POR DANIELA TARAZONA

Ante la invitación para comentar un conjunto de cinco novelas breves escritas en lo que va del siglo xxi, he elegido Jacobo el mutante (2002), de Mario Bellatin; El vasto territorio (2023), de Simón López Trujillo; Moho (2010), de Paulette Jonguitud; Casi perra (2023), de Leila Sucari e Informe sobre ectoplasma animal (2014), de Roque Larraquy, a las que considero novelas de cuerpos dislocados. En ellas se presentan cuerpos anómalos, identidades superpuestas, mutaciones, devenires y espectros animales.

Las cinco novelas incluyen corporalidades deshechas o atravesadas por nuevas experiencias. La forma convencional se quiebra para anunciar cuerpos repentinos. Quizá las modificaciones de nuestra percepción mediada por lo tecnológico y lo científico acompañe a estas nuevas criaturas del siglo xxi. Estos cuerpos desestabilizados, cuya intensidad expresiva desafía al lector, toman su sitio como criaturas contemporáneas susceptibles a la transformación. Cuerpos mutantes, híbridos, difíciles de etiquetar que corrompen la tendencia homogeneizadora del sistema en el que vivimos.

Si algunos aspectos de la novela breve se anclan en el secreto, entendido como «vacío de significación (…) algo que alguien sabe y no dice» (Becerra y Piglia), eso que no se enuncia es propio de estos narradores que vacilan y que son poco fiables. Los cuerpos dislocados se encuentran, de manera natural, en mundos desestabilizados. En el sitio de la mutación del texto (Bellatin), de la transformación de la naturaleza (López Trujillo), de la mutación del cuerpo (Jonguitud), de la animalidad (Sucari) y de la espectralidad (Larraquy) ocurren desplazamientos: lo que es deja de serlo y ante nuestros ojos se levantan sucesos construidos con cadenas de preguntas. Los narradores procuran comprender lo que pasó. Y el secreto conforma un vacío como mecanismo que articula las tramas.

El cuerpo textual de la nouvelle, por su condición enigmática, es ideal para que los cuerpos representados sean otros, distintos, deformes, insólitos. Así como se transforman los cuerpos o presentan anomalías, las novelas breves dan pie a líneas de fuga. El cuerpo representado es anómalo y, a la vez, el cuerpo textual se revela como otro distinto. En Jacobo el mutante, El vasto territorio e Informe sobre ectoplasma animal, se muestran fotografías, gráficas o dibujos, respectivamente, que remiten a una forma más de lectura dentro de los libros: la visión gráfica de lo que se enuncia.

La vida exterior coloniza algunos de estos cuerpos: la piel de la protagonista de Moho es invadida por el hongo hasta el punto de convertirse en un cuerpo novísimo y se diferencia así de un cuerpo humano. La sintomatología en El vasto territorio consiste en que los hongos contaminen el cerebro para transformar el pensamiento en otro antes no reconocido.

Cada nuevo giro de las tramas consigue ampliar el sentido de las variaciones o la valía de estos cuerpos. Mientras los narradores ponen en tela de duda y juegan con las convenciones sobre los recursos para representar las historias, los cuerpos establecen roturas y espacios abiertos para otras formas de percepción y conocimiento. Desde el cuerpo textual revisitado e imaginado por Bellatin, hacia el mundo vasto de López Trujillo y hacia la piel enmohecida de Jonguitud, con el pase del devenir animal de Sucari y los fantasmas de Larraquy que significan otra forma de conocer el mundo, las corporalidades son múltiples y distintas. Ocurren, además, en varias capas de sentido: como si la novela breve fuera un libro en forma esférica o fractalizado del que se desprenden páginas circulares: una nos lleva a otra debajo y a otra faceta más.

