
Ignacio Peyró
El español que enamoró al mundo
Libros del Asteroide
336 páginas
A menudo ocurre que nos olvidamos de la épica. Y más en un territorio de tensiones insulares como el del ensayo, en el que, salvo exploraciones fulgurantes y extranjeras, todo parece suceder en el espacio reservado de la logia de turno, sin aspiración alguna de rivalizar —siquiera unos cuantos párrafos— con las minas antipersona y las escalas sentimentales que suelen alborotar en la poesía y en otro tipo de narraciones. De vez en cuando, claro está, aparece un Sloterdijk o un Schopenhauer, pero lo natural es que las novedades del género, en toda su extensión, no levanten más polvareda que la que se arremolina en los claustros de su propia especialidad. Y mucho menos que partan del que acaso sea el reto más ambicioso y a la desesperada que se le puede pedir a un libro de no ficción: el tener que justificar desde el minuto cero el porqué de su existencia.
A Ignacio Peyró (Madrid, 1980) nadie le habría pedido explicaciones si le hubiera dado por escribir sobre la resistencia de Sísifo, el último Verdi o las preferencias psicoafectivas de la población del Ampurdán. Existen estilos y trayectorias —y Peyró va poco a poco figurando ahí— que, no seamos ingenuos, se han ganado la licencia de poder darse el capricho y sorprender a sus lectores con alguna que otra excentricidad. Siempre y cuando no rebasen las líneas rojas, que en España, por extraño que parezca, no están ya siquiera en las ignominiosas apologías, sino en los asuntos de plató. Y, más concretamente, en Julio Iglesias. No tanto por antipatía como por el desinterés que a estas alturas despierta el personaje entre una capa nada desestimable de lectores —«oh, tú, hipócrita lector, mi semejante, mi hermano»— entre los cuales comparezco. Aunque, eso sí, intrigado y atraído por la magnitud de una empresa —la de Peyró— que en el fondo es muy de agradecer en un ecosistema tan necesitado de ventilación como es a veces el de los libros.
Hacer literatura con Julio Iglesias, por más que no existan los temas pequeños, es poco menos que enviar a la perra Laika a explicar la caída de Moscú y las turbulencias del infinito. Se palpan los costurones del vacío, el vértigo formal. Y, sobre todo, el otro, que es el que se aviene cuando las presuntas capitulares de la persuasión no acaban de contrarrestar los prejuicios. En El español que enamoró al mundo, y aquí es cuando la cosa se pone seria, lo que podría resultar atractivo de inicio no siempre funciona: la historia del muchacho pobre que obtiene un éxito inaudito —por tomar el atajo más evidente— la hemos visto demasiadas veces en el prontuario liberal y en las películas de Disney. Y, además, en este caso, tiene truco: ni Julio era pobre ni su familia —madrileña, profesional y con contactos— dejaba de disfrutar de un estatuto que en el franquismo estaba a tanta distancia de la realidad de los hijos de provincias —que eran casi todo el país— como el bronceado de California del pequeño Julio.
