En el libro hablas poco de tu familia y lo que he deducido es que tus padres siempre se mostraron abiertos a ayudarte, aunque no nombraran específicamente la homosexualidad como causa de tu extraño y desconcertante comportamiento. ¿Por qué no diste tú el paso para sincerarte con ellos y pedirles ayuda? También tuviste la posibilidad de optar por una terapia distinta de la conductista. Sin embargo, elegiste la conductual para transformar tu identidad.

No di el paso porque nunca tuve fuerza para hacerlo. Y no estoy seguro de que mis padres estuvieran preparados entonces para escuchar aquello. La idea que mis padres y la gente «normal» de su generación tenían de la homosexualidad era casi apocalíptica. En todo caso, siempre he pensado que quien puede (y debe) dar los primeros pasos es el fuerte, no el débil. El que está entero, no el que está en situación de fragilidad absoluta. Yo estaba aterrorizado. No podía decepcionar a mis padres, no podía decirles esa monstruosidad. Era impensable. En el libro hago una comparación con las dictaduras feroces. Nunca he vivido como adulto en una dictadura, y, por lo tanto, la comparación es sólo literaria, pero el terror que yo sentía no puede ser muy distinto del que sentían los disidentes soviéticos de la época estalinista o los opositores a Pinochet.
Y respecto a la terapia elegida, primero lo intenté con el psicoanálisis, como cuento en el libro, pero tuve la mala suerte de dar con un lacaniano que se quedaba callado esperando a que yo hablara. Quizás en dos años habríamos avanzado un poco, pero yo tenía más prisa. Al final acabé en manos de los psicólogos conductistas por pura desesperación. Creo que es muy parecido a los enfermos desahuciados que acuden a curanderos, aunque no crean en absoluto en ellos: necesitan salvarse, escapar. Eso es lo que yo hice entonces. Si alguien me hubiera dicho que se curaban todos mis males echando dos colas de lagartija y un huevo podrido en una olla hirviendo, quizás habría hecho la pócima.

Somos de la misma generación y vivimos una situación social muy parecida, quizás por eso no termino de entender que en un momento histórico donde la apertura estaba incluso apoyada por personas muy mediáticas del mundo del cine, la música y la política y donde ser «diferente» era lo envidiable, tú decidieras no apoyarte, al menos, en la amistad. ¿Qué significado tenía para ti la amistad? ¿Qué significado tiene para ti, ahora, la amistad?

La idea que mis padres y la gente «normal» de su generación tenían de la homosexualidad era casi apocalíptica

Te niego ese contexto. Creo que lo idealizas. De hecho, yo hablo en el libro de dos personajes –Miguel Bosé y Pedro Almodóvar– cuya homosexualidad todo el mundo conocía mientras ellos seguían negándola en público. A principios de los años 80, que es el período del que hablamos, nadie daba el paso de decir que era gay. Bosé se hacía novio de Ana Obregón, y Almodóvar aseguraba en las entrevistas que la homosexualidad de sus películas era sólo una manera de provocar. Luego las cosas empezaron a cambiar, y también yo empecé a cambiar, pero aquella época no era como tú la recuerdas. Quizá era así dentro de la burbuja de la modernidad, pero yo no estaba dentro de esa burbuja, yo era un simple chico de barrio, y a Bosé no le veía en las discotecas, sino en la tele. Es verdad que había un microcosmos en el que todo era distinto. He oído contar a una amiga la historia de falsos gais que luego trataban de meterse en su cama por las noches: se hacían pasar por gais porque era lo cool. Pero cuando amanecía, cuando iban al banco o a la frutería, cuando les hacían entrevistas en los periódicos, cuando paseaban por su barrio, se acababan las bromas. Yo creo que era como el cuento de Cenicienta: se ponían los tacones por la noche y barrían la casa por el día.
Esa fue la España que yo recuerdo, y creo que las hemerotecas no me desmentirán. A los diecinueve años empecé a salir del armario y ya no me detuve; y lo hice todo, claro, apoyándome en mis amigos. A mí los amigos me salvaron. Conservo amigos de todas las etapas geológicas de mi vida, y no puedo concebir una vida feliz sin esos anclajes contigo mismo que te da la amistad. Seguramente si yo hubiera caído en otras redes fraternas y hubiera empezado a ir a los dieciséis años al Rock-Ola o a la Sala El Sol, mi vida habría sido diferente. Visto desde el presente, no sé si para mejor o para peor. Pero de lo que sí estoy seguro es de que durante aquellos años había un mundo paralelo que no era el mundo oficial.

¿Cómo te ves frente a aquel muchacho después de todo ese extrañamiento de sí y la no aceptación de su identidad a lo largo de tanto tiempo? ¿Cómo se sale de todo eso? ¿Lastimado, exhausto, victorioso?