El lugar de los cuerpos políticos aquí es otro. El desafío que presentan sus legibilidades o catalogaciones disuelve la rigidez de las formas convencionales. Y se lee: «Nada estaba en su lugar. Lo que debiera ser una cosa, parecía responder a otra» (López Trujillo, 55) o «¿Dejaré yo de ser mujer? ¿Se me descompondrá el cuerpo? ¿Se me caerá algo?» (Jonguitud, 27). El cuerpo anterior no basta para enfrentar la actualidad de estos entornos: «Me alimento sólo de huesos y eso está bien. Dejé de necesitar otras cosas» (Sucari, 49) o «Mientras más alejada en la persona, el género y el tiempo se presente la transmutación adquirida, el relato se acercará un punto más a otra dimensiónп (Bellatin, 313) y «De un tigre amaestrado con electricidad pueden conservarse sus espasmos musculares, el goteo de la saliva sobre las patas y la figura móvil del domador impresas en sus ojos etéricos» (Larraquy, 51).

Quizá, más que nunca, nos encontremos en un tiempo presente adecuado a estas formas breves. La nouvelle como cuerpo textual en desplazamiento, sitio de la elipsis y la desescritura, morada de cuerpos en tránsito y espacio abierto a las interpretaciones o aberturas en los ojos de los lectores, resulta idónea para ejercer la imaginación y dar pie al aprendizaje dentro de un contexto que, día a día, se desplaza y se disloca. Un mundo que deja de serlo para convertirse en un enigma. Frente al movimiento, estos textos, de formas y voluntades espirales, son espacios dinámicos para ensayar nuevas formas de apreciarnos.

El lector encontrará múltiples respuestas a las cuestiones de estos cinco narradores vacilantes. La duda es necesaria: en la pregunta se asume la condición misteriosa de la existencia. ¿Cuál es el cuerpo? El cuerpo visto como fantasma, hongo, animal o mutante. La figuración de nuestros cuerpos sociales y políticos que trasluce el significado de la manera en que habitamos estas dos primeras décadas del siglo.

Las miradas sobre estas novelas se enfrentarán a la ambigüedad vital; indagarán en la indeterminación y la fragilidad, en la ausencia de certezas, y en los espacios vacíos hallarán sentidos que serán multiplicados. El secreto que guardan los narradores de estas novelas implica la disposición a no saber pues ¿qué es, en realidad, lo que sabemos? La pregunta se come a sí misma. El secreto esconde la capacidad de elegir y salirse por la puerta del fondo con alegría. En el universo de lo breve tiene lugar la fuga.

Jacobo el mutante, de Mario Bellatin

A partir de la desintegración y la reconfiguración, en Jacobo el mutante, de Bellatin, el rabino Jacobo Pliniak se transforma, tras sumergirse en un lago, en su hija adoptiva mayor de ochenta años de edad. El texto se superpone a una novela inacabada de Joseph Roth, La frontera, y la intertextualidad parece tener la consistencia de una mutación más: el texto que referido se convierte en otro revisitado por la voz de un narrador que investiga: «Pero mientras continúen perdidas las páginas originales de Joseph Roth, es poco lo que se puede hacer para conocer la verdad de los hechos» (329) y «Las figuras quedan en suspenso. La piel de los hombres perpetuamente mojada. Un Golem. Una docena de huevos cocidos. La empleada de la editorial Stroemfeld, buscando borrar las huellas del texto» (334). Las referencias no son lo que semejan y así la historia reescrita del rabino aparece como una nueva fulguración. Mario Bellatin recurre aquí a sus intereses habituales: un texto que gira y se transforma, como su propio protagonista: «Es importante señalar que en la Cábala a estas transformaciones, que implican a la persona, el género y el tiempo se las suele nombrar Remansos Aforísticos».

El vasto territorio, de Simón López Trujillo

El mundo en esta novela se asemeja al real que ha sido devastado por la actividad humana. Es la tierra asolada por el extractivismo, cuyos árboles se han contagiado de la idea de morirse. La naturaleza transmutada; las redes que establecen los hongos. La novela se teje a través de dos historias: la de Pedro Marambio, trabajador forestal, y la de Giovanna, una científica que investiga la micología. Y se vislumbran revelaciones de la tierra: «Pedro avanzaba uniéndose a lo que encontraba por debajo, bichos, cadáveres, raíces, piedra molida y el contacto expandía su propia referencia, como una sombra blanca estirándose bajo la tierra». (56). Somos lectores de una época que está terminándose o que atraviesa un umbral y divisamos otra posibilidad inquietante: el futuro que estaba guardado en la potencia de la naturaleza maltrecha por la humanidad. «Pensaba en el deseo de los hongos, ese ímpetu que inicia como una sola mancha y al cabo se expande por kilómetros ¿En algún punto se reprime, duda si avanzar?» (71). Y el hongo dice: «No importaba, volveremos a crecer, sabíamos. No alcanza número para llegarnos. Vamos siempre yendo de arriba por debajo. Todos juntos somos tantos que ningún hombre nos cabría en torno. (…) Ser uno y no vasto es el problema» (61).

