Gonzalo Losada Benítez (1894-1981) llegó a Argentina en 1928 enviado por Espasa-Calpe para ponerse al frente, junto a Julián Urgoiti, de la sucursal abierta por la editorial en aquel país. Aunque en 1937 dicha sucursal se convirtió en una sociedad autónoma, Espasa-Calpe Argentina, sin que cambiase la dirección, las desavenencias entre la línea –más próxima al bando franquista– adoptada por Espasa-Calpe durante la Guerra Civil y la ideología republicana y liberal de Losada, le hizo abandonar la empresa. A los pocos meses de salir de Espasa-Calpe Argentina, Losada fundó su propia editorial, en la que ejerció como máximo accionista y director hasta que abandonó el cargo y la empresa pasó a manos de su hijo y sucesor, Gonzalo Pedro Losada. Desde el primer momento, Losada se convirtió en «la editorial de los exiliados por excelencia y en un espacio privilegiado de sociabilidad de intelectuales españoles y argentinos, residentes antes de la guerra, como Guillermo de Torre, Diego Abad de Santillán y Amado Alonso, junto a otros recién llegados como Francisco Ayala, Luis y Felipe Jiménez de Asúa, Lorenzo Luzuriaga o Manuel Lamana» (Sánchez Illán, 2015, 566).

Durante los años en los que estuvo al frente, Gonzalo Losada dio forma a un catálogo con un fuerte componente ético y político, en el que predominaban de forma muy clara los autores de ideología republicana y liberal. En este sentido, se puede decir que el exilio encontró en la editorial «un cauce en su proceso de adaptación a la nueva realidad, un acogedor ámbito de inserción en el nuevo marco cultural, en perfecta simbiosis de fines e intereses. Losada actuó siempre como un editor a la antigua usanza y mantuvo lazos personales muy estrechos con un elevado porcentaje de los autores de la casa» (Sánchez Illán, 2015, 567). Durante la década de los cuarenta y cincuenta, en Losada publicaron figuras tan significativas del exilio como Rafael Alberti, Luis Cernuda, José Ferrater Mora, Manuel Azaña, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Arturo Barea, María Teresa León, León Felipe, Pedro Salinas o Federico García Lorca, de quien Losada editó por primera vez sus Obras completas, prologadas por Guillermo de Torre. Teniendo en cuenta esta nómina de autores, no es difícil imaginar que, durante mucho tiempo, el catálogo de Losada estuviera prohibido en la España franquista.

De entre las muchas colecciones que puso en marcha la editorial destaca, por el inusitado éxito que alcanzó (478 volúmenes entre 1938 y 1982), la Biblioteca Contemporánea, dirigida por el propio de Torre y surgida, al parecer, como respuesta a la colección Austral, con un formato muy parecido (libros de tamaño reducido y precios populares) y con esa misma intención de llegar a un público lo más amplio posible, a través de un catálogo variado. A diferencia de lo que sucedía con Austral, donde los autores españoles más publicados eran –se entiende que por razones ideológicas– los de la generación del 98, se apostó más decididamente por la generación de autores contemporáneos (especialmente poetas), cuya afinidad estética e ideológica con el editor era más evidente (De Diego, 2006, 93). Aun así, más que colecciones antagónicas, cabe pensar que fueron complementarias, en el sentido de que cada una de ellas aportó una cosa distinta a ese creciente público lector iberoamericano: «Mientras la colección Austral ofreció a los lectores americanos un repertorio de la cultura occidental clásica en ediciones dignas y de precio reducido, la Biblioteca Contemporánea puso en esas mismas manos, y también a un bajo precio, un acervo cultural atento a las tendencias y corrientes del momento» (Larraz, 2009, 8).

Gracias a estas y a otras colecciones (Obras Maestras, Grandes Novelistas, Biblioteca de Estudios Literarios, Panoramas, Biblioteca Filosófica, Filosofía y Teoría del Lenguaje, Ciencia y Vida), pero, sobre todo, gracias al buen hacer de un editor de raza que supo rodearse de grandes colaboradores y autores, Losada pasó de ser una editorial pequeña a convertirse en toda una referencia de la edición en lengua española, haciendo coincidir esa «edad de oro» de la historia editorial argentina con su propia etapa de máxima esplendor: «Hacia 1958 Losada tenía más de dos mil doscientas obras editadas, esto representaba doce millones largos de ejemplares publicados, a la par que con sus tres edificios y sus 180 personas trabajando en su empresa, contaba con sucursales en Uruguay, Chile, Perú y Colombia. Además poseía representantes en Madrid, Río de Janeiro, Méjico, Nueva York, Oxford, París y Guatemala» (Dabusti de Muñoz, 1999-2000, 402). A finales de los años ochenta, la editorial atravesó una crisis económica que acabó con su venta en 1990 al editor asturiano afincado en Argentina, Juan José Fernández Reguera, quien estuvo al frente del grupo durante unos años en los que consiguió reflotar la empresa, cuya sede social se trasladó a Oviedo en el año 2001. Aunque durante la primera década del siglo xxi el sello mantuvo su actividad, basada, sobre todo, en la reedición de títulos clásicos de su catálogo, hoy parece que esta ha cesado, no sabemos si de forma definitiva o sólo temporal.

