POR ALEJANDRA COSTAMAGNA
Fotografía de Agustina Fernandez

Zapallos y tomates, me dicen. No sé si aún están, pero me dicen que en la sepultura 34 de la sección 16 del Cementerio de la Chacarita, en Buenos Aires, crecían zapallos y tomates. Una escena que podría haber sido escrita por Hebe Uhart, quien desde el 12 de octubre de 2018 habita aquella tumba. Una imagen del calibre de sus cuentos: la realidad intervenida por la extrañeza. «Un cuento es una plantita que nace», decía Uhart que decía Felisberto Hernández, uno de sus autores de cabecera junto con Natalia Ginzburg, Fray Mocho o Simone Weil. Lo que en realidad decía Felisberto Hernández, intentando explicar el origen de sus cuentos, era que de pronto sentía que en algún rincón de sí mismo estaba por nacer una planta. Y que la empezaba a acechar con la ilusión de que aquello tuviera porvenir artístico y ojalá, ojalá esa planta en progreso escondiera hojas de poesía. Hebe Uhart captaba la idea felisbertiana y la volvía propia de un modo singular. En su magnífico relato «Guiando la hiedra», por ejemplo, partía anunciando: «Aquí estoy, acomodando las plantas, para que no se estorben unas a otras, ni tengan partes muertas, ni hormigas […] Es la planta que más quiero; de vez en cuando la guío, yo comprendo para dónde quiere ir y ella entiende para dónde yo la quiero guiar». Guiar la trepadora que nace, aquella simiente que acaso tomará forma de cuento, pero permitir que ascienda por los muros o se enrosque en sí misma de acuerdo con la planta que ella misma decida ser.

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Hace un tiempo, en la presentación de uno de sus libros, Uhart confesaba que seguía un consejo de Mijaíl Chejov, el actor, en el que creía ciegamente: dejar de lado el contenido de lo que dice el personaje para atender a cómo lo dice, «mirar del personaje cómo se mueve, cómo camina, cómo se calla. A mí me interesa la especificidad de las personas». Cómo nos movemos, cómo caminamos, cómo guardamos silencio. Eso es lo que observa la escritora en nosotras, en nosotros. Pero también cómo nos detenemos, cómo modulamos la voz, qué onomatopeyas usamos, si nuestra risa es un estruendo o una mueca reprimida, cómo estornudamos, ¿alzamos las cejas ante lo que nos sorprende?, ¿se deja asomar el malestar o la dicha en el espejo de nuestra voz?, ¿cómo se revela nuestro ser a través de unos gestos que a veces pueden contradecir las ideas que creemos sustentar? Es a partir de estas observaciones minuciosas y de la huida de las generalidades que la escritora despliega sus tentáculos para construir sus personajes. Y de paso va fijando las coordenadas de una sabiduría propia, muy antigua y a la vez muy simple: la del asombro permanente. En las páginas de sus libros están los tempranos cuestionamientos, los primeros intentos por entender el mundo: «los quién soy y los cómo soy», como dirá la protagonista de uno de sus relatos. ¿Qué somos?, ¿adónde vamos?, ¿de dónde venimos?, las clásicas preguntas de la filosofía estarán en sus páginas ancladas en las situaciones más domésticas, sin ningún asomo de ostentación. Porque Hebe Uhart pone el ojo en lo que presenciamos tanto, todo el tiempo, que de pronto dejamos de ver.

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De apariencia ingenua pero filosa en extremo, la visión de Hebe Uhart es la que podría tener una niña. Pero una niña que abriga las herramientas reflexivas de una adulta. Una adulta que mira como una niña que, a su vez, mira como una adulta. Y ese cruce entre la percepción sin moldes de la supuesta infancia y la experiencia de la supuesta adultez genera una lengua nueva, tan genuina como impredecible. Es una lengua viva, indócil, con alta dosis de oralidad la que ella despliega

Me doy cuenta, recién ahora, de que escribo estas palabras en tiempo presente. Hace cinco años que Hebe partió y no puedo hablar de ella en pasado, tan vivo y fresco resulta su recuerdo. Debe haber sido en septiembre de 2018 cuando escuché su voz por última vez. Al otro lado de la línea telefónica, al otro lado de la cordillera de Los Andes, ella me preguntaba por los amigos. Cómo están, repetía, cómo están. Un cantito propio: cómo están los amigos. Pocos días antes de morir, ya en el hospital, sacó lápiz y papel y reprodujo lo que veía. Su humor, su enorme curiosidad, el sentido del absurdo y la capacidad para detenerse en aquello que solemos pasar por alto estaban más vivos que nunca. «Estoy internada en una sala de terapia intensiva, estoy en un sanatorio chico. Las camas están contra la pared llenas de aparatos que suenan todo el día, hay dos que dialogan, “dum, dum” y el otro contesta “Piff”», parte escribiendo. Y más adelante: «Vino a visitarme una alumna con la que tengo confianza desde hace muchos años y le dije que me daba vergüenza que me vieran con el culo al aire y sin careta. Coca me dijo, sentenciosamente: “Hebe, todos tenemos culo”. Es una verdad socrática, que corresponde al momento en que Sócrates buscaba consenso absoluto antes de seguir avanzando. Efectivamente, Sócrates, todos tenemos culo». Y hacia el final observa: «Todo el tiempo que estuve en terapia intensiva me lo pasaba pensando en el baño, dónde estaría. Pensaba en el baño como si se tratara de Londres o París y ahora que me cambiaron a terapia intermedia, cerca de mí hay un cartel que dice “Salida” y ahí está el baño, una gran felicidad. Sentí que me ascendieron de categoría».

