
El mar, el alba y la tarde, las muchedumbres, una telaraña, una pirámide negra, un laberinto, cientos miles millones incontables ojos mirándolo, espejos espejos espejos, todos los espejos del planeta, la nieve y el vapor de agua, los desiertos y el cáncer, un árbol, un libro y, a la vez, cada letra de cada página de ese libro, un globo terráqueo, una playa, los huesos de una mano, las sombras de unos helechos, tigres, ejércitos, su propia sangre dentro del cuerpo, un astrolabio y todas las hormigas que hay en la tierra. Esto y mucho más es lo que Borges, imaginado y escrito por el verdadero Jorge Luis Borges, si es que alguna vez existió el Borges verdadero, ve en el Aleph. El Aleph es el todo y es el vacío, porque ver todas las cosas a la vez es lo mismo que no ver nada. El Aleph, dice el narrador Borges, es «el inconcebible universo», que le hace sentir «infinita veneración, infinita lástima».
Ese Aleph es, como todos los que han leído el famoso cuento saben, una esfera tornasolada de dos o tres centímetros ubicada bajo el decimonoveno escalón del sótano del comedor de la casa de Carlos Argentino Daneri, un amigo del Borges personaje. En esos pocos centímetros del infinito Aleph se ve, de forma simultánea, todo lo que ocurre en el mundo, desde todos los ángulos. Es un minúsculo espacio cósmico. Un punto que contiene todos los puntos.
Las visiones del Aleph, y su fascinación por él, le inspiran a Carlos Argentino Daneri un desaforado poema titulado La Tierra. Lleva años trabajando en él. Con el Aleph frente a sus ojos alucinados, el escritor se atreve con la colosal tarea de describir, en versos, todo el planeta. Contando con el Aleph y sus infinitas posibilidades, podríamos augurar que ese poema será monumental, y no sólo en extensión, sino que se tratará de una obra magna, profunda y genial que abarque todos los mundos que contiene el mundo. Pero Borges nos cuenta que en la escritura del poema han colaborado «la aplicación, la resignación y el azar». Y, tras escuchar unas cuantas estrofas en boca de su propio autor, concluye: «Nada memorable había en ellas».
El relato borgiano se puede leer como un espejo del Aleph de nuestros tiempos: la Inteligencia Artificial, que llamaré también IAleph, como guiño al autor argentino. Y, en concreto, si pensamos en la inteligencia Artificial generativa (IAG), y en el ámbito de la creación literaria y de la escritura, que es en el que me voy a centrar, creo que nos podemos hacer algunas preguntas ante todo este universo que parece que tenemos en nuestra mano: ¿por qué la creación de una máquina debería sustituir a la creación humana?, ¿y para qué, qué motivos habría para que nos interesara una creación literaria que no viene de la memoria, del dolor y de la alegría, de la imperfección y la duda, de la emoción verdadera?
Hay que considerar, además, que los textos que realiza la IA generativa —igual que ocurre con otro tipo de creaciones, como las artísticas o las musicales— son posibles gracias a lo que se ha dado en llamar el «entrenamiento» de la misma con cuentos, poemas, novelas y todo tipo de escritos de autores y autoras a los que ni siquiera se les ha pedido autorización. Y que, por tanto, no saben que su memoria, su dolor y su alegría, su imperfección y su duda, su emoción, están siendo utilizadas para hacer una macedonia textual a petición del usuario o usuaria. Así lo están advirtiendo asociaciones de creadores de todo el mundo. Entre ellas, la Conferencia de Asociaciones de Escritoras y Escritores de España, y otras entidades vinculadas al sector del libro. Desde esta organización, y justo un día después de comenzar la escritura de este artículo, me llega un manifiesto que están empezando a firmar escritores, traductores y autores dramáticos, entre otros, para demandar una «Inteligencia Artificial Generativa sostenible». El manifiesto pide respeto a los derechos de autor de los creadores y advierte de que se está produciendo «un auténtico expolio» de las obras de estos «por la vía de los hechos consumados». Por esto se reclama, entre otras cuestiones, que el desarrollo de la Inteligencia Artificial Generativa cumpla con estas obligaciones: «solicitar autorización, remunerar y dar información suficiente y detallada a los creadores». Asimismo, se reivindica que no se «blanquee», especialmente por parte de las administraciones públicas, el uso no autorizado de las obras.
