Virginia Higa
El hechizo del verano
Editorial Sigilo
160 páginas
POR MERCEDES CEBRIÁN

El término ensayo nos lleva a pensar en dos tipos de texto en prosa: uno de ellos, repleto de citas bibliográficas y notas a pie de página, coquetea con la escritura académica; el otro, más personal y digresivo, es descendiente directo de los essais de Montaigne y está escrito más con brújula que con mapa. En él tanto el escritor como sus lectores se deslizan por una ladera gozosa sin saber muy bien dónde acabarán, pero con la certeza de que no se van a despeñar al final.

De esta última estirpe son los ensayos de Virginia Higa recogidos en el volumen El hechizo del verano. Higa es una escritora y traductora argentina de ascendencia japonesa e italiana: esto último se dejó ver en su divertida y perspicaz novela Los sorrentinos (Sigilo, 2018), inspirada libremente en la historia de unos familiares suyos que abrieron una trattoria en Mar del Plata e inventaron la pasta rellena que da título al libro. Otro aspecto biográfico pertinente sobre Virginia Higa es que en la actualidad vive en Estocolmo, algo que da origen a varios de los ensayos de este libro, yo diría que los más sensibles y agudos, aunque ambas características sean marca de la casa en cualquier texto de la escritora argentina.

Ya que mudarse a un país extranjero lleva aparejado un aprendizaje, especialmente cuando no conocemos la lengua autóctona, Higa analiza en varios de sus ensayos los procesos que ella misma ha experimentado en lo que respecta a la práctica de la lengua sueca y de otros aspectos culturales de Suecia como el patinaje sobre hielo. De este modo, la ensayista se convierte en su propio sujeto de estudio, regalándonos textos inolvidables como el que abre el volumen, titulado Sobre la lengua sueca. Pocas veces tendremos la oportunidad de leer un testimonio tan directo y lúcido sobre cómo va entrando en nuestras mentes (y, por lo tanto, en nuestros cuerpos), un idioma que aprendemos ya de adultos. En un principio, a Higa el sueco le parecía «una lengua que sonaba rítmica y cantarina, como italiano pero hablado al revés». La sorpresa casi infantil de no comprenderla («Qué maravilla, pensé, estar entre humanos y no entender nada») va dando paso al reconocimiento de algunas palabras o más bien de la cadencia que ha quedado de ellas en su recuerdo. Las analogías cromáticas que emplea para transmitirnos su experiencia resultan de lo más expresivo: «Yo recordaba otras vocales en la voz del subte porque en ese entonces era insensible a las vocales suecas. Si uno nunca hubiese visto el color violeta y lo viera de golpe por única vez, ¿lo recordaría después como azul?».

El patinaje sobre hielo se convierte también en una especie de idioma ignoto en el texto El hechizo del invierno: aprender a patinar. Ahí la autora ejerce como corresponsal de sus propias destrezas motoras, en directo el momento en el que se calza los patines y posa las cuchillas sobre el hielo: «Lo que una más desea es mantener los dos pies pegados a la superficie y eso es justamente lo contrario de lo que hay que hacer si se quiere avanzar».

En otros textos la autora le saca un gran partido literario a su país de residencia. Tal es el caso del que da título al libro: El hechizo del verano: Manuel Puig en Estocolmo. En él, además de llevar a cabo una lectura atenta de las cartas que Puig le enviaba a su familia desde la capital sueca, Higa sigue los pasos del escritor argentino en un ejercicio psicogeográfico llevado a cabo con refinamiento. Comprobamos que muchas cosas ya no son como en aquella época: la gentrificación ha hecho su tarea y algunas calles son irreconocibles, pero la naturaleza, siempre más poderosa que los humanos, produce las mismas impresiones en Higa que las que en su día suscitó en Puig: «Así son los días estivales en la capital sueca: largos, inmóviles, gloriosos. Si uno visita Estocolmo por primera vez para quedarse unos meses, como hizo Puig, no hay mejor momento para llegar que la primavera, cuando todo vuelve a la vida y las horas del día se estiran de manera vertiginosa». Y no hay mejor escritora que relate la idiosincrasia de Suecia que Virgina Higa, añadiría yo.