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De apariencia ingenua pero filosa en extremo, la visión de Hebe Uhart es la que podría tener una niña. Pero una niña que abriga las herramientas reflexivas de una adulta. Una adulta que mira como una niña que, a su vez, mira como una adulta. Y ese cruce entre la percepción sin moldes de la supuesta infancia y la experiencia de la supuesta adultez genera una lengua nueva, tan genuina como impredecible. Es una lengua viva, indócil, con alta dosis de oralidad la que ella despliega. Y este énfasis supone también una exploración en las palabras específicas: en sus sonidos, en sus orígenes, en las asociaciones que despiertan, en su posible música. E incluso en la invención de un léxico propio, que resulta revelador. Los trenes y los instrumentos primitivos, por ejemplo, «turututean». O ciertas playas de veraneantes con dinero «enjetan» a las personas. Ahí está la mujer del cuento «Impresiones de una directora de escuela», que ve cómo la profesora corrige a los niños que dicen lumbrí en vez de lombriz. Y concluye: «A mí también me gusta más lumbrí que lombriz; es como más humilde, umbrío, íntimo; lombriz es algo más seco». O ahí está el turista alemán de «Stephen en Buenos Aires», que no entiende el idioma ni la estructura del pensamiento de estos seres que observa en las calles argentinas y que, como la mayoría de los personajes de los relatos de Uhart, se ubica (o se desubica, más bien) en un lugar desplazado de la norma, ajeno. Es alguien que gracias a su perplejidad puede ampliar el radar y percibir la hebra radiante donde el resto apenas vería opacidad. La alteración sintáctica nos interna desde las primeras líneas en el pasmo, y observamos el mundo desde ese lugar: «En su comienzo tiene Florida galería oscura, ella lo mismo oscura como Alexander Platz. Y más después en Florida tiran agua en la calle, agua demasiado, no levantan el agua por regar plantas, no existe mucha agua en el planeta, tanto agua que falta. Así mismo tiran papeles en el piso. Yo quería descir eso a un señor y pienso más tarde: en boca cerrada no entra la mosca».

Es así como los narradores de Uhart se detienen en las expresiones, los refranes, los lugares comunes o las articulaciones erróneas de las frases –según los parámetros puristas del lenguaje–, pero no para remarcar el defecto sino para incorporarlo y desestabilizar la inercia expresiva. Un personaje de la novela breve Memorias de un pigmeo hace un comentario acerca de un anciano, por ejemplo, y dice: «Lleva muy bien sus años». Y el protagonista se pregunta a continuación: «¿Cómo uno puede llevar sus años si los años son incorpóreos?». Y los lectores podríamos seguir desmadejando el hilo de las preguntas insólitas: ¿A dónde lleva los años ese anciano? ¿De dónde los trae? ¿Qué hace con esos años? ¿Y qué hacemos nosotros en nuestra imaginación con esos años bien llevados? ¿Qué nos fuerza a escudriñar la escritora con los cuestionamientos que revolotean en las mentes de estos sujetos indóciles y por añadidura en las nuestras?