El Consejo Europeo de Escritores, el European Writers Council, que representa a más de 250.000 escritores y traductores en 37 idiomas, también dio a conocer a principios de junio una resolución sobre las amenazas que los oligopolios tecnológicos y la tecnología de la inteligencia artificial tienen sobre la cultura, los derechos de los autores y la libertad de expresión. En esa resolución, las cincuenta y tres asociaciones europeas de escritores y traductores que conforman el Consejo Europeo de Escritores instan a la Comisión Europea y a los responsables políticos de cada país a la toma de decisiones ante el desarrollo de aplicaciones de IA generativa cuya rentabilidad, de miles de millones en ganancias para las empresas tecnológicas, «se basa en el robo de millones de libros escritos por nuestros autores». Algo que, además, «está erosionando el panorama cultural y educativo» y socavando «los derechos de autor y la libertad de expresión».
El Consejo Europeo de Escritores demanda que se respeten los ya citados principios de «autorización, remuneración y transparencia» y, en su asamblea general, celebrada en Oslo el 25 de mayo, advirtió de lo siguiente: «Estamos profundamente preocupados por la explotación del trabajo humano creativo y de las obras protegidas por parte de las empresas de IA para su desarrollo de modelos generativos de texto, imagen o voz. Por ejemplo, el supuesto uso ilegal de 7,5 millones de obras de libros y 81 millones de artículos sólo a través del sitio web de piratería Library Genesis». Los autores saben, sabemos, que este IAleph generativo no surge de la nada, no es un repentino y azaroso Big Bang creativo, una explosión de poesía en el éter, un descubrimiento demiúrgico, sino que se apoya en buena medida en la utilización de nuestra imaginación y trabajo.
La aparición de la IA, que últimamente parece estar en todas partes, como una especie de divinidad tecnológica, enlaza con cuestiones que algunos escritores ya habían imaginado. Siempre pienso en Philip K. Dick y en muchas de las cosas que aparecían en sus cuentos y novelas, entre ellas las fronteras entre humano y no humano. Que la Inteligencia Artificial Generativa es capaz de simular el lenguaje humano lo sabe cualquier estudiante de instituto. Y también sus profesores, que a veces serán capaces, y otras no, de diferenciar entre lo humano y lo no humano. Los modelos extensos de lenguaje o Large Language Model (LLM) de la IA son devoradores masivos de las inmensas cantidades de datos que están exprimiendo cada día, cada hora, cada segundo —nunca nunca nunca se cansan— de nuestros libros, artículos y de las conversaciones que mantenemos por las redes sociales. Son como los androides de última generación creados por Philip K. Dick en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, los Nexus-6, pero sin cuerpo. Son nosotros pero sin nosotros. De ahí que la Authors Guild, una organización estadounidense de escritores, haya impulsado a principios de este año el sello «Human Authored», para certificar que un libro ha sido escrito por un ser humano. No será la última.
Podríamos preguntarnos también qué ocurre cuando una máquina redacta —no diría que escribe— nuestros textos. Para empezar, que es un trabajo que no hacemos nosotros, por lo que, al renunciar a esta tarea, hay partes de nuestro cerebro que no se iluminarán como luciérnagas, sino que sufren un apagón, que quedan en la oscuridad. En este sentido, leí con interés un artículo reciente de la sección de Tecnología de El País que se titulaba así: «Disidentes de ChatGPT, los estudiantes que se niegan a usar la IA: “No podía recordar la última vez que había escrito por mí misma”». En ese artículo, algunos universitarios reconocían que el uso de la IA estaba disminuyendo su creatividad y su pensamiento crítico. Nada que pueda sorprender, ya que la escritura es una labor que profundiza en ambos sentidos, en el creativo y en el crítico, pero sólo si estás a los mandos del teclado, si diriges la nave de las palabras. Además, los textos generados con la inteligencia artificial tienden a mostrar un lenguaje más plano y menos original, o un estilo mimético, ya que no están basados en la búsqueda, en la indagación, en la huella personal que va creando sus esforzados círculos a través del duro ejercicio de escribir/reescribir/corregir. Estos textos engendrados por la inteligencia artificial son, al fin, un jardín de calcos que se bifurcan. Y suelen estar cargados —como también lo están muchas mentes, todo hay que decirlo— de los sesgos de la avalancha de textos que evisceran, de los que acaban reproduciendo ideas sobre temas sensibles como sexualidad y género, discapacidad o cuestiones que llevan a la xenofobia y a la aporofobia, entre otras.