Pues creo que todas las respuestas son a la vez posibles y necesarias. Sales herido, sales exhausto y sales jubiloso. Las heridas profundas no se curan nunca porque son una especie de marca como las que quedan en la sangre. Hace poco le oí decir a Antonio Orejudo que la ideología (en un sentido amplio) que se aprende a los diez, a los quince años, es como un idioma: ya nunca se pierde. Aunque aprendas a hablar en otros idiomas y los prefieras, sigues soñando en el tuyo.
Remontar la corriente le da a uno una felicidad difícil de comparar con nada. Si hay un sentimiento que predomina en El amor del revés, creo, es el de orgullo. He sobrevivido, he alcanzado la vida con la que soñaba –en la medida en la que esta expresión pueda tener sentido–, he vivido a contrapelo y he sido capaz de resistir el disparate. Todo eso da fortaleza y una suerte de felicidad, no cabe duda. Pero es difícil que las heridas más profundas cicatricen del todo. Hay individuos que han tenido accidentes graves y se recobran bien, pero cuando llega el cambio de estación les duelen las articulaciones. Algo así me pasa a mí. La melancolía nunca se cura.

En España, en los últimos años, se han publicado algunos testimonios sobre la homosexualidad, como el carteo, desde el presente, de Vicente Molina Foix con su pareja de juventud. ¿Cómo has visto tu experiencia en relación a estas otras a las que aludo?

No ha habido tantos libros (que yo conozca), pero todos los que ha habido me ha gustado leerlos. Y en concreto ese de Vicente Molina Foix y Luis Cremades me emocionó mucho y me ayudó, en buena medida, a valorar todas las dimensiones sentimentales de aquella época. Entre otras cosas porque sus vidas y sus actitudes eran completamente distintas a las mías. El invitado amargo es un libro imprescindible. Hay otro libro, de Lluís Maria Todó, titulado El mal francés (creo que lo escribió en catalán, yo lo leí traducido), que también me gustó, aunque su paisaje era completamente distinto: más provinciano y más reprimido, como el mío.

Dentro de esa normalidad deseada ¿qué opinas sobre los eventos y fiestas que se celebran en torno al orgullo gay?

Las fiestas reivindicativas se celebran porque la normalidad es sólo eso: deseada. Hay una igualdad legal casi real (aunque el colectivo trans todavía tiene asuntos pendientes), pero la igualdad nunca se cierra en las leyes. Sigue habiendo bullying en los colegios, sigue habiendo agresiones, y en algunos entornos (el mundo rural, por ejemplo) sigue habiendo una homofobia indisimulada. En el recorrido que he hecho por España presentando El amor del revés he conocido a chavales jóvenes cuyas vidas eran sólo un poco mejor que la mía en 1980, y las cifras de agresiones homófobas y tránsfobas demuestran que no está todo hecho y liquidado.
Yo durante mis años homófobos detesté esos eventos celebrativos. Luego me convertí en un gran defensor. De su celebración y de su formato: yo creo que el Orgullo Gay sólo puede hacerse con una cierta irreverencia, con una dosis de provocación. Porque no sólo se reivindican unos derechos concretos, sino el derecho máximo a la diferencia.

Ya estamos instalados en el siglo XXI, con algunos derechos como el matrimonio, la adopción de hijos, el derecho a heredar, etcétera, vinculados a la homosexualidad. Sin embargo, noto en ocasiones que tanto sufrimiento nos impulsa a tomar cierta venganza y señalamos con el dedo a aquellas personas que nosotros pensamos o nos han dicho que «siguen en el armario» y reclamamos que salgan. ¿Crees que tenemos algún derecho a exigir a alguna persona que publique su sexualidad? De igual manera podríamos pedir que las personas que acuden a cuartos oscuros, prostíbulos o lugares públicos donde se ejerce la prostitución, también lo dijeran. ¿No es la sexualidad uno de los actos más íntimos y privados del ser humano?

No. Creo que en tu pregunta están resumidos muchos de los equívocos que se repiten continuamente en este asunto. Primero, el famoso outing, del que yo soy un gran defensor, sólo se ejerce contra aquellos homosexuales camuflados que actúan contra los propios homosexuales. En España tuvimos un ejemplo célebre en aquel concejal de Mallorca que repetía continuamente consignas en contra de los derechos de los gais y que por las noches se iba de chaperos y encima los pagaba con la tarjeta de dinero público. A esa gente hay que sacarla del armario a empujones. Son tóxicos, son venenosos socialmente. No es venganza ni nada que se le parezca, es pura higiene social. Las personas como Bosé, que nunca han manifestado públicamente su homosexualidad, me parecen absolutamente respetables, aunque a todos nos habría ido mejor si en un determinado momento hubieran dado un paso al frente. Pero las circunstancias de cada cual son comprensibles, y desde luego no voy a ser yo, con mi pasado, quien dé lecciones de ese tipo.
De todas formas, lo que me parece casi ofensivo de la pregunta (con todos mis respetos) es esa confusión entre afectividad y prácticas sexuales. Jamás se le ha reclamado a nadie que cuente qué hace en la cama y en qué posturas o lugares folla. Lo que se reclama es que diga a quién ama, que dé visibilidad a la sentimentalidad de unos grupos de personas que han estado reprimidos y perseguidos durante décadas (o siglos) y que siguen teniendo muchas dificultades para vivir con normalidad en algunos sitios. A mí me habría resultado hasta desagradable saber cómo se lo montaba sexualmente Rita Barberá, pero me habría encantado que llevara a la que fue su novia a las recepciones públicas, como suelen hacer el resto de los alcaldes y de cargos públicos. Habría mejorado la vida de mucha gente. La sexualidad es el acto más íntimo; la afectividad nunca lo ha sido.