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La escritura de Hebe Uhart es su forma de mirar y escuchar (no por casualidad uno de sus libros de crónicas se llama, precisamente, Visto y oído). Sus relatos siguen una línea que no se guía por el impacto de los acontecimientos, sino por el deseo de captar el detalle, almacenar en la memoria el microcosmos contemplado y recién entonces traer las historias de vuelta como si estuvieran ocurriendo aquí, ahora, y nosotres las escucháramos en tiempo real. Pero lo que en verdad captan sus antenas despiertas es ese brote intangible, en ocasiones delirante, que termina por aflorar en los seres comunes y corrientes que trae a colación. Como si los bajara de una estratósfera propia y una vez en tierra, bien sujetados, les extrajera el habla, con modismos y disparates incluidos. Acaso habría que advertir que en estos escenarios no habrá revelaciones ni knock out y que las anécdotas no serán redonditas, perfectas como un círculo. Y que en sus relatos nadie percibirá grandes tramas ocultas, sino más bien momentos donde lo que verdaderamente importa es el tipo de mirada que crea un tono campeado por el asombro. Podría pensarse que en sus cuentos no pasa nada, pero habría que acotar: nada extraordinario. Y precisar que su nada es la extrañeza de la vida: un peldaño filosófico a partir de lo ordinario. No es la filosofía versus la vida doméstica. No son pensamientos elevados versus nimiedades del día a día. La hondura del pensamiento acá se aloja, más bien, en el destello radiante de lo trivial. Porque el pensamiento y la vida no pueden ir separados en estas páginas. Es la reflexión existencial a partir de la preparación de un budín («Yo quería hacer un budín esponjoso. No quería hacer galletitas porque les falta la tercera dimensión», apunta al inicio del cuento «El budín esponjoso»). O es la imagen de una hiedra que responde creciendo muy lentamente, segura en su cautela («A la hiedra tornasolada a veces le digo “estúpida” porque hace unos arabescos al pedo», escribe en «Guiando la hiedra»). O de un patio «en estado de deliberación» y un vestido que parece decir «nunca más me vas a querer» (en «Camilo asciende»). O de una planta de zapallos y tomates creciendo tranquilamente en la sepultura 34 de la sección 16 del Cementerio de la Chacarita.

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Cómo están los amigos, cómo están, insiste al otro lado de la línea, al otro lado de la cordillera. Saberlos ahí, un cobijo. Años atrás, cuando los amigos la han conocido, ella les ha escrito una dedicatoria a los tres. Un mismo libro para los tres. Que ellos decidan quién lo guarda: un libro de custodia compartida. «Para los amigos, que suelen ser más que los novios», ha escrito.

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Directoras de escuelas rurales, inmigrantes italianos, una tía loca, un hermano instruido, un ecuatoriano en Rosario, un alemán en Buenos Aires, vecinos, amigos, pigmeos, viajeros, sobrinas, gente que baila sola, que va o viene de visita, gente que se va quedando, un perro llamado Milonga, gente que añora la vida de siempre, la vida de todos los días, gallinas, un par de caballos de nombres Comería y Sisobra, gente que asciende, gente que se resiste a ascender, gente conflictuada con la modernidad, no domesticada con el «deber ser», señoritas que ensayan para señoras, gente que aprende «el arte de hablar de una cosa y pensar en otra». Gente que hace preguntas metafísicas en momentos inoportunos, gente que no puede mirar el reloj para hacer ver a los demás que es tarde porque no usa reloj, gente que habla con las plantas: excéntricos. Seres encantadores y delirantes. Los personajes de Hebe Uhart están hechos de una materia casi palpable. Están vivos y parecen salir del papel para decirnos «ése de ahí soy yo, ése de allá podrías ser tú».

En sus relatos nadie percibirá grandes tramas ocultas, sino más bien momentos donde lo que verdaderamente importa es el tipo de mirada que crea un tono campeado por el asombro. Podría pensarse que en sus cuentos no pasa nada, pero habría que acotar: nada extraordinario. Y precisar que su nada es la extrañeza de la vida: un peldaño filosófico a partir de lo ordinario

Véanlos. Vean, por ejemplo, a este hombre de la novela Mudanzas:

«Muchas veces el padre no sabía cómo se sentía: sabía que no estaba bien, pero no podía calibrar por sí mismo cuánto de mal andaba. Acostumbrado a resistir la fatiga, se daba cuenta de cómo andaba mirando la expresión del perro Milonga. El perro tenía varias expresiones. Una: “Te acompaño hasta la muerte” (era la más inquietante). Otra, al menor movimiento del amo: “Arriba, que la vida sigue”. Pero si los movimientos del amo eran dubitativos o demasiado prudentes, la expresión del perro era de pronóstico reservado».

Escúchenlos. Sobre todo, escuchen a sus personajes. Escuchen al narrador de «Leonor», cuando describe el baile y el canto de una niña que imita a Raffaella Carrá. Y observen cómo la escritora despliega, de paso, una propia concepción del cuento como género. Dice:

«Cuando canta fiesta, qué fantástica fantástica esta fiesta lo hace con una voz agradable pero sin matices, preocupándose por conciliar su canto con su baile. Aparte de eso, su vocecita suena mortecina, como si no creyera en los signos de exclamación, ni en los procesos, que implican comienzo, medio y fin».

Escuchemos a Hebe Uhart mientras la leemos. Escuchémosla ahora que no está. Y pensemos que, si estuviera, sería ella quien nos escucharía y observaría cómo leemos y tomaría nota de cómo nos movemos, cómo caminamos, cómo nos callamos. Y extraería, sin que lo notáramos, los pequeños brotes que afloran de nuestros gestos como plantitas que nacen a la intemperie, y que sólo ella, con su inmarchitable capacidad de percepción y su inteligencia verbal, podría alguna vez detectar.