Si a eso se suma la ramplonería, los escasos dotes para la música y la proverbial falta de gusto, la pregunta que atormentaba a los clásicos —por qué el mundo y no la nada— se convierte, en su aplicación a este libro, en un fascinante órdago que nos lanza el autor y que puede que también se lance a sí mismo. Y más conforme va quedando claro que no tiene ningún interés en apoyarse en el único salvoconducto que expide la parroquia literaria para estos arrebatos excursionistas: el de adjetivar la piel del meme y convertir posmodernamente a la farándula en pasto de la ironía. Un ejercicio demasiado trillado y ventajista, que exige grandes dosis de crueldad y al que Peyró renuncia para buscar a la inglesa su más difícil todavía: contar a Julio sin juicios previos y sin aditivos, con una táctica de acercamiento que ni condena ni redime y que no deja nunca de pertenecer al dictado de la curiosidad genuina. Incluso a la hora de abordar ese otro libro simultáneo y en paralelo y tal vez inevitable que se va silueteando quién sabe si a pesar del autor y que a la postre sustenta lo mejor y, sin duda, lo más notable y conmovedor del retrato del propio artista. Con un palmarés de hombre récord en la industria de la música y en el resto de sus destapados epifenómenos, al español que enamoró al mundo le faltaba enamorar a su circunstancial cronista. Un asunto más importante para la supervivencia artística de Julio Iglesias de lo que Julio Iglesias podría llegar a pensar nunca. Y no sólo por las repercusiones potenciales del libro, sino porque Peyró no deja de representar a ese público que movido por un encontronazo a destiempo y soterrado de seducción trata de avivar la brasa y ponerle carrete al hilo. Peyró, en este sentido, es un oyente de Julio Iglesias del pasado y también del futuro. Con un irrevocable talento para desenterrar y escudriñar pasajes de la vida del cantante que, al margen de su contribución o no a la inmortalidad o aceptación del Julio artista, cumplen en el terreno literario con una función mucho más significativa: mostrarnos su capacidad como ‘crooner’ periodístico y narrativo para seleccionar lo que merece la pena ser contado y contarlo con humor y franqueza. “La canción de Van Horne dice tan poco acerca de Van Horne”, escribió Pedro Casariego Córdoba en La canción de Van Horne. Verso cuya música adquiere en este libro una extraña resonancia. Precisamente por la humanidad y el empeño que pone el autor en entender las razones que amparan un triunfo global que analizado con frialdad —y, sobre todo, con oído y sensibilidad— resulta a todas luces incomprensible. Aunque, quién sabe, acaso el secreto esté en que en el fondo no existen las razones.
Así lo señala, por ejemplo, uno de los resabiados y shakesperianos sirvientes cuyos testimonios salpican tangencialmente la obra de Peyró y con los que uno simpatiza hasta que descubre el interés crematístico del que fungiera de jefe y cliché de vodevil entre todos ellos: el mayordomo, quien publicó un libro en el que entre otras lindezas se mofa de la frustración de Julio por no poder ser algo más que el fumet de sus propias emanaciones. ¿Qué hay detrás de tanta acedía, de la soledad, de la insatisfacción del que lo tiene todo? ¿Qué ángel trunco se posa a las bravas en su melancolía? ¿Quién es en puridad Julio?, insinúa Peyró. Y es en ese intento de sublimar el dolor que dice fingir el poeta cuando entre éxitos, traiciones y amoríos el estilo se hace verdad y la verdad estilo. Porque Peyró lejos de sentar al artista en el diván se queda de un modo respetuosamente lírico en el corazón del misterio, dejando que el lector especule sobre las motivaciones espirituales del protagonista, lo que incluye también una verdad embarazosa por lo que pueda tener de extrapolable a la existencia cotidiana y mamporrera de cada uno; la del estanquero sin metafísica. A lo mejor detrás de Julio no hay más que tedio y la nada pelona y lo poco que sale en las revistas, posibilidad que centuplica súbitamente el interés del libro.
Se ha hablado mucho desde su publicación del valor contextual de El español que enamoró al mundo y en eso no defrauda: la biografía de Julio Iglesias es también la biografía sentimental y estética de toda una nación, además de muchas más cosas como el apogeo y el agotamiento de la industria del fenómeno de masas y del mercado del disco. Pero no se engañen. Lo importante es que se trata de una historia de amor en la que ocurre lo mismo que en todas las historias de amor: que es el que ama el que construye la imagen y el paradigma de lo que ama. Y, en este caso, por una vez, no hablamos de Julio, sino de los padres de Peyró y de su generación: la de un tiempo ya irrecuperable en el que fuimos ingenuos y en el que el candor en materia cultural tenía más adhesiones que el cinismo. El de la utopía del Seat 33. El achantado y tierno sueño español, en definitiva, llegando a tomar pista; la novela del sopor bendito. Dice Peyró que Julio Iglesias y el Real Madrid son las dos únicas creaciones universales de la derecha madrileña. No sabemos si todo responde a una broma de las que llevan a su ejecutor a descorchar una botella de Bourbon entre sublunares y mefistofélicas risotadas, pero lo cierto es que Peyró, aunque sea en expediciones abúlicas por internet, nos ha puesto a buscar Gwendolyne hasta a los que somos del Atleti. En eso radica uno de los grandes méritos de este libro. Ajeno a las luces de París, Ignacio Peyró se ha jugado su carta más reciente a Benidorm y ha salido airoso del cuerpo a cuerpo. Y hasta, quién lo iba a decir, literariamente con brío.