El mismo mes en que se fundaba Losada, diciembre de 1938, se fundó también Editorial Sudamericana, si bien se suele dar la fecha de 1939 como la de inicio de la editorial, pues fue entonces cuando se sentaron las bases reales de un proyecto en el que tuvieron un papel destacado políticos y empresarios catalanes cercanos a la institución Casa de América, de Barcelona, vinculada, su vez, a Francesc Cambó, líder de la Lliga Regionalista de Catalunya. De hecho, fue el gestor cultural catalán Rafael Vehils (1886-1959), mano derecha de Cambó y director de la citada Casa de América, quien propuso la creación de una editorial en Argentina, donde él mismo residía, y quien apostó por el editor catalán Antonio López Llausàs (1886-1979), propietario de la Librería Catalonia y director de la editorial Catalana, quien por entonces se encontraba exiliado en Francia, para asumir la dirección de ese nuevo sello con sede en Buenos Aires. Un proyecto que pretendía aprovecharse del tejido empresarial y el entramado de relaciones culturales forjado por el propio Vehils, y que se sumaba a otros proyectos emprendidos con anterioridad por parte de un partido político que, desde sus inicios, mostró un especial interés en el sector editorial y del libro, como un «campo fecundo para instrumentar políticas culturales y mercantiles que fortalecieran el quehacer político de la Lliga Regionalista» (Dalla Corte y Espósito, 2010, 275).

Tras recabar el capital financiero necesario, de origen cien por cien argentino, se puso en marcha una operación en la que, además de Vehils, participaron intelectuales españoles y argentinos como Victoria Ocampo, Carlos Mayer y Oliverio Girondo. Julián Urogiti, que había salido de Espasa-Calpe en compañía de Gonzalo Losada, asumió la dirección editorial, mientras que López Llausàs quedó como gerente y hombre fuerte de la empresa, encargado de supervisar las finanzas. Con el paso de los años, López Llausàs se fue haciendo con el control de la editorial: compró todas sus acciones y asumió la dirección de Sudamericana hasta su muerte en 1979, formando un excelente tándem con Urgoiti, durante los años en los que este se mantuvo a su lado, y demostrando una gran visión comercial que hizo de la editorial un modelo de crecimiento exponencial y sostenido. Durante las tres décadas en las que estuvo al frente en primera persona (luego tomó el relevo su hijo), López Llausàs conformó un catálogo variado en el que, además de autores exiliados (Salvador de Madariaga o Francisco Ayala), tuvieron una alta cuota de protagonismo las traducciones de bestsellers y de autores contemporáneos (William Faulkner, Virginia Woolf, Aldous Huxley, Truman Capote, Hermann Hesse, Thomas Mann) y las primeras obras de autores argentinos que luego formaron parte del canon, pero a los que, en aquel momento, nadie se atrevía a publicar: Adán Buenosayres (1948), de Leopoldo Marechal; El túnel (1948), de Ernesto Sábato; Bestiario (1951), de Julio Cortázar; o Misteriosa Buenos Aires (1951), de Manuel Mújica Láinez. Dentro de ese heterogéneo catálogo también tuvieron cabida los libros de no ficción (obras históricas de Rafael Altamira, Claudio Sánchez Albornoz, Eugenio d’Ors, o una versión ampliada y revisada del Diccionario de filosofía de Ferrater Mora), e incluso un título convertido hoy en clásico manual de autoayuda (Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, de Dale Carnegie), del que se hicieron multitud de ediciones que vendieron más de un millón de ejemplares. Fueron los años en los que la editorial se expandió por toda América y por España, donde López Llausàs fundó en 1946 la Editorial y Distribuidora Hispano-Americana S.A. (EDHASA), para que se distribuyese desde Barcelona toda su producción americana.

En 1958, el hijo de López Llausàs, Jorge López Llovet, incorporó como asesor literario para Sudamericana al editor gallego Francisco Porrúa (1922-2014), quien había demostrado un excelente olfato al frente de Minotauro, una pequeña editorial que Porrúa había fundado en Buenos Aires, en 1954, y en la que, firmando con varios pseudónimos, él mismo había traducido por primera vez al español las Crónicas marcianas de Ray Bradbury y otras obras maestras de ciencia ficción. Ejerciendo como lector anónimo para la editorial, Porrúa rescató a un autor como Cortázar (cuyo Bestiario había sido un fracaso de ventas), del que después publicó obras como Las armas secretas (1959), Los premios (1960) o Rayuela (1963), y descubrió a otros como Italo Calvino, Alejandra Pizarnik o Gabriel García Márquez, cuya novela Cien años de soledad (1967) supuso un éxito sin precedentes en un libro de ficción y marcó un punto de inflexión en la historia de Sudamericana.