POR JORGE COMENSAL

A cada rato siento nostalgia de las huellas. Las mías, las otras. Mis pasos casi nunca dejan rastro. Las calles son inmunes a mi peso. La Tierra ni se entera de que existo. Vivo días enteros sin tocar el suelo, con zapatos de vestir o de correr, sandalias o pantuflas. Para acordarme de que soy algo más pesado que un fantasma, siempre quiero huir de la ciudad, adonde me refleje el barro suave.

Tengo un raro aprecio por las huellas, sobre todo por las de un lobo suizo y las de un ladrón mexicano. Comienzo por las de aquel, que ya está muerto.

La mañana del lunes 24 de mayo del 2021 me topé con el molde de sus patas cerca de la cresta del Mont Tendre, una de las puntas más altas de los montes Jura. Me hospedaba a las afueras del pueblo de Montricher, en una cabaña de la Fundación Jan Michalski, dedicada a fomentar la literatura. Lo silvestre y lo literario no suelen toparse tan seguido. Las fábulas y la poesía bucólica domestican a la naturaleza antes de montarse en ella para transmitir sus moralejas o piropos cortesanos. Lo mismo pasa con los relatos góticos en los que la monstruosidad humana se proyecta sobre animales desprestigados como el lobo.

La idea misma de «naturaleza» ya está barnizada con prejuicios: la bondad o la maldad, la armonía o el caos. El bosque de los relatos medievales casi siempre es lúgubre y sobrenatural, y el bosque de Thoreau, al igual que el de Montricher, ya está cultivado por la industria maderera y el exterminio de las fieras.

Aparte de corregir una novela, de tacharla, de pulirla, de amputarla, durante un par de meses me dediqué a peinar los bosques de la región. La sombra de los pinos era densa, el musgo tapizaba las rocas y los pájaros carpinteros tocaban la puerta de los árboles, pidiéndoles gusanos de comer. De vez en cuando me topaba con los corzos, hervíboros siempre nerviosos, a pesar de que no había depredadores en esos montes.

De acuerdo con la información oficial, lo más amenazante que rondaba por la zona eran las garrapatas portadoras de toda clase de parásitos infecciosos. Los osos y los lobos llevaban más de un siglo extintos en Suiza. Las garrapatas, por el contrario, estaban en su apogeo. A pesar de mi cautela y del spray repelente, una tarde, al volver de un camino cerrado entre los arbustos, me encontré una pequeña garrapata caminando por el dorso de mi mano. Tuve suerte de encontrarla antes de que pudiera establecer su campamento hematófago bajo mi piel.

Si quería evitar las garrapatas, tenía que subir a las partes más altas de la sierra, donde los manchones de nieve subsistían hasta el verano, humectando la tierra a su alrededor. Fue en uno de esos claros donde vi un par de pisadas de forma canina y talla grande. Cinco almohadillas por pata, cada una acentuada por dos garras profundas. ¿Dónde estaba el perro? No había huellas de amo por ningún lado. Tenían que ser de un perro porque el último lobo silvestre del país fue abatido en el cantón sureño del Tesino en 1872. Tenía que ser un perro y sin embargo no había perros ferales en Suiza: a falta de malhechores, la policía se ensañaba con los perros sueltos.

Tomé varias fotos del barro impreso. De haber tenido monedas conmigo, habría colocado una junto a las huellas para guardar registro de su tamaño. Me habría encantado traer unos diez pesos mexicanos para juntar al lobo con el águila, el nopal y la serpiente de nuestro escudo.

Le mostré las imágenes a un artista local y me compartió en voz baja el rumor que las noticias confirmaron en otoño: dos jaurías de lobos provenientes de Francia habían cruzado impunemente la frontera. Ya era un secreto a voces: los peores enemigos de la ganadería habían vuelto. Un par de años antes se había registrado la primera camada de lobeznos nacidos en Borgoña. La migración venía de Italia. Los forasteros empezaron a poblar los bosques jurásicos (el periodo geológico que asociamos con los dinosaurios fue nombrado así a partir del subsuelo expuesto por estos montes), repletos de apetitosos corzos y rebecos, así como de vacas y becerros pertenecientes a los granjeros de Montricher.

Con mis trofeos silvestres en la memoria del teléfono, volví a un país donde los lobos también están ausentes. El lobo mexicano fue exterminado a ambos lados de nuestra frontera norte a lo largo del siglo XX. En 1977, un trampero estadounidense fue contratado por las autoridades ambientales para capturar a los últimos sobrevivientes en las montañas de la Sierra Madre Occidental. Fueron cuatro machos y una hembra preñada. En conjunto con unos cuantos ejemplares cautivos, fueron reproducidos en zoológicos y liberados poco a poco en Arizona, Nuevo México, Sonora y Chihuahua. Su regreso no ha sido sencillo. Las trampas, los venenos, los disparos y los muros fronterizos siguen acosando a estos carnívoros. Sus huellas todavía son muy escasas.

