Para efectos de la novelista en ciernes, debe tenerse en perspectiva que Victoria cuenta con una formación muy sólida en el plano de las ideas, de las escuelas filosóficas y de la historia del arte. Es posible que la literatura haya venido después, o haya crecido a la par, pero en cualquiera de sus líneas deberíamos sentir a una autora cultísima, que sobre todo ha devorado literatura europea en todos los campos imaginables. A su vez, la universidad venezolana absorbía todos los debates y corrientes vigentes como si sucedieran en suelo propio. El existencialismo, el marxismo, el teatro del absurdo, la novela rusa, el surrealismo, la novela de entreguerras y las catedrales que erigían Joyce, Kafka y Proust, para marcar familias y reconocer membresías, eran el caldo de cultivo donde se hundían las vocaciones emergentes. Y, sin embargo, también a contracorriente, Victoria no perteneció a grupos distintos que no fueran amigos y profesores. Sus inicios fueron solitarios, al calor de sus lecturas y estudios, y su vocación vacilante, porque la novelista que crecía en sus adentros tuvo que abrirse paso por entre una primera versión de Victoria que respondía más al estudio, a la investigación y al ensayo.
Un dato curioso es que el mismo periodo universitario de Victoria corresponde con los de otros dos importantes narradores de su generación: José Balza (1939) y Carlos Noguera (1943-2015), cercanos a la Escuela de Psicología, quienes sí fundaron el grupo En Haa y, tiempo después, la revista Falso Cuaderno. Esa cercanía, que también marca posibilidades, refuerza la tesis de la vocación en solitario. Y todavía más: nos pone a sospechar en cuanto a las lecturas o valoración que de la literatura venezolana tenía Victoria. En algunas entrevistas, ciertamente, reconoce su cercanía con Teresa de la Parra, pero quizás más por su discurso íntimo y esencialmente femenino, que comparte, que por reconocerla como parte de una tradición literaria. También admiraba la potencia discursiva de Salvador Garmendia, mentor y vecino, aunque más allá de estas referencias concretas es difícil encontrar mayores correspondencias. Se refuerza la tesis de que la obra de Victoria pertenece a otro linaje —el horizonte abigarrado de sus lecturas—, ciertamente exógeno, como de novela centroeuropea a lo Sándor Márai, que se debate entre dos tensiones, la existencial y la psíquica, o quizás al de una novelista italiana de posguerra, que no pudo ser fiel a la niña que fue, porque sus padres le truncaron el destino trasplantándola en otro paisaje.
V
La primera novela de Victoria —El desolvido, de 1971— es quizás la más circunstancial de todas las que ha escrito, y en parte porque toma como referente los movimientos de subversión que se presentaron en la Venezuela de los años sesenta para hablar desde el desencanto. La tensión política que llevó a la guerrilla se vivió desde la universidad con mucha intensidad, y en el caso de Victoria a esto se agrega el hecho de haber conocido muy de cerca estas tribulaciones por haber estado casada en ese entonces con Pedro Duno, padre de sus dos hijos, un conocido profesor e ideólogo de tendencia marxista que mucho influyó en los movimientos insurreccionales.
Victoria debe esperar unos quince años, sumida entre la maternidad, las clases en la universidad, la investigación y la escritura de dos libros de ensayo, para comenzar a publicar un ciclo de novelas imprescindibles, que constituyen el núcleo de su propuesta discursiva: La noche llama a la noche (1985), El lugar del escritor (1992), Cabo de vida (1993), Historias de la marcha a pie (1997) y Lluvia (2002). Son tres lustros intensivos para dar cuenta de una poética y, finalmente, de una visión de mundo. Sus novelas son, sin duda, memoriosas, pero bajo el modo de hacer del recuerdo una instancia viva, capaz de convertirse en palanca para penetrar el presente y modificarlo. También son subjetivas, porque siempre hay un yo hablante, o varios; en este sentido, la mirada nunca es totalizante, sino que se alimenta de parcialidades. Después está la presencia del otro, de los otros, devenidos en personajes que cuestionan, que dudan, que quiebran las certidumbres, y de los que siempre se obtiene un aprendizaje; al respecto, la alteridad en el mundo de Victoria es siempre aleccionadora. Su manera de construir tensión narrativa, curiosamente, se deriva de un sustrato psicológico: los deseos, las apetencias, las frustraciones, las aspiraciones son las que evolucionan o se empequeñecen. Y, por último, para envolverlo todo, estaría el estilo, que es brillante, delicado, perceptivo, poético; a veces más poroso, como en Lluvia, o a veces más fidedigno, como en Cabo de vida, pero siempre cuidado, pausado; nunca una herramienta de trabajo, sino un fin en sí mismo.