Moho, de Paulette Jonguitud

El cuerpo de una mujer invadido por el hongo. Poco a poco, el intruso se multiplica sobre la piel para ser una analogía de la transformación del seno familiar. La narradora viaja de ida y vuelta a registros realistas para retornar al cuerpo mutante. Además, aparece la imagen fantasmal de un feto de nombre Rafael. Con descripciones inquietantes e imágenes crudas y escrita en capítulos cortos, el compás que consigue Paulette Jonguitud se asemeja a la transcripción de una experiencia verídica. Y, a pesar de lo insólita que parezca esta mutación del cuerpo de la protagonista, creemos que, en verdad, está ocurriendo. El miedo es un motor de la historia, pero también el despojamiento y el desamor. El cuerpo se parece al espacio que habita: «(…) junto a aquella mancha en los azulejos. Era una réplica exacta del intruso que me crecía en la pierna». (11) Y el crecimiento del moho es, además, modificado de manera soprendente: «al entrar en contacto con el feto el moho creció veloz, fertilizado, aumentó de grosor como si quisiera arroparlo (…)» (43). La protagonista se pregunta, también, si tendrá filamentos blancos en el cerebro.

Casi perra, de Leila Sucari.

Casi perra, de Leila Sucari, discurre hacia el devenir perra de su protagonista. Un cuerpo casi animal. Las experiencias del personaje la conducen hacia la naturaleza canina «La falta de futuro me trabó la mandíbula» (15). La ferocidad latente tiene salida. Los testigos reprueban su comportamiento «Salgo de la carpa en cuatro patas, me acuesto sobre los yuyos y cierro los ojos. Debo parecer una mujer tranquila. Tal vez en el fondo lo sea» (25) y «Algunos se acercan como si fuera una rareza del zoológico, un animal en peligro de extinción» (31); ella come huesos, pero no se detiene; así como la vida va siendo una suma que marca el instante siguiente, esta nouvelle presenta un registro sobre lo inevitable: se va siendo lo que nos corresponde ser; nos transformamos en lo que el cuerpo precisa. «No me baño porque ya está haciendo frío y porque parte del proceso en el que estoy incluye reconocer mi cuerpo en estado puro. ¿Existe algo así? Mis uñas crecen fuertes y mis piernas están cubiertas por una capa de pelos negros que acaricio en sentido contrario antes de dormir. Son espinitas suaves que me cuidan de los bichos. Es increíble cómo la biología tan pronto se pone a tono con las necesidades» (32).

Informe sobre ectoplasma animal, de Roque Larraquy

Aquí los cuerpos de otro tiempo reaparecen. «Los habitantes de la casa dicen que algo invisible les interrumpe el paso en la puerta de entrada. Creen que es Federico, perro querido de la familia, que murió en el umbral en 1948» (9). Su luminosidad modifica los espacios, trastoca la arquitectura, resignifica la Historia (hay un «pato espectral con el cuello quebrado asomando entre dos mingitorios», o una cuchara que levita clavada en el aire). Los espectros son otra forma de conocimiento: quiebres en el tiempo y el espacio, y Larraquy les otorga una singular corporalidad. «Llamamos espectro a un tipo de residio matérico inscripto en el éter que el animal deja de sí cuando muere: la síntesis de sus salivaciones, la huella de los diferentes tamaños de su cuerpo en el tiempo (…)» (49). Con humor, se da vuelo para hacer ver a los fantasmas en distintas frecuencias de luz. La ciencia se dispone como herramienta para comprender lo inexplicable, pero desde un ángulo peculiar. Se ven «peces momentáneos» en una oficina o un contador huye con el espectro de un «erizo de mar clavado en la rodilla». Los aparecidos se presentan también en enjambres de ectoplasmas.