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A finales del 2021, mi padre fue víctima de un robo. Mientras le acomodaban las entrañas en un quirófano, entraron a su casa y se llevaron dinero en efectivo, un par de relojes, una decena de armas de fuego ilegales y ciertos documentos comprometedores. No es momento de contar por qué tenía en su casa pistolas, billetes y secretos. El caso es que sólo dos personas conocíamos la existencia del botín y la fecha en que iban a operarlo: su hijo y su ayudante en un negocio desahuciado. Su hijo y un soldado que se dio de baja del ejército para estudiar fisioterapia y terminó cargando mercancías y acompañando a su irascible patrón a estudios y consultas, laboratorios y clínicas. Su hijo y el fisioterapeuta que llevó a su jefe de vuelta a casa después de la cirugía ambulatoria.

Cuando visité la escena del crimen, el ayudante de mi padre insistió en mostrarme una huella de zapato junto a la puerta de la cochera. El molde de esta pista fue una bolsa llena de cenizas. Indiferente a la existencia de las trituradoras de papel y de la emergencia climática, mi padre había estado quemando papeles viejos en la azotea. Temía que algún curioso viera sus recibos de teléfono de los años noventa. No quería dejar huellas de sus ordinarios gastos. Lo que sí dejó fue la bolsa de cenizas abandonada junto a la entrada. Cuando el asaltante pisó el bulto, el plástico de la bolsa se rasgó y su bota se hundió en el papel quemado.

El ayudante comparó su pie con la huella para mostrarme que el ladrón usaba unos zapatos varias tallas más grandes que los suyos. Era innecesario demostrar que él no había cometido el robo, porque había pasado todo el día en el hospital con mi padre y conmigo. Su insistencia era tan tosca, tan gratuita, que parecía una confesión. O tal vez se trataba de una amenaza: mira qué grande es mi cómplice, el que vino esta mañana a saquear la casa donde creciste.

Cometí el descuido de no tomarle foto a la evidencia. Supongo que no quise manchar mi galería digital de animales y paisajes con esa burda prueba de la maldad humana, de la impunidad, la torpeza y la mentira. Lo que no supe ver en esa huella fue que los pasos venían de un secreto e iban a otro crimen, mucho peor.

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Aquel día por suerte no se robaron mi tesoro más querido de la infancia, el videocasete Betamax de Jurassic Park. En esa película hay otra huella memorable. La dejó el tiranosaurio que andaba suelto por la isla. Había estado lloviendo y se había formado un charco dentro del enorme cráter de tres dedos. La cámara enfoca la imagen del doctor Malcolm, que espera malherido a bordo de un Jeep, reflejada en el agua. El líquido comienza a agitarse y la imagen se distorsiona por culpa del sismo intermitente de los pasos del mismo animal que dejó esa huella en el lodo. La insinuación de que el monstruoso dinosaurio se aproxima es mucho más terrorífica que su avistamiento. La amenaza invisible es más persuasiva que el rugido espectacular. Una huella repleta de agua es mucho más emocionante que un robot maquillado con efectos especiales.

Por eso, si yo fuera un dios, me ocultaría, dejando que las criaturas sólo me conozcan a través de mis huellas.

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Las fotografías son huellas de la luz. El día del robo, aparte de las armas, el dinero y los relojes, se llevaron fotos. Me las enviaron seis meses después, para dañarnos. Los extorsionadores me mostraron huellas de un habitante nocturno de mi vida. Un depredador cuya existencia yo ignoraba. Como todavía no puedo escribir sobre él, me concentro en los lobos.

Los lobos son el espejo salvaje de nuestra especie. Nos parecemos demasiado para convivir sin tropezarnos. Son carnívoros sociales y medianos. Cooperan, como nuestros ancestros, para abatir sus presas. Defienden con rigor su territorio. Forman alianzas, amistades, rivalidades. Sostienen amoríos y cometen traiciones. Al leer los pasajes de Mentes maravillosas de Carl Safina dedicados a los lobos del Parque Nacional de Yellowstone, sentía como si estuviera leyendo una novela de amor e intriga. Nos parecemos tanto que los primeros aliados de nuestra especie fueron lobos mansos, perros fieles. Mucho antes de la domesticación de otras especies, los perros ya eran nómadas con nosotros.