¿A qué se parece esta apuesta discursiva que combina lo psicológico con lo poético? ¿Cuáles podrían ser sus antecedentes? Y nuevamente se explicita que sus influencias son exógenas; no son propias de la tradición venezolana. Para quien hurgue más a fondo, el vínculo con Teresa de la Parra es en intención y no en acabado; podríamos admitir que en ambas la intimidad es importante, si bien la resolución es dispar. También podría haber cercanía con Elisa Lerner (1932), otra de nuestras narradoras de raigambre europea, y ambas también muy exploradoras de lo íntimo, pero, mientras Elisa logra entresacar con descripciones perfiles psicológicos, Victoria opta por la narración para dar cuenta de una complejidad de pensamientos.
VI
Quizás sin proponérselo, porque la perseverancia del oficio es lo que importa más allá de reconocimientos y celebraciones, Victoria se ha convertido en uno de los más importantes novelistas venezolanos del momento. Con nueve novelas publicadas entre 1971 y 2010, cuarenta años de escritura, ya su corpus pesa de manera determinante: no se trata del número, sino del contenido y del alcance. Porque lo que su obra nos está señalando, mientras el tiempo la hace reposar, no sólo tiene que ver con calidad, también con autenticidad y originalidad. La novelística de Victoria es una rareza en el contexto venezolano y, como rareza, termina enriqueciendo la tradición. Sus tramas psicológicas, la profundidad de sus personajes (cuando Salvador Garmendia echaba en falta los buenos personajes en nuestra narrativa) son aportes decisivos, muestran una escuela de escritura que mucho le debe a sus lecturas y a su profunda cultura literaria, esencialmente europea. La niña extraviada de Rímini, a la que hacía alusión Ednodio Quintero en algún prólogo, en verdad se ha fugado hacia América, pero con un equipaje vasto y valioso, que ha venido a cambiar nuestro rostro colectivo de manera definitiva. Rímini no la ha perdido; Rímini la ha trasplantado para dar cuenta de que su riqueza es universal. El Adriático moja nuestros pies y no nos hemos dado cuenta.
VII
Victoria vive en la urbanización Santa Eduvigis de Caracas y lleva vida sedentaria. Sus hijos ya mayores le escriben desde todas partes del mundo. Recibe pocas visitas, y sobre todo la de escritores cercanos. Últimamente le han hecho varios homenajes, que ella recibe como si no los mereciera. Cuando algún periodista inteligente se anima a entrevistarla, por lo general, sus respuestas son memorables. La casa en la que duerme y escribe desde hace muchos años aparece con frecuencia en sus novelas, redibujada o alterada, pero en el fondo la misma. Está presente, por ejemplo, en Lluvia, en cuyos inicios se narra posiblemente la mejor escena de lluvia que se haya hecho desde la escrita por Gallegos en Canaima, sin duda inolvidable. Y también la redescubrimos en Historias de la marcha a pie, pues desde allí sale a diario ese paseante que va a visitar a su amigo enfermo. El barrio de Victoria está muy vivo en su novelística y sus vecinos no lo sospechan; son blancos de sus intereses y a veces terminan como personajes. Sus novelas se han edificado sobre una trama cotidiana, en principio intrascendente, donde la novelista ve y percibe lo que nadie ve. Un transeúnte, un jardinero, una señora que pasa, un camión de basura que recoge desperdicios son asimilados y reconvertidos en letras, en pasajes, en párrafos minuciosos. Con Victoria, pero también con Carlos Noguera, Ednodio Quintero y Ana Teresa Torres, todos autores de los cuarenta, la novela venezolana se recompone y comienza a explorar otros asideros, otras vertientes. A la luz de estos movimientos, por no hablar de los autores de las décadas más cercanas, el asunto de la salud del género se reconsidera y retoma. Y, en ese ejercicio de revisión, la obra de Victoria sobresale por lo que tiene de capacidad absorbente de tradiciones distintas a la nuestra.
Un párrafo extraído de una correspondencia privada de Elisa Lerner quizás dé cuenta de una valoración que sólo podía ser hecha por una autora representativa de la generación del 58, sin duda, una de las que más aportes ha hecho en cuanto a renovación de nuestros preceptos literarios: «Ayer tuve la alegría de ver el libro de Victoria de Stefano: Pedir demasiado. ¡Qué hermosura de edición, además de escritura! Cada libro que se presenta en nuestro país es un triunfo de la inteligencia, de la civilidad, del siglo xxi. Es lo que deseamos para nuestros mejores escritores. Victoria lo merece por su alto nivel y perseverancia en la escritura. Acaso es lo que pensaron, en la desesperación desértica de la dictadura de Pérez Jiménez, mis jóvenes compañeros de Sardio, cuando la letra temblorosa del escritor se impuso al cemento de la corrupción».[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]