En ámbitos que no son el de la escritura literaria o crítica, en los que la IA se está utilizando como una herramienta de redacción, no importan tanto los asuntos apuntados sobre el aplanamiento y la estandarización del lenguaje. Sí las de los sesgos. Sé que ahora mismo hay personal médico usando la IA en los hospitales, para la redacción de informes; también la están utilizando algunos despachos de abogados, y se usa en muchos trabajos donde se deben redactar dosieres, expedientes, memorias y otro tipo de textos que desde luego nadie va a elegir como lectura para un plácido domingo por la tarde. Y también sé esto: que más vale revisar muy bien toda esa lluvia de datos y de palabras exprimidas de los lagos internáuticos y de las nubes digitales. Una experiencia reciente: una amiga que tiene que hacer algunos de esos insípidos informes para su trabajo y que a veces usa la IA como herramienta de redacción, una amiga que por suerte es inteligente y hábil en la utilización de los prompts, las instrucciones, y por supuesto profesional y prudente para comprobar el resultado, se encontró el otro día con que la IA le había proporcionado una maravillosa bibliografía que ella nunca había visto. Y así era, nunca la había visto porque esa bibliografía no existía. La IA se la había inventado. Hasta en eso la inteligencia artificial generativa es borgiana porque, al igual que hacía el escritor porteño, a veces se inventa los libros que cita. Y otras cosas. Esto ocurre a menudo y se dice entonces que la IA «alucina». La máquina delira, como si al atravesar un desierto informativo decidiera inventar una falsa e inexistente fuente de agua fresca.
En el otro cuento de Jorge Luis Borges que he tomado como inspiración para este artículo, «El jardín de los senderos que se bifurcan», hay también un texto que aspira al infinito, en este caso una novela con ese título. Su autor, Ts’ui Pên, es un enigmático escritor chino y el antepasado del protagonista de la historia, el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés. De Ts’ui Pên se sabe que se apartó del mundo para escribir una novela inconmensurable y para edificar un laberinto en el que se perdieran todos los que entraran en él. En el Pabellón de la Límpida Soledad dedicó trece años a ambas tareas, hasta que fue asesinado. Todo el mundo opinó que la novela que había escrito era insensata y del laberinto no se pudo opinar nada, porque nunca fue encontrado. Lo que ocurre es que nadie entendió el trabajo de Ts’ui Pên, porque la clave está en que la propia novela es el laberinto.
Esa novela-laberinto, ese jardín de senderos que se bifurcan, es un libro que consigue su infinitud porque en las historias no se elige una alternativa, sino todas, con lo que los porvenires se multiplican. En realidad, la cuestión principal del libro es el tiempo y la creencia de su autor en unas infinitas series temporales divergentes, convergentes y paralelas, que abarcan todas las posibilidades. El paso del tiempo es una de las principales incógnitas de la vida del ser humano y también una pregunta sustancial cuando surge una tecnología tan arrolladora como la de la inteligencia Artificial. Nos decimos: ¿adónde llegará?, ¿qué será capaz de hacer?, ¿será más buena que mala o más mala que buena? Entre el miedo y el entusiasmo absolutos hay muchos matices y he de decir, por mi parte, que siempre he sido más integrada que apocalíptica. Eso no impide que, en el caso de la creación literaria y de la protección de los derechos de autor de todos los creadores, considere que haya que dar la batalla ante la pesca de arrastre que está haciendo la inteligencia artificial generativa. El tiempo, los tiempos por venir, irán proporcionando algunas respuestas, y esperemos que algunos equilibrios, pero de momento habrá que estar atentos y combativos. Y también tener presente lo que en el relato de «El Aleph» ocurre con el intragable poema alephiano de Carlos Argentino Daneri. Resulta que, finalmente, se publica, y su autor recibe el segundo Premio Nacional de Literatura.