Para entender lo humano, busco al lobo. Lo he observado en los bosques enrejados al norte de Nueva York (The Wolf Conservation Center), en el zoológico de Chapultepec en la Ciudad de México y en el museo del Templo Mayor de Tenochtitlan. El último lugar es imprevisto. ¿Qué hace un lobo entre los restos arqueológicos de la capital mexica? ¿Qué hace un lobo tan cerca de las grandes efigies volcánicas de Coyolxauqui, Quetzalcoatl, Tlaltecuhtli? ¿Qué hace un lobo mexicano de hace quinientos años atrapado dentro de una vitrina, sin piel ni carne, sin entrañas ni ojos, con el cráneo roto y los colmillos limpios? Este lobo fue una ofrenda, un sacrificio. En el recinto sagrado de Tenochtitlan, los arqueólogos han encontrado las osamentas de treinta y siete lobos, siete de ellos ataviados como dioses. Este lobo murió, como los dioses, para cumplir obligaciones cósmicas. En las ofrendas del Templo hay corales, estrellas de mar, caracoles, piel de mono, huesos de jaguar y otros felinos. Para justificar la exigencia de tributos, los sacerdotes pagaban impuestos metafísicos al Estado sobrenatural.

A doscientos metros del Templo Mayor hay otra huella significativa. Se encuentra en las ruinas, hoy subterráneas, del Calmecac, la escuela de los nobles mexicas. Pocos años antes de la conquista, alguien pisó el estuco fresco de una escalinata que ahora se encuentra en el sótano del Centro Cultural de España en México. Es la marca leve de un pie derecho. La ficha museográfica que la acompaña afirma que es la huella de uno de los constructores del edificio. La posibilidad me agrada: el testimonio más vivo de la población tenochca no es la momia de un rey ni el cráneo enjoyado de una princesa, sino el pie descalzo de un albañil. La huella no se deja ver tan fácil. Mientras trataba de encontrarla, la guardiana del museo de sitio se acercó para ayudarme con una lámpara de mano. Al proyectar su amable luz sesgada, las sombras dibujaron el contorno de aquel remoto paso diagonal, homenaje casi imperceptible a los hombres que erigieron la ciudad más poderosa de Mesoamérica.

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El 6 de septiembre de 2023 se publicó esta noticia en www.swissinfo.ch: «Supervisores de vida silvestre abatieron dos machos jóvenes de lobo que pertenecían a un grupo en la región del Mont Tendre, cerca del pueblo de Montricher». Les dispararon en una pradera por la que pasé decenas de veces. Fueron el quinto y el sexto lobos ejecutados en el cantón de Vaud a partir de marzo de 2022. Se había registrado una docena de ataques a crías de ganado ese verano alrededor del Mont Tendre, «donde un par de lobos se establecieron la primavera anterior». Después de leer la nota, busqué las fotografías en mi teléfono. Ahora eran las huellas de un fantasma.

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¿Y si las huellas siempre son de los fantasmas? Ausencias repletas de sentido, los huecos que fecundan nuestra imaginación ansiosa y desbocada. Con ellas se han amasado toda clase de seres invisibles. La fauna casi siempre se vale de otros signos para encontrar sus presas, para evitar a sus rivales, para alcanzar a sus parejas: el perfume, la sangre, la vibración, el ruido. Los bípedos andamos tan lejos del suelo, tan cerca de haber sido animales frugívoros, que la vista nos ayuda más que el olfato. Leemos desde hace miles de años la lengua cuneiforme de las garzas, los silencios que entrecomillan los venados sobre el lodo y las familiares advertencias de que será mejor no refugiarse en la caverna donde duerme un oso.

Sobrevivimos gracias a entender esas señales. No dudo que los primeros pobladores de América hayan cruzado el estrecho de Bering siguiendo los gigantescos puntos suspensivos de los mamuts en la tundra. No dudo tampoco que las ganas de pintar los muros de las cavernas con toda clase de figuras animales hayan surgido de ese apetito insaciable por avistar indicios de la fauna que deseamos y tememos.

Los humanos no tardaron en hallar huellas de dioses por doquier. Los relámpagos que caen como zarpazos, los terremotos, los encuentros inexplicables que parecen urdidos por las manos de un bípedo celestial: en todos lados vemos sus señales. Sin la suposición constante de que algo existe más allá de lo que vemos, los templos jamás se habrían construido.

Pienso en el mito bíblico de la creación humana. En el Génesis Yahvé da forma al hombre (solamente al hombre) con el polvo de la tierra. Me parece que fue así, pero sin usar sus manos de alfarero celestial. Adán es una huella en el polvo de la tierra que es nuestro cuerpo. Los huecos de ese andar somos nosotros, formas nada más, concavidades, almas en las que se inquieta el agua (casi tres cuartas partes de nuestro peso corporal no es más que agua), moldes donde caben sueños, figuras hechas a imagen y semejanza de la porción más baja de un extraño que pasó descalzo por el mundo en el principio oscuro de los tiempos.