a un ámbito internacional en el que, hasta entonces, no había incursionado. Por eso, conviene matizar que estas grandes editoriales no se fundan sobre un páramo, sino que se aprovechan, gracias a sus potentes catálogos y sus modernos criterios de comercialización, de un proceso de captación de nuevos mercados que ya estaba en marcha (De Diego, 2006, 102). En este sentido, dos hechos de gran trascendencia confirman la importancia que había adquirido el sector del libro a principios de la década de los cuarenta: la creación en 1941 de la Cámara Argentina del Libro, fundada en 1938 como sociedad de editores, y la inauguración en 1943 de la primera feria del libro organizada por dicha institución, y visitada por más de un millón de personas (Sagastizábal, 2005, 2).
Siguiendo el orden cronológico en el que nacieron, la primera gran editorial de las que protagoniza este período de auge de la edición argentina es Espasa-Calpe Argentina, fundada el 22 de abril de 1937 como una editorial independiente, heredera de la filial que Espasa-Calpe había abierto en el país nueve años antes, al frente de la cual estaban el madrileño –de origen gallego– Gonzalo Losada y el vasco Julián Urgoiti (hijo de Nicolás María de Urgoiti). Al estallar la Guerra Civil, se produce un alejamiento entre el dúo Losada-Urgoiti (de ideología más próxima a los valores republicanos) y la dirección de Espasa-Calpe en España (menos comprometida con ellos), que decide enviar a Manuel Olarra, hasta entonces responsable de la expansión de las sucursales de la editorial en América, para que se ponga al frente del nuevo sello, que a finales de septiembre de 1937 ya lanzaba a la calle sus primeros títulos, con los que se inauguraba la después célebre colección Austral. En realidad, el proyecto de Austral venía gestándose desde antes, cuando Losada había tomado la decisión de «poner en marcha una nueva colección con la que compensar la falta de ingresos debido a la guerra y al mismo tiempo combatir la piratería, tan intensa que afectaba a la producción» (Sánchez Vigil, 2012, 32). Ya en 1936, Losada contrató al escritor y crítico literario Guillermo de Torre (1900-1971) para que le ayudase a elaborar el plan editorial de la nueva colección, cuyo primer número fue La rebelión de la masas (1937), de José Ortega y Gasset, al que siguieron centenares y centenares de títulos editados en formato bolsillo (11,5 x 18 cm), agrupados en varias series temáticas, distinguidas por el color de sus cubiertas. Como ha señalado Fernando Larraz, Austral conformó un catálogo extenso y prestigioso en el que, no obstante esa amplitud, sí se observa un claro desequilibrio entre el porcentaje de traducciones y de autores españoles no identificados con una ideología contraria al régimen franquista, y la menor presencia de autores latinoamericanos (están algunos modernistas como Rubén Darío, Horacio Quiroga y Amado Nervo, clásicos como Sor Juana Inés de la Cruz, el Inca Garcilaso y José Hernández, o autores de tendencia más bien conservadora, como Alfonso Junco o Enrique Larreta), lo que sin duda genera la sospecha de que la selección de los títulos no era en absoluto ajena a las líneas marcadas por la política cultural de la dictadura. A pesar de esta realidad, lo cierto es que, más que el descubrimiento de autores nuevos, el mérito de Austral (y, por extensión, de Espasa-Calpe Argentina) fue el de servir como plataforma de acceso a la cultura para un público más amplio que el que hasta entonces había tenido la editorial: «Su gran aportación para los lectores latinoamericanos, más que la actualidad de los autores que lo integran, es que puso a su disposición el extraordinario catálogo de Espasa-Calpe a un precio y una accesibilidad inéditas hasta entonces» (Larraz, 2009, 5).